CAPÍTULO 8 #3
Tenía razón, y él no sabía qué más decirle.
—Haré todo lo que tenga que hacer para volver.
Margot bajó la mirada.
Adam terminó de ponerse el segundo zapato y se levantó.
—Necesito el abrigo.
—Dejo las llaves aquí —dijo, más para Claire que para nadie.
Las puso sobre la mesa del recibidor, pero un recibo se le quedó pegado a los dedos. Intentó devolverlo al bolsillo, se le cayó y se agachó a recogerlo.
Al incorporarse, comprendió lo absurdo que era haberse molestado por un trozo de papel que cualquier otra noche habría dejado en el suelo hasta la mañana siguiente.
—La cartera está en la cocina.
La agente dijo que podía ir a buscarla y lo siguió.
Adam entró primero.
Cogió la cartera.
El móvil se iluminó.
Scott.
¿Has sobrevivido o mandamos una partida de búsqueda?
—Necesito llamar a alguien.
La agente le dijo que tendría oportunidad de hacerlo en comisaría.
—Es un amigo. Es policía.
—Puede dar sus datos cuando lleguemos.
—Es inspector de la Policía Metropolitana. Scott Mercer.
—Dígalo en comisaría.
Adam se quedó con una mano apoyada en la mesa.
Podría haber insistido. Incluso quería decir que Scott sabía cómo funcionaba todo aquello y entendería lo que estaba ocurriendo más deprisa que él, pero oyó la voz de Claire desde el recibidor y recordó que en la casa había otro adulto.
Dejó allí el teléfono.
Cuando regresó, le dijo:
—Llama a Scott.
Claire asintió.
—Lo haré.
—Dile exactamente lo que han dicho.
—Sí.
—Y que no sé quién…
—Adam, voy a llamarlo.
Se detuvo.
—Vale.
—Lo llamaré en cuanto te vayas.
—No tienes que esperar a…
—Ya lo sé.
Adam se pasó una mano por el pelo y descubrió que aún seguía húmedo por la lluvia de antes.
El agente le dijo que era hora de irse.
—¿Van a esposarlo?
Adam volvió la cabeza hacia Claire.
Hasta entonces no se le había ocurrido aquella pregunta.
El agente respondió que, mientras Adam colaborara y no hubiera motivos para cambiar la valoración, no tenía intención de hacerlo dentro de la casa.
Claire expulsó el aire por la nariz.
—Bien.
Adam no sabía por qué aquella palabra le hizo sentirse peor.
Larissa había bajado ya del todo. Estaba a pocos pasos de Margot, pero ninguna de las dos se había acercado a la otra.
Adam las miró.
—No voy a intentar deciros que todo está bien, porque evidentemente no es así.
Margot levantó la vista.
—Entonces ¿qué nos estás diciendo?
No tenía una respuesta preparada. Por reflejo, empezó a buscar una, y recordó lo que Claire le había dicho antes: no intentes explicar nada antes de tener algo que explicar.
—Que no he hecho eso de lo que me acusan.
Larissa cruzó los brazos.
—Pero no sabes quién te acusa.
—No.
—Y no sabes cuándo dicen que ocurrió.
Adam miró hacia los agentes.
—No.
Larissa se mordió el interior de la mejilla, una costumbre que tenía desde niña cada vez que intentaba no decir lo primero que se le pasaba por la cabeza.
—Entonces ¿cómo puedes estar tan seguro?
Claire dio un paso hacia ella.
—Larissa, no tenemos que hacer esto ahora.
—Solo estoy preguntando.
Adam sabía que la respuesta sencilla no le bastaba, y eso era precisamente lo que lo asustaba.
—Porque no he violado a nadie —dijo—. No he agredido sexualmente a nadie. No necesito saber el nombre para saber eso.
Margot bajó rápidamente la mirada ante aquella palabra tan directa.
Larissa mantuvo los ojos fijos en él.
—Vale.
—¿Qué significa «vale»?
—Significa que te he oído.
—Larissa…
—Adam —dijo Claire.
Él se volvió hacia ella y se detuvo.
No era el momento de pedirle a su hija que le creyera. Lo comprendió lo bastante tarde como para sentir vergüenza y rabia al mismo tiempo, porque su primer impulso había sido exactamente ese.
El agente abrió la puerta.
La lluvia sonaba menos fuerte que antes.
—Tenemos que irnos, señor Robertson.
Adam se abrochó el abrigo hasta la mitad y se volvió hacia Claire.
—Scott.
—Sí.
—Y un abogado.
—Sí.
—No sé cuánto…
—No necesitas saberlo ahora.
Claire se pasó la lengua por los labios y luego miró hacia los agentes.
—¿A qué comisaría se lo llevan?
Adam miró a las chicas.
—Margot, mañana por la mañana…
Se detuvo.
Margot lo miró, desconcertada.
—¿Qué?
—Nada. Perdona.
Margot apretó más la manta.
—Dijiste que me llevabas tú.
Adam sintió que algo pesado se le hundía en el estómago.
—Lo sé.
Claire se volvió hacia ella.
—Te llevo yo.
—Pero tú sales temprano.
—Ya no voy a salir temprano.
Él salió.
El aire estaba frío y, aunque la lluvia había amainado, le alcanzó las mejillas de inmediato. La agente caminaba muy cerca de él, y Adam no podía dejar de notar la distancia mínima que los separaba. El coche estaba aparcado a pocos metros de la verja.
A mitad del camino de entrada, oyó moverse la puerta principal y se volvió.
—Claire, entra —dijo Adam—. No llevas zapatos.
Ella bajó la vista hacia sus pies descalzos como si acabara de darse cuenta.
—Es verdad.
No entró.
Adam llegó al coche. El agente abrió la puerta trasera y él se inclinó para entrar, pero se detuvo al oír la voz de Margot desde la casa.
—Mamá, el suelo está mojado.
Claire se volvió hacia ella.
Adam entró en el coche antes de oír la respuesta.