CAPÍTULO 12
TE CREO
Cuando Claire entró en la habitación donde Adam la esperaba, se fijó en que no llevaba cinturón y en que los pantalones le quedaban de otra manera en la cintura, un detalle tan corriente que la alteró más de lo que esperaba.
La camisa que llevaba la noche de la detención estaba arrugada en los codos y la espalda, la barba le había crecido desigual y tenía aplastado de un lado el pelo, que cada mañana se arreglaba antes de bajar a desayunar.
No parecía otro hombre. Era Adam después de dos días en los que nadie le había permitido organizar por sí mismo ni las cosas más pequeñas.
Se levantó en cuanto la vio y se quedó junto a la silla, con los brazos caídos a los lados.
—Claire.
—Hola.
Adam la miró como si después del saludo tuviera que venir algo más. Claire no sabía si esperaba un abrazo o simplemente una explicación de por qué había ido, pero no le ofreció ninguna de las dos cosas. Dejó el bolso en la silla vacía, cambió de idea y lo puso en el suelo para poder sentarse.
Adam se sentó después.
—¿Están bien las niñas?
Claire sacó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre la mesa.
—Están en el colegio.
—¿Las dos?
—Margot tenía un examen de ciencias y decidió que tenía que hacerlo. Larissa ha ido porque no quiere quedarse en casa preguntándose qué estará diciendo la gente de ella en el colegio.
Adam se pasó el pulgar por el borde de la palma.
—Quizá sea mejor que tengan algo normal que hacer.
Claire lo miró.
—No sé si es mejor.
—Yo tampoco. Solo he dicho…
—Ya sé lo que has dicho.
Acercó la silla a la mesa sin contestar.
Mientras conducía hasta allí, Claire se había prometido que no empezaría castigándolo porque ella no hubiera dormido, porque Larissa hubiera leído comentarios sobre su propio padre, porque hubieran sacado a Margot del colegio y porque Judith hubiera pasado parte de la tarde anterior explicándole, con palabras corteses, lo deprisa que podían desaparecer las cosas que Claire creía estar empezando a construir.
Sentada frente a Adam, le costaba más mantener aquella promesa.
—¿Has visto el artículo?
—Helen me lo ha contado. No me lo ha enseñado.
—Han usado la foto de la web de North Downs. La de la chaqueta gris.
Adam hizo una mueca.
—Creo que sé cuál es.
—Larissa se dio cuenta antes que yo de que el colegio había quitado tu perfil de la web.
—Era de esperar si me habían suspendido.
Claire apretó los labios.
—¿Puedes no hacer eso?
—¿El qué?
—Buscar una explicación razonable para todo en cuanto te lo cuento. Sé por qué han quitado tu perfil. No era eso lo importante.
Adam miró la mesa.
—Lo siento.
—Y no tienes que disculparte después de cada frase.
—Entonces de verdad no sé qué quieres que diga.
Claire notó que una respuesta le subía a la boca, la retuvo unos segundos y luego la dejó salir.
—Quiero que vuelvas a contarme aquella noche.
Adam levantó la vista.
—Ya hice mi declaración.
—Yo no soy la policía.
—No he dicho que lo seas.
—Pero era lo que querías decir.
—No. Quería decir que lo he contado tantas veces que ya no sé si recuerdo lo que pasó o si recuerdo la forma en que lo he contado.
Claire mantuvo una mano en el borde de la mesa.
Era una respuesta mejor de la que esperaba precisamente porque no la ayudaba.
—Entonces dime cuándo no lo sepas.
Adam se pasó la palma por la mejilla.
—¿Por dónde quieres que empiece?
—Desde que te quedaste con Xenia después de la reunión de padres. No hace falta que me expliques cómo funciona una reunión de padres en North Downs.
Asintió y empezó.
Al principio, Claire lo dejó hablar. Adam le contó que había visto a Xenia cuando casi todos los padres y alumnos ya se habían marchado, que llovía mucho y que la chica había dicho que su madre no había podido ir.
No recordaba si primero le había preguntado cómo iba a volver a casa o si Xenia había dicho que tendría que esperar. Sí recordaba haberle ofrecido llevarla.
—¿Aceptó enseguida?
Adam se detuvo.
—Creo que sí. No hubo… No recuerdo que dudara.
—Le dijiste que escribiera a su madre.
—Sí.
—¿Antes de subir al coche?
—Sí. Eso lo sé.
—¿Qué le dijiste?
—Algo como: escríbele a tu madre y dile que te llevo. O le pregunté si se lo había dicho. No quiero inventarme las palabras.
Claire asintió.
—¿Viste el mensaje?
—No.
—¿Viste que lo enviara?
Adam frunció el ceño.
—Tenía el teléfono en la mano. Eso lo recuerdo.
—No es lo que te he preguntado.
—Entonces no. No vi la pantalla y no puedo decir que la viera pulsar «enviar». Supuse que eso era lo que estaba haciendo.
Claire no dijo nada y Adam siguió por su cuenta.
—Sé cómo suena.
—Ahora mismo no me interesa cómo suena. Me interesa lo que pasó.
—Lo intento.
El tono se le había endurecido, y Claire lo prefería a la cautela con la que había empezado.
—¿La habías llevado a casa alguna vez?
—¿A Xenia? Nunca.
—¿Y a otras alumnas?
Adam alzó un poco los hombros.
—En veinte años dando clase, seguro que he llevado alumnos a casa. Después de excursiones, funciones, actividades que acababan tarde. Normalmente a varios a la vez.
—¿A solas con una chica?
—Probablemente, Claire. No lo sé. Si me pides que recuerde todos los trayectos que he hecho con cada alumno en veinte años, no puedo.
