Némesis (Monfort College 1) Capítulo 48
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Capítulo 48

Ivy Rose

El silencio también reinaba en los días festivos en la villa familiar de los Abbott . Habitaciones enormes que rebosaban vacío.

La persona más ruidosa era la señora Willow , la cocinera de la mansión. No era casualidad que también hubiera estado con ella en los momentos en los que me cansaba de llorar, encerrada en la habitación que me habían asignado, en busca de un poco de calor humano.

Estaba sentada a la mesa de la cocina, en el mismo sitio en el que me había encontrado antes de entrar en Montfort una mañana de agosto, y parecía que había pasado toda una vida desde entonces.

Ahora, una larga hilera de platos deliciosos invadía la mesa: galletas recién horneadas, brioches , huevos y beicon. Un desayuno que no tenía nada que envidiar al menú de una pastelería de lujo. Pero no me sorprendía, teniendo en cuenta que era la mañana de Navidad.

— Ivy , pequeña, come algo.

Con la barbilla apoyada en las manos, y estas, a su vez, aplastadas contra la superficie de la mesa, alcé los ojos hacia la señora Willow .

Aparte de Gwen , que estaba desesperada porque no nos veríamos durante las fiestas, la única otra persona que se preocupaba por cómo estaba era la empleada de la mansión de la familia de mi madre.

—No tengo hambre, señora Willow .

—¿A quién llamas señora? —me reprendió—. Nadie me llama señora.

—La tía lo hace.

—Sí, pero ella es la dueña de la casa. Tú, en cambio, eres un pobre pajarillo con el corazón roto. Te pareces mucho a mi hija cuando iba detrás de aquel estúpido quarterback , al que ojalá el Señor se lo lleve ahora mismo.

Durante un breve instante, sonreí.

—¡Ah, así que todavía queda algo de vida en esos ojos apagados! —Deslizó una taza llena de espuma de leche por la mesa y la dejó justo delante de mí—. Hazme caso, un capuchino es la solución.

Lo retiré unos centímetros para alejarlo de mí, con cuidado de no derramar la taza.

—No haber conocido a Caleb de Montfort es la solución.

—Si ganara un dólar por cada vez que he oído esa frase…

La fulminé con la mirada.

—Pero a las otras chicas no les correspondía, cariño.

Después de aquella absurda conversación en el salón de Waldeck Hall, la relación con mi tía se había enfriado.

La había visto muy poco y apenas habíamos intercambiado unas cuantas palabras de circunstancias.

Con la madre de mi madre ni siquiera lo intentaba; llamarla «abuela» era demasiado íntimo, teniendo en cuenta que cada vez que se cruzaba conmigo por error parecía recordar cuánto oxígeno valioso le estaba robando de su casa.

Si dependiera de mí, ni siquiera habría estado en aquel sitio.

Me habría quedado en la cuarta planta de Abbott Hall durante todas las vacaciones de Navidad.

Pero Montfort cerraba las residencias durante las vacaciones de invierno y yo no estaba preparada para volver a Florida.

Habría entrado en la casita de papá y Stella , me habría visto envuelta en su afecto y en el caos de sus familiares, y no habría disfrutado de nada, porque lo único en lo que pensaría sería en la ausencia del chico que me había acompañado la última vez.

Pensaría en Caleb cuando le prometió a papá que me protegería.

Cuando se inclinó sobre mis tobillos, en el porche, me besó y luego se avergonzó.

En nosotros dos en la hoguera de la playa.

Y yo, con todos mis sentimientos ahí presentes, vivos y completos dentro de mí, no había sido capaz de compartirlos con él.

La alternativa había sido quedarme en Montfort , en la villa de la familia de mi madre.

Tras unos días de exilio en una de las habitaciones de la planta de arriba, una mañana bajé a la cocina, con el estómago protestando de hambre, y acabé derrumbándome delante de la señora Willow , a quien se lo confesé todo.

—Probemos con estas. —La cocinera me plantó delante un montón de tortitas, de las que goteaba una cascada de sirope de arce—. Es de una granja ecológica local. A tu tía Daisy le gusta que apoyemos la economía de proximidad.

—Qué corazón de oro…

Al menos las tortitas tenían un aspecto delicioso.

Cogí el tenedor y me dispuse a acercar el plato, pero la señora Willow me lo arrebató de las manos de repente.

—Nada de sarcasmo. Tu tía es una buena persona. Haberlo besuqueado en el avión fue responsabilidad tuya.

—¡Gracias, señora Willow !

—Ay, pequeña, ¿por qué estás tan enfadada?

—Porque… —Hice girar el tenedor en el aire—. Si mi tía me lo hubiera explicado todo desde el principio, en vez de… Me recomendó que me mantuviera lejos de él. ¿Y luego descubro que me sentó a su lado a propósito?

—¿Y por qué crees que lo hizo?

—Tiene que ver con la tendencia a hacer cosas prohibidas…

—Yo también te habría advertido que te mantuvieras lejos de Caleb de Montfort , cariño. Ese joven es complicado.

