Némesis CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

DIECIOCHO AÑOS ATRÁS

—Shaw.

Al fondo sonaba un anuncio por megafonía, tan distorsionado que Scott solo alcanzó a distinguir unas sílabas y el nombre de una compañía aérea.

—¿Elizabeth Shaw?

—Sí. ¿Quién es?

—Scott Mercer. Perdona que llame a estas horas.

—Si estás vendiendo algo, no me interesa.

—No vendo nada. Intento localizarte por Marion Willis.

El anuncio continuó de fondo, seguido de unos pasos y de la voz de un hombre que dijo algo demasiado lejos del teléfono para que Scott lo entendiera. Elizabeth no contestó enseguida.

—¿Cómo has dicho que te llamabas?

—Scott Mercer.

—¿Se supone que debería conocerte?

—No.

—Entonces ¿por qué me llamas por Marion?

Scott acercó la taza y recordó que ya no quería el café.

—Preferiría explicártelo cuando no estés trabajando, si estás dispuesta a hablar. Creo que vivisteis juntas una temporada.

—¿Cómo sabes eso?

—Encontré información antigua y me llevó hasta tu nombre. No he utilizado bases de datos policiales y no te llamo en calidad oficial.

—¿Se supone que eso tiene que tranquilizarme?

—No necesariamente.

Sonó una puerta y luego el ruido a su alrededor disminuyó.

—¿Eres policía?

—Lo fui.

—¿Y ahora?

Scott se frotó la barbilla y miró hacia la ventana de la cocina, donde la valla del jardín seguía mojada por la lluvia nocturna.

—Ahora intento ayudar a una amiga.

—Con Marion.

—Con su hija.

Elizabeth respiró cerca del micrófono. Cuando volvió a hablar, ya no parecía tener prisa.

—¿Xenia?

Scott se enderezó en la silla.

—Ni tú te lo crees.

El teléfono se quedó sobre la encimera mientras Scott se preparaba, después de todo, un segundo café.

A las tres y veinte, después de dos retenciones en la M25 y otra en la M1, Scott encontró la última plaza libre de un aparcamiento que olía a asfalto mojado y al aceite de los contenedores que había detrás de la cafetería.

Salió con la espalda rígida y permaneció unos instantes junto a la puerta, estirando discretamente la pierna derecha, una costumbre que había adquirido después de los cincuenta y que seguía negándose a considerar un signo de la edad.

Elizabeth llegó casi diez minutos más tarde en un utilitario gris y, antes de bajar, permaneció un rato mirando hacia la entrada de la cafetería.

Scott no había buscado fotografías recientes de ella, pero la reconoció por la forma en que la mujer al volante comprobó primero el aparcamiento, luego su coche y, por último, a él.

Llevaba el pelo castaño recogido. Vestía pantalones negros y una chaqueta gruesa sobre un jersey oscuro. Por cómo hizo rodar un hombro al ponerse el bolso, parecía haber tenido ya un día lo bastante largo antes de que él apareciera.

—¿Mercer?

—Scott Mercer.

—Enséñame algo con tu nombre.

Sacó el permiso de conducir y se lo entregó sin comentar nada. Elizabeth comparó la fotografía con su cara, leyó el nombre y se lo devolvió.

—Eso solo demuestra que eres Scott Mercer.

—De momento es lo único que te he pedido que creas.

Ella lo miró un poco más de lo necesario y se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.

—Entremos. Me estoy congelando.

La cafetería estaba casi llena. Cerca del mostrador, un niño con uniforme escolar negociaba con su padre una bebida coronada con nata montada, mientras dos mujeres de una mesa cercana hablaban de unas vacaciones con el volumen suficiente para que Scott supiera el precio de su hotel antes de pedir su café.

Elizabeth pidió té, cambió de idea después de que la chica de la caja hubiera introducido el pedido y lo sustituyó por café; después especificó que no quería sirope.

—No te he preguntado si querías sirope —dijo la chica.

—Ya. Perdona. Día largo.

Scott pagó las dos bebidas antes de que Elizabeth pudiera sacar la tarjeta.

—No tenías por qué hacer eso.

—Ya pagarás tú la próxima vez.

—No sabemos si habrá una próxima vez.

—Entonces he perdido tres libras.

Eligieron una mesa al fondo, donde el ruido de la cafetera tapaba bastante bien las demás conversaciones. Elizabeth se quitó la chaqueta y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.

—Has dicho que esto era por Xenia.

Scott ajustó la tapa de su vaso, que no había encajado bien por un lado.

—Xenia Willis es alumna de North Downs School, en Surrey. Uno de sus profesores se llama Adam Robertson.

Elizabeth, que estaba soplando el café, se detuvo.

—¿Adam Robertson?

—¿Lo conoces?

—¿Profesor de literatura?

La pregunta confirmó más de lo que Scott quería mostrar. Esperó unos segundos antes de responder.

—Ahora enseña inglés y literatura. En 2008 enseñaba literatura clásica en Hendon.

Elizabeth dejó el vaso sin haber bebido.

—Dios. ¿Es él?

—¿Qué quieres decir con «él»?

—El Adam de Marion.

Scott no respondió enseguida y la mujer puso los ojos en blanco.

—Ya, ya. Tú has venido a hacer las preguntas.

—Intento averiguar qué sabes sin decirte qué tienes que recordar.

—Pues has empezado mal, porque acabas de darme su nombre.

—No he encontrado una forma útil de ocultártelo.

Elizabeth acercó la silla a la mesa.

—¿Qué ha pasado?

