CAPÍTULO 9
LA DECLARACIÓN DE XENIA
En comisaría le habían quitado el cinturón, los cordones y todo lo que llevaba en los bolsillos; después lo habían conducido por varias puertas que solo se abrían desde un lado, a lo largo de pasillos demasiado iluminados para aquella hora, hasta llegar a una sala donde hacía más calor del debido y olía vagamente a detergente.
Adam ya no tenía el teléfono ni el reloj, y al cabo de un rato dejó de intentar adivinar qué hora era.
La camisa, empapada a la altura de los hombros cuando había salido de casa, se le había secado casi por completo en el coche y dentro del edificio, pero seguía notándola fría contra la espalda.
Se había remangado sin recordar cuándo lo había hecho y, al darse cuenta, sintió el impulso de bajarse otra vez las mangas, como si estuviera a punto de entrar en una reunión y tuviera que ir presentable.
Estuvo sentado unos minutos, luego se levantó y fue hasta la puerta. Allí no podía hacer nada, así que volvió al banco.
Intentó reconstruir la tarde por orden.
La reunión de padres había empezado a las seis.
Xenia había llegado tarde y sola. Habían hablado de redacciones; después él había terminado las reuniones, la había encontrado fuera, la había llevado a casa y había vuelto con Claire y las niñas.
Había cenado. Había intercambiado mensajes con Scott.
Larissa le había traído el cargador. Luego habían llamado a la puerta.
La cronología no le aclaraba nada.
Volvió a empezar desde el principio, cambiando un detalle cada vez, como si el error pudiera esconderse en algún intervalo de diez minutos.
Recordaba la hora del salpicadero cuando Xenia se bajó, las 21:07, porque se había fijado entonces.
Desde allí hasta casa no había hecho nada fuera de lo normal.
No se había detenido. No había hablado con nadie.
Claire sabía que había llevado a Xenia a casa, Larissa lo sabía, la madre de la chica lo sabía.
Le había pedido a Xenia que le escribiera antes de salir del colegio precisamente porque no quería que una alumna menor de edad se subiera al coche de su profesor sin que su madre estuviera al corriente.
Se pasó las manos por la cara y se quedó sentado con los codos apoyados en las rodillas.
Para él, aquello demostraba que se había comportado como debía. No sabía si para la policía significaba lo mismo.
Claire le preocupaba más de lo que podía admitir sin que volvieran a entrarle ganas de levantarse.
La veía en el umbral, en calcetines, mientras Margot le decía que el suelo estaba mojado, y recordaba haberle pedido varias veces que llamara a Scott aunque Claire ya le había contestado con claridad la primera vez.
Seguramente ya lo habría llamado. Larissa probablemente seguiría despierta.
Margot tenía colegio por la mañana y él le había prometido llevarla.
Lo recordó y miró hacia la puerta.
No sabía si estaría en casa por la mañana.
Había pasado bastante tiempo cuando la puerta se abrió, y el ruido de la cerradura lo hizo ponerse en pie.
La mujer que entró rondaría los cincuenta. Llevaba pantalones negros, un jersey azul marino y zapatos planos, húmedos en las puntas. El pelo rubio ceniza le llegaba justo por debajo de las orejas. En una mano llevaba un bolso grande de cuero; en la otra, una carpeta fina.
—¿Señor Robertson?
—Sí.
—Helen Murray. Soy la abogada de guardia. Me han llamado para la consulta previa al interrogatorio.
Adam le tendió la mano casi por reflejo, y ella necesitó una fracción de segundo para cambiar la carpeta de sitio antes de estrechársela.
—Adam.
—¿Perdón?
—Adam está bien.
—De acuerdo.
Helen miró hacia el banco.
—¿Nos sentamos? Vengo de Woking y creo que me he dejado medio cerebro en la A3.
Adam se sentó. Ella dejó el bolso junto al pie, abrió la carpeta y se detuvo.
—«De acuerdo» es relativo, pero médicamente nos sirve. La policía quiere interrogarte por las acusaciones por las que te han detenido. Me han dado información preliminar, no todo el material, así que cuando no sepa algo te diré que no lo sé. Prefiero eso a rellenar los huecos por mi cuenta.
Adam se inclinó hacia delante.
—¿Quién es?
Helen mantuvo el bolígrafo suspendido sobre la página.
—¿La persona que ha presentado la acusación?
—Sí.
—Es una alumna de North Downs.
Adam la miró, esperando.
—¿Cuál?
Helen bajó la vista a la página y comprobó el nombre, aunque seguramente ya lo sabía.
—Xenia Willis.
Adam se quedó sentado con las manos entre las rodillas.
—¿Xenia?
—Sí.
—No.
Helen tardó un instante en escribir.
—Cuando dices que no, ¿qué estás negando?
—Todo. Quiero decir… no, eso no puede estar bien. He estado con ella esta noche, la he llevado a casa, pero no ha pasado nada.
—Bien. No te precipites. ¿Qué quieres decir con que has estado con ella?
Adam la miró.
—Ya te lo he dicho. La he llevado a casa.
—¿Desde dónde?
—Desde el colegio. Era la reunión de padres, al final su madre no pudo venir, Xenia vino sola a la reunión y después…
—Un segundo.
Helen rebuscó en la carpeta y encontró la página solo después de retroceder dos hojas.
—¿Su madre no fue a la reunión?
—No.
—Xenia fue sola.
—Sí.
—Sigue.
—Cuando terminé, la encontré fuera. Estaba esperando el autobús, llovía muchísimo y la llevé a casa.
