CAPÍTULO 3
LA CHICA NUEVA
Para el martes, Xenia Willis ya no sacaba el horario del bolsillo cada vez que salía de un aula, aunque todavía aminoraba el paso en el cruce entre el pasillo principal y el ala de ciencias, donde dos carteles colocados uno debajo del otro conseguían, en opinión de Larissa, informar menos que si no hubiera ninguno.
North Downs solo empezaba a resultar manejable cuando dejabas de suponer que lo habían construido siguiendo un único plan: al viejo edificio de ladrillo le habían añadido varias ampliaciones, cada una con puertas distintas, ventanas distintas y una idea distinta de cómo debían numerarse las aulas, y los alumnos que llevaban allí suficientes años ya no reparaban en aquellos absurdos hasta que tenían que explicarle a alguien nuevo por dónde se iba.
—¿Buscas algo? —preguntó Larissa.
Xenia levantó el móvil.
—C14. Pero la aplicación dice que estoy aquí y no veo nada que empiece por C.
Sophie se detuvo junto a ellas.
—¿Sociología?
—Sí.
—Está en el otro edificio.
Xenia volvió a mirar el móvil y luego a Sophie.
—Claro. Tiene sentido.
—No, no lo tiene —dijo Larissa—. Pero al cabo de unos meses dejas de preguntártelo.
Sophie señaló las escaleras del fondo del pasillo.
—Baja, cruza el pasadizo y gira a la izquierda después de las puertas dobles.
—Por ahí no —la interrumpió Larissa—. La puerta de abajo está cerrada esta semana.
—¿Por qué?
—Ni idea. Ayer había un papel pegado.
—Me tengo que ir. Si vuelvo a llegar tarde, Fletcher me manda a la primera fila y yo así no puedo vivir.
—Solo llegaste tarde una vez —dijo Larissa.
—Dos.
—La segunda vez la profesora también estaba en el pasillo.
—Ella puede.
Sophie se marchó antes de que Larissa pudiera responder, colándose entre dos chicos que bloqueaban las escaleras. Xenia la vio irse.
—¿Siempre es así?
—No sé a qué parte te refieres.
—A todo.
Bajaron hacia la planta baja, donde el aire olía ligeramente a producto de limpieza y ropa mojada, y el agua de los zapatos de los alumnos se había acumulado alrededor de las puertas exteriores.
Había llovido casi sin parar toda la mañana; luego el cielo se había aclarado sin llegar a despejarse de verdad, dejando el patio brillante y los campos deportivos demasiado empapados para las clases previstas allí.
—En Sevenoaks no era tan complicado —dijo Xenia.
—¿El colegio o el tiempo?
—El colegio. El tiempo era igual de deprimente.
—Entonces venías preparada.
Xenia se cambió el bolso de hombro y, unos pasos después, intentó empujar una puerta en la que ponía TIRAR. Larissa no dijo nada hasta que Xenia se dio cuenta sola.
—Eso no lo has visto.
—Por desgracia, sí.
—Podrías ser buena persona y olvidarlo.
—Lo intentaré. No prometo nada.
—Tienes una hermana en Year 9, ¿no? —preguntó Xenia.
—Sí. Margot.
—Creo que me lo dijiste el primer día.
—Puede ser. Tengo la sensación de haber dicho las mismas cosas veinte veces esta primera semana.
—Yo seguro. Nombre, Sevenoaks, nos mudamos aquí este verano, sí, solo vivimos mi madre y yo. Ya empiezo a decirlo siempre en el mismo orden.
Larissa la miró.
—Perdona.
—¿Por qué?
—Seguro que yo también te he preguntado todo eso.
—Sí, pero no en la misma conversación, así que de momento vas bien.
—¿Esa que acaba de pasar era Margot? —preguntó Xenia.
—No. Creo que era Millie. O Lily. Una de las dos.
—Así que, en realidad, no conoces a todo el colegio.
—Dios, no. A veces ni siquiera reconozco a gente que se supone que conozco si me la encuentro en otro sitio.
—¿Y a tu hermana?
—A ella suelo reconocerla.
Xenia sonrió, y Larissa se dio cuenta de que la respuesta le había salido más seca de lo que pretendía.
—Aquí casi no nos vemos —continuó—. Estamos en edificios distintos la mayor parte del día y Margot tiene sus amigos. Si nos cruzamos, depende de con quién esté. A veces me saluda; otras se comporta como si simplemente hubiéramos coincidido en la misma parada de autobús.
—¿Y en casa?
—En casa me roba la ropa y los cargadores, así que todo vuelve a la normalidad.
Xenia se rio, pero antes de que pudiera añadir nada, una profesora salió de un aula con un montón de papeles y les preguntó si tenían clase allí. Larissa le señaló a Xenia la puerta de C14 y la conversación terminó en las prisas habituales entre una clase y otra.
—¿Nos vemos a la hora de comer? —preguntó Xenia.
—Si sobrevives a Sociología.
—Y si encuentro el camino de vuelta.
—Esa es la parte difícil.
Xenia apareció unos minutos después con sopa y un panecillo.
—Has encontrado el camino —dijo Larissa.
—He seguido a gente que parecía saber lo que hacía.
—Estrategia arriesgada aquí —dijo Sophie—. Sobre todo si son de Year 12.
Xenia dejó la bandeja e intentó quitar la tapa de la sopa sin derramarla.
—¿Por qué Year 12?
—No sé. Ha sido lo primero que se me ha ocurrido.
El móvil de Larissa vibró junto al plato. Un mensaje de su madre.
