CAPÍTULO 6 #2
—¿Todos los días?
—No. Si el autobús va tarde o llueve muchísimo. O si ha visto algo en las noticias y empieza a pensar que seguramente vaya a pasar en mi ruta.
—Mamá manda mensajes como si dirigiera un aeropuerto. Dónde estás. Cuándo llegas. Has comido. Llámame.
Xenia sonrió.
—Mi madre usa signos de interrogación.
—La tuya es más educada.
—A veces usa tres.
Larissa se rio, y la conversación se interrumpió unos minutos sin que el silencio se hiciera incómodo.
Xenia miró por la ventanilla empañada y limpió con un dedo un pequeño espacio para poder ver las casas que pasaban.
Larissa respondió a un mensaje de Sophie y casi de inmediato olvidó qué había escrito.
Al llegar a casa, la puerta principal se abrió con solo bajar el picaporte.
Larissa se detuvo en el umbral.
—¿Margot?
Desde algún lugar de arriba se oía música.
—¿Qué? —llegó la respuesta unos segundos después.
—Has dejado la puerta abierta.
—¡No es verdad!
Larissa entró y dejó sitio a Xenia.
—Ya tenemos un problema.
—¡La he cerrado! —gritó Margot.
—¡Pues evidentemente no!
Se quitaron los zapatos, y Xenia dejó el paraguas abierto sobre las baldosas junto a la pared. Debajo ya empezaba a acumularse agua.
Margot bajó las escaleras en calcetines, con el móvil en una mano y la goma verde de aquella mañana alrededor de la muñeca. Se detuvo cuando casi había llegado abajo y vio a Xenia.
Por primera vez desde que habían entrado, pareció no tener preparada ninguna respuesta.
Larissa se quitó la chaqueta.
—Xenia, esta es Margot. Margot, Xenia.
—Hola —dijo Xenia.
—Hola.
Margot miró inmediatamente a Larissa.
—La puerta estaba cerrada.
—No lo estaba.
—A lo mejor no la cerraste bien al entrar.
Larissa se quedó quieta con una manga de la chaqueta todavía puesta.
—¿Cuando he entrado yo?
—No sé. A lo mejor el mecanismo… da igual.
Xenia bajó los ojos, pero Larissa vio que estaba sonriendo.
Margot también se dio cuenta.
—Hace esto todo el tiempo.
—Yo no hago «esto» todo el tiempo, porque ni siquiera sé qué es «esto».
—Exacto.
Larissa se rindió.
—Mamá solo ha dicho que tengo que comer algo.
—Sí, pero dos rebanadas de pan no…
—¿Te ha dado instrucciones exactas?
Larissa se volvió hacia Xenia.
—¿Ves con qué tengo que lidiar?
—No me metas en esto —dijo Xenia, sacando el portátil.
Margot untó mantequilla en el pan y se sentó a la mesa en vez de volver arriba, cosa que Larissa interpretó como prueba de que Xenia le interesaba más de lo que quería admitir.
—Papá dijo que lees griego —dijo Margot unos minutos después.
Xenia levantó la vista de la pantalla.
—Literatura griega.
—¿En griego?
—No. Bueno, un poco, pero no lo suficiente para leer los textos así.
—Entonces ¿cómo los lees?
—Traducidos.
Margot meditó la respuesta mientras masticaba.
—Ah. Vale.
Xenia esperó un momento.
—Perdona por no ser más interesante.
Margot se rio y luego empezó a preguntarle a qué universidad quería ir.
Larissa intentó dos veces abrir el documento de Inglés y dos veces acabó arrastrada a la conversación: primero cuando Margot anunció que jamás iría a una universidad a más de dos horas de casa y luego cuando afirmó que Larissa hablaba de York «casi todos los días».
—No hablo de eso todos los días.
—Ayer hablaste.
—Porque papá me preguntó.
—Y anteayer también.
—Eso no significa todos los días.
Xenia intentó esconder la sonrisa detrás de la taza.
—No la animes —dijo Larissa.
—No he dicho nada.
—Ya sé lo que haces.
Margot se levantó para llevar el plato al fregadero, pero lo dejó sobre la encimera.
—¿Ha visto las fotos?
Larissa volvió despacio la cabeza.
—¿Qué fotos?
—Las tuyas de pequeña.
—No.
—Vi unas cuantas la última vez —dijo Xenia.
A Margot se le iluminó la cara.
—Tenemos álbumes.
—Margot, no.
Su hermana ya se había ido.
—No tenemos por qué mirarlos —dijo Xenia.
—Ahora los miraremos, porque si me opongo pensará que escondo algo.
—A lo mejor escondes algo.
Larissa la miró.
—¿Tú también con eso?
—¿Qué?
—Nada.
En las primeras fotografías, Larissa era tan pequeña que no reconocía las habitaciones donde las habían hecho.
Aparecía dormida sobre el pecho de Adam, luego en una trona con comida por la cara, y después venían cumpleaños, Navidades y veranos durante los cuales Claire parecía haber sentido la necesidad de fotografiar casi todo lo que hacían.
Xenia no comentó cada foto, cosa que Larissa agradeció, pero Margot lo compensó.
—Aquí lloraba porque no quería ponerse zapatos.
—No puedes saber eso.
—Mamá me lo contó.
—¿Por qué mamá te cuenta tantas cosas de mí?
—A lo mejor habla de ti cuando no estás.
Larissa no encontró una respuesta con suficiente rapidez, y Margot pasó la página antes de que pudiera hacerlo.
—Tenías muchísimo pelo —dijo Xenia.
—Mamá se negaba a cortármelo.
—Tú te negabas —la corrigió Margot—. Llorabas en la peluquería.
—Tenía cinco años.
—Seguías siendo tú.
Xenia se rio y pasó la página, y entonces el movimiento de su mano se hizo más lento.
—¿Qué te pasó? —preguntó Xenia.
—Me caí de un árbol.
—Papá dijo que casi se rompe el cuello —añadió Margot.
—Ni siquiera estuve cerca de romperme el cuello.
—Dijo que podrías habértelo roto.
—Eso es distinto.
Xenia no miró a Margot.
—¿Cuántos años tenías?
—Cinco, creo.
—Cuatro años y diez meses —dijo Margot.
Larissa se volvió hacia ella.
—¿Cómo es posible que sepas eso?
—Mamá cuenta la historia cuando vamos a casa de los abuelos, porque era su árbol.
—Vale, pero no tienes por qué memorizar cada detalle.
Margot se encogió de hombros.
Larissa volvió a mirar a Xenia. La chica sostenía el borde de la página entre el pulgar y el índice y todavía no la había pasado.
—¿Fue grave? —preguntó.
Su tono no era dramático, pero la pregunta llegó antes de que Larissa hubiera terminado de sonreír ante la absurda precisión de Margot.
—No tanto como hacen parecer ahora. Quiero decir, estuve ingresada, pero no recuerdo gran cosa. Recuerdo a papá durmiendo en una silla que se suponía que se convertía en cama y no funcionaba bien.
—¿Se quedó allí?
Larissa asintió.