CAPÍTULO 18
EL PLAN
Claire mantuvo la mano sobre la mesa después de que Larissa dijera que podía ponerse en contacto con Xenia.
Scott vio cómo cambiaba su expresión antes de que hablara, como si en unos segundos hubiera repasado todas las versiones posibles de aquello y no hubiera encontrado ninguna que pudiera aceptar sin sentir que estaba enviando a su hija a un lugar donde no debía estar.
—Si con eso quieres decir que vas a ir a verla e intentar averiguar qué sabe, mi respuesta es no. Ni siquiera quiero que discutamos seriamente la idea hasta que me digas que no es eso lo que tienes en mente.
Larissa sostuvo el teléfono entre las palmas y, en vez de contestar enseguida, lo dejó boca abajo.
—No quiero plantarme allí y decirle que sabemos lo de Marion, si es eso lo que piensas.
—No sé qué pensar, porque hace dos minutos tampoco tú sabías qué querías hacer.
—Sabía que era la única persona de aquí con la que quizá hablaría sin pensar de inmediato que la estaban interrogando.
Claire miró a Scott y a Diane.
—¿Veis? Ya estamos hablando de interrogarla.
—Mamá, acabo de decir que no quiero interrogarla.
—Has dicho que puedes llegar hasta ella, y, en el contexto de esta noche, no sonaba precisamente a una invitación a tomar un café.
Margot, que había vuelto a abrir el cuaderno de matemáticas e intentaba escribir encima de la mancha que había dejado una goma sucia, levantó la vista.
—A lo mejor sí podría invitarla a tomar un café.
Claire la miró.
—¿Podemos, por favor, no elaborar el plan entre cuatro adultos y una niña?
—Yo no estoy elaborando nada. Estoy intentando terminar la ecuación.
Diane acercó un poco la silla a la mesa y miró a Larissa.
—Cuéntanos qué tienes en mente de principio a fin, aunque todavía no lo tengas muy claro. Luego decidimos si es una mala idea o solo una idea que nos da miedo.
Claire se volvió hacia ella.
—Puede ser las dos cosas.
—Claro que puede.
Larissa se soltó el pelo, volvió a recogérselo y acabó desistiendo cuando la goma se le enganchó en unos mechones.
—Había pensado mandarle un mensaje, nada más.
No tengo ningún plan secreto ni he pensado qué preguntas hacerle, porque hasta hace unos minutos ni siquiera sabía con certeza que Marion la hubiera tenido.
Xenia me escribió después de que se llevaran a papá y no le contesté.
Si le digo que quiero hablar, al menos existe la posibilidad de que acepte.
—¿Por qué iba a aceptar ahora? —preguntó Scott.
Larissa lo miró.
—Porque a estas alturas sabe que me puse de parte de papá.
—Sí, probablemente.
Claire dejó las tazas en el fregadero y se quedó de espaldas a ellos.
—¿Y a ti eso te parece bien?
Larissa miró a Scott y luego a Diane, pero ninguno de los dos acudió en su ayuda.
—No sé si me parece bien. Creo que podría funcionar.
Scott se frotó la barbilla.
—Son dos cosas distintas, y más vale que no lo olvides.
—No lo olvidaré.
—Ahora no. Cuando empieces a hablar con ella, puede que resulte más difícil.
Larissa cruzó los brazos.
—Todos habláis como si estuviera a punto de infiltrarme en una organización criminal.
Diane dejó el bolígrafo sobre la cronología.
—Porque estamos empezando a utilizar palabras como «funcionar», y de ahí a tratar cada conversación como una forma de sacarle algo no hay tanto.
Si le escribes porque quieres retomar el contacto, puedo entenderlo.
Si le escribes para obtener información, entonces tenemos que mantener otra conversación.
—Pero yo quiero las dos cosas.
Diane se quedó callada, y Larissa continuó antes de que pudiera responder.
—Quiero saber si sabía quién era papá antes de venir a North Downs, y quiero saber si nuestra amistad era de verdad. No puedo fingir que la segunda pregunta no existe solo porque la primera os importe más a todos vosotros.