¿Puedes estar en casa el jueves a las 6? Hannah va a pasar con unos documentos y puede que yo siga en la reunión. Te lo explico esta noche. x
—¿Todo bien? —preguntó Sophie.
—Sí. Mamá me pregunta si puedo estar en casa el jueves.
—¿Ha vuelto a salir en la tele esta mañana?
Larissa levantó la vista.
—No sé.
—Creo que la he visto. Algo de autobuses.
—Entonces seguramente era ella.
Xenia partió el panecillo por la mitad.
—¿Tu madre es la de Green Counties Alliance?
—¿Ves? Ahora ella también sabe quién es.
—No me lo habías dicho.
—Sé quién es —dijo Xenia—. Vi el nombre cuando nos mudamos aquí. Algo de transporte o urbanismo, no me acuerdo.
—Eso suena a mamá.
—¿Es política?
Larissa hizo una pausa, porque no había una respuesta lo bastante sencilla como para no necesitar explicación.
—No exactamente. Dirige Green Counties y está metida en el Labour, pero si la llamas política te corregirá, luego hablará diez minutos y al final probablemente te darás cuenta de que la respuesta seguía siendo «más o menos».
—Larissa —dijo Sophie—, ¿tu madre quiere de verdad presentarse a algo o eso es solo una cosa que dice mi madre?
Larissa se quedó quieta con el sándwich en la mano.
—¿Qué dice tu madre?
—Que seguramente se presentará.
—¿A qué?
—No sé. Por eso te lo pregunto.
—Muy útil.
—Puedo preguntárselo.
—No le escribas a tu madre para averiguar qué está haciendo la mía.
—Ahora no. Luego.
—Sigue siendo raro.
Xenia sonreía mientras soplaba la sopa, y Larissa decidió aclararlo antes de que Sophie convirtiera la conversación en una investigación propia.
—Hay conversaciones. Eso es todo. Mamá no dice mucho hasta que algo es definitivo.
—Pero ¿quiere? —insistió Sophie.
—Creo que sí.
—¿No lo sabes?
—Papá dice que la mitad de la política consiste en gente hablando de si puede empezar a hablar de algo —dijo Larissa.
—¿A tu padre le interesa la política? —preguntó Xenia.
—No como a mamá. Va con ella a actos cuando tiene que ir y lee todo lo que ella le manda, aunque a veces creo que solo lo hace porque está casado con ella.
—¿No es un poco peligroso decir eso de tu propio padre? —preguntó Sophie.
—¿Por qué?
—Este año te da clase.
Larissa le tiró una servilleta arrugada. Sophie la esquivó y se echó a reír.
—En serio, yo no podría. Si mi padre me diera clase, cambiaría de asignatura.
—No puedes cambiar de asignatura porque el profesor sea tu padre.
—Entonces de colegio.
—Eso también parece un poco excesivo.
Xenia arrancó un trozo del panecillo y lo dejó en el borde de la bandeja.
—¿Es raro en clase?
—Menos de lo que pensaba. Es peor en casa después de una clase, porque a veces se le olvida que ya no estamos en el colegio.
—¿Qué hace?
Larissa lo pensó.
—Nada dramático. Te hace una pregunta y, si das una respuesta mala, te hace otra. Y luego otra. En algún momento te das cuenta de que te has metido en una clase sin haber aceptado asistir.
—Exageras —dijo Sophie—. El señor Robertson no hace eso.
Larissa la miró.
—Tú no vives con él.
—Buen argumento.
—En fin, tampoco es siempre así. A veces llega a casa, deja el bolso donde no toca, pregunta qué hay para cenar cuando tiene la comida delante y no oye nada de lo que le dices durante cinco minutos.
Xenia se rio.
—Eso suena más normal.
—Es normal. Lo que pasa es que aquí nadie se lo cree. Cuando era pequeña, me parecía rarísimo que la gente lo llamara «sir».
—¿Y tú cómo lo llamabas si te lo encontrabas por el pasillo?
—Señor Robertson.
—Yo no podría.
—Al principio yo tampoco. Ahora es más fácil, sobre todo si hay más gente.
Xenia acercó la bandeja para hacer sitio.
—¿Cuánto lleva dando clase aquí?
—¿Papá? Desde 2019, creo. Siete años.
—Entonces ya estaba aquí cuando empezaste.
—Casi. Llegó antes de que yo entrara en Year 7.
—Eso explica que todo el mundo sepa quién eres.
—No todo el mundo sabe quién soy.
—Los profesores sí.
—Porque me apellido Robertson.
—Exacto.
Larissa terminó el sándwich y cambió de tema, preguntándole a Sophie si había hecho los deberes de Historia.
Durante los diez minutos siguientes hablaron de dos redacciones, de una profesora que todavía no había subido los materiales prometidos y de si les daba tiempo a ir a la tienda antes de la siguiente clase.
Xenia no volvió a preguntar nada sobre la familia Robertson y, cuando sonó la alarma del móvil de Sophie, las tres se levantaron a toda prisa al descubrir que les quedaba mucho menos tiempo del que creían.
En los días siguientes, Larissa no habría sabido decir exactamente cuándo dejó de pensar en Xenia como «la chica nueva» y empezó a pensar en ella simplemente como Xenia.
No había un momento concreto en que alguien pasara a estar aceptado oficialmente en un grupo, y su amistad había ido creciendo a partir de cosas demasiado pequeñas para recordarlas por separado: un asiento guardado en la sala común, una foto enviada por la noche de una página de un libro, un mensaje sobre los deberes, unos minutos juntas fuera de la biblioteca porque llovía y ninguna tenía ganas de marcharse todavía.