Helen anotó unas palabras.
—¿De quién fue la idea?
—Mía.
—¿Aceptó enseguida?
Adam hizo una pausa.
—No exactamente. Dijo que no hacía falta y que el autobús estaba a punto de llegar.
—¿Y tú?
—Le dije que la llevaría. Era tarde y estaba empapada.
Helen levantó la vista.
—¿«Empapada» es tu descripción o estaba realmente empapada?
Adam se quedó mirándola, sin entender al principio por qué importaba.
—Tenía mojados los pantalones y el pelo. Había estado esperando fuera. No sé cuánto tiene que mojarse alguien para poder usar esa palabra.
—Bien. Olvida la palabra. ¿Dónde se sentó en el coche?
—Delante.
—En el asiento del acompañante.
—Sí.
—¿Solo vosotros dos?
—Sí.
Helen escribió y luego se detuvo con el bolígrafo apoyado en el papel.
—¿Hubo algún contacto físico entre vosotros?
—No.
La respuesta le salió sin pensarlo. Un segundo después, Adam añadió:
—Al menos, no recuerdo haberla tocado de ninguna manera. Si me preguntas si la besé o la toqué sexualmente, desde luego que no.
Helen alzó un poco la cabeza.
—Eso está mejor. Recuerda la diferencia, porque en el interrogatorio no necesitas fabricar certezas. Si dices que no la tocaste jamás y dentro de dos días aparece una grabación en la que le sujetas una puerta y se os rozan las manos, habrás creado una contradicción inútil.
—Ni siquiera recuerdo que ocurriera algo así.
—Entonces eso es justo lo que dices.
Adam se recostó un poco.
—¿Qué dice que hice?
Helen dejó el bolígrafo.
—Por lo que me han contado, la acusación se refiere al periodo en que estuvisteis solos después de salir del colegio. Todavía no tengo su declaración completa y no quiero recitarte una versión incompleta como si fuera todo el caso.
—¿En el coche?
—Ahí se centra la acusación, sí.
Adam negó despacio con la cabeza.
—La llevé hasta su casa.
—¿Cuánto tardasteis?
—Casi media hora. Quizá un poco menos.
—¿Paraste?
—No.
Helen levantó el bolígrafo.
—¿En ningún momento?
—En semáforos, en el tráfico. No me aparté a un lado, si es eso lo que preguntas.
—Sí. Eso es lo que pregunto.
Adam se frotó la mejilla.
—Había tráfico después de la rotonda y llovía. Fuimos directos a su casa.
—¿Conoces la ruta?
—Más o menos. A partir de cierto punto ella me fue indicando.
—¿Navegador?
—No.
—¿Tu teléfono podría tener datos de ubicación?
—Probablemente. No sé qué guarda.
—Bien. No damos nada por supuesto.
Adam volvió a inclinarse hacia delante.
—Escribió a su madre antes de que saliéramos.
Helen lo miró.
—¿Quién le dijo que escribiera?
—Yo.
—¿Por qué?
La pregunta lo irritó más de lo que debería.
—Porque tiene diecisiete años y estaba a punto de subir sola al coche de un profesor. Me pareció normal que su madre lo supiera.
Helen asintió.
—Me viene bien saberlo. No significa que el mensaje invalide lo que ella dice que ocurrió después.
—Si demuestra cuándo salimos y cuándo llegamos…
—Puede ayudar con la cronología.
—Exacto.
—Con la cronología, Adam.
Él se calló.
Helen se subió las gafas por el puente de la nariz.
—Sé que ahora mismo quieres encontrar una sola cosa que cierre todo esto.
Un mensaje, una cámara, la ruta que siguió el coche, lo que sea.
Puede haber cosas importantes ahí, pero no quiero que entres al interrogatorio convencido de que ya has encontrado la prueba que hace que tengan que dejarte marchar.
Adam la miró unos segundos.
—Yo no he dicho eso.
—No. Pero vas por ahí.
No le gustó que tuviera razón.
Helen pasó la página.
—Antes de esta noche, ¿habías estado alguna vez a solas con Xenia?
—En el colegio, sí.
—Explícamelo.
—Se quedó después de una clase. Hablamos de literatura.
—¿Cuánto tiempo?
—Diez minutos. Quizá quince.
—¿La puerta del aula estaba abierta?
Adam podía ver su aula con mucha más facilidad que la puerta: la luz de la tarde, los libros sobre la mesa, Xenia con el bolso todavía en la silla. Intentó desplazar la imagen mental hacia la entrada y no consiguió distinguir nada con certeza.
—No lo recuerdo.
—Bien.
—¿Qué tiene de bueno?
—Que has dicho que no lo recuerdas en vez de escoger la respuesta que te conviene.
Adam soltó el aire y miró la pared.
—Los alumnos se quedan después de clase. No es raro.
—Seguro. Pero si te preguntan por Xenia, responde sobre Xenia. No tienes que explicar cómo funciona un colegio cada vez que un detalle te haga sentir acusado.
—Estoy acusado.
—Sí, y precisamente por eso estamos aquí.
Helen se frotó el ojo izquierdo; entonces se dio cuenta de que llevaba el bolígrafo en esa misma mano y se detuvo antes de mancharse.
—¿Cuántas veces se quedó después de clase?
—No lo sé con exactitud. Recuerdo una con claridad. Puede que hubiera conversaciones más breves antes o después de clase, pero no las llamaría reuniones.
—Yo tampoco las he llamado así.
Adam bajó un poco la cabeza.
—Ya.
—¿De qué hablasteis aquella vez?