CAPÍTULO 15
¿CONOCES A MARION?
Helen llamó a Claire a las dos y once mientras Claire intentaba responder un correo que había abierto tres veces y dejado sin terminar otras tantas, aunque no tenía nada de complicado: un compañero quería saber si la reunión del viernes podía retrasarse media hora.
Ya no estaba segura.
A las cuatro y veintitrés aparcó, después de un trayecto en el que la lluvia fina había ensuciado el parabrisas sin mojarlo lo suficiente para que los limpiaparabrisas funcionaran bien.
Desde el almuerzo solo había comido unos bocados de un sándwich, y el café que había tomado en el coche le había dejado un sabor amargo en la lengua y una ligera náusea que intentaba ignorar.
Helen la esperaba dentro. Llevaba el mismo abrigo oscuro con el que Claire la había visto dos días antes y sostenía bajo un brazo el expediente de Adam, ahora tan abultado que la goma ya no quedaba recta.
—Has llegado rápido.
—Había menos tráfico después de la A3.
Helen la miró un instante y luego señaló el dispensador de agua.
—¿Quieres?
—No.
—¿Café?
—Tampoco.
—¿Has comido?
Claire la miró.
—¿Por qué todo el mundo sigue preguntándome eso?
Adam sacó la silla.
—Yo no lo he preguntado.
—Era tu siguiente pregunta.
Se sentó y miró a Helen.
—Entonces ¿qué pasa?
Helen dejó el expediente sobre la mesa.
—Claire quiere preguntarte algo y después probablemente yo también tenga algunas preguntas.
Adam volvió a mirar a su mujer. Claire había imaginado el trayecto hasta allí de varias maneras distintas, y en ninguna había pensado en el hecho de que él llevaría la camisa que ella le había preparado.
—Scott siguió buscando información sobre Xenia.
Adam acercó un poco la silla a la mesa.
—¿Qué encontró?
—A su madre.
—¿Qué quieres decir con que la encontró?
—Su nombre.
Adam esperó.
Claire sintió que, si preparaba una frase más antes de formular la pregunta, empezaría a odiarse por ello.
—Marion Willis.
Durante varios segundos Adam no dijo nada. Mantuvo los ojos en Claire, pero su expresión no le ofreció ninguna de las certezas que llevaba todo el día esperando. Se humedeció el labio inferior, se movió en la silla y después preguntó:
—¿De dónde has sacado el nombre?
Claire miró a Helen, aunque no quería su ayuda.
—¿La conoces? —preguntó.
—El nombre me suena.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Adam se pasó los dedos por la mejilla mal afeitada.
—Fue hace mucho tiempo.
—Así que la conoces.
—Creo que sí.
La ira que Claire había esperado seguía sin aparecer; en su lugar había una atención casi desagradable a cada palabra.
—¿De dónde?
Adam dirigió la mirada hacia Helen.
—¿Qué encontró exactamente Scott?
—No contestes a mi pregunta con otra.
—Intento entender de qué estamos hablando.
—De Marion Willis.
—Sé de quién estamos hablando, Claire.
Había levantado muy ligeramente la voz. Helen dejó el bolígrafo sobre el expediente sin decir nada.
Claire se inclinó hacia la mesa.
—Estuvo en Hendon.
Adam se quedó quieto.
El cambio no fue lo bastante claro para llamarlo miedo o culpa, pero esta vez Claire no tuvo que preguntarse si la información lo había sorprendido. Bajó los ojos y pasó varios segundos mirando sus propias manos.
—Sí —dijo al fin.
—¿Sí qué?
—La conozco de Hendon.
Helen habló por primera vez.
—¿En qué condición?
Adam movió la silla y una de las patas metálicas raspó el suelo.
—Era estudiante.
—¿Tuya? —preguntó Claire.
—Es posible. No recuerdo los grupos exactos de aquella época.
—Adam.
—¿Qué quieres que diga? Eran muchos. Yo daba varias…
—Quiero que no contestes como si te estuviera pidiendo el registro de clase.
Adam apretó los labios.
—Sí. Asistió a clases que yo impartía.
Claire lo miró y, por primera vez, recordó la pregunta que le había hecho dos días antes, cuando lo había obligado a decirle si había algo en su pasado que pudiera salir a la luz.
Él se había enfadado entonces, y ella había interpretado aquel enfado como la humillación de un hombre inocente al que obligaban a rendir cuentas de toda su vida.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—¿Lo de una estudiante de hace dieciocho años?
—Lo de la madre de Xenia.
—No sabía que fuera la madre de Xenia.
Respondió tan deprisa que casi se solapó con el final de la frase de Claire.
Ella lo miró.
—Bien. Entonces háblame de Marion.
Adam se frotó la frente una vez.
—Porque no hice la conexión.
—La has hecho bastante rápido ahora.
—Me has dado el nombre y Hendon.
—Scott la encontró después de dos días buscando. Tú ya conocías el nombre.
—No estaba aquí sentado pensando en Marion Willis.
—No te agarres a las palabras.
—No lo hago. Intento explicarte que no estaba aquí sentado repasando a cada estudiante que tuve hace veinte años.
Claire se detuvo. Era exactamente la clase de respuesta que Adam daba cuando se sentía acusado injustamente, y su familiaridad hizo que dudara por un instante de sus propias sospechas.
Helen abrió el expediente.
—Adam, aparte de que fuera estudiante, ¿hay alguna razón por la que el nombre Marion Willis te resulte familiar?
No contestó.
Claire volvió la cabeza hacia él.
—¿Adam?
—No tiene nada que ver con lo que Xenia dice que pasó.
