Némesis CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—No puedo decir lo correcto todas las veces —continuó Sophie—. Ni siquiera sé qué es lo correcto.

—No lo hay.

—Entonces no te comportes como si yo tuviera que encontrarlo.

Sonó el timbre.

Larissa se pasó el bolso al otro hombro.

—Tienes razón.

Sophie parpadeó.

—Ah. Vale.

—No te acostumbres.

A la hora de comer Sophie volvió a acercarse, esta vez con el teléfono en la mano.

—Hay algo en una cuenta de alumnos.

Larissa tendió la mano.

—Dámelo.

—Quizá no deberías verlo.

—Entonces ¿para qué me lo cuentas?

Sophie soltó una palabrota por lo bajo y le dio el teléfono.

Era una captura del artículo, republicada después de que hubieran borrado la publicación original. Debajo se acumulaban comentarios. Algunos preguntaban qué sabía el colegio y desde cuándo. Otros ya no preguntaban nada.

Alguien había escrito que Adam siempre había tenido alumnas favoritas.

Otro aseguraba que llevaba siglos pareciendo «un tío raro».

Larissa reconoció el nombre.

—Sacó mala nota en una redacción y estuvo una semana montando un drama.

—No lo leas todo —dijo Sophie.

—¿Por qué? Igual descubrimos que papá sacrifica animales los fines de semana.

—Larissa.

—¿Qué?

Sophie le quitó el teléfono de la mano.

—No sé qué quieres que haga.

Larissa sintió que la rabia volvía a subirle, junto con las ganas de descargarla contra alguien que no se lo merecía. Sacó su propio teléfono.

—Nada.

—Entonces no me castigues por estar aquí.

Larissa levantó la vista.

Sophie se mordió el labio y pareció querer retirar lo dicho.

—Perdona. Ha sonado…

—No. Déjalo.

En el teléfono de Larissa había un mensaje de Claire.

¿Cómo estás?

No abrió la conversación.

Encima seguía el mensaje que le había enviado a Xenia, todavía sin respuesta.

•

Margot aguantó hasta ciencias antes de mirar el teléfono.

Había notado que vibraba dos veces dentro de la mochila y lo sacó cuando el profesor se volvió hacia la pizarra.

¿¿¿ese es tu padre???

El mensaje era de un chico al que conocía del deporte.

Margot lo leyó y guardó el teléfono.

Unos minutos después volvió a vibrar.

perdón

Esta vez lo sostuvo en la palma de la mano durante más tiempo.

—Margot.

Levantó la vista.

El profesor la observaba.

—El teléfono, por favor.

—Lo estaba guardando en la mochila.

—Acabas de sacarlo.

—Ha vibrado.

—Conoces la norma.

Margot lo metió en la mochila. Normalmente el profesor se lo habría confiscado hasta el final de la clase. Esta vez se limitó a asentir y siguió escribiendo en la pizarra.

Margot habría preferido que se lo quitara.

A la hora de comer, una chica de otra clase se detuvo junto a su mesa.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Depende.

La chica vaciló.

—Sobre tu padre.

—Entonces no.

—Solo quería saber si es verdad.

Margot abrió el envoltorio del bocadillo y se detuvo.

—¿El qué?

—Lo que dice.

—¿Qué dice exactamente?

La chica cambió el peso de un pie al otro.

—Bueno… lo de él.

Margot la miró y por primera vez entendió que no sabía qué se suponía que tenía que negar. Adam había sido detenido. Había una denuncia. Claire había dicho que él negaba aquello de lo que lo acusaban. Todas esas cosas cabían dentro de la misma pregunta estúpida.

—No sé qué me estás preguntando.

—Olvídalo.

La chica se marchó. Margot dobló dos veces el envoltorio antes de darle un mordisco al bocadillo.

Después de comer acabó en el despacho de orientación. Ella no había pedido ir, pero un profesor le dijo que habían llamado a su madre y que venía a recogerla.

La mujer del despacho le ofreció agua.

—No tengo sed.

—De acuerdo.

Al cabo de un minuto:

—Si quieres hablar de lo que está pasando…

—No.

—Vale.

Margot sacó el teléfono. Tenía dos capturas del artículo y, aparte, la fotografía de Adam. Abrió la foto y amplió hasta que la cara de su padre se convirtió en un conjunto de manchas; luego volvió a reducirla.

Le molestaba que aquella fotografía se hubiera hecho en su colegio y ahora estuviera en los teléfonos de personas que jamás lo habían conocido.

Claire llegó casi veinte minutos después.

—¿Nos podemos ir? —preguntó Margot antes de que su madre terminara de hablar con la mujer del escritorio.

—Sí.

En el pasillo, Claire intentó cogerle la mochila.

—Ya la llevo yo.

—¿Por qué?

—Parece que pesa mucho.

—Pesa exactamente lo mismo que esta mañana.

Claire retiró la mano.

Fuera hacía frío y el asfalto seguía mojado por la lluvia. En el coche, el teléfono de Claire se conectó automáticamente y empezó a sonar por los altavoces.

Judith.

Claire rechazó la llamada.

—Puedes contestar —dijo Margot.

—No.

—¿Por qué?

—Porque estoy contigo.

Margot se abrochó el cinturón.

—Puedo no escuchar.

Claire arrancó.

—No creo que puedas.

