Némesis CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

DESPUÉS DE CLASE

Para la tercera semana de septiembre, Adam ya no necesitaba la lista para asociar los nombres de los alumnos nuevos con las caras correctas, aunque todavía lo sorprendían pequeños detalles que, dentro de uno o dos meses, daría por sentados como parte del orden natural de la clase.

Daniel hablaba mejor cuando no le daban tiempo para preparar la respuesta; Sophie empezaba casi todas las discusiones convencida de que no tenía nada que decir y acababa contradiciendo a todo el mundo; y Xenia Willis tomaba muchas menos notas que la mayoría de sus compañeros, aunque cada vez que intervenía resultaba evidente que había estado escuchando incluso durante los momentos en que parecía absorta en su cuaderno.

Los bajaría al final.

—Buenos días —respondió.

Sophie lo saludó justo después y luego se inclinó hacia Larissa para decirle algo que Adam no oyó.

Xenia apareció poco antes de que empezara la clase.

Llevaba bajo el brazo el libro que estaban usando y el cuaderno azul que Adam ya reconocía, mientras el bolso se le escurría del hombro cuando intentaba sacar el estuche.

Se sentó a unos cuantos sitios de Larissa, se recogió el pelo y empezó a buscar una página antes de que Adam cerrara la puerta.

—Antes de empezar, tengo dos noticias, ninguna especialmente importante. La impresora de arriba ha decidido que no necesitáis todas las páginas que pensaba daros, y vuestros ensayos están en mi escritorio.

La mano de Daniel se alzó de inmediato.

—¿Podemos considerar eso una ampliación del periodo de gracia?

Adam lo miró.

—¿Para un ensayo que ya has entregado?

—Pensaba más bien en nuestro periodo de paz antes de ver la nota.

Algunos se rieron, y Adam rebuscó entre sus papeles hasta encontrar la hoja que necesitaba.

—Disfrutadlo hasta mañana.

—Eso no suena bien.

—Eso no era información sobre tu nota, Daniel. Era información sobre el calendario.

Daniel pareció a punto de continuar, pero se lo pensó mejor y abrió el libro.

Adam escribió en la pizarra dos afirmaciones que había utilizado otros años, precisamente porque eran lo bastante simplificadas para que los alumnos encontraran enseguida motivos para cuestionarlas.

EL AUTOR CONTROLA EL SIGNIFICADO.

EL LECTOR CONTROLA EL SIGNIFICADO.

Cuando se volvió, Sophie miraba la pizarra con escepticismo.

—No me gusta ninguna.

—Entonces ya tenemos un punto de partida.

—¿Tenemos que elegir?

—Durante los primeros cinco minutos, sí. Después podéis complicar vuestra propia postura.

—¿Puedo elegir una en la que no crea?

—Lo preferiría.

—¿Por qué?

Adam se apoyó en el borde de la mesa.

—Porque ya se te da bastante bien defender tus propias opiniones. Quiero ver qué haces con una que te incomoda.

Sophie volvió a mirar la pizarra.

—Eso parece un poco injusto.

—Es una clase, no un juicio.

Daniel dijo algo sobre que acababan de darles permiso para cambiar de opinión, y la discusión arrancó sin que Adam tuviera que empujarla más.

Xenia no había dicho nada. Sostenía el bolígrafo entre los dedos y había escrito tres líneas en la parte superior de la página, seguidas de un espacio en blanco.

Adam la dejó tranquila unos minutos. Luego, cuando la discusión empezó a dar vueltas sobre la misma idea, dijo su nombre.

—Xenia, ¿adónde has llegado?

Ella levantó la vista hacia la pizarra.

—Creo que el problema es «controla».

—¿En las dos?

—Sí. El autor puede pretender algo, pero eso no significa que haya conseguido escribir exactamente eso. Y el lector puede interpretar, pero tiene que haber algo en el texto que sostenga la interpretación.

Daniel se volvió hacia ella.

—¿Pero qué pasa si el autor dice claramente qué pretendía hacer?

Xenia pensó antes de responder.

—Entonces sabemos qué pretendía hacer.

—Exacto.

—No significa que sepamos qué hizo.

Daniel frunció el ceño.

—Es lo mismo.

—No siempre.

—Probablemente sea una decisión saludable —dijo Adam.

—Gracias, señor.

—No te acostumbres.

Larissa levantó la mano apenas un poco.

—Si ni el autor ni el lector controlan el significado, entonces ¿qué lo controla?

—Quizá la pregunta no necesite una única respuesta.

—Sabía que ibas a decir eso.

Adam evitó sonreír.

—¿Tienes alguna objeción?

—No. Bueno, sí, pero todavía no tengo una buena.

—Entonces guárdatela hasta que mejore.

—Eso también me lo dices en casa.

Sophie soltó una carcajada y varios alumnos se volvieron hacia Larissa. Ella se sonrojó ligeramente.

—Vale, eso ha sonado peor de lo que pretendía.

Adam sintió la tentación de rescatarla y la ignoró.

—Probablemente porque funciona en los dos sitios.

A partir de ahí, la clase fluyó mejor. La discusión llegó a la diferencia entre intención y resultado, se detuvo unos minutos en las traducciones y, a partir de ahí, Xenia volvió a intervenir, esta vez para decir que con los textos antiguos el problema se complicaba todavía más porque a veces el lector moderno se encontraba con el traductor antes que con el autor.

Adam le pidió un ejemplo. Empezó con Antígona, se detuvo a mitad de la primera frase y pasó unos segundos buscando las palabras.

