CAPÍTULO 11
EL TITULAR
Claire vio la fotografía de Adam antes de leer el titular.
Ocupaba casi toda la parte superior de la pantalla y la habían elegido de entre aquellas fotos oficiales en las que parecía más seguro de sí mismo de lo que solía estar: chaqueta gris, corbata azul marino, la cabeza ligeramente vuelta hacia alguien que quedaba fuera del encuadre, una sonrisa cortés que ella reconocía de celebraciones escolares, ceremonias y veladas en las que los profesores tenían que conversar con gente a la que no habían visto nunca.
El teléfono había vibrado varias veces sobre la encimera de la cocina, pero Claire lo había ignorado mientras intentaba abrir un cartón de leche y luego mientras ayudaba a Margot a buscar un cargador que, según ella, había funcionado la noche anterior y había muerto durante la noche.
Claire habría dormido quizá dos horas, partidas en fragmentos que no se parecían al sueño, y a las cuatro había bajado convencida de haber oído un coche detenerse delante de la casa.
Había comprobado la puerta, las ventanas y el teléfono, y después se había quedado en la cocina con una taza de té de la que se olvidó hasta que se enfrió.
Ahora eran poco más de las siete. Margot estaba sentada en el suelo junto a la mesa, con el contenido de la mochila esparcido a su alrededor, mientras arriba Larissa abría cajones con demasiada fuerza y cerraba la puerta del baño con una precisión que decía más que un portazo.
—No está —dijo Margot, levantando un libro de matemáticas como si el cargador pudiera haberse quedado aplastado debajo.
—Coge el mío.
—¿Cuál?
—El que está al lado de mi cama.
Margot se levantó y luego se detuvo.
—¿Tu móvil es USB-C?
Claire limpió con papel de cocina la leche derramada sobre la encimera.
—No lo sé.
—¿Cómo puedes no saberlo?
—Porque se enchufa al teléfono. Es todo lo que he necesitado saber de él.
Margot pareció considerar la respuesta prueba de un defecto de carácter, pero subió sin decir nada más.
Claire cogió el teléfono. Cuatro mensajes de Judith, dos de la oficina de Green Counties Alliance, una llamada de un número desconocido y, por encima de todos, un mensaje que Larissa le había enviado menos de un minuto antes.
¿Has visto esto?
Debajo había un enlace.
Claire lo abrió.
La página cargó primero un anuncio, después la fotografía de Adam y el titular.
Profesor de Surrey detenido tras una denuncia por agresión sexual a una alumna.
Leyó de pie los primeros párrafos. El artículo confirmaba que un profesor de North Downs School había sido detenido tras una denuncia presentada por una alumna y decía que la investigación seguía en curso.
No se identificaba a la chica. Había una frase que señalaba que no se había establecido culpabilidad alguna, formulada con la precisión suficiente para que nadie pudiera acusar al medio de haber dictado sentencia y situada lo bastante abajo como para que Claire dudara que mucha gente llegase siquiera a leerla.
Unos párrafos después apareció su propio nombre.
Describían a Claire Robertson, esposa del profesor, por su trabajo con Green Counties Alliance y sus vínculos con el Partido Laborista.
El artículo no insinuaba que tuviera nada que ver con aquello de lo que acusaban a Adam.
No hacía falta. Su fotografía, su nombre y su cargo ya estaban en la misma página.
Sonó el teléfono.
—Ya lo he visto —dijo Claire al contestar.
Judith guardó silencio un instante.
—¿Hace cuánto?
—Ahora mismo.
—No contestes a la prensa. Si viene a la puerta alguien a quien no conoces, no abras, y si las chicas reciben mensajes…
—Judith, ni siquiera me ha dado tiempo a preguntarles si quieren cereales.
Al otro lado se oyó una respiración.
—Sí. Perdona. Mal comienzo.
Claire siguió bajando por la página y encontró el comunicado de North Downs.
El colegio confirmaba que un miembro del personal había sido suspendido con efecto inmediato, afirmaba que la suspensión no suponía ninguna conclusión respecto a la denuncia y declaraba que el centro estaba colaborando con las autoridades y siguiendo los protocolos de protección pertinentes.
—El colegio ya ha hablado.
—Me he enterado esta mañana.
—Y nadie me ha dicho nada.
—No sé cuándo enviaron el comunicado. Probablemente lo prepararon anoche.
—Me mandaron un correo sobre la suspensión. No sobre la prensa.
—Claire, ellos tienen sus propias obligaciones.
—Sé cuáles son sus obligaciones.
Judith no respondió enseguida.
—El equipo regional quiere hablar a las ocho y media.
Claire apartó la vista de la pantalla.
—¿Conmigo?
—Sí.
—¿Por Adam?
—Por la situación y por los próximos días. No sé exactamente qué van a proponer.
Era una pequeña mentira, o quizá solo una forma cuidadosa de expresarlo, y Claire no tenía fuerzas para averiguar cuál de las dos cosas.
—A las ocho y media —repitió.
—Te llamaré antes.
Margot bajó con un cable blanco en la mano y se detuvo al ver a su madre al teléfono.
—Tengo que dejarte —dijo Claire.
—Claire, una cosa más…
—Luego.
Colgó.
Margot se sentó a la mesa.
—¿Es por papá?
Claire dejó el teléfono junto a la taza.
—Hay un artículo.
—¿Qué dice?
—Que lo han detenido y que la policía está investigando la denuncia.
—Pero eso ya lo sabemos.
—Nosotros sí.
—¿Han puesto una foto suya?
Claire miró a su hija.
—Sí.
—Enséñamela.
—Margot…
—Voy a verla de todas formas.
Larissa entró en la cocina antes de que Claire pudiera contestar. Llevaba el bolso colgado de un hombro, el pelo húmedo y el teléfono en la mano.
—Han quitado su perfil de la web del colegio.
Claire se volvió hacia ella.
—Está suspendido.
—Ya sé por qué lo han quitado.
—Entonces, ¿por qué me lo dices?
Larissa se encogió de hombros, pero el gesto fue demasiado rápido para parecer indiferente.
—Para que lo sepas.
Claire abrió la boca para decirle que podía quedarse en casa, recordó la conversación del día anterior y cambió las palabras.
—¿Qué quieres hacer hoy con lo del colegio?
—Ir.
—¿Estás segura?
—No. Pero voy a ir.
Margot miró de una a otra.
—Tengo un examen de ciencias.
—Tú también puedes quedarte en casa —dijo Claire.
—He estudiado.
—Ya lo sé.
—Entonces voy.
Larissa cogió una tostada del plato.
—Aunque nos quedemos en casa, van a hablar igual.
—No intento esconderos —dijo Claire—. Intento daros a elegir.
—Pues ya he elegido.
El tono de Larissa la irritó, y Claire notó que la respuesta salía antes de poder contenerla.
—No tienes por qué hablarme como si esto lo hubiera hecho yo.
Larissa se quedó inmóvil con la tostada en la mano.
Claire se arrepintió de las palabras al instante, no porque fueran del todo injustas, sino porque vio el efecto que habían tenido.
—Yo no he dicho que hayas hecho nada.
—Ya lo sé. Déjalo.
—Mamá…
—He dicho que lo dejes.
Margot se agachó a por la mochila y comprobó la cremallera, de pronto entregada por completo a la tarea.
Claire cogió las llaves.
—Os llevo.
—Tienes la llamada a las ocho y media —dijo Larissa.
—Llegaré.
—Si hay tráfico, no.
—Larissa, no hace falta que me organices la agenda.
—Intentaba ayudar.
—Pues ayúdame cogiendo el abrigo.
Larissa fue la primera en dirigirse al recibidor.
Claire se quedó un segundo junto a la mesa. Margot se puso la mochila.
—Eso ha sido un poco borde.
Claire la miró.
—Gracias, Margot.
—Eso también ha sido un poco borde.
—Abrigo.
Margot siguió a su hermana.
•
En North Downs, Larissa descubrió que la gente podía mirarte sin que pareciera que te estaba mirando.
Ocurría al fondo del pasillo, delante de las taquillas, junto a la máquina de bebidas e incluso en clase, donde los teléfonos desaparecían cuando ella se acercaba.
No podía saber cada vez si era por ella, y eso lo empeoraba.
Después de la primera clase se vio reflejada en una ventana y se preguntó si se estaba comportando de alguna manera que hiciera que la gente se quedase mirando.
El profesor que sustituía a Adam había entrado con una carpeta y un vaso de cartón, y después había dejado el vaso sobre la mesa exactamente donde su padre solía dejar la botella de agua. Nadie dijo nada hasta que un chico del fondo preguntó si el señor Robertson volvería la semana siguiente.
—No tengo ninguna información que pueda daros sobre eso —dijo el profesor—. Cualquier comunicación se hará a través del colegio. Empecemos.
—¿Pero es verdad lo que han escrito?
El profesor se detuvo con una hoja en la mano.
—No vamos a hablar en clase de una investigación en curso.
—Solo preguntaba si lo habían detenido.
—Has leído el artículo, así que supongo que ya sabes la respuesta.
No fue una respuesta muy afortunada, y el profesor pareció arrepentirse enseguida. Se aclaró la garganta y empezó la clase sin volver a mirar al chico que había preguntado.
Larissa miró la silla vacía de Xenia.
Le había enviado un solo mensaje, después de escribir y borrar varios.
¿Podemos hablar?
Xenia no había contestado.
En el recreo, Sophie la alcanzó junto a las escaleras.
—¿Quieres ir a la biblioteca?
—¿Por qué?
—No sé. Está más tranquila.
—Tenemos inglés en diez minutos.
—Ya.
Larissa siguió andando.
—Entonces vamos a inglés.
Sophie la siguió.
—Maya me ha enviado el artículo.
Larissa se detuvo.
—¿Por qué a ti?
—Porque sabe que somos amigas.
—¿Y?
—Y me ha preguntado si sabía algo.
—¿Qué le has dicho?
Sophie cambió el teléfono de una mano a otra.
—Que no.
—Pero sí sabes.
—Sé lo que tú me contaste. No me corresponde contárselo a ella.
Larissa la miró unos segundos.
—Vale.
—¿Estás enfadada?
—No lo sé.
—¿Conmigo?
—Sophie, no lo sé.
Volvieron a andar. Sophie permaneció callada hasta que estuvieron casi en el aula y entonces dijo:
—La gente va a preguntar. Bueno, ya lo está haciendo, pero…
—Ya lo sé.
—No tienes por qué contestarles.
Larissa soltó una risa breve, sin humor.
—Mamá me dice lo que no debo hacer, los profesores nos dicen de qué no podemos hablar y tú me dices a quién no debo contestar. Muy útil.
Sophie se puso colorada.
—Solo intentaba…
—Ya sé lo que intentabas.
—Pues no lo parece.
Larissa la miró y se dio cuenta de que Sophie también estaba enfadada. La sorprendió lo suficiente para no responder.