Némesis CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

—Eso es lo que intento concretar. Cuando abrió la puerta se encendió la luz interior, y creo que fue entonces cuando miré el salpicadero. Pero no puedo decir si seguía sentada, si tenía un pie fuera o si acababa de cerrar la puerta cuando volví a mirar. Eran las 21:07. De eso estoy seguro.

—Y después volviste a casa.

—Sí.

—¿Paraste en algún sitio?

—No deliberadamente. Semáforos, tráfico, paradas normales, supongo, pero no me aparté de la carretera.

—¿Llamaste a alguien por el camino?

—No recuerdo haber hecho ninguna llamada. El teléfono puede demostrarlo.

—No quiero el teléfono. Te lo pregunto a ti.

Adam levantó un poco las manos de la mesa.

—Entonces no recuerdo haber hecho ninguna llamada.

Claire asintió. Tenía la boca seca y quería agua, pero no quería interrumpir la conversación para pedirla.

—¿Borraste algo del teléfono después de dejarla?

Adam levantó la vista de golpe.

—No.

—Mensajes, historial, fotografías, cualquier cosa.

—No tenía nada que borrar.

—¿Tienes fotos de ella?

—No.

—¿La buscaste en redes sociales?

—No.

La respuesta llegó demasiado deprisa, y Claire lo miró.

Adam se dio cuenta.

—¿Qué?

—Nada. Sigue.

—No, dilo.

—Has contestado antes de que terminara la pregunta.

—Porque ya me la han hecho. No la busqué en Instagram, Facebook ni lo que sea que use. No hablo con mis alumnos desde cuentas personales.

—¿Tienes su número?

—No guardado. Puede que los datos de la familia estén en el sistema del colegio, pero no tengo el número de Xenia en el teléfono.

—¿Habías hablado con ella fuera del colegio antes de aquella noche?

Adam tardó más en pensarlo.

—Si por «fuera del colegio» incluyes una excursión o una actividad escolar, seguro que sí. Si quieres decir si habíamos quedado en algún sitio aparte, no.

—¿Mensajes privados?

—No.

—¿Correo personal?

—No.

Hasta entonces lo había obligado a dividir la noche en trozos lo bastante pequeños para examinarlos por separado, pero las cosas que había estado evitando desde que entró en la habitación no estaban en esos trozos.

—Cuéntame qué dice que pasó en el coche.

Adam echó un poco hacia atrás la silla.

—Has hablado con Helen.

—Quiero oírtelo a ti.

—¿Por qué?

Claire notó que se le tensaba la mandíbula.

—Porque después de esto tengo que volver a casa y mirar a nuestras hijas. Porque esta mañana Larissa ha ido al colegio sabiendo que la gente tiene tu foto en el móvil, y Margot intenta decidir si es mejor leer lo que le mandan o no leerlo. Elige la razón que prefieras.

Adam bajó la mirada.

—Dice que paré el coche en algún sitio antes de llegar a su casa y que intenté besarla. Que dijo que no y yo… seguí. Que la agarré cuando intentó apartarse.

—¿Dónde la agarraste?

—No sé exactamente qué detalles te ha dado Helen.

—Adam.

Entrelazó los dedos con fuerza.

—De los brazos. De la muñeca, creo. No sé si dice que la agarré en algún otro sitio. No quiero repetirlo mal.

—Y las lesiones existen.

—Hay moratones y otras lesiones que consideran relevantes. Helen dice que eso no demuestra quién las causó ni cuándo todas las…

—No me expliques las pruebas.

Adam se detuvo.

—Intento que no pienses que el médico ha dicho que fui yo.

—No pienso eso.

—Entonces ¿por qué lo dices como si…?

—Porque las lesiones existen, Adam.

Había levantado la voz y los dos se dieron cuenta. Claire miró hacia la puerta y volvió a bajarla.

—Eso no desaparece porque tú digas que no la tocaste.

—Lo sé.

—No sé cómo se las hizo. Tú dices que no lo sabes. Ella dice que fuiste tú. ¿Entiendes dónde me deja eso?

Adam apoyó las palmas en la mesa.

—Sí, entiendo perfectamente dónde te deja. Me deja a mí en el mismo sitio, salvo que yo sé que no lo hice y no puedo sacar del bolsillo a la persona que se lo hizo y ponerla aquí encima de la mesa para que la veas.

—No tienes que enfadarte conmigo.

—Creo que un poco sí.

Claire lo miró.

Adam se pasó una mano por la boca y continuó antes de que ella pudiera responder.

—No porque preguntes. Pregunta lo que quieras.

Pero llevo dos días sentado aquí y cada frase que digo la desmontan, le dan la vuelta, la comprueban, y ahora me miras como si una palabra equivocada fuera a revelarte algo sobre mí.

Sé que tienes derecho. Pero no puedo estar tranquilo y agradecido todo el tiempo.

Claire bajó las manos al regazo.

—Yo tampoco.

Adam asintió.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Yo estaba en casa cuando llegó la policía.

Me quedé con las niñas después de que te sacaran por la puerta.

Soy yo la que ha tenido que repetir una y otra vez que no sé dónde estás, cuándo vas a volver ni qué está pasando.

Hoy, personas que hace dos días hablaban conmigo de una candidatura ya no quieren que se las relacione conmigo.

Y sigo sin saber si tengo derecho a estar enfadada contigo o si debería sentirme culpable por estarlo.

Adam la miró y, cuando habló, no intentó tranquilizarla.

—Puedes estar enfadada.

—No me des permiso.

—No quería…

—Vale. Eso lo he dicho mal.