Helen se quedó con una mano sobre una página.
—Eso no te corresponde decidirlo a ti.
—No he dicho que me corresponda decidirlo.
—Acabas de decidir su relevancia antes de contarnos qué es.
Adam se echó hacia atrás.
—Fue hace mucho tiempo.
Por primera vez Claire sintió una presión nítida en el estómago.
—¿Qué fue hace mucho tiempo?
Él no respondió enseguida y, cuando lo hizo, había bajado la voz.
—La conocía mejor que a los demás estudiantes.
Claire lo observó, esperando que continuara, pero Adam parecía pensar que ya había dicho bastante.
—¿Cuánto mejor?
—Claire…
—No. No me hagas esto. Ahora no.
Adam miró a Helen y luego volvió a mirarla a ella.
—Tuvimos una relación.
La pulcritud de la palabra la irritó.
—¿Qué clase de relación?
Adam movió la mandíbula antes de responder.
—Sexual.
Helen preguntó algo sobre la época, pero Claire solo oyó la respuesta.
2008.
Recordó el año antes de hacer las cuentas.
Su piso de Londres, el baño donde habían dejado la prueba de embarazo en el borde del lavabo, Adam llegando una noche a casa con tres clases de galletas de jengibre porque un compañero le había dicho que alguna tenía que funcionar contra las náuseas.
Recordó cómo se habían reído de la cantidad que había comprado y cómo dos paquetes se quedaron meses en un armario.
—¿Cuándo, en 2008?
Adam la miró.
—Primavera. Verano. No puedo darte las semanas.
Claire hizo las cuentas, aunque ya lo sabía.
—Yo estaba embarazada de Larissa.
Adam no intentó eludir la respuesta.
—Sí.
Claire retiró las manos de la mesa y las dejó en el regazo.
Helen dijo algo, probablemente preguntando cuánto había durado, y Adam respondió que dos o tres meses, quizá algo más, porque no recordaba exactamente cuándo había empezado.
Claire se descubrió escuchando como si hablaran del matrimonio de otra persona.
—Marion tenía veinte o veintiún años —dijo Adam—. No recuerdo exactamente cuándo era su cumpleaños.
—Y tú tenías veintiocho —dijo Claire.
—Sí.
—Y le dabas clase.
Adam bajó la mirada.
—Sí.
—¿Sabía que yo estaba embarazada?
La pregunta hizo que levantara la cabeza.
—Claire…
—¿Lo sabía?
—Al principio no.
—Esa respuesta no me ayuda.
—Se enteró.
—¿Por ti?
Adam vaciló.
—Sí. Creo que sí.
Claire se levantó y cogió el bolso, luego comprendió que no quería marcharse y volvió a dejarlo. Le molestaba que Helen la observara, aunque en aquel momento la abogada miraba sus propias notas.
—Necesito ir al baño.
Helen se levantó para hablar con la persona de fuera y Claire salió sin mirar a Adam.
En el baño de visitas, uno de los lavabos tenía un grifo que seguía corriendo durante dos segundos después de cerrarlo.
Claire se lavó las manos y después volvió a hacerlo sin necesitarlo.
En el espejo vio una mancha de máscara de pestañas bajo el ojo izquierdo e intentó borrarla con un dedo mojado, pero solo consiguió extenderla.
No estaba llorando ni sentía que estuviera a punto de hacerlo.
Estaba enfadada con un hombre de veintiocho años al que había conocido, con quien había compartido piso y cama y los primeros meses de un embarazo, y aquel hombre solo existía ahora en el recuerdo de la persona sentada en una sala de custodia contándole esas cosas con dieciocho años de retraso.
Cuando volvió, Adam tenía delante un vaso de agua. No lo había tocado.
Claire se sentó.
—Sigue.
—No sé por dónde empezar.
—Por donde lo has dejado.
Adam miró a Helen.
—Has preguntado cuándo terminó.
—Sí.
—Yo terminé la relación.
—¿Por qué?
—Claire estaba embarazada y…
Se detuvo.
Claire lo miró.
—¿Y?
—Y lo que estaba haciendo estaba mal.
Claire soltó un sonido breve, sin humor.
—¿Tardaste dos o tres meses en llegar a esa conclusión?
—No. Quiero decir, sí, evidentemente… No intento dejarme en mejor lugar.
—Sería difícil.
Helen levantó la vista hacia Claire y después volvió a Adam.
—¿Cómo reaccionó Marion cuando terminaste la relación?
—Muy mal. Se enfadó, luego lloró, después me llamaba. Empecé a no contestarle. En Hendon procuraba no quedarme a solas con ella.
—¿Amenazó con presentar una queja?
—No recuerdo que dijera eso.
—¿La presentó?
—No.
—¿Se enteró alguien de la institución?
Adam se frotó la palma contra el pantalón.
—Oficialmente no. No sé si lo sabían sus amigas. Probablemente.
Claire lo escuchaba y descubrió que había algo peor que las respuestas: la facilidad con la que ahora aparecían los detalles cuando, apenas unos minutos antes, él había afirmado que apenas recordaba a la mujer.
—Hay algo más —dijo.
Adam la miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque has empezado con «el nombre me suena» y ahora me estás contando quién lloró y quién llamó a quién. Así que hay algo más que todavía estás decidiendo si tienes que contar.
Adam cogió el vaso, bebió un poco de agua y lo dejó demasiado cerca del borde de la mesa. Helen lo empujó unos centímetros hacia el centro.
—Estaba embarazada —dijo.
Claire no entendió la frase al principio.
—¿Quién?