CAPÍTULO 5 #3
Larissa estaba sentada en el suelo junto a la mesa baja, con varios libros extendidos a su alrededor, y Xenia se encontraba junto a la estantería.
En los estantes alrededor del televisor, los libros compartían espacio con fotografías acumuladas a lo largo de distintos años, sin ningún intento de construir una cronología familiar: Larissa en sus primeras Navidades, Margot con dos dientes menos, las dos niñas en una playa de Cornualles, Adam y Scott junto a una barbacoa, Claire con sus hijas en una foto en la que el viento les había echado el pelo sobre la cara.
Xenia se había detenido delante de ellas.
—No mires demasiado —dijo Larissa—. Mamá guarda cosas que deberían destruirse.
Claire se agachó para buscar el cargador.
—Las fotografías no son el problema. El problema son los sombreros que insistías en ponerte.
—Tenía cuatro años.
—Exactamente.
Xenia cogió un marco del estante y sonrió.
—¿Este?
Larissa se levantó tan deprisa que se golpeó la rodilla contra la mesa.
—Dios, déjalo.
Claire se volvió. En la fotografía, Larissa tendría unos cuatro años, llevaba un enorme sombrero rosa y sostenía una cuchara de madera.
—Es una foto muy buena —dijo Claire.
—Claro que tú piensas eso.
—Estabas adorable.
—Eso no ayuda.
Xenia se rio y volvió a dejar la fotografía.
—Mi madre tiene una mía disfrazada de mariposa en una función del colegio. Las alas son más grandes que yo.
—Eso promete —dijo Larissa.
—No.
—Entonces necesito verla.
—Eso no va a ocurrir.
El intercambio no llegó más lejos porque Larissa recordó el libro que quería encontrar y se inclinó hacia el estante inferior. Claire encontró el cargador debajo de una revista, pero se quedó donde estaba cuando Xenia avanzó unos centímetros por la estantería.
—¿Esa es Larissa con Margot? —preguntó la chica.
Claire miró la fotografía que señalaba.
—Sí. En Cornualles.
—Tenía once años —dijo Larissa sin volverse.
—Creo que tenías diez.
Larissa alzó la vista de inmediato.
—Once. Margot tenía cinco.
Claire hizo rápidamente la cuenta y descubrió que su hija tenía razón.
—Entonces once.
—Gracias.
—Tampoco he discutido mucho.
—Pero has discutido.
Xenia volvió a mirar la fotografía.
—Os parecéis.
—Todo el mundo lo decía cuando éramos pequeñas —respondió Larissa—. Ahora ya no tanto.
Claire seguía viendo el parecido, sobre todo cuando las chicas se reían o cuando las dos estaban enfadadas y hacían exactamente el mismo gesto con la boca, pero no vio ninguna necesidad de decírselo. Larissa encontró por fin el libro y lo sacó de entre dos volúmenes más grandes.
—Este es.
Xenia lo cogió, leyó la portada y le dio la vuelta para mirar el texto de la contracubierta.
Arriba se abrió la puerta del dormitorio de Margot.
—¿Mamá? —llamó.
—¿Sí?
—¿Dónde está mi camiseta gris?
Claire cerró los ojos un momento.
—¿Qué camiseta gris?
—La gris.
Larissa empezó a reírse.
—Muy útil.
—No te lo preguntaba a ti —gritó Margot desde arriba.
—Mira en el cesto de ropa limpia —respondió Claire.
—Ya he mirado.
—Entonces no lo sé.
La puerta volvió a cerrarse arriba.
Xenia miró hacia el techo.
—¿Esa es Margot?
—Sí —dijo Larissa—. De momento la has conocido a través de una camiseta.
—Probablemente sea una de las opciones más seguras —añadió Claire.
Larissa miró la hora.
—Tenemos que salir en cinco minutos.
Xenia devolvió el libro.
—¿Puedo hacerle una foto?
—Claro.
Mientras Xenia sacaba el teléfono, Claire llevó el cargador a la cocina. Allí encontró un mensaje de Adam diciendo que había entrado en la tienda y preguntando si quería yogur. Respondió, limpió las migas de la mesa y dejó las tazas de las chicas junto al fregadero.
Larissa entró a por la chaqueta.
—La acompaño a la parada.
—Llévate algo impermeable. Puede volver a llover.
—Mi chaqueta es impermeable.
—La negra ya no mucho.
Larissa abrió el armario del recibidor.
—Entonces ¿por qué no me lo has dicho antes?
—Porque no llevo un registro de lo impermeables que son tus chaquetas.
—Acabas de hacerlo.
Claire se dio cuenta de que la conversación estaba a punto de volverse absurda.
—Coge la verde.
Larissa buscó entre los abrigos.
—No está.
—Entonces coge la que quieras.
—Eso era lo que estaba intentando hacer.
La respuesta adecuada no se le ocurrió a Claire hasta que Larissa ya había salido del recibidor.
Ya no importaba.
Cogió su taza y volvió al salón para ver si Xenia quería agua para el camino. La chica ya no estaba junto al sofá. Estaba delante de la estantería con un marco entre las manos.
Claire reconoció la fotografía antes de llegar hasta ella.
—Larissa tendría un mes ahí —dijo Claire.
Xenia levantó la vista.
—Es diminuta.
—Lo era. Y dormía poquísimo, aunque Adam ahora asegura que aquella época fue maravillosa.
—Quizá se olvidó de la parte mala.
—Desde luego. Yo no tuve tanta suerte.
Xenia sonrió débilmente y volvió a bajar los ojos.
Desde el recibidor, Larissa llamó que había encontrado la chaqueta y que, si no salían ya, perderían el autobús.
Claire se volvió hacia su voz, todavía con la taza en la mano, mientras Xenia permanecía junto a la estantería, mirando la fotografía de Adam con Larissa de bebé.