Claire volvió los ojos hacia el teléfono. La pantalla seguía apagada.

—¿Alguna vez te atrajo Xenia?

Adam se quedó inmóvil.

—No.

—No como alumna. Físicamente.

—Te he entendido.

—¿Y?

—No.

—¿Pensaste alguna vez en ella de esa manera?

—No.

—¿Coqueteaste con ella?

—No.

—¿Dijiste algo que ella pudiera interpretar como coqueteo?

Adam abrió la boca y volvió a cerrarla.

—No sé cómo interpretó cada cosa que dije.

—¿Qué dijiste?

—No recuerdo nada que fuera coqueteo. Si hice una broma en clase o le dije que una redacción estaba bien, ahora puedo sentarme aquí y preguntarme si ella oyó otra cosa, pero yo no intentaba coquetear con ella.

—¿Te gustaba que te admirara?

Adam bajó los ojos.

—Probablemente.

Claire esperó.

—Ahora suena fatal —continuó—, pero sí, me gusta que los alumnos piensen que soy bueno en lo que hago.

Me gusta que lean algo porque se lo he recomendado y vuelvan una semana después a discutir conmigo sobre el libro.

Soy profesor, Claire, y soy lo bastante vanidoso como para que esa parte me guste.

—¿La animabas más que a los demás?

—No deliberadamente.

—Eso no es lo mismo que no.

Adam apretó la mandíbula.

—Quizá le dedicaba más tiempo porque venía con preguntas.

Quizá le recomendaba más libros. Si eso es favoritismo, seguramente he tenido favoritos entre decenas de alumnos que eran buenos en mi asignatura.

No me paré a pensar que una chica de diecisiete años pudiera interpretar que le recomendara un libro como una invitación.

Claire lo estudió durante varios segundos. La respuesta no le gustaba del todo, y precisamente por eso le parecía más creíble que una negación impecable.

—¿Hay algo más que deba saber?

Adam la miró.

—¿Sobre Xenia?

—Sobre ti.

—Es una pregunta bastante amplia.

—Entonces la haré más pequeña. ¿Hay algo que pueda salir durante esta investigación y que yo no sepa?

—No.

—¿Alguna antigua queja de una alumna, una relación impropia, mensajes, alguien que dijera que habías cruzado una línea y tú pensaras que no tenía importancia?

—No.

—¿Una relación con alguien del colegio?

Adam levantó la vista.

—No.

Claire percibió una demora, quizá de medio segundo, quizá solo el efecto de la pregunta. No tenía forma de saberlo.

—Piénsalo.

—Lo estoy pensando.

—No quiero enterarme dentro de una semana de que omitiste algo porque decidiste que no era relevante.

Adam se pasó los dedos por el pelo.

—No hay nada relevante para lo que dice Xenia.

La formulación se le quedó a Claire en la cabeza, pero no la desmontó entonces. Estaba cansada y ya tenía demasiadas palabras que podía volver contra él hasta que no quedara nada de la conversación.

Se inclinó un poco hacia la mesa.

—¿La tocaste sexualmente?

—No.

—¿Intentaste besarla?

—No.

—¿La besaste?

—No.

—¿La sujetaste cuando quería apartarse de ti?

—No.

—¿Paraste el coche para hacer alguna de esas cosas?

Adam alzó los ojos hacia ella.

—No.

Claire sintió que había llegado a la pregunta que había ido a hacer y que todas las demás habían sido, de alguna manera, intentos de no formularla.

—Júramelo por las niñas.

Adam no contestó.

Alguien pasó por fuera de la habitación; se oyeron pasos durante unos segundos y luego se perdieron por el pasillo.

—Claire, no quiero…

—Por Larissa y Margot.

—No quiero que las usemos así.

Claire se inclinó hacia delante.

—Ya las están usando, Adam. Larissa lee cosas sobre ti en el colegio, a Margot le mandan tu foto al móvil y yo he pasado la mañana intentando decidir si las mandaba a clase o las dejaba en casa. No las mantenemos al margen de esto por negarnos a decir sus nombres aquí dentro.

Adam se frotó las palmas y luego las apoyó en la mesa.

—No hice lo que dice Xenia.

—Júralo.

La miró durante mucho rato, y Claire intentó no interpretar adónde iban sus ojos ni cómo respiraba. Se dio cuenta de que llevaba toda la reunión haciéndolo, como si veinte años de matrimonio tuvieran que haberle dado un método infalible para detectar una mentira.

No existía tal método.

—Juro por Larissa y Margot que no agredí a Xenia —dijo Adam—. No intenté besarla, no la besé, no la sujeté y no la toqué sexualmente. No hice lo que ella dice que hice.

La voz le tembló un poco al pronunciar los nombres de las niñas. Claire también se fijó en eso y después se enfadó consigo misma por haberse fijado.

El juramento no era una prueba. Una persona podía jurar y mentir, y que Adam fuera el padre de sus hijas no le confería ninguna incapacidad moral especial para hacerlo.

Claire lo había visto mentir sobre cosas pequeñas, evitar conversaciones, fingir que no estaba molesto cuando sí lo estaba y, alguna vez, convertir su propia negligencia en una historia más conveniente.

También lo había visto admitir cosas que lo dejaban mal cuando habría podido ocultarlas con mucha facilidad.

No había cálculo capaz de resolver la diferencia.

—Si te creo y me equivoco —dijo—, estoy poniendo a las niñas a tu lado.

Adam echó un poco la cabeza hacia atrás.

—Lo sé.

—No creo que sepas lo que eso significa para mí.

—Entonces dímelo.

Claire se frotó el pulgar contra la alianza.