CAPÍTULO 17
LA COCINA
Cuando Scott llegó a casa de los Robertson, ya habían pasado las siete.
La lluvia que lo había acompañado durante el último tramo del trayecto se había reducido a una llovizna fría, suficiente para humedecerle los hombros entre el coche y la puerta de entrada.
El coche de Diane ya estaba allí, aparcado demasiado cerca de la valla, y tras las cortinas de la cocina distinguía figuras que cruzaban por delante de la luz y volvían a desaparecer, aunque no sabía quiénes eran.
Claire abrió la puerta antes de que le diera tiempo a llamar y se hizo a un lado, como si el saludo pudiera esperar.
Desde la cocina les llegó la voz de Margot.
—Mamá, sé lo de Marion.
Claire cerró los ojos un instante.
—¿Cómo te has enterado?
—Os oí ayer.
—¿Qué oíste?
Hubo una pausa; cuando la chica volvió a hablar, su voz sonó más cautelosa.
—No todo.
Claire se dirigió a la cocina, y Scott y Diane la siguieron sin hacer comentarios.
Margot estaba sentada en un extremo de la mesa, con un cuaderno de ejercicios de matemáticas abierto delante, una regla atravesada sobre la página y un lápiz que había mordisqueado hasta dejar astillada la madera alrededor de la goma.
En la mesa también estaban el portátil de Claire, dos cargadores, un paquete de paracetamol, varios sobres sin abrir y un frutero con tres plátanos, uno de ellos tan maduro que Scott se preguntó por qué nadie lo había tirado.
—¿Qué oíste? —preguntó Claire.
Margot levantó la vista del cuaderno.
—Que Marion conocía a papá de Hendon y que la madre de Xenia es Marion. No sé por qué me miras así. No estaba con un vaso pegado a la puerta. Hablabais alto.
Claire apartó una silla, pero no se sentó.
—Debería habértelo contado yo.
—Me lo estás contando ahora.
—No es tan sencillo.
Margot dio la vuelta al lápiz y empezó a morder el otro extremo.
—Ya nada es sencillo.
Diane hizo un gesto a Scott para que entrara. La casa se había quedado en ese silencio cuidadoso que significaba que todos sabían que estaba a punto de decirse algo.
Claire miró el cuaderno abierto de Margot.
—¿Estás haciendo matemáticas?
—Sí, pero la señora Baxter quiere que escriba todos los pasos aunque sepa la respuesta. Si tres equis más siete son veintidós, equis es cinco. No entiendo qué más quiere de mí.
—Probablemente que enseñes cómo has llegado al cinco —dijo Scott.
Margot le lanzó una mirada.
—¿Tú también?
—¿Yo también qué?
—¿También necesitas pruebas para todo?
Diane apartó una silla.
—Por desgracia, sí.
Scott no dijo nada, porque la pregunta de la chica se había acercado al problema de aquella noche más de lo que ella imaginaba.
Claire abrió la nevera, miró dentro y volvió a cerrarla sin sacar nada; después consultó el móvil. Tenía tres mensajes nuevos de Hannah y uno de un número que Scott no reconoció, y los quitó de la pantalla sin abrirlos.
—¿Has comido? —le preguntó Diane.
Claire dejó el móvil junto al portátil.
—¿Por qué todo el mundo sigue preguntándome si he comido?
—Porque seguramente no lo has hecho.
—Tomé algo en la oficina.
—¿Qué?
Claire la miró; la irritación le subió demasiado deprisa para que tuviera que ver con la comida.
—No lo sé, Diane. Un wrap , creo. No recuerdo qué llevaba y, a menos que sea relevante para la paternidad de Xenia, preferiría no tener que reconstruir también qué comí.
Margot bajó los ojos al cuaderno. Diane guardó silencio unos segundos y luego acercó hacia sí una de las facturas sin abrir.
—De acuerdo. No debería haber insistido.
Claire se frotó la frente.
—Y yo no debería haberte contestado así.
Arriba sonó una puerta, después unos pasos en la escalera, y Larissa entró en la cocina con una sudadera gris y pantalones de pijama, aunque ni siquiera eran las ocho.
Saludó a Scott, abrazó a Diane y se detuvo junto a la mesa al darse cuenta de que nadie parecía dispuesto a retomar la conversación que mantenían antes de que apareciera.
—¿Qué ha pasado?
Claire sacó una silla para ella.
—Siéntate con nosotros.
Larissa miró a Margot.
—¿Ella también se queda?
—Estoy aquí —dijo Margot.
—Ya me he dado cuenta.
Claire por fin se sentó.
—Creo que es mejor que se quede. No quiero que vuelva a oír conversaciones a medias y complete sola lo que falta.
—Entonces ¿puedo cerrar el cuaderno de mates? —preguntó Margot.
—Sí, pero lo terminas después.
Claire dejó el teléfono junto al portátil. Nadie volvió a intentar llenar el silencio con preguntas sobre comida.
Larissa no apartó los ojos de ella.
—¿Qué quieres decir?
Claire deslizó la palma por la mesa hasta detenerla junto al portátil.
—Una aventura.
Margot frunció el ceño.
—¿«Aventura» significa que se acostaron o puede significar otra cosa?
—Margot, no hace falta que…
—Se acostaron —dijo Larissa sin apartar los ojos de Claire.
Claire la miró, pero no la corrigió.
Margot acercó la silla a la mesa.
—¿Tú lo sabías?
—Me enteré ayer.
—¿Por papá?
—Después de preguntárselo.
Larissa sacó las manos de las mangas y se recogió el pelo detrás de la cabeza, aunque no tenía goma; al cabo de unos segundos volvió a soltarlo.
—¿Cuándo fue?
