Némesis CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

Xenia sonrió y volvió a abrir el libro mientras Larissa regresaba a su declaración personal. Unos minutos después, Margot envió otro mensaje.

lo encontré

Larissa no contestó.

—¿Cuántos sois en casa? —preguntó Xenia un rato después, rebuscando en el estuche.

—Cuatro. Margot, mis padres y yo.

—Tiene que haber ruido.

—A veces. Depende de si mamá trabaja desde casa y de si Margot está enfadada con alguien.

—¿Tenéis familia cerca?

—No mucha. ¿Por qué?

Xenia encontró el lápiz y se encogió de hombros.

—Estaba pensando en Navidad. Mamá ya ha empezado a hablar de ello aunque estamos en septiembre, y me he acordado de que hay familias que meten a veinte personas en casa.

—Nosotros no. Scott y Diane vienen algunos años, depende, y al resto de la familia la vemos por separado. Mamá se volvería loca con veinte personas en la cocina.

—¿Es pequeña la casa?

—No, pero mamá se volvería loca igualmente.

Xenia se rio.

—Solo vivís tu madre y tú, ¿no?

—Sí.

—¿Siempre?

Xenia hizo rodar el lápiz entre los dedos.

—Casi siempre.

Larissa esperó, pero la respuesta se quedó ahí. No sabía si el padre de Xenia había muerto, se había ido, estaba divorciado o simplemente era un tema del que ella no quería hablar, y preguntárselo directamente le pareció de pronto demasiado personal para el poco tiempo que llevaban conociéndose.

—Debe de ser raro después de Sevenoaks —dijo en su lugar.

—Lo es.

—¿Lo echas de menos?

Xenia apoyó la mejilla en la palma de la mano y miró hacia la ventana.

—Algunas cosas. El colegio menos de lo que pensaba, que seguramente es horrible decirlo. Más bien echo de menos saberlo todo. Adónde ir, qué autobús venía, en qué tienda no merecía la pena entrar, quién vivía dónde. Aquí tengo que pensar en cosas en las que antes ni pensaba.

—Se te pasará.

—Ya.

—Y entonces empezarás a quejarte de Guildford como todos los demás.

—¿Esa es la última fase de la integración?

—Sí. Cuando tienes opiniones muy firmes sobre el tráfico y el aparcamiento, ya eres oficialmente de aquí.

Xenia se rio y una mujer del mostrador de la biblioteca levantó la vista hacia ellas. Larissa bajó la voz de inmediato, aunque no le había parecido que estuvieran riéndose tan alto.

A las cuatro y media recogieron. La lluvia no había parado y, en el vestíbulo, Larissa descubrió que se había dejado el paraguas en casa. Xenia llevaba uno pequeño, pero cuando intentaron caminar juntas debajo, medio hombro de Larissa quedó fuera, bajo la lluvia.

—Déjalo —dijo, subiéndose la capucha—. Estamos ridículas.

—Tú estás ridícula. Yo estoy seca.

—Gracias.

Cruzaron el patio evitando los charcos más hondos y llegaron a la parada justo cuando un autobús se alejaba. Xenia consultó la aplicación.

—El mío llega en veintiséis minutos.

—El mío en dieciocho, suponiendo que ese número tenga alguna relación con la realidad.

—Espera —dijo Larissa—. Ni siquiera tengo tu número.

Xenia la miró.

—No.

—¿Cómo llevamos dos semanas hablando sin hacer eso?

—Nos vemos casi todos los días.

—Sigue siendo raro.

Le tendió el móvil. Xenia introdujo su número y envió un mensaje para tener también el de Larissa. Casi de inmediato, Larissa recibió un simple Xenia, sin emoji ni nada más.

—Muy informativo —dijo.

—Era para que supieras quién soy.

—Utilísimo.

Xenia se guardó el móvil en el bolsillo.

—No pensé que fuera a cansar tanto —dijo al cabo de un rato.

Larissa se cubrió las manos con las mangas.

—¿El qué?

—Mudarse. No las cajas ni el viaje. La parte de no conocer a nadie. En Sevenoaks podía ir a una tienda y casi seguro que me encontraba con alguien conocido, aunque fuera alguien a quien no quisiera ver. Aquí puedo caminar una hora sin saber siquiera el nombre de una sola persona.

Larissa la miró. Xenia no parecía estar pidiendo consuelo; hablaba mirando hacia la carretera, viendo los coches avanzar despacio bajo la lluvia.

—Creo que yo lo odiaría —dijo Larissa.

—A veces también está bien.

—¿Sí?

—Nadie sabe nada de ti.

Larissa lo pensó un momento.

—Eso suena bien durante unos dos días.

Xenia se rio por lo bajo.

—Más o menos.

El autobús de Larissa apareció en el semáforo, pero la luz cambió antes de que pudiera pasar y quedó detenido entre el tráfico.

—Por cierto —dijo Larissa—, si necesitas algo del colegio, ahora puedes escribirme. No hace falta que te pases dando vueltas por el edificio hasta encontrar C14.

—Pensaba hacer eso hasta Navidad.

—Entonces te he estropeado el plan.

El autobús volvió a ponerse en marcha.

—Y puedes venir a mi casa algún día, si quieres. No tenemos por qué quedarnos siempre por aquí o en Guildford.

Xenia se volvió hacia ella y, por un instante, pareció más sorprendida que contenta.

Larissa se preguntó enseguida si había sido demasiado directa.

—Ahora no —añadió—. Quiero decir, hoy no. Obviamente. Algún fin de semana o después de clase, cuando las dos podamos. Mamá casi siempre está ocupada y Margot seguramente te hará cien preguntas, pero puedes venir.

Las puertas del autobús se abrieron delante de ellas.

Xenia apartó el paraguas para dejarla pasar. Solo entonces sonrió, con cierta timidez.

—Sí. Me gustaría.