—La segunda también me importa —dijo Claire, volviéndose desde el fregadero.
—Ya lo sé. Pero no de la misma manera.
—Probablemente no.
No había actitud defensiva en la respuesta y, por un momento, Larissa pareció no saber qué hacer con ella.
Margot borró otra vez el mismo número y rasgó el papel.
—Genial.
Claire la miró.
—¿Qué ha pasado?
—Nada. He hecho un agujero en la hoja.
—Usa otra.
Larissa pareció sorprendida por la pregunta.
—Creía que habías decidido que no iba a escribirle.
—No he decidido nada. Estoy intentando averiguar si tu idea empeora cuando oigo los detalles.
—Gracias por la confianza.
—Esta noche no tengo mucha confianza. Ni en ti, ni en mí, ni en nadie. Tendremos que apañarnos con lo que tenemos.
Larissa desbloqueó el teléfono y abrió la conversación con Xenia. Scott solo alcanzó a ver la larga sucesión de mensajes, fotografías y reacciones antes de que Larissa inclinara instintivamente la pantalla hacia sí.
—No voy a darte mi teléfono.
—No te lo he pedido —dijo Claire.
—Has mirado.
—Lo tenía justo delante.
—Mamá.
Claire levantó las dos manos y se echó unos centímetros hacia atrás.
—Vale. Escríbelo tú.
Larissa empezó con dos palabras, se detuvo y las borró.
—No puedo poner «hola» como si no hubiera pasado nada.
—Pues no lo pongas —dijo Margot, de nuevo concentrada en la hoja.
Larissa le lanzó una mirada.
—Ya no estás ayudando.
—No estaba intentando hacerlo.
Diane cogió la taza y descubrió que estaba vacía.
—No hace falta que escribamos el mensaje perfecto. De hecho, si queda perfecto, probablemente ya no sonará a Larissa.
—Gracias, supongo —dijo Larissa.
—Era un cumplido muy mal expresado.
Larissa volvió a escribir y leyó en silencio; después borró la mitad.
—Podría decirle que siento no haber contestado.
Claire la observó.
—¿Lo sientes?
Larissa se lo pensó.
—Siento que hayamos llegado a esto. No siento no haber contestado aquella noche, porque, si lo hubiera hecho, seguramente habría dicho algo horrible.
—Eso suena más sincero.
—No puedo mandarle tres párrafos sobre los matices exactos de mi arrepentimiento.
—No he dicho que debas hacerlo.
Scott se levantó para recuperar su taza del fregadero, pero vio que ya estaba llena de agua y lavavajillas y desistió.
—Podrías limitarte a decirle que quieres hablar.
Larissa lo miró.
—¿Después de ignorarla durante una semana?
—No lo sé, Larissa. Hablaste con ella durante meses. Yo la vi unas cuantas veces. Precisamente por eso el mensaje no debería escribirlo yo.
—Por fin algo en lo que todos estamos de acuerdo —dijo Claire.
Scott se apoyó en la encimera.
—Me alegro de haber aportado algo.
Larissa volvió a escribir, esta vez más despacio.
—«Sé que no contesté y no sé si todavía quieres hablar conmigo. Las cosas están muy mal en casa y me he enterado de algunas cosas sobre papá que no sabía».
Se detuvo.
Margot levantó la vista.
—Eso es verdad.
—Ya lo sé.
—Solo lo decía.
Larissa siguió escribiendo.
—«Ahora no sé qué creer. Si quieres, me gustaría que habláramos».
Claire se inclinó un poco hacia ella, aunque no lo suficiente para leer la pantalla.
—La parte de no saber qué creer es donde le das a entender que tienes dudas sobre la acusación.
Larissa no lo negó.
—Sí.
—¿Y puedes vivir con eso?
—Todavía no lo sé.
—Entonces no lo envíes.
Larissa apretó los labios.
—Si quito esa frase, no tiene ningún motivo para pensar que algo ha cambiado.
—Algo ha cambiado —dijo Scott—. Has descubierto cosas sobre Adam.
—Exacto.
—Entonces quizá no necesites añadir la conclusión. Deja que el hecho verdadero hable por sí solo.