—No te estoy preguntando eso.
—Un poco sí.
Claire lo miró y, al cabo de un segundo, asintió.
—Vale. Tienes razón. Sigamos.
Adam pareció sorprendido por la concesión, pero no comentó nada.
Describió el trayecto. Llovía lo bastante fuerte como para que los limpiaparabrisas fueran deprisa y, en algunos tramos, las luces de los coches que venían de frente se extendían por el parabrisas.
Habían hablado del colegio y luego de literatura, aunque ya no estaba seguro del orden.
Adam intentó reconstruir una conversación sobre la interpretación y sobre cómo dos personas podían leer de manera distinta la misma historia, y se interrumpió.
—Aquí es donde ya no sé si eso pasó en el coche o en una clase de aquella semana.
—Hasta ayer decías que había pasado en el coche.
—Porque así lo recordaba. Ahora la policía me ha preguntado tantas veces por la conversación que se me mezclan otras conversaciones con ella. Helen me ha dicho que no junte cosas solo porque encajen.
Claire lo miró.
—Haz caso a Helen.
—Eso pienso hacer.
—Y conmigo también.
—Sí.
—No digas que sí solo para pasar a otra cosa.
Adam inclinó un poco la cabeza.
—¿Ves? Aquí no hay una respuesta buena para mí. Si digo que sí, me riñes por decir que sí. Si explico algo, me dices que lo explico todo.
Claire se frotó la frente.
—También tienes razón en eso. Estoy cansada.
—¿Has dormido algo?
—Adam.
—Vale. Perdón. No, espera, tampoco puedo disculparme.
Claire lo miró y por un momento estuvo a punto de reírse. No lo hizo.
—Sigue con el trayecto.
Adam continuó.
No habían parado deliberadamente en ningún sitio antes de Hawthorn Close.
Cuando ella preguntó si podía asegurar que no habían estado detenidos unos segundos por el tráfico, dijo que no y que no sabía por qué importaba.
Claire dijo que tampoco lo sabía, pero quería oír las cosas antes de que aparecieran en la declaración de otra persona.
—¿La radio?
—Creo que estaba puesta, bajita.
—¿Qué escuchabais?
—No lo sé.
—¿Música?
—Probablemente Radio 4.
Claire lo miró.
—Radio 4 no es música.
Adam cerró los ojos un segundo.
—¿Ves por qué no debería rellenar los huecos? No sé qué había en la radio. Escucho mucho Radio 4 en el coche. A lo mejor estaba apagada.
—Entonces queda como apagada o desconocido, no como Radio 4.
—Sí.
Claire movió la silla. Una pata era más corta y se balanceaba cada vez que se inclinaba hacia la izquierda; después de varios intentos, renunció a estabilizarla.
—¿Te tocó la mano?
Adam la miró.
—No recuerdo ningún contacto físico.
—No te he preguntado si recuerdas «contacto físico». Te he preguntado si te tocó la mano.
—No. O, si pasó por accidente al entrar o salir, no me fijé. Pero no recuerdo que me tocara.
—¿Tú la tocaste?
—No.
—¿Ni el brazo ni el hombro?
—No.
—¿No le cogiste el bolso, no la ayudaste con el cinturón?
Adam pareció casi ofendido.
—Tiene diecisiete años, Claire. No le abrocho el cinturón.
—Entonces di que no.
—No.
Claire dejó pasar unos segundos.
—¿Te caía bien?
Adam no respondió.
—No en el sentido en que crees que te estoy acusando —continuó Claire—. Como alumna.
—Era buena.
—No es lo que te he preguntado.
Miró hacia una esquina de la mesa.
—Tenía interés. Leía más de lo que tenía que leer y a veces hacía buenas preguntas. Otras veces quería demostrar que había leído más que todos los demás y se ponía pesada.
Claire escuchó.
—¿Te gustaba la atención que te prestaba?
—¿Qué quieres que diga?
—La verdad.
Adam se frotó la nuca.
—Sí, probablemente. Da gusto cuando un alumno escucha de verdad lo que dices. Sobre todo cuando la mitad de la clase preferiría estar en cualquier otro sitio.
—¿Iba a verte después de clase?
—A veces.
—¿Sola?
—No había una norma. A veces se quedaba alguien más, a veces no. Preguntaba por redacciones, libros, qué debía leer.
—Y a ti te parecía normal.
—¿Para un profesor de literatura? Sí.
Claire miró sus manos.
—¿Alguna vez te pareció que había algo más?
Adam respondió más despacio.
—Entonces no.
—¿Pero ahora?
—Ahora no me fío ni de cómo recuerdo una pregunta sobre un libro, porque puedo cogerla y convertirla en algo que en aquel momento ni se me pasó por la cabeza.
Claire no encontró nada que atacar en la respuesta. Precisamente eso era lo que la inquietaba.
—En Hawthorn Close viste a la mujer en la puerta.
—Sí.
—Dices «la mujer», no «su madre».
—Porque no le vi la cara. En ese momento supuse que era la madre de Xenia.
—¿Xenia habló con ella?
—Creo que sí. O la mujer le dijo algo. Llovía, las ventanillas estaban cerradas y yo no podía oír.
—¿Saliste del coche?
—No.
—¿Esperaste hasta que entrara?
Adam apretó los labios.
—Creí que había entrado.
—¿La viste entrar?
—La vi llegar a la puerta. Después miré el salpicadero o la carretera. No recuerdo ver cerrarse la puerta.
—¿Y la hora?
—Las 21:07.
Esta vez respondió sin vacilar.
—¿Cuándo la viste?
Adam respiró hondo.