CAPÍTULO 13
SCOTT MERCER
Scott llegó a Surrey más tarde de lo que había dicho, una tarde en la que había dejado de llover sin que el tiempo pareciera por ello mejor.
Las nubes colgaban bajas sobre las casas, el jardín de los Robertson seguía empapado y las hojas se pegaban al pavimento de delante de la puerta por el agua y el barro.
Claire lo vio por la ventana de la cocina antes de oír el coche. Scott aparcó, apagó el motor y se quedó dentro con el teléfono pegado a la oreja. Casi un minuto después lo bajó, escribió algo y solo entonces salió, llevándose una chaqueta y una bolsa de papel del asiento del acompañante.
Claire abrió la puerta cuando él subía por el sendero.
—Perdona —dijo—. He salido más tarde de lo que pensaba y luego el tráfico…
—Déjalos ahí. De todas formas hay que fregar el suelo.
Miró el barro de las suelas y se quitó los zapatos.
—No lo hago a propósito.
—Sí que lo haces.
Scott sacó una silla.
—Vale, un poco. Pero llevo hora y media en el coche y no me parece normal entrar y ponerme directamente a hablar de la chica que acusa a Adam.
Claire echó agua sobre las bolsitas de té.
—A mí ya no me parece normal nada, así que empieza cuando quieras.
Puso la taza delante de él y se sentó.
Scott no la tocó enseguida. Sacó el teléfono, lo dejó sobre la mesa y luego lo acercó hacia sí cuando Claire miró la pantalla.
—Antes que nada, quiero que tengamos muy claro qué puedo hacer y qué no.
—Yo tampoco quiero que contactes con Xenia.
—Ahora no. Dentro de unos días quizá pienses de otra manera.
—No voy a presentarme en casa de una chica de diecisiete años que dice que mi marido la agredió.
Scott la miró.
—Vale.
La forma en que lo dijo la irritó.
—De verdad que no voy a hacerlo.
—Te he oído.
—Entonces no me mires como si…
—Claire, no te estoy mirando de ninguna manera especial. Solo intento terminar antes de olvidarme de la mitad de las cosas que quería decirte.
Ella dejó el bocadillo sobre el envoltorio.
—Sigue.
—Entonces ¿qué haces aquí?
Durante unos segundos Scott dejó los ojos fijos en el té.
—Eso también intento averiguarlo yo.
—¿Has conducido hasta Surrey sin saberlo?
—A grandes rasgos sí lo sé. Solo que no quiero prometerte algo y darme cuenta dos horas después de que no debería estar haciéndolo.
—Muy útil.
—Puedo mirar lo que queda fuera de la investigación, información pública y lo que vosotros ya sabíais antes de la denuncia.
Puedo intentar ver si existe alguna conexión entre Xenia y Adam que no empiece en la reunión de padres.
Si encuentro algo que parezca relevante para el caso, paro y se lo dais a Helen.
—¿No puedes comprobarlo tú?
—Depende de qué entiendas por comprobar. Puedo determinar si dos datos públicos probablemente se refieren a la misma persona. No puedo empezar a seguir a gente ni llamarla con engaños para averiguar si miente.
—No te lo he pedido.
—Ya lo sé.
Scott por fin levantó la taza, dio un sorbo e hizo una mueca.
Aun así, olió el té.
Claire lo observó echarle leche y se dio cuenta de que era la primera persona que entraba en la casa desde la detención y se sentía con libertad para abrir la nevera sin preguntar.
Judith había estado allí dos veces y había pasado casi todo el tiempo en la cocina en ambas ocasiones, pero ni siquiera se había servido un vaso de agua.
Scott volvió a la mesa.
—Ayer me preguntaste por qué Adam.
—Sí.
—Seguimos sin saber si esa es la pregunta correcta.
Claire lo miró por encima del borde de la taza.
—¿Otra vez con esto?
—No intento llevarte la contraria. Si Adam dice la verdad, hay varias posibilidades.
Xenia puede haber tenido un motivo relacionado con él.
El motivo puede estar relacionado con otra persona y Adam ser simplemente quien estaba disponible.
Puede haber pasado algo que ninguno de nosotros sabe y quizá estemos intentando encontrarle sentido demasiado pronto.
—Pero ella lo conocía.
—Sí.
—Sabía quién era.
—Casi seguro.
—Y se subió a su coche.
—Sí.
Claire apretó los dedos alrededor de la taza.
—Entonces quiero saber qué hubo antes.
Scott asintió.
—Yo también empezaría por ahí.
Durante unos segundos solo se oyó la caldera encendiéndose en alguna parte de la casa. Las tuberías chasquearon suavemente en la pared y Scott volvió la cabeza hacia el ruido antes de recordar, al parecer, que llevaban años haciéndolo en casa de los Robertson.
—Cuéntame qué sabes de Xenia —dijo—. Pero intenta contarme lo que sabías antes de que llegara la policía, no lo que averiguaste después.
—No sabía gran cosa.
—Entonces quizá no haya más.
Claire pensó.
—Sabía su nombre. Adam la había mencionado porque era buena en literatura. Sabía qué aspecto tenía porque la había visto en el colegio, pero no creo haber mantenido nunca una conversación de verdad con ella.
—¿Adam hablaba mucho de ella?
—No más que de otros buenos alumnos. O en aquel momento no me lo parecía.
Scott no comentó la última parte.
—¿Larissa la conoce?
—Sí, pero no son amigas.
—¿Le has preguntado qué sabe de la familia?
—No específicamente.
Scott miró hacia el techo.
—¿Está en casa?
—Sí.