Margot lo pensó.

—Probablemente no.

Salieron del aparcamiento.

—¿Papá sabe lo del artículo?

—No lo sé.

—¿Podemos llamarlo?

—Ahora no.

—¿Sigue allí?

Claire mantuvo la vista en la carretera.

—Sí.

—¿Y cuándo vuelve a casa?

—Todavía no lo sé.

Margot apoyó la frente contra la ventanilla fría.

—Nadie sabe nada.

Claire no tenía nada que añadir.

•

A las cuatro y media, Judith estaba sentada a la mesa de la cocina con el portátil abierto, mientras Claire acumulaba once llamadas perdidas y más correos de los que podía leer sin empezar a odiarlos a todos.

Larissa había vuelto del colegio y había subido directamente. Margot estaba en el salón con el televisor sin sonido.

Judith se puso las gafas.

—Recomiendan que reduzcas tus apariciones públicas durante unos días.

—¿Quiénes?

—El equipo regional. Y antes de que te enfades conmigo, no he dicho que esté de acuerdo con todo.

—¿Con qué parte estás de acuerdo?

Judith se echó un poco hacia atrás.

—Con la parte en la que, si mañana vas a Farnham, hay muchas probabilidades de que el acto deje de tratar de lo que sea que te haya llevado allí.

—Digo que no voy a comentar una investigación en curso.

—Puedes decirlo.

—¿Pero?

Judith se quitó las gafas.

—Pero te preguntarán si crees a Adam. O si has hablado con la chica. O si puedes seguir representando a la organización mientras tu marido está acusado de…

Se detuvo.

Claire la miró.

—Termina.

—No quiero.

—Has empezado.

Judith se frotó la frente.

—Agresión sexual.

Desde el salón llegó de pronto un anuncio a todo volumen; luego Margot lo bajó.

—¿Tú también piensas eso? —preguntó Claire.

—Peter.

Judith tendió la mano y Claire le dio el teléfono.

—Puedo llamarlo.

—¿Para qué?

—Quizá si se lo explico…

—Sabe perfectamente lo que está haciendo.

Judith dejó el teléfono.

—Probablemente.

Claire se volvió hacia ella.

—Di lo que piensas, Judith. Por favor. No tengo fuerzas para sacarte cada frase a tirones.

—Creo que Peter se está protegiendo. No creo que eso signifique que se haya vuelto contra ti, pero tampoco creo que pueda convencerlo de que se ponga a tu lado en una foto ahora mismo.

—Maravilloso.

—Me has pedido que dijera lo que pienso.

—Ya lo sé.

Margot apareció en la puerta.

—¿Queda pizza?

Claire abrió el congelador aunque sabía que no lo había mirado desde que habían vuelto a casa.

—No veo ninguna.

—Nos la comimos ayer.

Claire la miró por encima de la puerta del congelador.

—Entonces ¿por qué preguntas si queda?

—Podía haber otra.

—No se reproducen solas.

Margot se encogió de hombros.

—¿Podemos pedir?

Desde arriba Larissa gritó:

—¡Pero pizza no!

Margot se volvió hacia la escalera.

—¡Ni siquiera estaba hablando contigo!

—Te oye toda la casa —dijo Claire.

Judith soltó una risa breve y bajó enseguida la mirada al portátil.

Claire cerró el congelador.

—Buscad algo con lo que estéis de acuerdo las dos.

—Eso no va a pasar —dijo Margot.

—Entonces algo que no os guste a ninguna.

Margot pareció considerar razonable la propuesta y se marchó.

El teléfono de Claire volvió a vibrar, esta vez con un correo.

Lo abrió de pie.

El mensaje era de una de las personas que habían apoyado económicamente a Green Counties Alliance. Era cortés, casi cálido, y pedía aplazar una aparición conjunta prevista para la semana siguiente hasta que «las circunstancias actuales» estuvieran más claras.

Claire le tendió el teléfono a Judith.

Judith lo leyó.

—Mierda.

—Me alegra que hayamos llegado al lenguaje técnico.

—Lo siento.

—No te disculpes por él.

Judith le devolvió el teléfono.

—Esto no significa que retire la financiación.

—Todavía.

—Han dicho que lo entienden.

Claire esperó.

—¿Y eso es todo?

—Y luego han enviado este correo.

Claire volvió a mirar la formulación sobre la candidatura.

Dos días antes, esas mismas personas habían preguntado por su disponibilidad para reuniones que un año atrás ni siquiera habría imaginado.

No habían prometido nada, y ella había procurado no comportarse como si lo hubieran hecho, pero las conversaciones se habían vuelto lo bastante concretas como para que empezara a reorganizar los meses siguientes en torno a ellas.

—Judith —dijo sin levantar la vista—, ¿sigue existiendo la candidatura?

Judith no contestó.

Claire la miró.

—Te estoy haciendo una pregunta sencilla.

—No es sencilla.

—Para mí sí.

Judith se quitó las gafas.

—No sé si sigue existiendo.

En el salón, Margot y Larissa habían empezado a discutir por la comida.

Claire cerró el portátil.

—Hace dos días yo era la favorita.

—Sí.

—Y hoy no sabes si eso sigue existiendo.

—Sí.

Claire se levantó y cogió el teléfono.

—No voy a llamar a Adam para contarle esto.