Némesis CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

—Pasas tiempo con gente insoportable todos los días.

—Sí, pero no pago por su libro.

Sophie se rio.

—Depende de quién sea.

Adam levantó una mano antes de que empezaran tres conversaciones a la vez.

—Tranquilos. No hace falta que resolvamos el problema en la primera clase. Sería malo para el resto del curso.

Debajo del ejercicio escribió en la pizarra: ¿QUÉ LE DEBE UN TEXTO A SU LECTOR?

—Si un personaje es detestable pero creíble, ¿basta con eso?

—No —dijo Maya.

—Quizá —dijo otra persona.

—Muy bien. Ya tenemos dos posturas y ninguna requiere violencia.

Larissa levantó la mano.

Adam asintió para que hablara.

Habló de Sethe, de Beloved, un poco demasiado deprisa al principio y luego con más seguridad a medida que iba encontrando lo que quería decir.

Adam estuvo tentado de intervenir cuando una frase enredó dos ideas, pero lo dejó pasar.

Sophie la contradijo enseguida y Larissa se volvió hacia ella, olvidando casi al instante que su padre era el profesor que estaba delante de la clase.

Así estaba mejor.

Después de otras dos intervenciones, Adam miró la hora. Les quedaba tiempo para una más.

La mirada se le fue al libro que había junto al cuaderno de Xenia. Ahora veía mejor la cubierta, incluido el nombre de Hesíodo.

—¿Xenia?

Ella levantó la vista.

—¿Sí?

—¿Qué has elegido?

Miró el cuaderno, aunque Adam sospechaba que no lo necesitaba.

—No sé si encaja con lo que estamos hablando.

—Podemos averiguarlo.

—Este verano leí más literatura griega.

—¿Antigua?

—Sí.

Adam cambió el peso de un pie al otro.

—¿Porque tenías que hacerlo o porque querías?

—Porque quería.

Alguien al fondo susurró «guau» lo bastante alto para que se oyera. Xenia sonrió sin volverse.

—Mi madre dice que tengo gustos de jubilada.

—No veo nada malo en eso —dijo Adam.

Larissa levantó la vista del cuaderno.

—Obviamente.

—¿Algo que añadir, Robertson?

—No, señor.

La forma en que dijo señor hizo que Adam lamentara haberle dado la oportunidad.

Xenia se rio con los demás.

—¿Qué leíste? —preguntó Adam.

—Hesíodo. Y releí algunas tragedias. No todas este verano, quiero decir… algunas ya las conocía.

Se había corregido a mitad de respuesta, y la voz le bajó un poco cuando se dio cuenta de que toda la clase la escuchaba.

—¿Las lees en griego?

—No exactamente. Lo intento, pero voy despacio. Casi siempre uso una traducción.

—¿Cuánto tiempo llevas estudiándolo?

—Unos dos años, por mi cuenta. No muy en serio.

Adam miró el libro.

—Si has llegado a Hesíodo por iniciativa propia, tu definición de «no muy en serio» es bastante exigente.

Xenia tiró suavemente de la esquina de una página.

—Me gusta.

—¿Qué te gusta?

La pregunta la hizo pensar más que a los demás. Adam no llenó el silencio.

—Creo que… la forma en que la gente hace cosas terribles y aun así tiene razones que, para ellos, parecen perfectamente normales.

Algunos alumnos levantaron la vista.

—Eso no es exclusivo de los griegos —dijo Adam.

—No.

—Por suerte para la literatura.

Xenia hizo rodar el bolígrafo entre los dedos.

—Y los dioses son iguales. No son mejores solo por ser dioses.

—A veces son bastante peores.

—Sí.

Adam se acercó a la pizarra.

—Has dicho que no sabías si encajaba con nuestra conversación. Yo diría que encaja bastante bien. Si tuvieras que elegir un personaje que se te haya quedado grabado…

Xenia miró un segundo hacia la ventana y luego volvió a mirarlo.

—¿De la literatura griega?

—De donde quieras. Pero podemos quedarnos ahí si prefieres.

—Némesis.

Adam aún tenía el rotulador en la mano. Escribió el nombre en la pizarra.

NÉMESIS

—¿Por qué ella?

Xenia apretó los labios, buscando las palabras.

—Porque la gente suele decir que es la diosa de la venganza.

—¿Y no lo es?

—Sí, en cierto modo. Pero no solo eso.

Adam esperó.

—Tiene más que ver con el castigo merecido. Con lo que ocurre cuando alguien sobrepasa la medida que le corresponde.

—¿Hybris?

—Sí. El exceso. Creer que puedes quedarte con más de lo que te toca o que las reglas que valen para todos los demás no valen para ti.

—¿Y Némesis arregla eso?

Xenia hizo una mueca.

—«Arreglar» quizá sea decir demasiado.

—De acuerdo. Entonces, ¿qué hace?

Miró la palabra de la pizarra.

—Restablece el equilibrio. O lo intenta.

Un chico de la primera fila se volvió a medias hacia ella.

—Pero si castiga a alguien, sigue siendo venganza.

—Puede serlo.

—Entonces, ¿por qué importa la diferencia?

Xenia no respondió enseguida. Adam vio cómo el pulgar le recorría el borde del bolígrafo.

—Porque la venganza puede ser personal —dijo—. Némesis no tiene por qué odiar a alguien.