Larissa lo miró durante unos segundos.
—Eso ha sido casi útil.
—Me retiraré mientras voy ganando.
Borró la frase y volvió a leer el mensaje.
—«Sé que no contesté y no sé si todavía quieres hablar conmigo. Las cosas están muy mal en casa y me he enterado de algunas cosas sobre papá que no sabía. Si quieres, me gustaría que habláramos».
Diane apoyó los antebrazos en la mesa.
—¿Cómo te suena?
—Como si estuviera intentando conseguir que alguien me conteste.
—Eso es lo que estás haciendo.
—Ya, pero antes no tenía que pensar cada palabra.
—Antes no sabías quién podía ser ella —dijo Claire, mirando el teléfono que Larissa tenía en la mano.
Larissa bajó los ojos.
—Seguimos sin saberlo.
—Cierto.
Margot empezó a escribir otra vez y, sin levantar la vista, dijo:
—Si es nuestra hermana, sigue siendo Xenia.
Larissa la miró.
—¿Qué quieres decir?
Margot se encogió de hombros.
—Hoy no se ha convertido en otra persona solo porque nosotros hayamos descubierto algo. O ya lo sabía o no lo sabía, pero ella ya era ella.
Claire y Diane intercambiaron una mirada, y Margot se dio cuenta.
—Dejad de mirarme así. No he dicho nada profundo. Solo quiero terminar los deberes.
Scott miró la hora. Eran más de las ocho y media, y la conversación que en principio debía servir para ordenar unas cuantas fechas había acabado reteniendo a dos chicas en la mesa de la cocina una noche entre semana, con los deberes sin terminar y una cuestión de paternidad instalada entre las facturas y las tazas sucias.
—Hay un límite más —dijo—. Si Xenia no contesta o dice que no quiere hablar, no insistes.
Larissa lo miró.
—Sí.
—Lo sé. Tendría que haberme dado cuenta.
Margot fue a buscar un tenedor y volvió a la mesa, donde empezó a comer al lado mismo del cuaderno.
Diane apartó la cronología de la salsa.
—Si envías el mensaje, Larissa, hay otra cosa que quiero que entiendas.
Que Xenia te responda no significa que todo lo que diga sea automáticamente útil para la investigación, ni que tengas que decidir tú qué importa.
Si sale algo que parezca relevante, vienes y nos lo cuentas, y a partir de ahí hablamos con Helen.
No intentes montar tú sola la defensa de tu padre.
—No voy a hacerlo.
—Bien.
—¿Y si me cuenta algo personal que no tiene nada que ver con papá?
Diane vaciló, y Scott advirtió que era una de esas preguntas para las que no había una regla satisfactoria.
—Entonces queda entre vosotras dos —dijo—. No quiero que vuelvas a casa y nos informes de todo lo que te cuente Xenia solo porque sintamos curiosidad. Si no tiene nada que ver con la seguridad de nadie ni con el caso, no pasa a pertenecernos automáticamente.
Larissa la miró con más atención.
—¿Lo dices de verdad?
—Sí. Y precisamente por eso no me gusta la idea de convertirte en una prolongación nuestra.
Scott asintió.
—A mí tampoco.
Claire cruzó los brazos.
—A mí sigue sin gustarme ninguna parte de esta idea.
—Eso ya me había quedado claro —dijo Larissa.
—Aún no hemos terminado.
Nadie habló durante unos segundos. Larissa volvió a mirar el mensaje. Scott se dio cuenta de que había dejado de buscar su aprobación; ya no giraba el teléfono hacia nadie ni preguntaba si una palabra estaba bien.
—Voy a enviarlo así —dijo—. Si vuelvo a cambiarlo, dejará de ser mío.
Claire acercó la silla.
—Antes de que lo hagas, quiero que sepas que puedes cambiar de opinión incluso después de que conteste. Empezar la conversación no significa que tengas que seguir adelante con nada que te haga sentir incómoda.
—Ya lo sé.
—Y no tienes que hacer esto para salvar a papá.
—No lo hago solo por él.
—Entonces, ¿por quién lo haces?
