Capítulo 44
Ivy Rose
—Cariño. —La tía Daisy forzó un tono distendido y sereno cuando respondí a su llamada, en el aparcamiento de la universidad—. El Consejo de Administración ha deliberado.
Me detuve en seco; los zapatos del uniforme se me mancharon de polvo y gravilla.
Llevaba esperando la llamada de mi tía desde que me había despertado en la cama de Caleb , el domingo pasado.
Había desayunado con lo que él había traído de la cafetería y luego había ido a recoger mi teléfono, la había llamado y le había contado una versión mitigada y corregida del incidente, aunque bastante fiel a la realidad.
Malcolm Waldeck me había agredido, Rebecca se había preocupado por mi ausencia y había avisado a su hermano.
Caleb , impulsado por la preocupación de su hermana, había avisado a sus amigos para buscarme.
Me había encontrado mientras yo trataba de escapar de Malcolm , y estaba dispuesto a repetir su versión ante un juez.
Gracias a los abogados de mi tía, había denunciado a Malcolm Waldeck , primogénito de los Waldeck y portador del apellido de uno de los edificios más prestigiosos del campus.
Lo habían suspendido de forma cautelar. Pero seguía llevando un apellido de peso. Mientras esperábamos la fecha del juicio, los miembros del consejo tenían que decidir si le permitirían asistir a clase o si me darían la razón y lo suspenderían hasta final de curso.
—Tranquila, cariño. —Mi tía hizo una pausa—. Han expulsado a Malcolm Waldeck . No volverá a molestarte.
El oxígeno me inundó los pulmones.
Cinco días. Habían pasado cinco días y había perdido la cuenta de las veces que había deseado oír esas palabras.
Me pregunté si mi tía habría hablado con el padre de Caleb . Tenía que haberlo hecho por fuerza. Él era el rector y ella formaba parte del consejo. ¿Cuánto le habría costado al padre de Caleb posicionarse públicamente a favor de la hija de la mujer que había arrojado sobre él todo su odio?
—Puedes considerarlo un capítulo cerrado, cariño —añadió mi tía—. Ahora, por difícil que sea, intenta centrarte en las cosas buenas.
—¿Qué cosas buenas?
—Hoy ha sido el último día de exámenes. Y esta noche se celebra el Winter Ball .
—Ah, cierto. Casi se me olvida, como nadie habla de él… —bromeé.
—Qué bonito oírte reír de nuevo, Ivy . Tengo muchas ganas de verte esta noche. Este año, por primera vez, asistiré como familiar, no solo como representante del Consejo de Administración.
—¿Hay algún consejo que quieras darme?
—Claro: diviértete todo lo que puedas. Nosotros no interferiremos, os dejaremos vuestro espacio. Y tú necesitas divertirte un poco. ¿Irás con alguien?
—Sí, con mis amigas, Becca y Aimee .
Mi tía tosió.
—Me refería a si irías con algún chico. O chica. O sea, con otro ser humano que no sea tan solo un amigo.
Me ruboricé. La única persona con la que querría ir estaba obligada a ignorarme en público. Pasaría horas y horas viéndolo socializar con cualquiera que se le acercara. Y sabía que la lista sería larga.
—No, con nadie en concreto.
—Bueno, independientemente de lo que oigas por ahí, no estás obligada a salir con nadie para complacer a la familia. Yo solo quiero que estés bien, no pido más. Nos vemos esta noche.
—Hasta luego, tía Daisy .
Colgué y observé cómo su nombre se desvanecía poco a poco en la pantalla. ¿Qué habría hecho sin ella durante estos meses?
Me había ayudado con el problema en Orlando y a recuperar mi carrera universitaria; me había regalado ropa que no me hiciera quedar mal. Había reservado para mí el fondo fiduciario que le correspondía a mi madre. Y, por último, se había asegurado de que un ejército de abogados defendiera mi causa.
Había hecho todo eso y yo, a cambio, no le había dado nada.
Con gran pesar, le di la espalda al aparcamiento y me dirigí hacia la residencia Abbott Hall. Caminé por las calles del campus sin prisa, esquivando grupitos de estudiantes que ya se habían cambiado el uniforme universitario por ropa de calle.
El último día de exámenes antes de las vacaciones de invierno había llegado a su fin y se había llevado consigo la primera mitad del curso académico.
El Winter Ball de aquella noche cerraría oficialmente mi primer semestre en Montfort y supondría el pistoletazo de salida para las vacaciones de Navidad.
Pasaría algunos días más por la zona, en casa de mi tía.
Luego, el día 23, cogería un vuelo con destino Orlando para visitar a papá y a Stella .
Y después iría unos días con Gwen para revivir el «paquete Florida» que la última vez había devorado junto a Caleb .
Temperaturas suaves, escapadas a la playa, nada de abrigos pesados, nada de viento, nada de piel enrojecida por el frío.
Había sido mi vida durante años, y ahora, de algún modo, parecía la de otra persona.
Cuando llegué a la residencia de chicas, crucé el vestíbulo y me dirigí al cuarto piso, hacia mi habitación. Abrí la puerta y lancé la llave magnética sobre el mueble de la entrada cuando un detalle que estaba fuera de lugar llamó mi atención.
Había una caja sobre la cama.
Me acerqué poco a poco para examinarla. Era rectangular, elegante, cubierta de florituras doradas en relieve; el tipo de caja que grita «contengo una prenda de alta costura» desde aquí hasta una galaxia muy muy lejana.
