CAPÍTULO 19
TE CREO
Xenia contestó aquella misma noche: «Sí. Podemos hablar. No sabía si todavía querías». Y después: «¿Mañana después de clase?»
Larissa había elegido la cafetería antes de que los adultos pudieran convertir la elección de una mesa en un procedimiento. Claire solo le había pedido que le escribiera al llegar y al marcharse.
Durante los últimos días, Larissa había intentado no mirar cada vez que pasaba por allí, pero siempre acababa fijándose en algo.
Aquella mañana había visto, a través del cristal de la puerta, a un profesor al que solo conocía de vista, y el cartel que se despegaba por una esquina de la pared del fondo ya no estaba.
Ahora la puerta estaba cerrada y las luces apagadas, pero en la pizarra junto a la entrada aún quedaba una marca blanca de rotulador que alguien no había borrado bien.
No había ningún motivo para que precisamente aquello la molestara, y Larissa siguió andando antes de ponerse a buscar uno.
El teléfono vibró.
«Ya estoy aquí. He salido antes».
Larissa se detuvo junto a las puertas principales y se planteó escribirle a su madre para decirle que al final no iba.
La noche anterior había sido fácil hablar de Xenia en la cocina, donde había cronologías, reglas y gente capaz de decir qué era prudente.
Ahora tenía que sentarse frente a ella y hacer algo con todas las versiones de Xenia que se habían ido acumulando en los últimos meses: la chica nueva con la que había empezado a hablar casi por casualidad, la chica que se había sentado en su casa y había soportado las preguntas de Margot, la alumna a la que su padre había llevado a casa bajo la lluvia y la chica que, unas horas después, lo había acusado de violarla.
Y en algún lugar, en un sitio al que Larissa todavía no sabía acercarse sin sentir náuseas, estaba la posibilidad de que Xenia fuera su hermana.
Empujó la puerta y salió.
El aire frío se le coló enseguida por debajo del cuello y Larissa se subió la cremallera de la chaqueta mientras cruzaba el recinto.
·
La cafetería estaba más llena de lo que esperaba.
Dos mesas junto a la ventana estaban ocupadas por alumnos de North Downs, y Larissa reconoció a tres antes de llegar al mostrador. Una de las chicas la miró un poco más de lo necesario y le dijo algo al chico que tenía al lado, pero Larissa no lo oyó ni se detuvo a averiguarlo.
Xenia había escogido una mesa al fondo, junto a una pared de ladrillo visto donde alguien había colgado tres fotografías en blanco y negro de calles que Larissa no reconocía.
Tenía una taza delante y el teléfono boca abajo.
Llevaba el jersey azul marino del colegio, pero se había quitado la americana y la había metido en el bolso, y algunos mechones se le habían escapado de la coleta que se había hecho aquella mañana.
Al ver a Larissa, se levantó a medias, pareció dudar si seguir y volvió a sentarse.
—Hola.
—No sabía si vendrías.
—Yo te pedí que quedáramos.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué no iba a venir?
Xenia alzó un hombro.
—Porque antes no me contestaste.
Larissa bajó la mirada.
—Ya.
—No te lo estaba reprochando.
—Ha sonado un poco como si sí.
—Vale. Entonces… perdón.
—No hace falta.
Xenia apartó la mano de la taza y Larissa recordó todo lo que Scott y Diane le habían dicho.
Que no intentara sacarle una confesión, que no diera por hecho que cada frase tenía valor para la investigación, que no convirtiera el encuentro en un interrogatorio y, sobre todo, que no entrara en la conversación convencida de que ya sabía qué significaba cada respuesta.
En la cocina, todo aquello había sonado razonable. En la cafetería, nada de eso le decía cómo empezar.
—Me he enterado de algunas cosas sobre papá —dijo por fin.
Xenia no preguntó qué cosas, y la pausa hizo que Larissa continuara antes de estar preparada.
—De cuando era más joven y de su relación con mamá.
Se detuvo.
—Mi madre. Obviamente.
—Lo había entendido.
—Ya. Perdón.
—¿Por qué?
—No sé.
Larissa rodeó la taza con las dos manos. El cartón estaba demasiado caliente, pero no las apartó.
—Papá engañó a mamá cuando estaba embarazada de mí.
Al principio Xenia no se movió, y Larissa no sabía si la reacción era demasiado pequeña o si simplemente había empezado a medir todo lo que hacía la chica sentada frente a ella.
—Yo no lo sabía —añadió.
—Yo tampoco —dijo Xenia.
Larissa levantó la vista.
—¿Qué?
—Quería decir que no sabía eso. Lo de tu madre.
—Ah.
—Lo siento.
Larissa soltó una risa breve y se frotó la frente.
—Ya. Yo también.
Xenia bajó la mirada hacia la mesa.
—¿Ella lo sabía?
—¿Mamá? No. Se ha enterado ahora.
—Dios.
Larissa la miró, y la sencillez de la reacción la desarmó más de lo que lo habría hecho cualquier intento de encontrar las palabras adecuadas.
—Más o menos esa fue también mi reacción.
Xenia acercó la taza.
—¿Con quién?
La pregunta salió con tanta naturalidad que Larissa necesitó un segundo para recordar que justo ahí empezaba la parte peligrosa de la conversación.
—Con una alumna.
Xenia se quedó inmóvil con la taza cerca de la boca.
—¿Una alumna?
—Él era profesor entonces.
—¿En Hendon?
Larissa no contestó de inmediato.
Xenia dejó la taza.
—Me dijiste que había dado clase allí. O lo dijo él una vez. No me acuerdo.