—¿Puedo hablar con ella? No sobre lo que cree que pasó en el coche ni sobre los rumores de ahora. Solo sobre lo que sabía antes.
Claire vaciló.
—No quiero que sienta que tiene que defender a Adam.
—Pues se lo decimos.
—Y tampoco quiero que piense que tiene que encontrar algo contra Xenia.
—Bien.
Claire cogió el teléfono y escribió a Larissa que Scott estaba abajo y quería hacerle unas preguntas sobre Xenia, añadiendo que podía negarse. Larissa respondió casi un minuto después.
voy
Scott no preguntó qué había dicho. Abrió su bolsa de patatas, cogió una, se la comió y empujó la bolsa hacia Claire.
—No.
—Vale.
—No tienes que decir «vale» como si hubiera tomado una decisión importante.
—Has dicho que no a una patata.
Claire se pasó una mano por la cara.
—Estoy insoportable.
—Estás cansada.
—Eso tampoco me gusta.
Scott iba a responder cuando Larissa entró en la cocina.
Llevaba una sudadera enorme y pantalones de chándal, el pelo recogido sin cuidado, con la goma casi en la nuca. Miró primero a Scott y después su teléfono y la taza sobre la mesa.
—Hola.
—Hola —dijo Scott—. Perdona que te moleste.
—Mamá ha dicho que puedo decir que no.
—Puedes.
Larissa sacó una silla, pero no se sentó enseguida.
—Entonces ¿por qué he bajado?
Scott se encogió ligeramente de hombros.
—Eso no lo sé.
Se sentó.
Claire observó que Scott no había sacado la libreta. Tenía una —se veía una esquina sobresaliendo del bolsillo de la chaqueta—, pero la dejó allí.
—¿Qué quieres saber? —preguntó Larissa.
—Solo lo que sabías de Xenia antes de la denuncia. No lo que dice la gente ahora, porque después de algo así de pronto todo el mundo empieza a recordar muchísimas cosas.
—Ya. Ahora todo el mundo sabía desde siempre que era rara.
Scott sonrió ligeramente.
—Exactamente ese tipo de cosas.
Larissa se bajó las mangas hasta cubrirse los dedos.
—No era rara.
—¿Cómo era?
—No sé, Scott. Era Xenia.
Claire la miró.
Larissa suspiró.
—Se le daba bien el colegio. No todo, creo, pero inglés seguro. Con papá era… le gustaban sus clases.
Se interrumpió y miró inmediatamente hacia Claire.
—Como profesor.
—Lo he entendido —dijo Scott.
—Ahora hay que explicar cada palabra.
—Conmigo no tienes que hacerlo.
—Un poco sí.
Scott lo reconoció con un pequeño movimiento de cabeza.
Larissa continuó.
—Leía. Más que la mayoría. A veces era pesada cuando sabía algo y quería asegurarse de que todos supieran que ella lo sabía, pero tampoco… no era de esas personas a las que la gente evitaba.
—¿Tenía amigos?
—Sí. Quiero decir, no sé quién era su mejor amiga, si es eso lo que preguntas. Hablaba con gente.
—¿Tú hablabas con ella?
—A veces. En el colegio. No quedábamos.
Scott hizo una pausa antes de la siguiente pregunta.
—¿Sabías con quién vivía?
Larissa frunció el ceño.
—Con su madre.
Claire miró a Scott.
—¿Eso lo sabías antes? —preguntó él.
—Creo que sí.
—«Creo» está bien.
Larissa movió un pie debajo de la mesa.
—No recuerdo cuándo me enteré. A lo mejor lo dijo ella, a lo mejor lo dijo otra persona. No era información secreta.
—¿Su padre?
Larissa se encogió de hombros.
—Nunca lo vi.
Scott abrió la boca y se detuvo.
—¿Qué? —preguntó Larissa.
—Iba a decir que no verlo no significa necesariamente que no forme parte de su vida, pero parece que estoy explicando lo evidente.
—Sí, un poco.
—Entonces lo retiro.
Larissa miró a Claire y durante un instante Claire vio un rastro de la expresión que la chica ponía cuando Adam intentaba explicarle algo que ya sabía.
—¿Xenia sabía que Adam era tu padre? —preguntó Scott.
—Obviamente.
—¿Por qué obviamente?
—Porque yo soy Robertson, él es Robertson y trabaja en el colegio al que voy. Ha venido a cosas con mamá, nos ha visto juntos. No ocultamos que papá es mi padre.
Scott pasó un dedo por el borde de la taza.
—¿Sabía también quién era Claire?
Larissa soltó una risa breve.
—Scott, lo sabe todo el colegio.
—No todo el colegio sabe quién soy —dijo Claire.
—Has estado en actos, has salido en material de Green Counties y papá habla de ti. No tienes que ser primera ministra para que la gente sepa quién eres.
Claire levantó las manos.
—Vale.
Larissa volvió a mirar a Scott.
—¿Algo más?
—Si se te ocurre algo sobre Xenia que antes parecía normal y ahora te parece distinto, puedes contármelo, pero no intentes encontrar algo solo porque yo esté aquí.
Larissa guardó silencio.
—Sophie dice que Xenia había cambiado un poco.
—¿Sophie te lo dijo antes o después?
—Después.
Scott movió lentamente la cabeza.
—Entonces de momento no sé qué hacer con eso.
—Puede que de verdad se hubiera dado cuenta.
—Puede. O puede que ahora recuerde tres días en los que Xenia no se sentó con la gente con la que normalmente se sentaba y les dé más significado del que tenían entonces. No digo que esté mintiendo.
Larissa miró sus mangas.
—Yo también hago eso.
Claire la miró.
—¿Con qué?