Némesis CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—De literatura griega. Es lo que le interesa.

—¿De algo personal?

—No en el sentido de… no. No recuerdo nada personal.

—¿Alguna vez te hizo un cumplido?

Adam pensó.

—Dijo que pocas veces podía hablar así con un profesor.

Helen esperó.

—¿Y?

—Y nada. Pensé que se refería a la literatura.

—¿Te pareció que estaba flirteando?

Adam levantó la vista enseguida.

—No.

—¿Flirteaste tú con ella?

—No.

—¿Te atraía?

—No.

Helen lo observó un instante más y luego anotó la respuesta sin hacer comentarios.

—Es amiga de tu hija, ¿correcto?

—De Larissa.

—¿Ha estado en vuestra casa?

—Sí.

—¿Cuántas veces?

Adam se pasó los dedos por las cejas.

—Dos, creo.

—¿Estabas tú en casa?

Helen hizo otra anotación y cerró la carpeta sin guardarla en el bolso.

—Voy a decirte una cosa que probablemente te moleste.

—La lista ya es bastante larga.

—Entonces no vamos a cambiar la noche. En el interrogatorio, responde a la pregunta que te hayan hecho y, si no está clara, pide que la reformulen. No rellenes los silencios. Tienes tendencia a contestar también las tres preguntas siguientes que crees que van a hacerte.

Adam la miró.

—Soy profesor.

—Sí. Eso lo deduje en los primeros cinco minutos.

—Eso ha sonado personal.

—Un poco.

Adam se frotó la nuca.

—¿Claire sabe que es Xenia?

—No lo sé.

—Tengo que decírselo.

—Ya veremos cuándo puedes hablar con ella.

—Larissa es amiga suya.

Helen levantó la vista.

—Lo entiendo.

—No, quiero decir que se hicieron muy amigas muy deprisa. Xenia ha estado en nuestra casa, a Margot le cae bien, Claire la conoce. Hace dos horas estábamos sentados en la cocina hablando de ella.

—Adam.

—¿Qué?

—No te ayuda intentar encontrar ahora el motivo.

—No intento encontrar el motivo. Intento entender cómo se pasa de una conversación sobre libros a…

—¿Y si te preguntan por qué miente?

—Si no lo sabes, di que no lo sabes.

—Parecerá que estoy esquivando la pregunta.

—Puede. Aun así, no te inventes una respuesta.

Cuando fueron a buscarlo para el interrogatorio, Adam se dio cuenta de que llevaba tanto tiempo andando sin cordones que había empezado a arrastrar un poco los zapatos para que no se le salieran.

El ruido sobre el suelo lo irritó e intentó caminar con normalidad; uno se le salió del talón justo antes de entrar en la sala.

El agente que lo escoltaba esperó.

Adam volvió a meter el pie en el zapato.

—Perdón.

—No pasa nada.

La sala tenía una mesa sencilla, cuatro sillas y una luz blanca que no dejaba ningún rincón más oscuro donde descansar la vista.

Sobre la mesa había vasos de plástico y una jarra de agua.

Una de las sillas cojeaba cuando Adam se sentó, y la desplazó un poco a la derecha hasta encontrar una posición en la que las cuatro patas tocaban el suelo.

Helen se sentó a su lado.

Frente a ellos había un hombre de unos cuarenta años, con el pelo muy corto y una camisa algo arrugada en los codos, y una mujer algo más joven que hojeaba varias hojas mientras su compañero iniciaba las formalidades del interrogatorio.

En un momento dado, ella le susurró que había puesto mal la fecha en la primera página.

Él se detuvo, la comprobó y la corrigió sin parecer especialmente sorprendido.

Adam observó cómo su mano tachaba la fecha.

No parecían personas que hubieran venido a destruirle la vida. Parecían cansados y ocupados, y aquella observación no lo tranquilizó en absoluto.

Terminadas las formalidades, el hombre preguntó:

—¿Conoce a Xenia Willis?

—Sí. Es alumna de North Downs y amiga de mi hija Larissa.

—¿Le da clase?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde septiembre, cuando entró en el colegio.

La mujer encontró el punto correspondiente entre los papeles.

—¿Cómo describiría su relación con Xenia?

—Profesor y alumna.

—¿Nada más?

—No.

—¿Ha hablado con ella fuera de clase?

—Sí. Se quedó al menos una vez después de clase para hablar de literatura, y probablemente hubo conversaciones más breves antes o después de otras clases.

La mujer levantó la vista.

—¿«Probablemente»?

—No llevo un registro de cada conversación que dura unos minutos. Recuerdo claramente una más larga.

—¿Cuánto duró?

—Diez o quince minutos.

—¿Estaban solos?

—Sí.

—¿De qué hablaron?

—De literatura griega.

—¿De algo más?

Adam procuró no responder más allá de lo que sabía.

—No recuerdo que habláramos de nada personal.

La mujer miró la página.

—¿Le dijo que le gustaba hablar con usted?

Adam notó cómo se le tensaba la espalda.

—Dijo que pocas veces podía hablar así con un profesor. En el contexto de nuestra conversación sobre literatura.

—¿Cómo interpretó eso?

—Tal como he dicho. Que le gustaba tener a alguien con quien hablar del tema.

—¿No como un interés personal?

—No.

El hombre preguntó si Xenia había intentado alguna vez insinuarse a él, y Adam dijo que no. La siguiente pregunta fue si él se había insinuado a ella, y la respuesta salió igual de rápido.

—No.

El agente consultó una nota.

—¿Había una reunión prevista con la madre de Xenia esta tarde?

—Sí, pero no vino. Xenia apareció sola y me dijo que a su madre la habían retenido en el trabajo.

