Némesis CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

CLAIRE

A las nueve y veinte, Claire ya sabía que la reunión de las diez no empezaría a las diez, porque Hannah le había enviado un mensaje sobre el «pequeño problema con el transporte» de Martin y había añadido que estaba «intentando recuperar el tiempo perdido», una fórmula lo bastante elástica como para significar cualquier cosa entre diez minutos y una hora.

La oficina de Green Counties Alliance ocupaba la primera planta de un edificio anodino cerca del centro de Guildford, encima de unos locales comerciales y junto a una carretera cuyo tráfico se oía incluso con las ventanas cerradas.

En los últimos años, la organización había crecido más deprisa que sus muebles y, a veces, que su instalación eléctrica.

Dos enchufes de la sala de reuniones llevaban etiquetas que advertían de que no debían usarse, la impresora grande dejaba una franja gris en el lado derecho de todas las páginas y uno de los armarios no cerraba a menos que se levantara por el tirador antes de empujarlo.

Claire se había acostumbrado tanto a todo aquello que solo reparaba en ello cuando entraba alguien de fuera e intentaba, por lo general sin éxito, cerrar el armario.

Hannah apareció en la puerta con el teléfono en una mano y una carpeta bajo el brazo.

—Martin llegará sobre las diez y media, quizá más tarde, y Louise quiere saber si podemos pasar la llamada de las dos a las dos y media.

—A las dos y media tengo a Ben.

—Lo sé. Puedo preguntarle si le va bien a las tres.

—No, porque a las tres tenemos las cifras del transporte rural, y si movemos eso también acabaremos hablando de todo a las cinco menos cuarto, cuando ya nadie escucha a nadie.

Hannah miró el teléfono.

—Puedo decirle a Louise que no podemos.

Claire se frotó el punto de la nariz donde le habían estado apretando las gafas.

—Espera. ¿Por qué quiere cambiarla?

—No lo ha dicho. Solo ha preguntado si podíamos.

—Entonces pregúntale a Ben si puede a las tres. Si puede, la cambiamos. Tengo que irme como muy tarde a las cinco y cuarto.

Hannah levantó la vista.

—¿Tienes algo?

—Larissa trae a una amiga a casa.

Durante un instante Hannah no dijo nada.

—Vale.

Claire la miró.

—¿Qué significa «vale»?

—Que te he oído.

—Has puesto una cara.

—He entrado con esta cara.

Claire estuvo a punto de sonreír.

—Venga.

Hannah cambió la carpeta de brazo.

—Solo me preguntaba si necesitas estar en casa a las cinco y media porque Larissa trae a una amiga.

—No necesito estar. Le dije que intentaría llegar.

—Entonces perfecto.

—¿Nada más que decir?

—Probablemente, pero yo también tengo trabajo.

Aun así, Hannah entró en el despacho y dejó la carpeta sobre la mesa.

—Han vuelto a llamar de la dirección regional.

Claire alzó la vista de inmediato.

—¿Quién?

—David atendió la llamada. Dijo que intentaría localizarte más tarde.

—¿Y no dijo para qué?

—A mí no.

Claire volvió a ponerse las gafas, aunque ya no estaba leyendo.

El mensaje que había recibido en casa unas noches antes, aquel en el que Hannah le decía que su nombre era en ese momento el favorito en las conversaciones del Partido Laborista, no había ido seguido de nada lo bastante concreto como para que Claire pudiera llamarlo avance.

Desde entonces se había propuesto no alterar su agenda, no llamar a personas que no le hubieran pedido que las llamara y, sobre todo, no convertir una posibilidad en un cargo que ya ocupaba en su propia cabeza.

Las dos primeras cosas las había cumplido razonablemente bien.

La última era más difícil.

—Si vuelven a llamar, avísame.

Hannah se volvió hacia la puerta y luego se detuvo.

—¿Aunque estés con Martin?

Claire vaciló el tiempo suficiente para darse cuenta de su propia vacilación.

—Mándame un mensaje. No me saques de la reunión a menos que digan que es urgente.

—Eso puedo hacerlo.

Lo guardó en un cajón.

Permaneció allí seis minutos.

Ben llamó dos veces con los nudillos a la puerta abierta y entró con el portátil bajo el brazo.

—¿Tienes un minuto?

—Si es de verdad uno.

—No lo es.

—Entonces ¿por qué preguntas?

—Por educación.

Se sentó antes de que ella le dijera si podía hacerlo.

—¿Por qué tengo la versión antigua?

Ben miró su pantalla.

—Porque has abierto el adjunto del primer correo.

—Entonces ¿por qué existe el primer correo si hay otro?

—Porque lo envié antes de que tuviéramos las cifras nuevas.

Claire lo miró y comprendió al mismo tiempo que su pregunta no tenía demasiado sentido.

—Bien. Vuelve a mandarme la versión correcta.

—Ya te la he mandado.

—Sé que me la has mandado. Mándamela otra vez para que no tenga que buscarla.

Ben cerró el portátil.

—Eso sí puedo hacerlo.

Cuando llegó a la puerta, Claire lo llamó.

—Y, Ben.

—¿Sí?

—Tenías razón.

Él esperó, probablemente esperando algo más.

—Eso es todo —dijo Claire—. No abuses del momento.

No ocurrió nada espectacular durante la primera media hora.

Compararon cifras, descubrieron que dos estimaciones no utilizaban el mismo periodo de referencia, hablaron de una localidad donde el último autobús salía demasiado pronto para quienes terminaban de trabajar después de las seis y discutieron brevemente sobre cuánto podía prometer en público una organización que no controlaba ni a los operadores ni los presupuestos municipales.