El chico se encogió de hombros.

—La persona castigada sigue sufriendo.

—Sí.

—Así que para ella, en realidad, la diferencia no importa.

Xenia soltó una risita.

—Probablemente no.

Adam se apoyó en la mesa.

—Ese es un problema mejor que el que teníamos al principio.

Debajo del nombre escribió: ¿QUIÉN DECIDE LA MEDIDA?

—Si el castigo se presenta como una forma de restablecer el orden, tenemos que preguntarnos quién define ese orden.

Quién decide qué le corresponde a cada persona y qué se considera «demasiado».

La literatura está llena de gente convencida de que imparte justicia cuando, vista desde otro ángulo, está haciendo otra cosa.

—Eso suena optimista —dijo Larissa.

—Estamos en septiembre. Todavía tenemos tiempo de volvernos optimistas.

—No creo que fuéramos en esa dirección.

—Yo tampoco, la verdad.

Algunos se rieron. Adam miró el reloj y vio que quedaban seis minutos.

En vez de continuar con la discusión sobre Némesis, volvió al programa de la pantalla, les enseñó los textos de las primeras semanas y explicó dónde encontrar los materiales.

Patel preguntó si todas las lecturas eran obligatorias.

Adam le dijo que la pregunta le preocupaba.

Maya descubrió que un enlace de la plataforma no funcionaba, lo que los obligó a pasar casi dos minutos averiguando si el problema era de su cuenta o de todo el sistema.

Era de todo el sistema.

—Entonces no podemos hacer la lectura —dijo Patel.

—Esa no es la conclusión.

—Es una conclusión posible.

—La biblioteca sigue existiendo.

—Eso es muy tradicional.

—Intento daros una educación completa.

Sonó el timbre antes de que Patel pudiera responder.

La clase se dispersó casi de inmediato. Las sillas chirriaron al apartarse, los cuadernos desaparecieron dentro de las mochilas y las conversaciones interrumpidas una hora antes se reanudaron sin transición. Adam alzó la voz por encima del ruido.

—El texto para la próxima clase estará en la plataforma en cuanto arreglen el enlace. Si a las cuatro sigue sin funcionar, os enviaré yo mismo el documento. Leedlo antes de clase, no en el autobús siete minutos antes.

—Siete es muy específico —dijo alguien camino de la puerta.

—Experiencia profesional.

En menos de un minuto solo quedaban unos pocos alumnos.

Adam cerró la presentación y empezó a recoger los papeles de la mesa. Larissa buscaba algo en la mochila. Sacó un cargador, dos bolígrafos, un paquete pequeño de chicles y, por fin, la tarjeta de acceso que presumiblemente estaba buscando.

—Impresionante organización —dijo Adam sin levantar la vista.

—No hablo con profesores entre clase y clase.

—Excelente norma.

—Sobre todo con los que hacen comentarios.

Adam puso la lista encima del portátil.

—Tienes otra clase.

—Lo sé.

—Entonces…

—Lo sé.

Larissa cerró la mochila.

Junto a la puerta, Xenia tenía el móvil en la mano y alternaba la mirada entre la pantalla y los carteles del pasillo. Los demás alumnos pasaban a su lado.

Larissa se fijó en ella antes que Adam.

—¿Adónde vas?

Xenia se volvió.

—A la B veintisiete.

—¿Mates?

—Sí.

—Está en el edificio antiguo.

Xenia volvió a mirar el móvil.

—El mapa dice que tengo que bajar por aquí.

—Eso te lleva fuera.

—¿En serio?

Larissa se acercó y miró la pantalla.

—Sí. No uses ese mapa. Creo que no lo han actualizado desde que cambiaron las aulas de sitio.

—Genial.

—Yo voy hacia allí.

Xenia se guardó el móvil en el bolsillo.

—No hace falta que…

—No pasa nada. Si vas sola, perderás diez minutos y probablemente acabarás en Educación Física.

—¿Y eso sería malo?

Larissa la miró un segundo.

—Para mí, sí.

Xenia se rio.

—Vale. Gracias.

—Vamos.

Larissa se colgó la mochila al hombro y luego se volvió hacia la mesa.

—Adiós, señor.

Adam levantó la vista. Por su expresión sabía que aquel señor saldría en la conversación durante la cena si le daba la satisfacción de reaccionar.

—Adiós, Larissa.

Ella le lanzó una mirada rápida por haber usado su nombre de pila, pero no protestó.

Xenia se detuvo junto a la puerta.

—Adiós, señor Robertson.

—Adiós. Y comprueba el acceso a la plataforma.

—Sí. Lo haré.

Larissa salió primero y Xenia la siguió. Sus voces llegaron desde el pasillo durante unos segundos.

—Entonces, ¿el edificio antiguo está…?

—Te lo enseño. Es más fácil.

—Este colegio es mucho más grande que el anterior.

—Dentro de una semana ya no te lo parecerá.

Sus voces desaparecieron entre las demás.

Adam miró la pizarra para ver cuánto tenía que borrar.

El ejercicio, dos preguntas, unos cuantos títulos y el nombre que había escrito en mitad de la discusión seguían mezclados sobre la superficie blanca.

Cogió el borrador y empezó por la esquina superior, sin prestar a ninguna palabra más atención que a las demás, porque ya oía a la siguiente clase acercándose por el pasillo.