Sí, sabía muy bien lo complicado que era.

—Nunca aceptará la herencia familiar que carga sobre sus espaldas.

La señora Willow negó con la cabeza.

—Muchas cosas que parecen improbables sobre el papel acaban sucediendo en la realidad, con el empujón adecuado.

—Esta, no. ¿Puedo comer tortitas?

—Aquí tienes. —Me devolvió el plato—. ¿Sabes, pajarillo? Tal vez en el fondo tu tía esperaba que la escucharas y… ¡Buenos días, señorita Daisy ! ¡Feliz Navidad! —Se secó las manos en el paño colgado junto al fregadero—. Justo iba a comprobar la mesa del salón, os dejo solas.

Desapareció con discreción y me dejó con mi tía. Traidora.

No quería hablar con ella, pero tampoco podía levantarme y huir como había hecho la señora Willow . Al fin y al cabo, era su casa y me estaba hospedando.

La tía Daisy se sentó en el taburete junto al mío. Llevaba puesta una bata, pero tenía el rostro maquillado y el cabello ya peinado, lista para la comida de Navidad que se celebraría en el salón con gente a la que no conocía.

Crucé las piernas, incómoda. Ella se inclinó hacia el centro de la mesa, cogió la cafetera y yo observé el líquido negro deslizarse por la boquilla y estrellarse en el fondo de la taza en el silencio de la cocina.

Cuando se llevó la taza a la boca, lo hizo sin mirarme realmente.

—Quería mucho a Oliver .

Su voz cargada de nostalgia me arrancó la gruesa capa de apatía en la que me había envuelto durante días para intentar protegerme.

—Perdí la cabeza por él en cuanto lo vi, el primer día de clase de Derecho —recordó—. Sabía quién era, y él sabía quién era yo: una Abbott , una zorra, la hermana pequeña de la mujer que había destrozado a su familia. Era muchas cosas y, desde luego, no podría ser su novia.

Abrí los ojos de par en par, herida por las similitudes que nos unían.

—Fui yo quien le pidió salir la primera vez. Y la segunda. Y la tercera. Y él me dijo que no tantas veces que perdí la cuenta. —Frunció los labios—. Ian nunca se lo perdonó.

—¿El profesor Crawford ?

—El mismo. Siempre fue un buen amigo, muy protector conmigo.

Odiaba la forma en que Oliver se comportaba conmigo antes de que saliéramos juntos.

Me trataba como si no estuviera a su altura, como si me odiara.

Porque me odiaba, en efecto —puntualizó—.

¿Sabes qué era lo que más odiaba? Que no podía dejar de mirarme.

Tragué saliva.

—Me miraba siempre, y yo lo miraba a él. Hasta que mirarnos dejó de ser suficiente. Estuvimos juntos desde que nos lanzamos el uno sobre el otro en un cuarto de limpieza de Montfort hasta su último aliento.

Contuve la respiración con la esperanza de que las lágrimas no se me deslizaran justo ahora por la comisura de los ojos.

—A Oliver le encantaban las alturas. El cielo.

Le gustaba ver las nubes desde arriba. Fui yo quien le pidió que me llevara a volar aquel día, Ivy .

—Mi tía fijó la vista en un punto indefinido de la mesa—.

He pasado años yendo a terapia, intentando superar la culpa por su muerte.

Cada vez que respiraba, cada vez que mi corazón latía, me preguntaba por qué él y no yo.

Si existiera la justicia divina, yo tendría que haber perdido la vida… o los dos.

—Tu terapeuta no se alegraría de oírte hablar así.

Intenté romper la tensión, aunque quizá me había pasado. Temí que se lo hubiera tomado mal, pero en sus labios apareció la sombra de una sonrisa melancólica.

—No, no se alegraría. Ni de esto ni de la mentira que te conté cuando llegaste.

Pero, en aquel momento, tenías muy poco tiempo disponible antes de entrar en la universidad y estabas nerviosa, así que pensé que no era buena idea sumergirte en años de historia familiar en solo unos minutos.

Te conté únicamente el nivel más superficial, lo que sabe todo el mundo.

El resto lo has ido descubriendo tú sola, poco a poco…

como debería ser con las verdades importantes.

—Hizo una pausa—. Sigo convencida de que contártelo todo hace meses, cuando estabas concentrada en recomponer tu vida, habría sido inoportuno.

—Habría salido corriendo —admití sin vergüenza—. Estuve a punto de hacerlo incluso sin saber nada…

—Me alegro de que te quedaras. Tanto en agosto como ahora.

—Me quedé porque necesito el Rosenberg y el título universitario.

Mi tía negó con la cabeza.

—No es solo por el premio o por el título, Ivy . Si hubieras percibido una injusticia imperdonable, habrías hecho las maletas y nadie te habría podido detener.

—Eso no significa que os hayáis comportado de forma correcta.