—En 2008.
Larissa se quedó quieta.
—Yo nací en 2008.
Claire la miró.
—Lo sé.
—No, quiero decir… ¿cuándo, en 2008?
Claire dejó de intentar suavizar la respuesta.
—Cuando estaba embarazada de ti.
Margot miró a Larissa y Diane se inclinó para coger la taza, aunque no bebió.
Scott contempló la mesa donde, menos de dos semanas antes, habían comido todos juntos y hablado del colegio, del aparcamiento y de la candidatura de Claire; la normalidad de aquella noche parecía ahora tan cercana que casi podía confundirla con algo que todavía existía.
Larissa sacó el móvil del bolsillo y lo dejó sobre la mesa.
—Y papá no dijo nada durante casi diecinueve años.
Claire se encogió apenas de hombros.
—A mí no.
—¿Cómo te enteraste ayer?
—Le pregunté directamente si conocía a Marion. Al principio intentó esquivar la respuesta y luego lo admitió.
Larissa miró a Scott.
—¿Por qué se lo preguntaste?
—Porque había averiguado que Marion estuvo en Hendon cuando él daba clase allí.
—¿Y eso es todo lo que averiguaste?
Scott dejó su cuaderno sobre la mesa.
—No. Por eso estoy aquí.
Larissa la miró.
—Estás muy enfadada con él.
Claire terminó de despegar una etiqueta y, sin darse cuenta, la pegó en el borde de la mesa.
—Sí.
—Pero le crees lo de Xenia.
—Le creo cuando dice que no la agredió. Eso no cambia lo que hizo con Marion ni el hecho de que me mintiera.
Diane cogió un bolígrafo, pero solo escribió tres referencias: Hendon, embarazo de Claire, embarazo de Marion.
—No hace falta repasar otra vez toda la historia —dijo—. Lo importante es lo que sabemos y lo que solo estamos suponiendo.
Larissa miró las tres frases.
—Yo no soy una fecha en una cronología.
—No —dijo Claire.
—Pero estaba allí. Dentro de ti.
Claire cerró los dedos en torno al bolígrafo.
—Sí.
Larissa levantó la vista hacia ella.
—Papá estaba con Marion mientras tú estabas embarazada de mí.
—Sí.
Para Larissa, aquello fue lo primero de esa noche que dejó de parecer el pasado de otra persona.
Scott habló antes de que el silencio se asentara.
—Marion no interrumpió el embarazo. Tuvo al bebé en enero.
Larissa lo miró y algo cambió en su expresión antes de preguntar:
—¿Una niña?
Claire se levantó y tiró el plátano a la basura, aunque no estaba podrido.
—Sí.
Larissa la observó.
—Estás haciendo eso otra vez.
Claire se detuvo.
—¿El qué?
—Eso de decidir cuánta verdad pueden soportar los demás y cuándo.
La observación quedó entre ellas. Scott vio cambiar la expresión de Claire, no porque hubiera encontrado una respuesta, sino porque había encontrado demasiadas.
—Puede que tengas razón —dijo al cabo de unos segundos—. Aun así, no te lo habría contado por teléfono.
Larissa apartó la mirada.
Margot acercó la regla y empezó, sin motivo alguno, a medir el borde.
—¿Cómo se llamaba la niña?
Claire apoyó las dos manos en la encimera.
Scott respondió.
—Xenia.
La regla se detuvo bajo los dedos de Margot.
Larissa lo miró fijamente, sin parpadear.
—¿Xenia?
—Sí.
—¿Xenia Willis?
—Sí. Elizabeth la conoció cuando era un bebé y dice que Marion la llamó Xenia.
Larissa se levantó y fue hasta la puerta del jardín. Fuera apenas se veía nada más allá de su propio reflejo, y la lluvia sobre el cristal convertía la luz de la cocina en manchas borrosas.
Margot miró a Claire.
—Entonces podría ser nuestra hermana.
—Podría.
—Media hermana —dijo Margot, como si la precisión hiciera más fácil colocar las cosas en su sitio.
Larissa se volvió.
—No sabemos que lo sea.
—He dicho «podría».
—Ya sé lo que has dicho.
Margot dejó la regla.
—Entonces ¿por qué te enfadas conmigo?
Larissa se pasó ambas manos por la cara.
—No estoy enfadada contigo. O sí, pero no por ti. Perdona.
Margot la observó unos segundos y luego asintió, sin decirle que no importaba.
Diane acercó la hoja y miró las fechas que había anotado.
—Si nos ceñimos estrictamente a lo que tenemos, la cronología encaja con la posibilidad de que Adam sea el padre de Xenia. Es lo único que podemos decir ahora mismo sin ir más allá de la información disponible.
—¿Cómo se averigua con seguridad? —preguntó Margot.
Scott la miró.
—En algún momento, con una prueba de ADN, si hay consentimiento o una base legal adecuada para hacerla. Pero eso no es algo que podamos decidir aquí ni se hace simplemente porque tengamos una sospecha.
—Papá se haría la prueba.
Claire miró a Scott.
—Sí, probablemente.
Larissa regresó despacio a la mesa, pero no se sentó.
—¿Papá sabe que Marion tuvo al bebé?
—No —dijo Claire—. Al menos no lo sabía cuando hablamos ayer. Helen tiene que decidir cómo y cuándo le contamos lo que Scott ha averiguado, sobre todo mientras siga en esta situación.
—Así que está ahí sentado y todavía no sabe que la chica que lo acusa podría ser hija suya.
—Sí.
Larissa se mordió el labio.
—Es absurdo.
Claire alzó la vista hacia ella.
—Ahora mismo hay muchas cosas absurdas.
Margot miró la cronología.
—¿Xenia lo sabe?