CAPÍTULO 14
MARION WILLIS
—No había pensado mucho en la respuesta.
Llenó el depósito de la cafetera y derramó un poco de agua sobre la encimera. La secó con la manga del albornoz antes de encender la máquina.
—¿La has encontrado?
Scott se quitó las gafas.
—Creo que sí.
Claire se volvió.
Él señaló la silla junto a la mesa, pero ella siguió de pie hasta que la máquina empezó a funcionar.
—La mujer de ayer, Marion Willis, aparece asociada con Hawthorn Close en varios sitios y en momentos distintos. No es solo una coincidencia de nombre en un resultado antiguo. He encontrado lo suficiente para estar bastante seguro de que hablamos de la persona correcta.
—¿La madre de Xenia?
Scott se frotó el puente de la nariz bajo las gafas.
—Sigo sin tener nada que lo diga explícitamente, pero la misma dirección, el nombre, las fechas… sí, todo encaja.
Claire se sirvió café antes de que la máquina terminara y volvió a colocar la jarra.
—Cuéntame qué has encontrado.
Scott giró el portátil hacia ella.
—Empecé por Surrey y no encontré gran cosa. Marion no parece haber tenido mucha vida pública, al menos con ese nombre. Después me fui más atrás.
Claire se sentó.
En la pantalla había un documento antiguo y mal escaneado, con un borde de la página oscurecido por la encuadernación y varias letras deformadas.
No se parecía en nada a lo que Claire había imaginado la noche anterior cuando Scott dijo que seguiría buscando.
Era una publicación institucional corriente, llena de avisos, nombres e información sobre actividades académicas que probablemente nadie había leído en años.
Scott desplazó un poco la página.
—Aquí.
Claire se inclinó hacia delante.
Marion Willis.
El nombre aparecía entre varios otros, sin fotografía ni ningún detalle que lo hubiera vuelto importante para alguien que no lo estuviera buscando expresamente.
—¿Dónde es esto?
Scott no contestó hasta que Claire volvió a leer la línea.
—Hendon.
Ella levantó la vista de la pantalla.
—¿Qué?
—El documento es de Hendon. He encontrado otras dos apariciones del nombre en material del mismo periodo. Una de ellas la identifica como estudiante o persona en formación; la redacción no es igual en todos los documentos y no quiero afirmar más de lo que tenemos.
Durante unos segundos Claire dejó de oír la cafetera, aunque seguía goteando a su espalda.
—Adam dio clase en Hendon.
Scott asintió.
—Lo sé.
—Literatura clásica.
—Sí.
Claire acercó el portátil con tanta rapidez que el cable de alimentación quedó tenso sobre la mesa.
—¿Qué año?
Scott señaló la fecha.
Claire ya la había leído.
Recordó el piso que tenían en aquella época, la cocina estrecha en la que dos personas no podían abrir al mismo tiempo la nevera y el cajón de los cubiertos, los trayectos de Adam al trabajo, la bolsa llena de trabajos y libros que a veces dejaba junto a la puerta.
Recordó un invierno en el que el radiador del dormitorio estuvo estropeado casi dos semanas y Adam llevó a casa un calefactor eléctrico que alguien le había prestado. Ya no recordaba quién.
Scott pasó a otra página.
—También he comprobado las fechas de Adam. No porque no te crea sobre dónde trabajaba, sino porque necesitaba ver si los años coincidían de verdad.
El nombre de Adam apareció en la pantalla en una lista del personal docente, seguido de la asignatura que impartía.
Claire lo reconoció enseguida.
—Así que estuvieron allí al mismo tiempo.
—Sí.
—Ella era estudiante.
—Por lo que he encontrado, sí.
Claire volvió a inclinarse hacia la pantalla.
—Y él enseñaba literatura clásica.
Scott dejó las gafas sobre la mesa.
—Sí.
Claire cogió el café, pero no bebió.
—Marion Willis.
Pronunció el nombre despacio, no por efecto, sino porque intentaba encontrarlo en algún lugar de sus recuerdos de aquellos años.
Adam hablaba de gente de Hendon. Compañeros, responsables, estudiantes que le habían hecho gracia o lo habían sacado de quicio, un administrativo que perdía constantemente las reservas de aulas y una mujer de la oficina que fumaba junto a una salida lateral hiciera el tiempo que hiciera.
Algunos nombres Claire los había olvidado; otros probablemente nunca los había oído.
Marion Willis no le decía nada.
—¿La has encontrado en alguno de sus cursos?
—No.
Claire miró a Scott.
—Pero has buscado.
—Sí.
—¿Y?
Scott acercó el portátil.
—Estos no son registros completos. Son programas, publicaciones, algunas listas y otras cosas que han sobrevivido porque alguien las digitalizó en algún momento. No puedo decirte a partir de esto quién estaba en cada clase ni quién enseñó a cada estudiante.
—Pero él podría haberle dado clase.
Scott mantuvo la mano un instante sobre el panel táctil.
—Las fechas y el área de estudio hacen que sea posible.
Claire se levantó y llevó la taza al fregadero, aunque apenas la había probado. El agua fría estaba corriendo. ¿La había dejado abierta Margot al llenar su botella la noche anterior? No. Claire la había abierto ella misma sin darse cuenta. La cerró.
—¿Por qué no me dijiste anoche que habías encontrado lo de Hendon?
—Porque no lo había encontrado.
—¿Cuándo lo encontraste?
—Esta mañana.
—Y llevas aquí sentado desde las seis y media.
—No estaba seguro de que fuera la misma Marion cuando vi el primer resultado. Seguí buscando.