—No, tienes razón. Pero… nos ganaremos tu perdón. Te lo prometo. —El sonido del timbre la sobresaltó—. Invitados —exclamó, y se levantó—. Han llegado.

¿Para la comida de Navidad? Ni siquiera eran las nueve de la mañana.

—¿Puedes recibirlos tú mientras me visto? Tardaré poco.

—Pero yo… —Cerré la boca y me recordé que yo también le debía el techo bajo el que estaba—. Sí, claro.

Me levanté del taburete y caminé hasta la puerta, que acababa de abrir la señora Willow .

Un hombre y una mujer con los abrigos húmedos por una fina capa de lluvia estaban entrando mientras arrastraban una gran maleta de colores.

Luego el hombre sacudió su cabello gris, exploró el lugar con la mirada… y mis pies se quedaron clavados en el vestíbulo.

—¿Papá?

En Acción de Gracias había llevado a Caleb a comer a casa de mi padre.

Estaba convencida de que sería imposible superar aquel momento familiar en la escala de las cosas más improbables, pero estaba equivocada. La comida más extraña de mi vida sería, sin duda, esta.

Estaba sentada a la mesa del gran salón de representación de la villa de los Abbott con la tía Daisy , la abuela, papá y Stella . Creía que mi tía había invitado a familiares lejanos, primos y a saber a quién sabe más, pero solo estábamos nosotros.

En mi cabeza, la abuela ya no era la madre de mi madre desde hacía muy poco. En concreto, desde que el timbre había sonado esa mañana, había salido de su habitación y había bajado en bata. Había visto a papá. Lo había reconocido al instante. Y entonces había estallado en un mar de lágrimas.

Ella, la persona más rígida que había conocido en Montfort , había llorado. Lágrimas silenciosas que surcaban viejos arrepentimientos, errores sin resolver, años de incomprensión, fragmentos de dolor que no habían encontrado paz.

Se habían saludado con un apretón de manos y habían empezado a hablar.

Mi tía nos había tomado del brazo a Stella y a mí y los habíamos dejado solos un rato.

Había sido ella quien lo había organizado todo, corriendo el riesgo de enfurecer a su madre, en un intento de curar la herida que llevaba años destruyendo aquella casa desde los cimientos.

Me había llevado a Montfort porque no había podido hacerlo con mamá. Y había traído a mi padre a casa de la abuela porque él era la última persona que había visto a su hija antes de morir.

La tía Daisy era el pegamento de la familia, quien conseguía unir a los demás. Durante años había mantenido viva la esperanza de una reconciliación y, aunque no de forma perfecta, lo había logrado.

Ahora, a un lado de la mesa estaba la familia de mamá, mientras que al otro estaba mi padre con su nueva esposa. Hasta hacía solo unos meses, lo único que los unía era el duelo y el odio. Ahora ya no.

La comida fue sorprendentemente normal. Comimos, abrimos los regalos y, durante todo el tiempo, no dejé de preguntarme dónde estaría Caleb . ¿A pocos kilómetros, en la casa de la familia que detestaba? ¿O se habría marchado sin mirar atrás?

Por la tarde llegaron otros familiares más lejanos, desde Nueva York. Rostros desconocidos se presentaron estrechándome la mano y nos reunimos en el salón para intercambiar felicitaciones.

A las cuatro de la tarde, con un trozo de tarta en la mano, papá apareció a mi lado.

—Necesito hablar contigo. ¿Hay algún sitio tranquilo en este laberinto de habitaciones?

Asentí y lo llevé a la cocina vacía.

Él se sentó en el taburete. Se levantó. Volvió a sentarse.

—Hay alguien que quiere hablar contigo.

Caleb . Era Caleb .

No se había ido, se había quedado y había contactado con papá y…

—El señor De Montfort . —Mi padre interrumpió el flujo de mis pensamientos pronunciando el último nombre que habría imaginado.

—¿Cómo, perdona?

—El señor De Montfort se ha puesto en contacto conmigo. Después de lo que ocurrió en la fiesta de la universidad, hace unos días, y antes, en el bosque.

Palidecí.

—¿Lo sabes?

Papá esbozó una leve sonrisa.

—No espero que me cuentes los detalles de tu vida ni estás obligada a hacerlo, cariño. Ha sido Victor quien me ha informado. Llegados a este punto, hemos pensado que era el momento de… hablar.

¿Papá y Victor se conocían?

Las cartas. Papá tenía las cartas que mamá le había enviado a él. Debían de haberse cruzado en algún momento de sus vidas tan distantes.

—Llevo veinte años preparándome para esta conversación y todavía no me siento listo. Pero ahora no se trata de mí, se trata de ti. Tendrás muchas preguntas y todas merecen una respuesta.

—¿Cuándo, papá?

—¿Qué?

—¿Cuándo tenemos la cita? —pregunté.

—Nos espera cuando quieras en su villa.

En casa de Caleb . Quizá aún estuviera allí.

Me dirigí a la puerta y la abrí de golpe.

—Vamos.