Capítulo 46
Ivy Rose
—Mi padre está cabreado. Claramente.
—Estarán hablando de nosotros. —El ruido procedente del Winter Ball no nos permitía entender lo que decían—. ¿Deberíamos intervenir?
—Espera.
Unos pasos en el suelo se acercaron a toda prisa. Nos echamos a un lado justo antes de que la tía Daisy agarrara el tirador y cerrara la puerta de golpe contra el marco.
No querían que nadie los oyera. Anotado.
Dudé.
—¿Volvemos al salón?
—¿Con tu tía y mi padre ahí dentro? — Caleb metió la mano en el bolsillo del pantalón. Sus dedos salieron victoriosos con el manojo de llaves maestras—. Ni hablar.
—¿También las has traído esta noche?
—No tienes ni idea de cuántas veces me han salvado.
—Me rodeó la muñeca con los dedos—. Estas salas se diseñaron para llevar a cabo negociaciones que antes se vigilaban sin que las personas que había en el interior se dieran cuenta.
Espionaje básico, Abbott —dijo con sarcasmo—.
La pregunta es: ¿hasta qué punto estás interesada en saber lo que nos ocultan?
—¿Por qué das por hecho que nos ocultan algo?
— Ivy —suspiró—, ¿no has aprendido nada en estos meses en Montfort ?
«Los secretos son moneda de cambio».
De acuerdo, tenía sentido.
Dejé que me guiara por el pasillo. Giramos a la izquierda y Caleb se metió en la primera puerta de servicio. Detrás se extendía un largo pasadizo oculto, paralelo al pasillo principal, con vistas a las salas y lo bastante amplio como para avanzar en fila india.
Pasamos un par, hasta que su padre y mi tía aparecieron en nuestro campo de visión en un marco que, apostaría, al otro lado parecía un simple espejo.
— Caleb —dudé—, esto está mal.
—Nos ocultan algo —insistió.
—Pero tu padre ha sido amable antes.
—Shhh. Ellos también pueden oírnos, esto no está insonorizado.
Resignada, me dediqué a observar la estancia.
Era un salón acogedor, con butacas de estilo retro, tapices en las paredes y alfombras elegantes.
El padre de Caleb estaba sentado en el borde de un gran escritorio de caoba, con los brazos cruzados, mientras que la tía Daisy permanecía de pie, a poca distancia.
Sobre el escritorio había algo. Unos papeles, quizá.
No lograba distinguirlos bien desde nuestra posición.
—Tu sobrina es imprudente.
—¿Imprudente? —La tía Daisy cruzó los brazos—. ¿Recuerdas quién era su madre?
—Demasiado bien.
Su tono se suavizó.
—Son tan adorables…
—Son dinamita encendida lista para explotar.
—¡Se quieren! —insistió mi tía, impasible—. Se nota que son importantes el uno para el otro.
—Se destruirán —sentenció su padre, sin lugar a apelación.
—¿Por qué habrían de hacerlo?
—Porque, juntos, pierden la razón. La perspectiva. El sentido del peligro.
—¿Estás hablando de ellos o de lo que te pasó a ti, Victor ?
Durante un largo instante, nadie habló.
—¡Se lo llevó con ella a Orlando! —estalló el padre de Caleb al fin.
Mi tía no se inmutó.
—Y él viajó por voluntad propia.
—¡Se lo llevó a una hoguera pública, en la playa, de noche! ¿Sabes cuánta gente podría haberlos descubierto? ¿Aprovechado de ellos? ¿Hecho daño?
—¿Y entonces qué hacemos, los encerramos en una celda y tiramos la llave para siempre?
—Le dejó conducir.
—¡Claro que lo hizo! —En el rostro de la tía Daisy brotó una sonrisa de orgullo—. Victor , no puedes seguir manteniendo a tus hijos bajo una campana de cristal. Necesitan probar la libertad, tener experiencias… ¡vivir!
El padre de Caleb negó con la cabeza.
—Ha perdido completamente la cabeza por ella.
—Como tú la perdiste por su madre.
Con la angustia oprimiéndome los pulmones, miré a mi chico en busca de respuestas. Caleb había perdido todo el color del rostro. Estaba pálido, tenía los ojos fijos en el vacío. Estaba en shock.
—¿ Caleb ? —susurré—. ¿Cómo saben lo de Orlando?
Tal vez controlaban su tarjeta de crédito. Alguien debía de haber revisado los movimientos bancarios.
—Hizo que nos siguieran. Claro que lo hizo.
—¿Desde… desde cuándo?
—No tengo ni idea. —Su voz era un hilo fino—. Lo de Orlando fue hace casi un mes.
Lo sabían. Sabían lo nuestro desde hacía un mes, tal vez incluso más. Por eso ninguno de los dos había reaccionado de forma exagerada antes, en el salón. Solo estaban esperando a que lo hiciéramos público.
Sabían que lo haríamos.
— Ivy es una buena chica, Victor . —Al otro lado del espejo, la tía Daisy caminó de un sitio a otro de la sala—. Tiene algún rasgo de mi hermana, sí. Se le da muy bien pintar, y tiene cierta vena rebelde. Pero no es Lilac. Y Caleb no es ni tú ni Oliver . Es una persona distinta. Los dos lo son.
La confianza con la que hablaban… no parecía la primera vez que abordaban el tema. ¿En cuántas ocasiones habrían hablado de nosotros?
—De entre todas las chicas —suspiró su padre—, ¿por qué precisamente ella…?
Mi tía lo miró con los ojos brillantes.
—Siempre nos elegimos, ¿no?
—Y siempre acabamos mal.
Él y mi madre.
La tía Daisy … ¿y quién?
No era Ian Crawford , era… ¿ Oliver ?
Rebecca, una vez, había dicho algo sobre la desaparición de su hermano mayor. Algo como « Caleb se sinceró contigo sobre él». ¿Mi tía tenía algo que ver con su desaparición?
— Caleb —susurré—, ¿mi tía y tu hermano tenían la misma edad?
Parpadeó.
—Sí.
—Iban al mismo curso —reflexioné en voz baja—. La tía Daisy , el profesor Crawford y tu hermano Oliver .
—Exacto.
—Una coincidencia…
Negó con la cabeza, absorto.
—Tu querida abuela volvió a abrir la fábrica de niños in extremis, después de que mi madre se quedara embarazada, cuando se dio cuenta de que la tuya no iba a volver. Por eso tu tía es tan joven.
Sentí el horror dibujarse en mi rostro. La tía Daisy había nacido para compensar el nacimiento de Oliver . La tía Daisy y el hombre por el que la habían traído al mundo estaban juntos. «Como Caleb y yo».
¿ Caleb ya lo había intuido? ¿O estaba demasiado abrumado como para atar cabos?
—No puedes pedirme que destense la cuerda con Caleb . Ya he perdido a un hijo por negligencia.
—No lo perderás si destensas la cuerda, Victor . ¡Lo perderás si no lo haces!
—¿Y qué se supone que tendría que hacer, quedarme mirando en silencio mientras repiten nuestros mismos errores?
Mi tía se impacientó y apartó de mala manera un puñado de papeles del escritorio.
—Si pensabas que estaban destinados a autodestruirse, ¡no tendrías que haberlos sentado juntos en aquel avión en agosto!
—¡Acepté solo porque tú lo propusiste!
La mano de Caleb en la mía se volvió de piedra.
Giré despacio la cabeza. La belleza de sus facciones se había transformado, la furia recorría su cuerpo como una lluvia de verano que te sorprende de repente.
Caleb apoyó la mano en una ranura oculta del panel.
—Quédate aquí.
—Espera. —Lo sujeté por el brazo, pero activó el mecanismo y abrió el pasadizo, revelando nuestra presencia sin que pudiera detenerlo.
Ante el ruido repentino, su padre dio un respingo del susto.
—¿ Caleb ?
Caleb avanzó a grandes zancadas hacia ellos y me arrastró con él en su avance destructivo. Tenía las piernas heladas, pero fui tras él y entonces comprendí qué había sobre la superficie del escritorio. Eran fotografías. De Caleb y de mí.
Dejé que mi mirada recorriera las imágenes robadas: algunas fotos las habían sacado dentro del campus y me mostraban entrando y saliendo por el acceso secundario de la Galería de Arte, y a Caleb haciendo lo mismo poco después. Pero la mayoría eran de Orlando.
Caleb y yo caminando por las aceras de la zona de residencias de la UCF. Caleb subiendo al asiento del conductor del Prius de alquiler, él jugando con mi pelo, detenidos en un semáforo, mientras nos dirigíamos a Cocoa Beach .
Nosotros en la hoguera de la playa, él besándome con las llamas desenfocadas al fondo.
Una fotografía era especialmente oscura, parecía una simple noche en la costa, pero yo sabía lo que se ocultaba en la penumbra de las antorchas lejanas.
Éramos nosotros, apartados. Caleb dentro de mí, yo muriendo y renaciendo entre sus brazos.
La sangre me subió a las mejillas por la vergüenza.
Caleb también las miraba.
Estaba inmóvil, con la cabeza inclinada, una estatua parecida a las que esculpía, pero con un corazón sangrante que ningún envoltorio de mármol podría sanar.
—¿Cómo he podido confiar en ti? —Su voz era tan fría como su aspecto exterior—. ¿Cómo he podido ser tan estúpido como para pensar que cumplirías el trato y me dejarías libre hasta el final del curso?
Su padre se quedó rígido como una piedra.
— Caleb …
—No empeores tu situación, padre.
— Caleb , escúchame.
—¡No, escúchame tú! —Se soltó de mi mano y sentí que me faltaba algo—. ¿Pusiste a Ivy en el asiento al lado del mío? ¿En aquel primer vuelo desde Nueva York?
El padre de Caleb tragó saliva, incómodo.
—Lo hicimos.
La tía Daisy inclinó la cabeza, con aire culpable.
—¿Por qué?
Victor endureció la mirada. Recuperó sus defensas y se enfundó la armadura del hombre de negocios imperturbable. La del hombre que podía conseguir cualquier cosa, tanto entre estos muros como en la vida de su hijo.
—Lo jugué todo a una carta desesperada, la última que me quedaba.
—¿Por qué? —repitió Caleb , con gelidez.
—Eras imposible de tentar. Nada captaba tu atención. Pero no dejas de ser un De Montfort , Cal. —Me señaló—. Y no hay nada que atraiga más nuestra atención que ellas. Esperaba que te despertara algo. Lo que fuera.
Estaban frente a frente, padre e hijo, el reflejo de dos generaciones distintas y rotas del mismo modo.
—Y funcionó. ¿Verdad, Caleb ? Ella te ha cambiado. —Sus palabras se clavaban como puñaladas—. Te ha convencido para echar raíces. Raíces aquí. Precisamente tú, que nunca has querido saber nada de raíces.
Caleb abrió los ojos, como quien presencia un accidente.
—No…
—Has dicho que el premio ya no te importa, por ella —continuó, con voz neutra—. Has dicho que quieres entrar en el consejo y proponer cambios… por ella.
—No… no es… es solo una coincidencia. —Negó con la cabeza—. No he cambiado de opinión. Sigo queriendo… lo que quería ese día en el avión.
—No. Ya no lo quieres. —Su padre suspiró—. ¿Crees que no he pasado por eso? ¿Que no conozco el poder absoluto que te da estar con la persona que es capaz de devolverte a la vida?
Los ojos de Caleb se llenaron de lágrimas, pero no dejó que se le deslizaran por las mejillas.
—Cuando estaba con Lilac, dejaba de ser un autómata. Estaba vivo. Igual que Daisy con Oliver . Como tú con ella.
El suelo tembló bajo mis pies.
Caleb se volvió hacia mi tía, incrédulo.
—¿Tú y Oliver ? No puede ser.
La tía Daisy enarcó las cejas sin dar explicaciones.
—Tú estabas… con él aquel día… —balbuceó Caleb —. En el aterrizaje. Te encontraron sobre el cuerpo de Oliver , cubierta de sangre. En shock.
—Sí —asintió—. Y son más los días en los que desearía haber muerto con él que aquellos en los que me alegro de haberle sobrevivido.
El padre de Caleb asintió por reflejo. Habían sido los protagonistas de las tragedias que nos habían precedido. Estaban viendo cómo sus propios errores se repetían en un círculo infinito.
—Nuestras familias son tóxicas —murmuró Caleb .
—Siempre lo han sido. —La tía Daisy dio un pequeño paso—. Pero vosotros no lo sois.
Caleb parpadeó, negando con la cabeza.
—¡Y tú y papá lo sabéis porque nos habéis estado observando desde el momento en que nos emparejasteis!
—No seas dramático, Caleb . Os compramos asientos conjuntos y asignamos un equipo de vigilancia fuera del campus por motivos de seguridad. Nada más.
—Perdona, Ivy Rose —intervino mi tía—. Me habría gustado decírtelo.
—No te disculpes, Daisy . Has actuado por el bien de los chicos. Y tú… —Se dirigió a su hijo—. Puedes fingir lo que quieras, pero no eres y no serás nunca una persona cualquiera.
—¡Puede que sea eso lo que quiero! ¡Quizá solo deseo ser un chico que pueda permitirse fantasear con una chica mientras viaja solo, sin verse obligado a sospechar que es una puta maniobra de su padre!
—Tú eres el heredero de los De Montfort , Caleb . ¡Nada será normal para ti nunca!
—Te has adueñado de mi vida desde que nací —murmuró—, al menos podrías haberme dejado esto… ¡podrías haberme dejado a ella!
—¿Ah, de verdad? —Su padre curvó los labios—. Habría bastado con que yo la aprobara para que dejaras de mirarla. Nos atrae todo aquello que está fuera de nuestro alcance. La mejor manera de convencerte de hacer algo es prohibírtelo.
Caleb cerró los dedos en un puño con tanta fuerza que conté las venas que se marcaban en sus antebrazos.
—Olvida todo lo que te he dicho antes. Hemos terminado.
—Ya hablaremos de ello en otro momento.
—Buena suerte si crees que eso va a pasar, padre.
Sentí que me agarraba de la muñeca y tiraba de mí hacia la puerta que daba al pasillo. Sin decir una palabra más, Caleb la abrió y nos sacó de allí. A continuación, la cerró de un portazo a nuestras espaldas con un sonido profundo que vibró en mi alma.