Claire se volvió hacia él.
—Podrías haberme despertado.
Scott pareció sinceramente desconcertado.
—¿Para decirte que alguien con el mismo nombre aparece en un documento antiguo?
—Sí.
—Claire, probablemente has dormido cuatro horas.
—No sabes cuánto he dormido.
—Has bajado en albornoz a las ocho y tienes aspecto de…
Se detuvo.
—¿Qué aspecto tengo?
—Cansado.
—Tenías otra palabra.
—Ninguna que merezca la pena decir.
Claire lo miró fijamente hasta que Scott bajó los ojos a la pantalla.
—¿Qué más sabes de ella?
—¿De Marion?
Al cabo de unos segundos apareció la respuesta:
no es
Claire se levantó.
—Ahora vuelvo.
Encontró la blusa sobre el radiador del cuarto de servicio, donde ella misma la había dejado la noche anterior porque las mangas aún estaban húmedas. Cuando subió, Margot estaba en medio de su habitación con falda y camiseta interior, un calcetín puesto y el otro en la mano.
—Estaba abajo.
—He mirado.
—No en la secadora.
—Me dijiste que mirara en la secadora.
Claire le tendió la blusa.
—¿Has comido?
—No.
—Entonces vístete y baja.
Margot cogió la blusa y la sostuvo en alto.
—Todavía está húmeda.
Claire tocó la manga.
—Un poco.
—No puedo ir así.
—Tienes otra.
—La otra tiene esa mancha.
—No se ve.
Margot le dirigió una mirada que dejó perfectamente claro lo que pensaba del criterio de su madre sobre si una mancha sería visible en el colegio.
—La secaré con el secador —dijo Claire.
—Olerá.
—Entonces ponte la otra.
Margot dejó caer los brazos.
—Papá sabe dónde está la plancha.
Claire sintió que debía de haber una conexión lógica que se le escapaba.
—Yo también sé dónde está.
—Pero él la usa.
—Sé usar una plancha, Margot.
—No he dicho que no sepas.
—En el estante de arriba —dijo Claire.
—Ese es de Margot.
—Tenemos dos más al fondo.
Larissa los encontró, cogió uno y cerró el armario con la cadera.
—Scott, ¿te vas a quedar mucho más?
—Un rato.
—¿Mamá te ha puesto a trabajar?
Claire se volvió.
—No lo he puesto a trabajar.
Larissa quitó la tapa del yogur.
—No he dicho que sea algo malo.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿por qué has contestado así?
Claire no encontró enseguida una respuesta que no iniciara otra discusión.
Scott reunió sus papeles en un montón y los puso boca abajo.
Larissa se dio cuenta.
—No tenéis que esconder cosas cada vez que entro.
—No estamos escondiendo nada —dijo Claire.
Larissa miró las páginas vueltas.
—Claro.
—Hay cosas que no quiero que tengas que cargar tú también.
—Ya estoy cargando con ellas, mamá.
Claire bajó la mirada.
Larissa comió dos cucharadas de yogur de pie y después preguntó:
—¿Puedes dejarme diez minutos antes?
—¿Por qué?
—Quiero hablar con Sophie.
Claire recordó lo que Larissa había dicho sobre Xenia el día anterior.
—¿De qué?
—Todavía no lo sé. Por eso se llama hablar.
—Larissa.
—No estoy intentando investigar nada.
—Yo no he dicho…
—Has puesto esa cara.
Scott tosió y miró hacia la ventana.
Claire lo ignoró.
—No quiero que acabes preguntando a gente por Xenia para nosotros.
Larissa dejó el yogur en la encimera.
—Ni siquiera estaba hablando de Xenia.
—Da igual.
Esta vez se marchó.
Claire se quedó mirando la puerta.
—No sé cuándo empecé a hablarles tan mal.
Scott ordenó sus papeles.
—Probablemente antes también les hablabas mal. Solo que era por cosas más pequeñas.
Claire se volvió hacia él y durante un instante pareció a punto de enfadarse.
—Puede.
Margot bajó unos minutos después con la otra blusa. La mancha que había mencionado era una sombra amarillenta junto al botón inferior, y Claire la vio enseguida, lo que le hizo sentirse culpable por haber dicho que no se notaba.
Margot se comió una tostada mientras buscaba el cargador del teléfono, lo encontró enchufado junto a la tostadora y después preguntó:
—¿Papá vuelve hoy a casa?
Claire miró a Scott antes de poder evitarlo y se enfadó consigo misma por el reflejo.
—Todavía no lo sé.
—¿Helen no lo sabe?
—Hablaré con ella.
Margot masticó.
—¿Lo sabe la prensa?
—¿Sabe qué?
—Cuándo va a volver.
—Si nosotros no lo sabemos, no veo cómo podrían saberlo ellos.
—Escriben muchas cosas que nosotros no sabemos.
Claire se acercó y sacó el cuello de la blusa de Margot, que se había doblado hacia dentro.
—Deja de leerlo.
—No lo leo. Me lo manda otra gente.
—Entonces diles que no te lo manden.
Margot levantó la vista.
—¿Y si es algo importante?
Claire alisó el cuello y apartó la mano.
—Si hay algo importante sobre papá, yo te lo diré.
Margot pareció plantearse si podía confiar en la promesa.
—Vale.
Después de que las chicas salieran, Claire reparó en el coche aparcado al final de la calle. No supo si era prensa hasta que el hombre del asiento del acompañante levantó el teléfono cuando el coche de ella salió del camino de entrada.
Claire no se detuvo.