Martin quería una redacción más ambiciosa.

—Si solo decimos que apoyamos una ampliación, no estamos diciendo nada en realidad —argumentó—. Todo el mundo apoya las cosas en principio.

—Podemos pedir un compromiso concreto sin fingir que decidimos la ruta.

—No he dicho que la decidamos.

—La página tres casi lo dice.

Martin buscó la página.

—No, dice que queremos garantizar…

Claire lo interrumpió y, unas palabras después, volvió a interrumpirlo. Esta vez Hannah dejó el bolígrafo y Claire se oyó a sí misma.

—Perdona —dijo—. Sigue.

Martin se quedó un momento con la boca abierta.

—Me has borrado la idea de la cabeza.

—Lo sé. Perdona.

—Era algo sobre la financiación.

Hannah acercó un poco el documento hacia él.

—Creo que ibas por aquí.

—Sí, gracias.

Claire se echó hacia atrás y escuchó hasta el final, y unos minutos después tuvo que admitir que una de las cifras de Martin era más reciente que la que había utilizado ella.

No le gustaba equivocarse en las reuniones, pero le gustaba aún menos pasarse diez minutos defendiendo algo después de saber que estaba equivocada.

—Usaremos tu cifra —dijo—. A cambio, quiero que «revolucionario» desaparezca de la página cuatro.

Martin levantó la vista.

—Yo no lo puse ahí.

—Da igual quién lo pusiera.

Hannah encontró la palabra y la tachó.

—¿Qué ponemos en su lugar?

Claire leyó la frase.

—Nada, de momento. Si la frase no sobrevive sin el adjetivo, probablemente tengamos otro problema.

Martin bebió café e hizo una mueca, ya fuera por el sabor o por el comentario; Claire no preguntó.

El teléfono sonó antes de que terminara la manzana.

David.

Claire cerró la puerta del despacho y contestó.

La conversación duró ocho minutos y la dejó, al terminar, con casi exactamente la misma certeza que tenía antes.

Su nombre seguía sobre la mesa; algunas personas la apoyaban, otras tenían reservas; y su trabajo en Green Counties Alliance era considerado por unos exactamente el tipo de experiencia pública que necesitaban y por otros una prueba de que no había pasado suficiente tiempo trabajando dentro de las estructuras del partido.

—¿Quién tiene reservas? —preguntó Claire.

David hizo una pausa.

—No creo que los nombres te ayuden ahora mismo.

—Me ayuda saber quién está diciendo qué.

—¿Y luego qué haces con esa información?

Claire se levantó de la silla y fue hasta la ventana.

—Nada.

—No te creo.

—Eso no significa que vaya a llamar a la gente para preguntar por qué no le caigo bien.

—Yo no he dicho eso.

—Entonces dime quién.

David no se lo dijo.

Al cabo de unos minutos, Claire comprendió que no iba a sacarle nada más y se enfadó con él precisamente porque la conocía lo bastante bien como para no darle la información que le había pedido.

—Sigue haciendo exactamente lo que haces —le dijo David—. Y no hables públicamente de la selección hasta que tengamos algo real.

—No he hablado públicamente de ella.

—Lo sé, Claire.

—Entonces ¿por qué me lo dices?

Hubo un breve silencio al otro lado.

—Porque es lo que le digo a todo el mundo que está en tu situación.

Claire cerró los ojos un momento.

—Vale. Perdona. Eso sobraba.

—Un poco.

—Gracias.

—De nada.

Claire regresó a su mesa justo cuando el teléfono vibró.

Larissa le había escrito.

Xenia viene otra vez hoy. ¿Te parece bien?

Claire respondió que sí y preguntó a qué hora.

sobre las 4:45. se irá antes de las 7

Estaré en casa a las 5:30. Hay comida.

Después de unos segundos añadió:

Y mira, por favor, si queda leche.

Larissa contestó casi de inmediato.

por qué yo

Claire miró el mensaje y recordó que Adam había sido quien se había terminado la leche el día anterior.

Porque estás ahí. No es una cuestión moral.

Larissa respondió con un emoji que Claire no estaba segura de interpretar correctamente, así que no escribió nada más.

•

—Ya estoy en casa.

—Estamos en la cocina —respondió Larissa desde dentro.

Xenia se levantó cuando Claire entró y, por un instante, pareció más joven que con el uniforme de Year 13. Tenía una taza delante, el portátil abierto y varias hojas extendidas sobre el cuaderno azul.

—Hola, soy Claire.

—Hola. Xenia.

—Lo sé. He oído hablar de ti.

Larissa levantó la vista de la pantalla.

—Espero que solo cosas normales.

Claire se quitó el abrigo.

—Sobre todo problemas para orientarte por el colegio.

Xenia sonrió.

—Eso ha mejorado.

—Entonces mi información está desactualizada.

—¿Queréis comer algo?

—Yo ya he comido —dijo Larissa.

—Yo también —confirmó Xenia casi al mismo tiempo.

Claire miró el plato.

—Bien. No intento cebaros.

Larissa la observó durante unos segundos.

—¿Has tenido un mal día?

La pregunta la pilló más desprevenida de lo que le habría gustado.

—No. ¿Por qué?

—Pareces cansada.

—Gracias.

—No quería decir…

—Sé lo que querías decir.

Claire sacó agua de la nevera y bebió antes de continuar.

—Ha sido un día movido. Nada más.