Larissa miró hacia Margot, que enrollaba pasta en el tenedor, luego a Scott y a Diane, y por último volvió la vista hacia su madre.
—Primero, por mí. Quiero saber si mi amistad con Xenia existió de verdad o si yo solo era la forma más fácil de llegar hasta papá.
Y… quizá también por ella. Si Marion la crio diciéndole que papá la había abandonado por nosotras, entonces yo ya formaba parte de su historia antes siquiera de saber que ella existía.
No sé qué significa eso para ella, ni siquiera sé si es verdad, pero quiero oír lo que dice cuando no está hablando con la policía ni con un abogado.
Scott cambió el peso de una pierna a la otra.
—No olvides que tú también vas a entrar en esa conversación con una historia sobre ella.
Acabas de descubrir quién es Marion y ya estamos todos intentando relacionar la mudanza, el colegio, la amistad y la acusación.
Puede que algunas de esas conexiones sean reales.
Otras quizá sean cosas que vemos porque ahora sabemos dónde mirar.
Larissa asintió, sin que pareciera hacerle mucha gracia.
—Lo sé. Lo intentaré.
—Es lo único que puedes prometer.
Claire le tocó brevemente el brazo.
—Si te cuenta algo sobre mí o sobre Margot que te asuste, no te lo guardes tú sola.
—Vale.
—Y si empieza a hablar de papá de una manera que te haga sentir que no puedes seguir, te vas.
—Mamá, si añadimos más reglas vamos a tener que apuntarlas.
Claire se detuvo.
—Tienes razón. Paro.
Larissa la miró, casi sin creerse que hubiera conseguido aquella concesión con tanta facilidad, y volvió a abrir la conversación con Xenia.
El mensaje estaba exactamente como lo había dejado: «Sé que no contesté y no sé si todavía quieres hablar conmigo. Las cosas están muy mal en casa y me he enterado de algunas cosas sobre papá que no sabía. Si quieres, me gustaría que habláramos».
Lo leyó una vez más en silencio, pulsó enviar y dejó el teléfono boca abajo, como si así pudiera mantener a raya las consecuencias durante unos minutos.
Margot pinchó con el tenedor el último trozo de pasta.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Tú terminas los deberes —dijo Claire.
—Me refería al mensaje.
—No hacemos nada con el mensaje.
Margot miró a Larissa.
—¿Y tú qué haces?
—Intentar no mirar el teléfono.
—No creo que lo consigas.
—Yo tampoco.
Scott miró el reloj y cogió el abrigo del respaldo de la silla.
Margot bajó los ojos al cuaderno, y Scott lamentó cómo lo había dicho. Había sonado más intencionado de lo que pretendía. Nadie hizo ningún comentario.
Claire acompañó a Scott y a Diane al recibidor. Detrás de ellos, Larissa cogió el teléfono por primera vez desde que había enviado el mensaje, miró la pantalla y volvió a dejarlo sin decir nada.
Scott se puso los zapatos mientras Diane le decía en voz baja a Claire que estaría disponible por la mañana si Helen quería hablar. Claire respondió, pero su atención seguía dividida entre la conversación del recibidor y las dos chicas de la cocina.
—No quiero que Larissa piense que tiene que arreglar esto —dijo.
—Entonces díselo otra vez mañana, cuando no haya cinco personas alrededor de la mesa —respondió Diane—. Creo que ya ha oído suficientes reglas por una noche.
Claire se frotó los brazos.
—Probablemente.
Desde la cocina llegó el zumbido de un teléfono sobre la mesa.
Al principio nadie reaccionó. En los últimos días todos los teléfonos de aquella casa habían vibrado demasiadas veces y casi nunca con algo que quisieran oír. Después se oyó el roce de la silla de Larissa contra el suelo, seguido de pasos apresurados.
Apareció en el recibidor con el teléfono en la mano y se detuvo junto a la puerta, mirando primero a Claire y luego a Scott y a Diane, como si el hecho de que el mensaje hubiera llegado no significara que supiera qué hacer a continuación.
—Es Xenia —dijo Larissa y, tras una vacilación que le cambió la voz, añadió—: Me ha contestado.