CAPÍTULO 12 #3
—Significa que no puedo elegir solo como tu mujer. Si fuéramos tú y yo, quizá sería más sencillo. Pero están ellas. Y si hay una parte de ti que no conozco, si hiciste esto y puedes sentarte aquí y decirme que no…
No terminó.
Adam bajó los ojos.
—No lo hice.
Claire notó que le venían las lágrimas y se enfadó lo suficiente para contenerlas.
—No lo repitas. Te he oído.
Adam guardó silencio.
Claire mantuvo los dedos sobre la alianza y pensó en la noche en que había vuelto a casa mojado, en que él mismo le había contado que había llevado a Xenia a casa, en el detalle del mensaje a su madre, en las 21:07, en todos los huecos que ahora intentaba no rellenar.
Pensó también en las lesiones de Xenia, porque no tenía derecho a borrarlas de la historia solo porque hicieran más difícil su decisión.
Después miró al hombre que tenía enfrente.
—Te creo.
Adam no se movió.
Claire no lo repitió enseguida. Lo observó intentando decidir si había oído bien y, cuando abrió la boca, levantó una mano.
—No significa que entienda qué pasó. No significa que pueda explicar sus lesiones, ni que espere que la policía diga: «Claire le cree, así que todo el mundo a casa». Significa que elijo partir de aquí: tú no hiciste las cosas de las que te acusa.
Adam bajó la cabeza. Cuando habló, la voz era más baja.
—Vale.
Claire estuvo a punto de sonreír.
—¿Y eso es todo?
Él levantó la vista.
—Si te doy las gracias, me dirás que no te las dé.
—Probablemente.
—Entonces no sé qué se supone que hay que decir.
—Yo tampoco.
Durante unos instantes no intentaron arreglar el momento.
Adam se frotó los ojos y se recostó en la silla.
—Siento lo que os está pasando a ti y a las niñas.
—No empieces a disculparte por la acusación si me estás diciendo que es falsa.
—No por la acusación. Por haberla llevado a casa. Si no lo hubiera hecho…
—Quizá no estaríamos aquí. Ya lo sé. Y quizá si yo no me hubiera metido en política mi nombre no saldría en el artículo, pero no pienso disculparme por eso.
—No es lo mismo.
—No, pero no quiero que ahora inventemos una versión en la que llevar a una alumna a casa bajo la lluvia se convierta en un pecado secreto que lo explica todo.
Adam se pasó una mano por la nuca.
—Fue una estupidez.
—Puede.
—El colegio desde luego lo cree.
—El colegio intenta evitar que lo demanden y no acabar en todos los periódicos del país. No tomes cada decisión que adopten como un juicio moral.
Adam la miró.
—Ahora eres tú la que encuentra una explicación razonable para todo.
Claire apretó los labios y luego asintió.
—Justo. ¿Era irritante?
—Mucho.
—Bien.
Por primera vez, la expresión de Adam se relajó. No lo suficiente para sugerir que algo hubiera cambiado, solo lo suficiente para que Claire reconociera al hombre con el que discutía en casa por el lavavajillas, las facturas y esa costumbre suya de dejar siempre un dedo de café en la cafetera.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó.
—Helen dice que la policía sigue haciendo comprobaciones y que tenemos que esperar los resultados que aún no tienen. El colegio está haciendo lo suyo. No sé más.
—Vale.
—¿Y tú?
Claire miró el teléfono.
—Voy a llamar a Scott.
Adam se enderezó.
—¿Por qué?
—Porque quiero entender por qué Xenia te acusó.
—Scott no puede investigar el caso.
—Ya lo sé.
—Diane está en la policía y él la conoce. No quiero que parezca que intentamos…
—Adam, no voy a pedirle a Scott que robe el expediente de un cajón.
—No he dicho eso.
—Has empezado la frase.
Se detuvo.
—Vale. ¿Qué quieres de él?
Claire cogió el teléfono, pero no lo desbloqueó.
—No lo sé exactamente. Que me ayude a ver lo que no estoy viendo.
—Eso suena muy vago.
—Lo es. Llevo dos días malos.
Adam la miró y, durante un instante, Claire creyó que volvería a decirle lo cansada que parecía. Por suerte, no lo hizo.
—Scott pondrá límites —dijo.
—Pues dejaré que los ponga.
—¿Y si dice que no puede hacer nada?
—Le insultaré cuando cuelgue.
Adam se pasó los dedos por la boca, ocultando una sonrisa.
Claire se levantó.
Él se levantó después, pero no se acercó. La esquina de la mesa seguía entre los dos.
—Claire, ¿puedo…?
Levantó una mano y volvió a bajarla, y el gesto era tan impropio de él que ella tardó unos segundos en entenderlo.
Rodeó la mesa.
Adam la abrazó con cuidado, lo que al principio la irritó. La rodeaba con los brazos como si ella pudiera decir que no, y Claire estuvo a punto de pedirle que dejara de comportarse como un invitado. En vez de eso, apoyó la mejilla en su hombro.
La camisa olía a ropa llevada demasiado tiempo, al desodorante del día anterior y a la habitación en la que había estado sentado. Claire cerró los ojos y notó que Adam apretaba un poco más los brazos.
No se quedó mucho rato.
Cuando se apartó, lo miró.
—Necesitas una ducha.
Adam miró su camisa.
—Es la primera valoración objetiva que recibo en dos días.
—No estoy segura de que sea la primera.
—Helen ha evitado el tema.
—Helen tiene límites profesionales.
—Al parecer, el olor no entra en la descripción del puesto.
Claire recogió el bolso.
Había llegado a la puerta cuando Adam la llamó.
—Claire.
Se volvió.
Él permaneció unos segundos sin hablar, y a ella le dio la impresión de que había cambiado de idea respecto a una frase.
—¿Qué tal le fue a Margot el examen?
Claire parpadeó.
—No se lo he preguntado.
—Ah.
—Se lo preguntaré.
Adam asintió.
Claire abrió la puerta y salió.
•
Llamó a Scott desde el coche antes de arrancar.
No contestó. Claire se abrochó el cinturón y miró el teléfono: tenía dos mensajes de Judith, uno de Larissa y una fotografía de Margot de un examen que era imposible leer por el ángulo. Debajo de la foto había escrito:
creo q ha ido bien
Claire respondió: