Némesis (Monfort College 1) Capítulo 45
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Capítulo 45

Caleb

En el instante en que nuestras bocas se encontraron, el salón desapareció. Las miradas, las siluetas inútiles del público, nuestros amigos, mi madre… mi padre. No había nadie, aparte de nosotros dos.

Yo y mi elección imposible.

Era un beso impetuoso, labios que se buscaban, ardor e impaciencia. Era un beso y, al mismo tiempo, una declaración de paz y de guerra. Ivy me rodeó el hombro con el brazo, hundió los dedos en la base de mi nuca, entre mi pelo, y respondió sin vacilar.

—Joder. —Lamí su labio inferior antes de volver a invadir su boca con la lengua—. Incluso mejor de lo que había imaginado.

—Estás loco…

—Sí —confirmé, y le incliné el rostro para besarla mejor.

Me había vuelto loco y me daba igual.

No me importaba que aquello fuera exactamente lo que me había prometido no hacer nunca con nadie, y mucho menos con ella.

Habíamos quemado todas las etapas, habíamos caído en todas las trampas que nuestros padres habían vivido antes que nosotros… pero nosotros no éramos ellos.

Nosotros resistiríamos.

Ahora nadie se permitiría faltarle al respeto. Nadie volvería a mirarla mal. Había prometido protegerla y pensaba cumplir con mi palabra.

La tratarían como a la reina legítima de este lugar.

Ivy ralentizó el beso y separó los labios de los míos. En el salón solo se oía la música orquestal. Nadie hablaba. Nadie se movía siquiera.

— Caleb … —murmuró, desconcertada.

—¿Sigues estando celosa, Abbott ?

— Caleb , ¿qué has hecho…?

Sonreí genuinamente.

—Respira. No llevo un anillo en el bolsillo ni tengo intención de hincar la rodilla en el suelo.

—¿No quieres unir nuestros patrimonios?

—Me limitaría a unir nuestros cuerpos y nuestro arte, si te parece bien.

—Delante de todos… —balbuceó.

—De vez en cuando me gusta tener público.

—Ha sido una locura.

—Hacía mucho tiempo que no cometía ninguna.

Desde un vuelo Nueva York- Burlington … o tal vez esta ha sido mi primera locura real en toda mi vida.

—La observé, me sentía lleno de una emoción difícil de descifrar—.

¿Sabes lo que he entendido durante estos meses?

Que contigo tengo que resignarme, porque, o te tengo de esta forma irracional, o no te tengo de ninguna.

Si hay una persona en el mundo capaz de hacerme hacer lo imposible, esa persona eres tú.

Siempre claudicaré por ti. No puede ser de otra manera, y me parece bien así.

Los ojos de Ivy se humedecieron.

—Yo no soy la adecuada para ti…

—Eres la única adecuada para mí. Eres mi primera y única elección, pase lo que pase.

De reojo, vi a Becca entrar en la pista con Lukas , a Anderson del brazo de Ambrose , a Ben con la chica con la que se estaba acostando últimamente.

Poco a poco, todos los estudiantes llenaron la pista y nos envolvieron, y nos convertimos en dos alumnos más que disfrutaban del Winter Ball y dejamos de ser los hijos de dos familias que llevaban décadas odiándose.

Dejé de bailar con mi chica y le rodeé la cintura.

—Hay un par de personas a quienes les debo una explicación.

—Yo también.

Ivy buscó a su tía entre el público. Se encontraba junto al profesor Crawford , en la terraza del piso superior: ambos estaban apoyados en la balaustrada y nos observaban. Cuando nuestras miradas se cruzaron, su tía nos sonrió con complicidad.

Estaba dispuesto a apostar a que la conversación con mi padre sería bastante más complicada que la que ella tendría con su tía.

Mi padre estaba sentado en los sofás elevados, junto a la mesa de las bebidas, con mi madre al lado.

Hablaba con el padre de otro estudiante, pero yo lo conocía más allá de las apariencias. Estaba a punto de estallar.

—¿Voy solo o quieres estar presente? —le pregunté.

—Voy contigo.

—¿Estás segura?

Ivy asintió.

Salimos de la pista. A cada paso que dábamos, me apretaba un poco más los dedos. La estaba llevando ante el rector en persona. Ante el hombre que me había ordenado que no la mirara. Ante el primer amor de su madre.

En cuanto nos vio, mi padre despidió a su interlocutor con un gesto. Dejó la copa de champán sobre la mesa de puros y centró su atención en nosotros.

—Buenas noches, Ivy Rose .

—Eh… sí, buenas noches. — Ivy soltó mi mano, pero dudó, no sabía cómo presentarse.

Fue mi padre quien tomó la iniciativa y se sacó la mano del bolsillo para tendérsela.

Ivy se la estrechó con una media sonrisa agradecida. En el rostro de mi padre apareció una expresión de asombro tan intensa que lo dejó sin palabras.

¿Veía a Lilac, enterrada en alguna parte, en la cara de mi novia?

Mi padre soltó su mano y se dirigió a mí.

—Has sido teatral, Caleb .

—Querías que me presentara con una chica. —Señalé a Ivy —. Ella es una chica.

—Una Abbott …

—Sí, es una Abbott . Y además es inteligente, tiene mucho talento y es preciosa.

Ivy se sonrojó hasta las orejas.

—Me alegro de conocerte, Ivy . —Mi madre apartó a un lado el borde de su vestido para tenderle la mano—. Y debo decir que me siento aliviada. Las medidas que me dio Caleb son correctas. Te queda como un guante.

—Gracias. —Se aclaró la voz y abrió los ojos de par en par—. El vestido lo ha hecho ella. —Se volvió hacia mí—. Le pediste a tu madre que lo hiciera…

—Así es.

—Es una tradición que tenemos —intervino mi madre—. Visto a todas las mujeres de mi familia para los eventos oficiales.

Y entonces Ivy estuvo a punto de tener un infarto.

—A-ah, sí, claro… —Tosió—. Lo que quiero decir es… gracias, señora. Es un honor, de verdad.

Una astilla metálica se clavó en el centro de mi corazón al pensar que mi madre le daba su aprobación.

¿Era así como las personas se volvían importantes?

¿Era así como echaban raíces dentro de nosotros?

¿Hilo a hilo, introducido poco a poco, hasta anudarnos el alma sin que ni siquiera nos diéramos cuenta?

—¿Dónde pasarás la Navidad, querida?

—Iré a ver a mi padre a Florida y volveré a Montfort para Año Nuevo. — Ivy miró de reojo a mi padre, pero él se había puesto una máscara inexpresiva.

Le dolía tener a Ivy cerca, me di cuenta.

Le recordaba a ella.

—¿Y en cuanto a vuestro premio? —insistió de pronto—. Los resultados están a punto de conocerse.

—Soy consciente, papá. —Me acaricié los labios con los dedos—. Aceptaré cualquier veredicto que emita el jurado. Mientras el destino sigue su curso, yo ya he tomado mis decisiones.

—¿Y cuáles serían esas decisiones?

—Si Ivy , o cualquier otro candidato, gana el premio Rosenberg , asumiré el papel de Oliver y lo honraré lo mejor que pueda.

—¿Y si ganas tú?

—Aceptaré el puesto en el Consejo de Administración de Montfort —anuncié—. Independientemente del premio.

Mi padre palideció.

—¿C-cómo dices?

Era todo lo que siempre había querido de mí, y se lo estaba ofreciendo en bandeja de plata, sin condiciones.

Pero no podía hacer otra cosa. Nadie se había preocupado lo suficiente por llevar Montfort a la «nueva era». Marcharme sabiendo que el lugar que llevaba mi apellido había herido a la chica que amaba —y podría haber herido a otras personas— ya no era una opción.

—Por el momento, no para siempre —aclaré—. Quiero presentar algunas propuestas de cambio al Consejo de Administración.

—Ah. Entonces, ¿ese premio?

Me encogí de hombros.

—Sigue siendo el maldito Rosenberg . Se lo llevará la obra que lo merezca, pero no significará nada más.

—Dudé—. No quiero que mi futuro esté vinculado a un evento que, en el fondo, es como lanzar una moneda.

Quiero que haya otros motivos más sólidos que me lleven a decidir qué hacer después de graduarme.

«Motivos a los que, en este momento, les estoy sujetando la mano delante de todos».

—Bien. —Mi padre se apoyó en la barandilla, quizá al borde de un mareo de manual—. Bien, sí… de acuerdo. Puedes proponer lo que quieras y someterlo a votación del consejo, desde luego. Estos muros serán tuyos, Caleb , para mí ya lo son.

—Quiero algo a cambio.

Se tensó.

—¿Qué?

—No debéis presionar a Ivy en absoluto. Estamos juntos, pero eso no os da derecho a hacer planes para nosotros.

Nada de tradiciones que cumplir, nada de ultimátums, nada de plazos.

Nuestra relación no es ni será nunca una larga lista de anotaciones en una agenda institucional.

Y su familia no se toca. —Lo pensé un instante—.

Sé que para vosotros ha sido una sorpresa…

Mi padre frunció el ceño.

—Lleva puesto un vestido de la colección de tu madre, ¿hasta qué punto puede ser una sorpresa?

—No sabía para quién era el vestido y no hice preguntas, querido —respondió mi madre, lapidaria—. Ya me parecía un milagro que hubiera una chica a quien vestir.

«Ay».

—Entonces, ¿papá?

Mi padre examinó a Ivy : su rostro, las hiedras bordadas en la tela ligera que le envolvía el brazo, hasta la mano entrelazada con la mía. Suspiró.

—Fui yo quien te dijo que podías salir con quien quisieras.

—¿Sin cláusulas ni ultimátums? —insistí.

Él asintió.

—Solo… sed cautos.

—Id a divertiros, chicos. —La voz de mi madre se suavizó, dulce y amable como cuando solía dirigirse a Becca —. Es vuestra noche y estoy segura de que vuestros amigos son mejor compañía que nosotros.

Nos despedimos y volví con Ivy al centro de la multitud. Me sentía como si hubiera mudado de piel, estaba incrédulo y eufórico. Era una nueva era. Iba a empezar una nueva vida.

—¿Estás bien? —le pregunté, por encima del ruido.

Ivy asintió.

—Me parece increíble poder caminar contigo delante de todos.

—A mí también. —La agarré por la cintura y hundí el rostro en su cabello—. Mi oferta para después de la fiesta sigue en pie.

—Aceptada.

La música sonaba alta y, a nuestro alrededor, grupos de estudiantes charlaban entre ellos. Me giré para buscar a Lukas —si es que no se había escaqueado con alguien— cuando sentí que me tiraban de la manga de la camisa.

—Me gustaría hablar también con mi tía.

—Claro —asentí—. Te acompaño.

La busqué en la balconada, pero allí solo quedaba el profesor Crawford . Y no estaba solo. Estaba hablando con Aimee Anderson . Ella miró a su alrededor con aire conspirativo, lo tomó de la mano y lo arrastró hacia una salita contigua antes de cerrar la puerta tras ellos.

«Oh, joder».

—¿Qué pasa? —preguntó Ivy .

—¡Nada! —Coloqué las manos sobre sus hombros y la dirigí hacia la salida—. Busquemos a tu tía. Estoy deseando darle la buena noticia.

Salimos del bullicio en busca de su única familiar presente en la fiesta.

—¡Ahí está! — Ivy me tiró de la muñeca y señaló hacia el pasillo donde, meses atrás, la había obligado a seguirme durante la fiesta de inicio de curso.

Atravesamos la puerta robusta que separaba el salón del pasillo.

Estaba desierto, a excepción de la silueta de su tía, que se deslizaba dentro de una de las muchas puertas que había.

Ocultaban pequeños salones de representación, estancias que durante el día se usaban para estudiar y que ahora estaban casi vacías.

Con Ivy de la mano, caminamos hasta la puerta entreabierta por la que emanaba una pequeña franja de luz.

Fui a agarrar el tirador, pero la mano de Ivy en mi antebrazo me detuvo.

La observé con gesto interrogante. En respuesta, inclinó la cabeza hacia el interior del salón. El bullicio del Winter Ball llegaba amortiguado, y distinguí voces procedentes del interior.

Dos voces, para ser exactos.

Una masculina y una femenina.

—Estará con Crawford —susurró Ivy —. Vámonos, ya hablaré con ella después.

No podía estar con Crawford , dado que él estaba mandando a la mierda su ética profesional al haberse metido en una habitación con Aimee Anderson .

—No está con Crawford . —Acerqué el oído a la puerta—. Está con mi padre.