—¿Celebró la reunión con Xenia en ausencia de su madre?

—Sí. Ya estaba allí y hablamos de su progreso académico. Le dije que su madre podía escribirme si quería hablar conmigo aparte.

—¿Cuánto duró?

—Quizá diez minutos. No miré la hora.

—¿Dónde?

—En el salón principal, donde se celebraba la reunión de padres. Había otros profesores, aunque hacia el final se había ido vaciando.

La mujer escribió algo.

—¿Salieron juntos después?

—No. Ella salió antes que yo.

—¿Cuánto antes?

—No lo sé, quizá diez o quince minutos. Yo me quedé recogiendo.

—¿Y dónde volvió a encontrársela?

—Fuera, cerca de la puerta peatonal. Estaba esperando el autobús.

—¿Qué ocurrió después?

Adam explicó que llovía, que el autobús llevaba retraso y que le había ofrecido llevarla. La mujer lo interrumpió al llegar al momento en que Xenia había vacilado.

—¿Se negó?

Adam la miró.

—Dijo que no hacía falta y que el autobús estaba llegando.

—Y usted repitió la oferta.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque eran más de las ocho y media, llovía muchísimo y no veía qué sentido tenía que se quedara allí sola si yo podía llevarla a casa.

La mujer consultó sus notas.

—¿Le pareció apropiado estar a solas en un coche con una alumna menor de edad?

Adam sintió el impulso de ponerse a la defensiva y oyó la voz de Helen antes de abrir la boca.

—Pensé que era mejor que su madre lo supiera. Por eso le pedí a Xenia que le enviara un mensaje antes de salir.

—¿Xenia envió el mensaje?

—Sí.

—¿Vio usted lo que escribió?

—No.

—¿Comprobó que el mensaje se hubiera enviado?

Adam pensó.

—Le pregunté si le había escrito. Dijo que sí.

El hombre se hizo cargo de las preguntas sobre el trayecto.

Adam les dijo dónde se había sentado Xenia, que llevaba puesto el cinturón, que no habían utilizado navegador y que ella le había ido indicando cómo llegar a su casa.

Cuando le preguntaron si se habían detenido en algún sitio, explicó que solo se habían parado por el tráfico, y el agente le pidió que aclarara si en algún momento había entrado en un aparcamiento, una calle secundaria o un lugar aislado.

—No. Fuimos directos a su dirección.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Cuánto duró el trayecto?

—Casi media hora. El tráfico iba lento después de la rotonda.

—¿De qué hablaron?

Adam miró la jarra de agua.

—De varias cosas. Del colegio, de Larissa, de Margot, de literatura.

—¿Qué literatura?

—Tragedia griega y un ensayo sobre traducción que le había recomendado.

La mujer buscó entre los papeles.

—¿Hablaron de Némesis?

—Sí.

—¿De castigo?

—En ese contexto, sí.

—Xenia dice que hablaron de cómo las personas que hacen cosas malas pueden salirse con la suya.

Adam se detuvo. Recordaba la conversación y, al mismo tiempo, formulada así le sonaba ajena.

—Hablamos de si la gente recibe lo que merece. Ella me preguntó qué pensaba yo.

—¿Y qué dijo usted?

—Que no creo que exista un sistema de reparto moral en el que a cada uno le ocurra exactamente lo que merece.

—¿Dijo que la gente sabe explicarse muy bien sus propios actos?

Adam pasó el pulgar por el borde del vaso.

—Sí, creo que dije algo parecido. Luego me corregí porque me di cuenta de que estaba siendo demasiado categórico.

—¿Qué quería decir?

—Que a veces la gente justifica su propio comportamiento. Era una conversación sobre literatura, no sobre nosotros.

La mujer lo miró.

—¿«Sobre nosotros» en qué sentido?

Adam se detuvo.

—No había ningún «nosotros». Eso es lo que intento decir.

Ella escribió algo y Adam sintió la necesidad de seguir hablando, pero Helen deslizó discretamente el bolígrafo por la mesa, lo justo para que él se diera cuenta.

El hombre pasó una página.

—Xenia afirma que durante el trayecto la conversación se volvió personal y que su comportamiento cambió.

—No.

—¿Qué está negando exactamente?

Adam enderezó la espalda.

—Que mi comportamiento cambiara de una manera sexual o inapropiada. Hablé con ella y conduje.

—Dice que usted se insinuó sexualmente.

—No lo hice.

—Dice que intentó detenerlo.

Adam lo miró.

—No había nada que detener.

El hombre dejó pasar una pausa antes de continuar.

—Xenia Willis afirma que usted mantuvo contacto sexual con ella sin su consentimiento.

Adam oyó el ventilador del techo y, en algún lugar del pasillo, una puerta que se cerraba con demasiada fuerza. La mujer sentada frente a él tenía el bolígrafo suspendido sobre el papel, esperando.

—Eso no es verdad.

—¿Hubo algún contacto sexual entre usted y Xenia?

—No.

—¿La besó?

—No.

—¿Le tocó los pechos, las nalgas o la zona genital?

—No.

—¿Ella lo tocó a usted sexualmente?

—No.

—¿Mantuvo con ella algún tipo de contacto sexual?

—No tuve ningún contacto sexual con Xenia.

Había alzado la voz, y Helen se volvió ligeramente hacia él.

Adam la bajó.

—La llevé a casa. Eso es todo.

El hombre preguntó qué había ocurrido al llegar. Adam explicó que había parado delante de la casa, que Xenia le había dado las gracias y se había bajado, y que él había esperado hasta verla llegar a la puerta.

—¿Por qué esperó?