CAPÍTULO 15 #2
Adam no respondió, y la pregunta se contestó sola.
Claire sintió el respaldo de la silla contra la columna.
—¿De ti?
—Dijo que era mío.
—¿Y tú qué pensabas?
—Que probablemente lo era.
—¿Probablemente?
Adam se pasó una mano por la boca.
—Que yo supiera, no había nadie más. No voy a fingir ahora que hice una prueba o que podía saberlo biológicamente. La creí.
Helen dejó el bolígrafo.
—¿Qué pasó después de que te lo dijera?
Adam miró a Claire y luego bajó los ojos.
—Le dije que no podíamos tener al bebé.
Había algo en aquella formulación que no encajaba.
—¿Qué quieres decir con que no podíais tener al bebé?
—Le dije que no iba a dejarte, que nuestra relación había terminado y que…
No continuó.
—¿Y qué?
Adam inspiró por la nariz.
—Que debía interrumpir el embarazo.
Claire lo miró sin hablar.
Fue Helen quien continuó.
—¿Le pediste explícitamente que abortara?
—No sé qué palabras utilicé.
—Intenta recordarlo.
—Le dije que era la mejor solución. Probablemente dije que debía hacerlo. No estoy intentando evitar la palabra, simplemente no puedo reproducir una conversación de hace dieciocho años.
—¿Te ofreciste a pagarlo?
Adam pensó.
—Sí. Creo que sí.
—¿Lo pagaste?
—No.
—¿Fuiste con ella a una clínica o a un médico?
—No.
—¿Viste alguna cita, carta o documento que confirmara que el embarazo se había interrumpido?
—No.
Claire miró a Helen.
—Entonces ¿por qué habla de ello como si hubiera ocurrido?
Adam respondió antes que la abogada.
—No he dicho que ocurriera.
—Has vivido dieciocho años como si hubiera ocurrido.
—Sí.
—Desde donde estoy sentada, hay muy poca diferencia.
Adam movió el vaso de agua unos milímetros hacia delante y hacia atrás.
—Hablé con Marion algunas veces después de aquello. No muchas. Ella… no quería volver a verme, luego quería verme, y yo no quería que siguiéramos dando vueltas a lo mismo. En un momento dado me dijo que ya no tenía que preocuparme por ella.
—Y decidiste que eso significaba que había abortado.
—Creo que decidí que significaba lo que me convenía.
Claire volvió a levantarse, pero esta vez permaneció junto a la silla.
—Dios, Adam.
Él no respondió.
—¿Qué estaba haciendo yo entonces?
Adam levantó la vista.
—¿Qué?
—Cuando mantenías esas conversaciones con ella, ¿qué estaba haciendo yo? ¿Estaba en casa? ¿En el trabajo? ¿Comprando cosas para el bebé? Quiero saber si lo recuerdas.
—Claire, no puedo…
—Claro que no puedes.
—No era eso lo que quería decir.
—Sé lo que querías decir y da igual.
Helen cerró el expediente durante unos segundos y después volvió a abrirlo.
—Tenemos que separar dos cosas, aunque para vosotros dos ahora mismo no puedan separarse.
Adam, la relación con Marion y el embarazo pueden llegar a ser extremadamente importantes para la defensa, pero también pueden perjudicarte enormemente si salen a la luz sin contexto.
Necesito saber absolutamente todo lo que recuerdes de ella, incluidas las cosas que te resulten vergonzosas o irrelevantes.
Adam se frotó los ojos.
—Esto va a hacer que parezca culpable.
Claire volvió la cabeza hacia él.
Adam se dio cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.
—No de eso. Quiero decir, si sale que tuve una relación con una estudiante…
—Tuviste una relación con una estudiante —dijo Claire.
—Lo sé.
—Entonces no es que salga a la luz lo que te hace quedar mal.
Adam se pasó una mano por la nuca.
—No me estoy expresando bien.
—No —dijo Claire—. No lo estás haciendo.
Helen dejó pasar varios segundos antes de continuar.
—Cuando viste a la mujer que abrió la puerta a Xenia aquella noche, ¿la reconociste?
—No.
—¿La viste lo bastante bien como para haberla reconocido?
—No lo sé. Llovía muchísimo, yo estaba en el coche y ella en la puerta. Supuse que era la madre de Xenia, pero no la miré más de unos segundos.
Claire recordó la descripción que Adam había dado de aquella noche, tan precisa sobre la carretera, la lluvia y la hora. Marion no había tenido nombre entonces.
—Si la hubieras visto con luz, ¿la habrías reconocido?
—Quizá. No sé qué aspecto tiene ahora.
—¿Has visto alguna fotografía reciente?
—No.
—¿La buscaste alguna vez?
Adam pensó el tiempo suficiente para que la respuesta no fuera automática.
—No.
—¿Nunca?
—No creo. Quizá durante los primeros años busqué el nombre en internet una o dos veces. No recuerdo haber encontrado nada.
Claire lo miró.
—Eso es distinto de «no».
—Sí. Perdón.
Sus disculpas no le servían de nada. Claire acercó el bolso.
—Creo que no agrediste a Xenia.
Adam la miró y, por primera vez en toda la conversación, su rostro cambió de una forma que Claire reconoció de inmediato, como si aquellas palabras le hubieran permitido respirar durante un segundo.
—Pero —continuó— que te crea en eso no significa que ahora pueda ocuparme también de todo lo demás. No puedo ocuparme de nosotros, de que tú estés aquí, de las niñas y de Marion hace dieciocho años. No sé qué hacer con esto.
—Lo entiendo.
Claire lo miró.
—Probablemente no.
Adam bajó los ojos.
Helen le dijo que todavía necesitaba hacerle unas preguntas a Adam y que Claire podía marcharse. Claire se puso el abrigo y falló la manga a la primera porque el forro se había retorcido. Adam hizo un movimiento instintivo para ayudarla, pero se detuvo antes de levantarse.
Claire lo vio y se colocó la manga ella sola.
Había llegado a la puerta cuando Helen preguntó:
—Una última cosa antes de que Claire se vaya. ¿Llegaste a saber alguna vez, por alguna fuente, qué pasó con el embarazo de Marion?
Adam no apartó los ojos del vaso casi vacío.
—No.
—¿Marion nunca confirmó que lo hubiera interrumpido?
—No.
—¿Nunca recibiste después un mensaje, nada de un amigo, de la institución, de nadie más?
—No. Al cabo de un tiempo dejamos de tener contacto.
Claire ya tenía la mano en el pomo, pero no abrió.
—¿Cuánto es «al cabo de un tiempo»?
—No lo sé. Semanas. Quizá unos meses. Larissa nació en noviembre y para entonces… creo que Marion y yo ya no hablábamos. No puedo jurar la fecha.
Helen anotó algo.
Claire volvió a mirarlo.
—Así que no lo sabes.
Adam levantó la vista.
Durante un instante pareció a punto de añadir una explicación, pero renunció.
—No sé si Marion tuvo al bebé.