Apoyé ambas manos sobre la tapa y la levanté con cautela. Un papel de seda muy fino protegía el contenido: con cuidado, lo aparté por el centro y estuve a punto de quedarme deslumbrada.
Incluso doblado, el vestido era espectacular. Un despliegue de azul marino bordado con hilos plateados. Encima habían dejado una nota mecanografiada.
Para tu primer Winter Ball .
Estarás preciosa.
Los ojos se me humedecieron de la emoción.
Tía Daisy . Nunca podría agradecerle lo suficiente todo lo que hacía por mí.
Cerré la caja con un entusiasmo repentino y me metí en la ducha.
Cuando terminé de asearme, me puse ropa interior limpia, cogí el regalo y, sin vestirme aún, me fui al otro lado del pasillo y llamé a la puerta de la habitación de la pequeña De Montfort .
Aimee me recibió tras abrir la puerta de par en par.
—¡Aquí estás! Pensábamos que habías desertado.
—Estaba a punto de hacerlo. Luego he pensado en ti, esclavizada por ella… —Señalé a Becca , que ya estaba vestida y arreglada.
—Ya se ha puesto en modo «odio a todo el mundo» —murmuró Aimee con aire conspirativo mientras cerraba la puerta tras nosotras.
—Porque sí, ¡odio a todo el mundo! ¿Desertamos y nos vamos a la gala MET?
—Es diciembre. ¿La MET no es en mayo?
—¡Entonces nos escondemos unos meses y luego vamos a la gala MET! —replicó refunfuñando.
—Lo está llevando muy bien —le susurré a Aimee .
Ella frunció los labios.
— Percy Waldeck le ha dicho que le pedirá que bailen hasta que se canse de decirle que no.
Me quedé sin palabras. Percy era el hermano pequeño de Malcolm , el chico con el que me había cruzado aquella mañana de hacía unos meses, en la sala contigua a la secretaría, cuando llamé a Gwen .
—¡ Percy es un cabrón como su hermano y no quiero tener nada que ver con esa familia de mierda!
Lancé una mirada de complicidad a Aimee .
—Cuando se enfada entra en modo «estibador de puerto».
—Oficialmente, el mayor de los Waldeck ha dejado la universidad por «incompatibilidad de carrera» —explicó Aimee —, mientras que su hermano se niega a fingir que su familia no es un desastre, sigue aquí y emana desesperación por cada poro de su cuerpo.
— Percy está intentando ganar puntos en el ranking de popularidad —observé.
Nadie en el campus sabía lo que había sucedido realmente con Malcolm excepto Caleb , Becca , Aimee , Lukas , los gemelos Seymour y yo. Percy , por supuesto, lo sabía. Y se cuidaba muy mucho de no difundir la verdad. Si se descubriera, él mismo saldría mal parado.
—Lo único que le voy a dar esta noche es una patada en los huevos. — Becca se alisó el corpiño del vestido—. ¿Por qué no os estáis preparando? Vosotras también vais a participar en el desfile de la hipocresía, ¿lo sabéis?
Aimee resopló y me arrastró al baño. Nos maquillamos, ella me arregló el pelo con la plancha y, por último, sacó su vestido de la funda, un diseño de Carolina Herrera que era una auténtica obra de arte.
Crucé la habitación de Becca en sujetador y bragas y cogí la caja que había dejado en el suelo.
—¿Y eso? —preguntó Becca .
—Un regalo de mi tía.
Levanté la tapa, aparté una vez más el papel de seda, saqué el vestido y dejé que se expandiera.
«Magnífico». Azul marino, con un delicado escote en el corpiño cubierto de detalles brillantes.
Las mangas largas y ajustadas estaban hechas de una capa transparente de tejido adornado con bordados florales.
No era una planta cualquiera: era hiedra.
Y en la falda de satén, amplia y voluminosa, una hilera de rosas intrincadas se difuminaba hacia abajo.
Hiedra y rosas.
Ivy Rose .
Iba a vestirme con un diseño que representaba mi propio nombre.
—Déjame ver cómo te queda —me urgió Becca , fascinada.
Con cuidado de no arrugarlo, me lo puse y me di la vuelta.
—¿Qué tal?
—Tu tía tiene un gusto espectacular. — Becca abrió los ojos de par en par, pero apartó la mirada rápidamente—. ¿ Aimee ? ¿Estás ahí?
Aimee salió del baño.
—Aquí estoy.
—Tenemos que hacernos una foto de recuerdo. —Rebuscó en un cajón de su escritorio y sacó una cámara réflex que colocó sobre la estantería—. ¡Venid!
Programó el temporizador y nos abrazamos mientras el flash de la Nikon nos cegaba. Sacamos un montón de fotos, nos armamos de valor y bajamos.
Waldeck Hall nos recibió con una atmósfera elegante y refinada típica de las fiestas formales de Montfort .
Muchos de nuestros compañeros ya estaban en el cóctel de bienvenida acompañados de sus respectivas familias.
Los padres de Aimee no asistirían y mi padre tampoco, pero entre la multitud distinguí al padre de Caleb al lado de su madre.
Era el vivo retrato de Becca : rubia, de clase alta y deslumbrante.
—¿Este es el momento en que nos separamos? —pregunté.
Becca me agarró del brazo.