Némesis CAPÍTULO 19 #3
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CAPÍTULO 19 #3

—Es el peor cumplido que me han hecho en la vida.

—No en ese sentido.

—¿Hay un sentido bueno?

—Parecía que no intentabas demostrar nada.

—Eso es todavía peor.

Xenia se rio.

—Sabes a qué me refiero.

—No mucho.

—Había gente que quería saber de dónde me había mudado, por qué, a qué se dedicaban mis padres, si tenía novio, si conocía a alguien. Tú me preguntaste qué estaba leyendo.

Larissa lo recordó.

—Porque estaba en griego.

—Exacto.

—Y quería saber si estabas fingiendo.

Xenia se quedó quieta.

—¿Qué?

Larissa empezó a reírse.

—Pensé que a lo mejor solo llevabas ese libro encima para parecer interesante.

—Qué horror.

—Ya lo sé.

—¿Y después decidiste hacerte amiga mía?

—Después de que te pasaras diez minutos explicándome la diferencia entre dos traducciones, decidí que probablemente sí eras rara de verdad.

—Gracias.

—De nada.

Las dos se rieron, y Larissa se dio cuenta de que Xenia se había recogido el pelo tan mal que una parte seguía cayéndole sobre el hombro. Antes habría alargado la mano para señalárselo. Ahora no lo hizo.

—¿Y después? —preguntó.

Xenia seguía sonriendo.

—¿Después de qué?

—Después de que dejaras de ser la nueva.

La sonrisa fue desapareciendo poco a poco.

—Me caías bien.

—¿Eso es todo?

—Larissa, ¿qué respuesta quieres?

—No sé.

—Entonces no sé qué decirte.

—Podrías dejar de hablar como si estuviéramos en la clase de papá.

Xenia frunció el ceño.

—Yo no hablo así.

—Un poco sí.

—No.

—Sí.

—No puedes decirme cómo hablo.

—Acabo de hacerlo.

Xenia puso los ojos en blanco.

Larissa la señaló de inmediato.

—Eso.

—¿Qué?

—Eso es lo que echaba de menos.

Xenia intentó no reírse y no lo consiguió. Se tapó la boca cuando las personas de la mesa cercana se volvieron hacia ellas, y Larissa también empezó a reír, más fuerte de lo que pretendía.

Al cabo de unos segundos paró y se cubrió los ojos con una mano.

—Dios.

—¿Qué?

Larissa bajó la mano.

—Nada. Es que es muy raro.

Xenia ya no se reía.

—Ya.

Larissa volvió a mirar la hora.

—De verdad tengo que irme.

—Claro.

Xenia cogió el bolso enseguida, y la rapidez del movimiento hizo que Larissa se preguntara si llevaba un rato esperando que terminara el encuentro. No se lo preguntó.

Se pusieron las chaquetas y salieron.

Había refrescado, y un chaparrón breve había dejado mojada la acera y charcos de agua junto a los bordes de la calzada. Las tiendas habían encendido las luces aunque todavía no era del todo de noche, y la gente pasaba junto a ellas con bolsas, teléfonos y los cuellos levantados contra el viento.

Caminaron juntas hasta el cruce.

Allí Xenia redujo el paso.

—Yo voy por el otro lado.

—Ya lo sé.

—Sí.

Larissa metió las manos en los bolsillos del abrigo.

—Podemos volver a hablar.

Xenia la miró.

—¿Quieres?

—Creo que sí.

—«Creo» no suena demasiado bien.

—Es todo lo que tengo ahora mismo.

—Es suficiente.

Larissa dio dos pasos hacia el paso de peatones y el semáforo cambió antes de que llegara al bordillo. Podría haber seguido. En cambio, se detuvo y se volvió.

—Xenia.

—¿Sí?

Ahí estaba la frase que había preparado. Se suponía que tenía que decirle que empezaba a creerla, lo suficiente para que la relación pudiera continuar y para que Xenia sintiera que podía hablar con ella. La había ensayado tantas veces que Larissa sabía exactamente cómo debía sonar.

Ahora le parecía falsa.

—No sé si puedo decir que te creo.

Xenia se quedó inmóvil.

Larissa sintió la necesidad de explicarse y se obligó a no hacerlo demasiado deprisa.

—Pero tampoco puedo decir ya que no te creo. No como antes. Ya no sé quién es papá y creo que… no, eso suena mal.

—Lo entiendo.

—No, espera.

Larissa sacó las manos de los bolsillos.

—Quiero poder hablar contigo sin partir de la base de que estás mintiendo. Eso sí puedo decirlo.

Xenia la miró durante unos segundos. Le temblaban un poco los labios, aunque quizá fuera solo por el frío.

—Gracias.

—No me des las gracias todavía.

—Vale.

Larissa soltó el aire, y el frío le escoció en la garganta.

—Y deja de decir «vale».

Por un momento Xenia pareció a punto de reírse, pero su expresión cambió antes de hacerlo.

—De verdad te he echado de menos —dijo.

Larissa no encontró ninguna respuesta que no sonara demasiado cruel o demasiado sentimental.

—Te veo mañana —dijo al final.

—Sí.

Larissa se volvió hacia el paso de peatones.

—Larissa.

Se detuvo otra vez.

Xenia recorrió la distancia que las separaba antes de que Larissa entendiera qué iba a hacer y la abrazó, tan deprisa que durante un instante Larissa mantuvo las manos metidas en los bolsillos.

No fue un abrazo elegante. El bolso de Xenia quedó atrapado entre las dos, la hebilla se clavó en las costillas de Larissa y el pelo que se había escapado de la coleta le rozó la mejilla.

Larissa percibió el olor del champú que reconocía de las tardes que habían pasado juntas en la cocina de los Robertson y recordó, pese a sí misma, a Margot diciendo que con dos visitas más Xenia sería prácticamente de la familia.

Sacó las manos de los bolsillos.

Durante un segundo no supo dónde ponerlas. Después agarró la parte de atrás de la chaqueta de Xenia y la sostuvo así.