CAPÍTULO 6
HERMANAS
Durante las dos semanas siguientes, Larissa descubrió que era mucho más fácil hacerse amiga de alguien en el último curso cuando las dos tenían demasiado que hacer como para convertir aquella creciente cercanía en otro asunto que hubiera que hablar, definir y luego mantener con cuidado.
No hubo ninguna conversación en la que ella y Xenia establecieran que a partir de entonces se sentarían juntas a la hora de comer o se escribirían por las noches.
Las cosas se fueron acumulando de una forma mucho menos ordenada.
Un martes, Xenia le mandó una foto de un párrafo de un ensayo que no entendía, y Larissa le respondió veinte minutos después que ella tampoco lo entendía y que quedaba el consuelo de que quizá el problema fuera el autor.
Al día siguiente, Xenia le guardó un sitio en la biblioteca sin preguntarle si iba a ir.
El viernes fueron al centro con Sophie, que se marchó antes de que hubiera pasado media hora porque tenía cita con el dentista, y ellas dos se quedaron en una cafetería hasta que Larissa miró el móvil y descubrió que había perdido hacía casi cuarenta minutos el autobús que pensaba coger.
Después de aquello empezaron a mandarse cosas que no tenían nada que ver con el colegio, la mayoría de las cuales no valían el tiempo que habían tardado en encontrarlas.
El jueves por la mañana, mientras Larissa intentaba comerse una tostada y encontrar el cargador del portátil antes de tener que salir, recibió una foto que Xenia había hecho desde el autobús.
Un perro enorme estaba sentado en el asiento junto a su dueño y miraba por la ventanilla con una seriedad que hacía pensar que no estaba satisfecho con la ruta.
¿paga billete?
Larissa respondió con un pulgar, sujetando la tostada entre los dientes.
seguro que tiene abono
—¿Con quién hablas?
Larissa se sacó la tostada de la boca.
—Con nadie.
—Entonces ¿por qué sonríes mirando el móvil?
—La gente puede sonreír sin estar hablando con nadie.
Margot se sentó a la mesa, apartó una revista y puso el cuenco en su lugar.
—Tú por las mañanas no sueles hacerlo.
El móvil volvió a vibrar.
—¿Es Xenia? —preguntó Margot.
Larissa levantó la vista.
—¿Para qué preguntas si ya lo has decidido?
—No he decidido nada.
—Sí que lo has decidido.
—Entonces ¿es ella?
—Come.
Margot se llevó una cucharada de cereales a la boca y siguió mirándola, con suficiente satisfacción como para que Larissa comprendiera que había respondido sin querer.
Larissa le quitó la cuchara y volvió a dejarla en el cuenco.
—¿Cuándo va a venir otra vez? —preguntó Margot.
—¿Quién?
Margot la miró de una forma que volvía inútil la pregunta.
—Xenia.
—No lo sé.
—La última vez no llegué a conocerla.
—Porque te quedaste en tu habitación.
—Ya sé dónde estaba, Larissa.
—Entonces las dos estamos al día.
Margot removió los cereales con la cuchara y luego miró hacia el móvil de su hermana.
—Papá dijo que es muy buena en literatura.
Larissa dejó de buscar.
—¿Cuándo has hablado con papá de Xenia?
—No he hablado de ella. Dijo algo en la cena.
—¿Qué?
—No me acuerdo exactamente. Que lee mucho o que sabe algo de los griegos.
—Literatura griega.
—¿Por voluntad propia?
—No, Margot. La obliga alguien.
Margot se encogió de hombros, sin parecer del todo segura de que Larissa estuviera bromeando.
—Llevas la corbata deshecha.
Margot bajó la mirada como si acabara de darse cuenta.
—Ya lo sé.
—Vale.
—¿No vas a decirme que me la arregle?
—No.
—Mamá lo haría.
—Pues espera a mamá.
Larissa ya había llegado al recibidor cuando oyó a Claire gritar desde arriba:
—¡Margot, arréglate la corbata antes de salir!
Margot volvió la cabeza hacia Larissa.
—¿Ves?
—Una experiencia muy satisfactoria para las dos.
Se marchó antes de que su hermana encontrara una respuesta.
En el colegio, Xenia la esperaba en la sala común de Sixth Form con dos vasos de cartón sobre la mesa y un libro de texto abierto delante.
Llevaba el pelo recogido en un moño que ya empezaba a soltarse y tenía unas cuantas gotas de lluvia en el hombro de la americana.
Uno de los vasos estaba en el lado vacío de la mesa, junto a la silla donde Larissa solía dejar el bolso.
—No sabía qué bebes —dijo Xenia al verla—, así que he cogido té. La leche va aparte, porque después de pedirlo he pensado que a lo mejor no…
Se interrumpió y empujó hacia ella un pequeño recipiente de plástico.
—Creo que he complicado esto sin ninguna necesidad.
Larissa se sentó.
—Aprecio el nivel de preparación.
—Podría no haberte traído nada.
—También era una opción.
Xenia la miró, probablemente intentando decidir si se estaba burlando de ella, y luego sonrió.
—Está malo —dijo Xenia.
—No está malo.
—Has puesto una cara.
—Estaba caliente.
Xenia probó su propio té e hizo casi la misma mueca.
—Vale. Está malo.
A su alrededor, la sala iba llenándose poco a poco.
Alguien había abierto una ventana aunque fuera estaba lloviendo y hacía suficiente frío para que dos chicas junto al radiador empezaran a protestar.
