CAPÍTULO 16 #2
—Marion empezó a faltar a clase y a dormir a horas raras.
A veces volvía a casa y la encontraba todavía en pijama por la tarde, y otras no estaba a las dos de la mañana y no contestaba al teléfono.
Fumaba junto a la ventana de la cocina aunque el casero nos había dicho que perderíamos la fianza si fumábamos en el piso, y yo me enfadaba por eso, lo que ahora parece…
no sé, quizá era lo único por lo que podía enfadarme sin tener miedo.
—¿Te daba miedo?
Elizabeth cruzó los brazos.
—A veces.
—¿Porque pensabas que podía hacerse daño?
—No sé si entonces lo pensé con tanta claridad.
Una vez volví del trabajo y su teléfono estaba allí, pero Marion no, y después de dos horas sin encontrarla empecé a conducir por los sitios donde creía que podía estar.
Al final estaba en casa de una amiga y no se le había ocurrido avisarme.
Cuando volvió, le grité, ella me gritó y al día siguiente fuimos juntas al supermercado como si eso arreglara algo.
Scott no escribió enseguida.
—¿Intentó hacerse daño alguna vez, que tú sepas?
—No. O al menos yo nunca lo vi y ella nunca me lo dijo. No escribas que hizo algo solo porque yo tuve miedo una noche.
—No lo haré.
Elizabeth miró el reloj y continuó antes de que Scott pudiera hacer otra pregunta.
—Tampoco quiero que parezca que estaba desmoronándose permanentemente.
Iba de compras, discutíamos por las facturas, veía la televisión, se reía de tonterías y a veces parecía exactamente la de antes.
Luego recibía un mensaje o pensaba que iba a verlo y todo empezaba otra vez.
La gente no deja de poner lavadoras solo porque su vida vaya mal.
Scott escribió unas palabras y pasó de página.
—Adam dice que Marion le contó que estaba embarazada.
Las manos de Elizabeth se quedaron quietas alrededor del vaso.
—Sí. Eso lo sé.
—¿Por Marion?
—Yo estaba en el piso cuando se hizo la prueba.
Scott dejó de escribir.
Elizabeth se volvió hacia la ventana, donde se habían encendido las luces del aparcamiento y los coches que llegaban dejaban rastros de agua sobre el asfalto.
—Había comprado dos pruebas. La primera me pareció positiva, pero la línea era tenue y Marion decía que casi no se veía.
Se hizo la segunda a la mañana siguiente, y yo tenía que irme a trabajar y ya llegaba tarde.
Salió del baño con la prueba y me preguntó si dos líneas significaban definitivamente que era positiva.
Le dije que suponía que sí y luego discutimos porque le pregunté qué iba a hacer.
—¿Cómo reaccionó al resultado?
Elizabeth apretó los labios, intentando recordar sin simplificar.
—Estaba asustada, pero también contenta.
Al menos durante las primeras horas. No paraba de decir que ahora las cosas tendrían que cambiar y que Adam lo entendería.
Le dije que un bebé no era una forma especialmente buena de convencer a un hombre para que cambiara de vida, y ella me dijo algo desagradable. Probablemente me merecía la mitad.
—¿Se lo dijo a Adam enseguida?
—Creo que sí. Yo no estaba cuando se lo contó y no sé si fue ese día o unos días después.
—¿Sabes cómo reaccionó él?
Elizabeth bajó las manos al regazo.
—Marion volvió a casa llorando. No recuerdo si fue esa tarde o la siguiente, y si ahora te dijera que fue martes o miércoles estaría mintiendo.
Solo recuerdo que intentaba contarme la conversación y yo no podía seguirla porque saltaba de una cosa a otra y volvía una y otra vez a las mismas dos o tres frases.
Scott mantuvo el bolígrafo sobre la página.
—¿Qué frases?
—No las palabras exactas. Algo sobre que él no iba a dejar a su pareja y que lo suyo había terminado. Luego me dijo que él quería deshacerse del embarazo.
—¿Quién quería?
Elizabeth lo miró.
—Adam quería que Marion abortara. Marion, en ese momento, no quería.
—Adam dice que sugirió interrumpir el embarazo y se ofreció a pagarlo.
—Lo del dinero me suena, pero no quiero decir que recuerde la conversación cuando en realidad acabas de darme tú ese detalle. Lo que sé con certeza es que ella dijo que él quería que abortara.
Scott tachó las dos palabras que había empezado a escribir sobre el dinero.
Elizabeth se dio cuenta.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por tacharlo.
Scott tapó el bolígrafo durante unos segundos.
—¿Qué hizo Marion después?
—Esa fue la parte más difícil. Un día decía que iba a tener al bebé le gustara a él o no, y al siguiente decía que no podía criar sola a un niño y que quizá Adam tenía razón.
Intenté no decirle lo que tenía que hacer, cosa que no siempre conseguí, porque a los veinte y tantos crees que cualquier problema puede resolverse si defiendes con suficiente insistencia la solución evidente.
—¿Pidió cita para interrumpir el embarazo?
—No lo sé. Si la pidió, no llegó a hacerlo.
Scott volvió a destapar el bolígrafo.
—¿Estás segura?
Elizabeth lo miró como si la pregunta hubiera confirmado lo que sospechaba sobre el motivo de la reunión.
—Fui con ella a las citas, Scott.