—No sé cómo decirlo sin que parezca más importante de lo que es. Algunas traducciones hacen que parezca… más moderna, quizá. O más cercana a la forma en que nos gusta imaginar la resistencia.

—Eso ya es una afirmación más interesante que «las traducciones son diferentes». ¿Qué compararías?

Xenia bajó la mirada a la página.

—Tendría que volver a mirarlo. Tengo dos ediciones en casa, pero no recuerdo los traductores.

—Entonces no te los inventes.

—No iba a hacerlo.

—Ya lo sé. Consejo general.

Ella sonrió levemente y apuntó algo.

Adam no insistió. Le gustaba que pudiera admitir cuando no sabía algo, algo menos frecuente de lo que debería entre alumnos muy buenos, sobre todo en el último curso, cuando muchos habían empezado a pensar que cualquier pausa antes de responder los hacía parecer menos capaces.

Cuando levantó la vista, Larissa y Xenia estaban trabajando juntas.

Larissa tenía el libro entre ambas y explicaba algo con el lápiz apoyado en el borde de la página.

Xenia la interrumpió, dijo unas palabras y acercó el libro hacia sí.

No había nada extraordinario en la escena.

La primera semana, Xenia había sido la chica a la que los demás todavía tenían que acordarse de incluir; ahora, al menos en su clase, ocupaba un lugar que ya no parecía provisional.

—Si no vuelvo a olvidarlos.

—Entonces hay esperanza.

—Para ti, siempre.

—No sé si eso pretendía animarme.

—Yo tampoco.

Daniel se marchó antes de poder obtener otra respuesta.

Larissa se puso el abrigo sin abrocharlo.

—¿Vienes? —le preguntó Sophie.

—Tengo que llegar a casa antes que Margot.

—¿Por qué?

Larissa se recogió el pelo en una coleta.

—Porque se ha olvidado la llave y mamá no está.

—¿No puede quedarse en casa de una amiga?

—Puede, pero por lo visto eso sería demasiado sencillo.

Adam oyó la conversación mientras recogía los papeles. No sabía nada de la llave olvidada.

—Larissa.

Ella se volvió.

—¿Qué?

—¿Margot se ha olvidado la llave?

—Me ha escrito en el recreo. No pasa nada, llegaré.

—Podrías habérmelo dicho.

—¿Y qué habrías hecho?

Adam abrió la boca y entonces comprendió que no tenía una buena respuesta. Sus clases terminaban más tarde que las de ella.

—Probablemente nada útil.

—Exacto. Nos vemos en casa.

Adam volvió a la mesa y solo entonces reparó en que Xenia no se había marchado. Guardaba el cuaderno en el bolso sin prisa, mientras el libro seguía abierto sobre la mesa.

—¿Has perdido algo? —preguntó.

—No. Quería preguntarle una cosa de la clase, si tiene tiempo.

—Tengo unos minutos. Dime.

Xenia se acercó con el libro, pero permaneció de pie hasta que Adam apartó la pila de papeles que ocupaba una esquina de la mesa de la primera fila.

—Era lo de las traducciones —dijo—. Creo que he explicado mal lo que quería decir.

—A mí no me lo ha parecido.

—A mí sí.

—De acuerdo. Inténtalo otra vez.

Xenia abrió el libro, descubrió que no era la página que buscaba y empezó a hojearlo.

—Tenía un marcador aquí.

—Así desaparecen todos los buenos sistemas de organización.

—No era un sistema.

—Entonces retiro la crítica.

Al final encontró la página, donde una nota adhesiva amarilla se había quedado casi por completo pegada a la hoja siguiente.

—Aquí. Estaba pensando en lo que pasa cuando una traducción hace que un personaje resulte más coherente de lo que es en el original.

Adam se inclinó un poco para ver la edición.

—¿Qué has observado exactamente?

—No en esta. En una Antígona que tengo en casa. Algunas frases son mucho más… limpias. No sé si «limpias» es la palabra correcta.

—Probablemente no, pero entiendo lo que quieres decir.

Xenia apretó los labios, insatisfecha con cómo lo había expresado.

—Es como si ella supiera mejor qué representa. En la otra versión me costaba más decir que hace todo por una sola razón.

—Eso podría venir de la traducción, pero antes de decidirlo deberías comparar los pasajes y, si puedes, el griego. Aunque no lo leas con fluidez, a veces se ve dónde el traductor se ha visto obligado a elegir.

—Sé un poco de griego, pero voy muy despacio.

—Ir despacio es normal.

—Mi profesor anterior no parecía muy convencido.

Adam sonrió.

—Los profesores dicen muchas cosas cuando quieren que los alumnos trabajen.

—¿Incluso cosas que no creen?

—No generalicemos tan deprisa.

Xenia se rio, y Adam se dio cuenta de que su respuesta había sonado más defensiva de lo que pretendía.

—¿Tienes aquí esa edición?

—No. Puedo traerla.

—Trae el pasaje, no dos libros enteros. Podemos mirarlo en un recreo o en la próxima clase, si viene al caso para los demás.

Xenia asintió, pero no recogió sus cosas.

—¿Estudió griego en la universidad?

—Sí, aunque si ahora me pones delante un texto que no haya visto en veinte años, probablemente te decepcione mi velocidad.

—Pero puede leerlo.

—Con un diccionario y suficiente humildad.

—¿Siempre supo que quería enseñar este tipo de literatura?