Némesis CAPÍTULO 3 #2
8%

CAPÍTULO 3 #2

Xenia no pasaba todo el tiempo con Larissa y Sophie.

Tenían clases distintas; a veces comía sola porque quería terminar algo en la biblioteca; y un viernes desapareció durante casi todo el recreo para hablar por teléfono con su madre y volvió lo bastante tarde para que Sophie se hubiera comido una de sus galletas sin pedir permiso.

Cuando Xenia vio el envoltorio, lo miró y luego miró a Sophie.

—Era la última.

—Te compro otra.

—Ahora no quiero otra.

—Entonces estamos bien.

Xenia abrió la boca, pareció a punto de decir algo y cambió de idea.

—Claro.

Larissa empezó a reírse, y Xenia aguantó unos segundos antes de reírse también. Sophie, que no entendía por qué la situación se había vuelto graciosa de repente, les dijo que las dos tenían un problema.

A Larissa le gustaba que Xenia no se esforzara demasiado.

En North Downs, donde la mayoría de las amistades se habían formado años atrás, un alumno nuevo podía acabar demasiado retraído o tan empeñado en entrar en un grupo que cada conversación se volvía agotadora.

Xenia parecía conforme con dejar que las cosas siguieran su propio ritmo y a veces rechazaba invitaciones sin inventarse excusas complicadas.

Una tarde, Larissa le preguntó si quería ir al centro con ella y Sophie después de clase.

—Hoy no puedo —dijo Xenia, metiendo los cuadernos en el bolso—. Le prometí a mamá que volvería pronto.

—¿Todavía desembalando?

—Por desgracia. Ayer descubrimos tres cajas en las que pone «cocina» y ninguna contiene cosas de cocina.

—Culpa tuya por escribirlo.

—No lo escribí yo.

—Entonces puedes echarle la culpa a tu madre.

Xenia tiró de la cremallera, pero se atascó a mitad de camino.

—Le echo la culpa de bastantes cosas más importantes.

Larissa sonrió, esperando que continuara, pero Xenia estaba ocupada con la cremallera y no parecía haber pretendido iniciar otra conversación.

—Dámela —dijo Larissa.

—No, la voy a romper.

—Precisamente por eso.

La cremallera cedió con un chasquido seco.

—¿Ves?

—Tienes un talento muy específico.

—Lo pondré en mi declaración personal.

Xenia se colgó el bolso al hombro.

—¿Sigues con York?

—Sí. Si ellos también me quieren.

—Te cogerán.

Larissa hizo una mueca.

—No digas eso. Mamá hace lo mismo y, si luego no entro, voy a tener que consolaros a todos.

—Vale. Entonces seguramente no tienes ninguna posibilidad.

—Mucho mejor.

—Nos vemos el lunes.

—Sí. Pásalo bien.

No fue hasta más tarde, ya en el centro, mientras Sophie se quejaba de que no encontraba su talla de unos zapatos, cuando Larissa recordó el comentario de Xenia sobre su madre y se preguntó qué habría querido decir. Para cuando llegó a casa, se le había vuelto a olvidar.

Xenia ocupaba la silla de enfrente y estaba leyendo, o al menos eso suponía Larissa, porque llevaba bastante rato sin pasar de página.

—¿Cuántas palabras tiene que tener? —preguntó Xenia.

—Ese no es el problema.

—¿Cuál es?

—Cada frase suena como si hubiera buscado en Google «cómo demuestro que me gustan los libros».

Xenia alargó la mano hacia el portátil.

—Déjame verlo.

Larissa lo acercó instintivamente hacia sí.

—Ni hablar.

—Entonces no puedo ayudarte.

—No te he pedido ayuda.

—Llevas diez minutos hablando de esto.

Larissa se detuvo.

—Vale. Puede que sí te esté pidiendo ayuda, pero sin que lo leas.

—No creo que funcione así.

—Papá lo consigue.

—¿Tu padre lo ha leído?

—Los dos primeros párrafos. Luego se lo quité.

Xenia cerró el libro.

—¿Por qué?

—Porque empezó a hacer preguntas.

—Es profesor.

—Exacto.

—Me dijo que no tengo que explicar por qué importa la literatura, porque la gente que lea la solicitud probablemente ya lo habrá averiguado. Y es verdad, pero me molestó cómo lo dijo.

—¿Cómo?

—No sé. Con mucha calma.

Xenia se rio.

—¿Eso te molesta?

—Cuando yo no estoy tranquila, sí.

—Papá es bueno para estas cosas —continuó Larissa, más porque necesitaba hablar que porque Xenia se lo hubiera preguntado—. Lo que pasa es que se esfuerza tanto en no hacerme la solicitud él que a veces acaba siendo más formal conmigo de lo que sería con otro alumno.

—Probablemente no quiere que parezca que te favorece.

—Ya. En el colegio lo entiendo, pero UCAS no va a venir a casa a comprobar si me ha dicho que un párrafo es malo.

—A lo mejor le gusta ser profesor.

—Le gusta. Mucho.

—¿Siempre se ha dedicado a eso?

—¿A molestarme?

—A enseñar.

Larissa sonrió.

—Casi. Antes de North Downs también daba clase, solo que no aquí.

—¿En otro colegio?

—Creo que antes estuvo en Hendon. No recuerdo exactamente cómo se llamaba el sitio ni qué clase de institución era. Fue antes de que yo tuviera edad para acordarme.

Xenia bajó la mirada al libro y alisó con un dedo una esquina doblada de la página.

—¿También literatura?

Larissa intentó recordar.

—Sí, creo que sí. Literatura clásica. De hecho, Scott fue uno de sus alumnos en formación allí.

—¿Scott?

—Mi padrino. Es policía. Él y su mujer, Diane, son amigos de mis padres desde hace muchísimo tiempo.

Xenia levantó la vista.

—¿Tu padre dio clase a un policía?

Larissa se rio.

—Suena raro cuando lo dices así. Scott estaba en formación y papá les enseñaba literatura. No me preguntes por qué, porque yo también lo pregunté y la explicación fue larguísima.

—Ahora sí que quiero saberlo.

—Puedes preguntárselo.

—No creo que vaya a acercarme a mi profesor para preguntarle por qué enseñaba literatura a policías hace veinte años.

—Entonces el misterio continúa.

El móvil de Larissa se iluminó.

¿tienes mi cargador?

Respondió:

no

Los tres puntos aparecieron casi de inmediato.

¿seguro?

Larissa suspiró y mandó una foto de su propio cargador enchufado al portátil.

—Mi hermana cree que le he robado algo que seguramente está en su habitación.

—A lo mejor sí se lo has robado.

—Te gusta vivir peligrosamente.