Scott explicó cuanto creyó que podía sin revelar más del caso de lo necesario.

Xenia había acusado a Adam de un delito sexual, la policía investigaba la denuncia y Adam había sido detenido; Scott no formaba parte de la investigación y, a petición de la familia, intentaba comprender si había alguna razón por la que Xenia hubiera terminado concretamente en la vida de Adam.

Elizabeth escuchó con las manos alrededor del vaso y, cuando terminó, no formuló la pregunta que Scott esperaba.

—¿Dónde está Marion?

—No he hablado con ella.

—Pero sabes dónde vive.

—Ahora en Surrey, por lo que he podido averiguar. Antes vivía en Sevenoaks.

—Kent, sí. Me suena.

—¿Cuándo hablaste con ella por última vez?

Elizabeth apretó los labios e intentó calcular.

—Quizá hace quince años. Catorce, dieciséis… no quiero inventármelo. No hubo un día en que decidiéramos que ya no éramos amigas. Las llamadas fueron haciéndose menos frecuentes hasta que, al final, ninguna llamó a la otra.

—Pero en 2008 erais íntimas.

—Vivíamos juntas. Un piso en Edgware, dos dormitorios y una caldera que el casero reparaba exclusivamente por teléfono. Siempre decía que tenía que ser la presión del agua y, al cabo de unos meses, Marion le preguntó si la presión del agua también pagaba el alquiler, porque nosotras sí.

Scott sacó la libreta y la dejó cerrada sobre la mesa.

—¿Puedo tomar notas?

Elizabeth lo miró.

—Espero que no hayas venido a grabarme.

—No.

—Entonces toma notas, pero si no recuerdo algo, escribes que no lo recuerdo. No vamos a convertir «creo» en «sí» cuando vuelvas a casa.

—De acuerdo.

—Y no digas «de acuerdo» como si estuvieras tomando declaración. Hace que me arrepienta de haber venido.

Scott colocó el bolígrafo entre los dedos.

—Lo intentaré.

—Mejor.

Al principio, dijo Elizabeth, no sabía quién era el hombre con el que Marion había empezado a salir. Solo había notado que su compañera de piso salía más por las noches y que a veces volvía tarde con explicaciones demasiado largas para una pregunta que Elizabeth ni siquiera había hecho.

—Pensé que era otro estudiante, quizá alguien un poco mayor. Luego me dijo que trabajaba en Hendon y seguí sin entenderlo. Cuando me dijo que le daba clase, le pregunté si hablaba en serio.

—¿Cómo reaccionó?

—Mal, porque yo reaccioné mal. Le dije que era una idea estúpida y que él debería tener más juicio. Marion pensaba que yo lo juzgaba sin conocerlo, lo cual era verdad, salvo que no necesitaba conocerlo para ver que aquello era un desastre.

Sin darse cuenta, Elizabeth arrancó un trozo de la funda de cartón del vaso.

—Estuvimos dos días sin hablarnos, aunque compartíamos baño y teníamos una nevera tan pequeña que había que mover la comida de la otra para meter cualquier cosa.

Luego volvió a casa con comida china y me preguntó si quería, y esa fue nuestra reconciliación.

A los veinte y tantos gestionas algunas cosas fatal.

—¿Marion estaba enamorada de él?

Elizabeth levantó la vista.

—Eso decía. No puedo decirte qué tenía en la cabeza, pero se comportaba como alguien para quien la relación se había vuelto muy importante.

—Adam dice que duró unos meses.

—Puede ser. No sé cuándo empezaron a acostarse y yo no llevaba un registro. Solo sé que durante una temporada todo parecía girar alrededor de él.

Scott escribió unas palabras y Elizabeth se inclinó un poco hacia delante, intentando sin éxito leer su letra.

—Tienes una letra horrible.

—Es deliberado.

—Claro.

—¿Marion sabía que Adam tenía pareja?

Elizabeth levantó el vaso y volvió a dejarlo al descubrir que seguía demasiado caliente.

—Más adelante, seguro. Al principio no sé cuánto le había contado. Marion decía que su relación estaba prácticamente acabada, cosa que yo nunca creí.

—¿Por qué?

—Porque las relaciones que están «prácticamente acabadas» tienen la costumbre de seguir muy vivas cuando llega el momento de que alguien se mude de verdad.

Scott levantó la vista de la libreta.

—Adam y Claire no vivían separados.

—Entonces tenía razón.

—Claire estaba embarazada entonces.

Los dedos de Elizabeth se detuvieron sobre la tapa del vaso.

—¿De él?

—Sí.

—¿Marion lo sabía?

—Eso esperaba que pudieras decírmelo tú.

Elizabeth se echó hacia atrás y, durante unos instantes, desapareció de su expresión la seguridad con la que había hablado del piso.

—No recuerdo que me lo dijera. Puede que lo supiera, pero creo que lo recordaría porque… no sé, seguramente habríamos vuelto a discutir. No puedo decirte que seguro que no lo sabía.

Scott escribió exactamente eso.

—Cuando terminó la relación, ¿qué le pasó a Marion?

—Depende de lo que entiendas por «terminó». Para él probablemente hubo una conversación. Para ella duró mucho más.

Elizabeth por fin bebió el café e hizo una mueca.

—Ahora está demasiado frío. Fantástico.

Scott empujó hacia ella su propio vaso.

—El mío es peor.

—Has pedido un americano. Ha sido elección tuya.

La mujer sonrió por primera vez y luego pasó el pulgar por el borde roto de la funda de cartón.