Cerca de allí, el niño con uniforme pasó sosteniendo con las dos manos la bebida con nata que finalmente había conseguido, mientras su padre le advertía que no corriera. Scott los siguió con la mirada sin querer hasta que llegaron a la puerta.
—¿Cuánto tiempo estuviste con ella?
—Me mudé hacia finales de año, pero después seguimos siendo amigas. No me fui al otro lado del mundo.
—El embarazo continuaba cuando te mudaste.
—Sí. Para entonces se le notaba.
Scott pasó un dedo por el borde de la libreta.
—Adam dice que no sabía si Marion había tenido al bebé.
Elizabeth no pareció sorprendida.
—Entonces probablemente no lo sabía.
—¿Marion no se lo dijo?
—No sé qué le dijo después de que yo me mudara. Decía que no quería nada más de él y que no iba a volver a ponerse en contacto, salvo que Marion decía muchas cosas cuando estaba enfadada y a veces cambiaba de idea por la mañana. No puedo garantizar lo que hizo cuando yo no estaba.
Scott miró sus notas y después a ella.
—Has dicho que seguisteis siendo amigas después de que te mudaras. ¿Qué pasó con el embarazo?
Elizabeth sacó el teléfono, miró la hora y volvió a dejarlo sobre la mesa, esta vez con la pantalla hacia arriba.
—Dio a luz.
Scott dejó el bolígrafo sobre la libreta.
—¿Cuándo?
—En enero, hacia finales. La fecha exacta… espera.
Elizabeth se frotó la frente y luego negó con la cabeza.
—No. No voy a adivinar. Fue en enero. Fui al hospital a verla y recuerdo que fuera hacía un frío de cojones, pero eso no te sirve para la fecha.
—¿Era una niña?
—Sí.
Scott tuvo que mover su vaso porque estaba justo donde quería escribir.
—¿Cómo se llamaba?
Elizabeth lo miró durante varios segundos, y su expresión cambió más despacio que cuando había oído el nombre de Adam.
—Espera. ¿No lo sabes?
—Si lo supiera, no querría decírtelo antes de que contestaras.
—Pensaba que por eso me habías encontrado. Creía que ya sabías todo esto y estabas comprobando algo.
Scott no la apremió. Elizabeth cogió la chaqueta del respaldo y la sostuvo sobre el regazo, aunque en la cafetería hacía demasiado calor para ponérsela.
—Xenia. Marion la llamó Xenia.
Scott la miró sin escribir.
—¿Xenia Willis?
—Sí.
Una mujer de la mesa contigua echó la silla hacia atrás y las patas metálicas chirriaron contra el suelo. Elizabeth miró hacia allí y luego volvió a Scott.
—¿Por eso has venido?
—He venido porque Xenia Willis acabó siendo alumna del colegio donde enseña Adam Robertson y, hasta ahora, no teníamos ninguna explicación para esa conexión.
—¿Y Adam no lo sabe?
—Dice que no sabía que Marion hubiera llevado el embarazo a término.
Elizabeth se tapó la boca con una mano.
—Dios.
Scott volvió a coger el bolígrafo.
—¿Marion decía que Adam era el padre?
—Sí, pero quiero que vayamos con cuidado, porque no tengo forma de saber si eso era biológicamente cierto. Ella decía que era su hijo y yo no sabía de ningún otro hombre, pero eso no me convierte en una prueba de ADN.
—No intento convertirte en una.
—Tienes esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de alguien que ha encontrado la pieza que buscaba.
Scott se echó un poco hacia atrás.
—He encontrado un dato importante. No es lo mismo.
Elizabeth lo observó unos instantes y después se puso la chaqueta.
—Eso suena muy policial.
—Algunas costumbres son útiles.
—Algunas.
Scott cerró la libreta.
—Una pregunta más y te dejo marchar. La última vez que viste a Marion por aquella época, ¿cómo estaba?
Elizabeth mantuvo una mano en la cremallera de la chaqueta.
—No sé cómo responder sin convertirla en algo que no era.
Estaba cansada, tenía a la niña, había adelgazado después del parto y se empeñaba muchísimo en demostrar que podía con todo.
A veces podía y otras iba a verla y encontraba tres días de platos en el fregadero mientras ella me decía que todo era perfecto.
Algunos días odiaba a Adam; otros seguía hablando de él como si al final fuera a comprender lo que había perdido. Al cabo de un tiempo dejé de preguntar.
—¿Conociste a Xenia de pequeña?
—Bastante al principio. Era un bebé tranquilo, probablemente lo único que le puso las cosas un poco más fáciles a Marion aquel año. Cuando empecé a trabajar más y Marion se mudó, fuimos viéndonos cada vez menos.
Elizabeth se colgó el bolso y se levantó; Scott hizo lo mismo.
—Si la policía que investiga esto quiere hablar conmigo, puede ponerse en contacto directamente —dijo—. No quiero que una conversación en una cafetería acabe convertida en una declaración.
—No haré eso.
—Y si algo de lo que te he contado llega a Adam, no le digas que yo sé qué clase de hombre era. No lo sé. Lo vi dos veces, quizá tres, y ni siquiera hablé con él.
Scott se puso el abrigo.
—Lo entiendo.
Elizabeth cogió el vaso y, después de mirarlo, lo tiró a la papelera junto a la salida.
Fuera, la temperatura había bajado lo suficiente para que Scott se subiera la cremallera antes de llegar al coche. Elizabeth abrió la puerta del utilitario, pero mantuvo una mano sobre ella.
—Hay algo más.
Scott se volvió.