El chico que la había abierto sostuvo que la habitación olía «a uniforme mojado y desesperación», descripción que una de las chicas consideró exagerada, aunque no pareció dispuesta a discutir la parte del uniforme mojado.
Sophie apareció menos de diez minutos antes de la primera clase y dejó caer el bolso sobre la silla vacía.
—Se me ha olvidado por completo que teníamos que leer para hoy.
Larissa sacó el móvil.
—No teníamos que hacerlo.
Sophie se quedó inmóvil con una mano dentro del bolso.
—¿Seguro?
—Casi.
—Larissa.
—Era para mañana.
—Dios mío.
Sophie se sentó y cogió el vaso de Larissa antes de preguntar qué había dentro.
—Está malísimo —dijo Xenia.
Sophie lo probó.
—No está tan mal.
Larissa se volvió hacia Xenia.
—¿Ves?
—No creo que eso demuestre lo que pretendes.
Sophie devolvió el vaso y empezó a rebuscar en el bolso, sacando un cargador, una manzana y dos hojas dobladas antes de encontrar el bolígrafo que quería.
—¿Habéis terminado las declaraciones personales?
—No —dijeron Larissa y Xenia casi a la vez.
Sophie levantó la vista.
—Bien. Me siento mejor.
—Me alegra que nuestro fracaso te esté ayudando —dijo Larissa.
—No es un fracaso si todavía no ha vencido el plazo.
La conversación pasó a las solicitudes universitarias, un tema que en las últimas semanas se había colado en casi todas las conversaciones, independientemente de cómo empezaran.
Sophie quería Bristol, pero sus padres insistían en que mantuviera también alguna opción más cerca de casa.
Larissa seguía pensando en York, aunque cada vez tenía más cuidado de decir que quería ir allí en lugar de que iba a conseguir entrar.
A Xenia le costaba más hablar de sus opciones. Tenía varias universidades en la lista, pero cuando Sophie empezó a pedirle que las ordenara por preferencia, sus respuestas se hicieron más vagas.
—Todavía no lo he decidido.
—Pero tienes una primera opción.
—Puede.
—¿Cuál?
Xenia hojeó el libro de texto, aunque no parecía estar buscando nada en particular.
—Depende.
—¿De qué?
—Sophie, déjala respirar —dijo Larissa.
—Solo estoy preguntando.
—Ya lo sé.
—¿Desde cuándo eres tan protectora?
Larissa abrió la boca, pero no se le ocurrió nada lo bastante bueno que decir. Xenia se rio antes de que pudiera hacerlo, y el timbre de aviso las salvó de seguir con la conversación.
En las semanas transcurridas desde que había llegado a North Downs, Xenia se había vuelto menos pendiente de cada movimiento a su alrededor.
Al principio recogía sus cosas en cuanto los demás se levantaban y comprobaba el número del aula aunque ya hubiera estado allí.
Ahora a veces dejaba el bolso en la silla cuando iba a comprar algo y se quejaba del horario sin compararlo todo con su antiguo colegio.
Larissa solo reparó en el cambio cuando intentó recordar la última vez que le había explicado cómo llegar a algún sitio y no pudo.
Xenia sacó el paraguas del bolso.
—¿Tienes uno?
—Tengo el autobús.
—No creo que el autobús llegue hasta aquí dentro.
—La parada está a cuatro minutos.
—Entonces solo te mojarás un poco.
Larissa la miró.
—Te has vuelto muy servicial.
El móvil le vibró en el bolsillo antes de que echaran a andar. Claire le había escrito que Margot estaba en casa, que ella llegaría después de las seis y que Adam probablemente estaría allí un poco antes.
No te olvides de que tiene que comer algo antes de natación.
Larissa escribió:
sabe dónde está la cocina
Los tres puntos aparecieron casi de inmediato.
Ya lo sé. Solo recuérdaselo, por favor.
—¿Tu madre? —preguntó Xenia.
—Por lo visto me han ascendido temporalmente a supervisora de una niña que mide casi diez centímetros más que el año pasado y sabe usar una tostadora.
—¿Margot?
—Sí. ¿Todavía quieres conocerla?
Xenia abrió el paraguas.
—No he dicho que no.
Larissa se metió a su lado y, después de unos cuantos pasos bajo la lluvia, se le ocurrió antes de que tuviera tiempo de pensárselo demasiado.
—Puedes venir hoy, si quieres. De todas formas tenemos que terminar lo de Inglés, y a lo mejor Margot deja de preguntarme cuándo va a verte otra vez.
Xenia redujo un poco el paso.
—¿Te lo pregunta?
—Dos veces, que para ella ya cuenta como interés sostenido.
—Puedo escribirle a mamá.
—Escríbele. Si no puedes, no pasa nada.
Xenia sacó el móvil sin responder de inmediato, mientras Larissa se subía el bolso en el hombro para impedir que resbalara. El paraguas era demasiado pequeño para dos personas y, cuando llegaron a la parada, tenía la manga izquierda casi completamente mojada.
En el autobús solo encontraron sitio arriba. Las ventanillas estaban empañadas, la calefacción funcionaba con demasiado entusiasmo y, en algún punto delante de ellas, dos chicos hablaban tan alto de un partido que Larissa se enteró del resultado sin querer.
Xenia recibió respuesta unos minutos después.
—Puedo quedarme hasta las siete. Solo tengo que avisar a mamá cuando me vaya.
—La mía también.
—La mía todavía me pregunta a veces si he llegado al colegio.
Larissa se volvió hacia ella.