—Sí. En Hendon.
—¿Era alumna suya?
—Eso entendí.
Xenia se pasó la lengua por el labio inferior y miró hacia la ventana.
—Eso es…
No terminó.
—Puedes decir que es horrible, si ibas a decir eso.
—Sí. Es horrible.
—Gracias por el análisis tan sofisticado.
Xenia levantó la vista, sorprendida, y Larissa se dio cuenta de que el sarcasmo había salido más cortante de lo que pretendía.
—Perdón.
—No, no pasa nada.
—Sí pasa, pero no me apetece pedir perdón cada treinta segundos.
—Pues no lo hagas.
Larissa dio un sorbo al café y se quemó tanto la lengua que volvió a dejar la taza de inmediato.
—Joder.
Xenia le acercó una servilleta; luego la miró y pareció darse cuenta de que no servía absolutamente para nada.
—No sé por qué te he dado eso.
Larissa la cogió de todos modos.
—Para que me seque la lengua, supongo.
—Por favor, no hagas eso aquí.
Larissa se echó a reír antes de poder evitarlo, y Xenia también sonrió. Durante unos segundos volvió algo de la forma en que hablaban antes, y eso hizo que el resto de la conversación resultara más difícil, no más fácil.
Larissa dobló la servilleta sin motivo.
—El problema es que llevo los últimos días diciendo que papá no podía haber hecho lo que tú dices que hizo.
La sonrisa de Xenia desapareció.
—¿Y ahora?
Ahí era donde se suponía que tenía que mentir.
Larissa había ensayado en casa varias versiones de la respuesta, y todas le habían parecido soportables mientras Xenia no estaba sentada delante. Ahora todas sonaban demasiado teatrales, demasiado obvias o como algo que Scott reconocería como preparado.
—Ahora ya no sé quién es —dijo.
Xenia la miró sin responder.
Larissa siguió hablando, porque de lo contrario quizá intentaría arreglar la frase y la empeoraría.
—No estoy diciendo que sepa qué te pasó. No lo sé. Pero antes estaba segura de que mentías porque conozco a papá y él me dijo que no te había hecho nada. Luego descubrí que era capaz de mentir sobre otra cosa durante casi diecinueve años, también a mamá, y no puedo fingir que eso no cambia nada.
Xenia abrió la boca y volvió a cerrarla.
—¿Qué?
—Nada.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Si quieres decir algo, dilo.
Xenia miró sus manos.
—Iba a decir que el hecho de que mintiera sobre una cosa no demuestra automáticamente otra.
Larissa sintió la rabia antes de tener tiempo de decidir qué hacer con ella.
—¿Me estás diciendo tú eso?
Xenia se echó un poco hacia atrás.
—No. Quiero decir, sí, evidentemente lo he dicho, pero no es…
Se interrumpió y se pasó una mano por la frente.
—Ha sonado fatal.
—Un poco.
—Intentaba decir que no quiero que creas algo solo porque hayas descubierto eso sobre él.
—¿Por qué no?
—Porque…
Xenia miró la mesa de al lado y después volvió a mirar a Larissa.
—Porque si acabas creyéndome, quiero que sea por lo que pasó, no porque tu padre fuera un novio de mierda hace casi diecinueve años.
Larissa sostuvo la servilleta entre los dedos.
—No fue solo un novio de mierda.
—Ya lo sé.
—Era su profesor.
—Ya lo sé.
—Y mamá estaba embarazada.
—Larissa, he dicho que lo sé.
—No, has dicho…
Se detuvo.
Dos chicas de la mesa junto a la ventana se habían levantado y una de ellas las estaba mirando. Larissa bajó la voz.
—Da igual.
—Vale.
Larissa miró hacia la puerta y pensó que podía marcharse. Su madre le había dicho que podía hacerlo, Diane también, y nadie consideraría el encuentro un fracaso si duraba veinte minutos.
Aun así, el bolso siguió entre sus pies.
—Te he echado de menos —dijo Xenia.
Larissa levantó la vista.
—¿Qué?
Xenia pareció arrepentirse al instante.
—Olvídalo.
—No, has dicho que me has echado de menos.
—Sí, ya sé lo que he dicho.
—Entonces, ¿por qué dices «olvídalo»?
—Porque ahora suena estúpido y no debería haberlo dicho.
Larissa desdobló la servilleta y la dobló en el otro sentido.
—Yo también.
Xenia la miró.
—¿Qué?
—Yo también te he echado de menos.
No había planeado decirlo. Ni Scott ni Diane ni su madre habrían podido poner ninguna objeción de procedimiento, pero Larissa sintió enseguida que había dicho algo mucho más arriesgado que todas las frases preparadas para el encuentro.
—Y después me sentía fatal por echarte de menos —añadió.
Xenia bajó los ojos.
—Ya.
—No digas «ya» como si fuera normal.
—No he dicho que fuera normal.
—Has dicho «ya».
—¿Y qué se suponía que tenía que decir?
Larissa abrió la boca y descubrió que no tenía respuesta.
—No sé.
—Yo tampoco.
Durante unos segundos no dijeron nada. En una mesa cercana, un hombre se puso los auriculares y, detrás del mostrador, a alguien se le cayó una tapa metálica que rodó por el suelo hasta que un empleado la detuvo con el pie.
Larissa se dio cuenta de que se sentía mejor porque la conversación estaba saliendo mal.
—Margot me preguntó si todavía te considero mi amiga.
Xenia levantó la vista despacio.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no lo sé.
—Vale.