Capítulo 43
Caleb
Cuando salí del baño, con el pelo mojado y la toalla anudada a la cintura, por un momento estuve de nuevo en aquel maldito bosque.
Comprobé mi habitación preso del pánico.
Estaba exactamente como la había dejado diez minutos antes: tranquila, en perfecto orden, bañada por la tenue luz de la elegante lámpara de la mesilla.
Exploré la cama con la mirada y, entre las sábanas, encontré un par de ojos silenciosos y abiertos que me devolvían la mirada.
El alivio que sentí al verla sana y salva no tenía comparación con nada de lo que hubiera experimentado antes.
Reduje la distancia con pasos cortos y subí de rodillas al colchón. Me senté a su lado, pero me detuve a unos centímetros de atraerla a mí y abrazarla para confirmarle a mi corazón que el suyo seguía latiendo.
—¿Puedo? —dudé.
—Claro que puedes.
Esperé unos segundos. Ivy me observó, desconcertada, y luego se acercó para abrazarme. Apoyó el rostro en la piel de mi torso, aún caliente por la ducha, e inhaló el aroma como si necesitara comprobar que estaba aquí realmente.
—¿Cómo te encuentras?
—Dolorida. —Sonrió débilmente—. ¿Y Becca ?
—Se lo he contado. Ha querido saberlo todo, incluso cómo la enfermera te ha curado los cortes. Me ha dicho que está deseando estrujarte en un abrazo. —Hice una mueca—. Y también que no te acostumbres a sus muestras de afecto, porque no son habituales.
Apoyé la barbilla en su cabeza y me atreví a acariciarla por encima de la camiseta que le había prestado para que usara como pijama. Observé mis dedos recorrer su piel sin que se sobresaltara.
Estaba aquí. Estaba bien.
—Nadie sabe lo que ha pasado —dije, más por llenar el silencio que por necesidad real—. La versión oficial es que mi equipo y yo nos hemos encontrado mal por una intoxicación alimentaria y por eso no hemos salido a la pista.
—¿Cómo te has dado cuenta de que faltaba?
—Te he buscado antes de que empezara la competición. Yo… tenía muchas ganas de demostrarte que iba a ganar a los chicos del Air Force.
Noté que sonreía.
—¿Tengo que darle las gracias a tu ego?
—Más o menos. —Me mordí el interior de la mejilla—. Ver el asiento vacío al lado de mi hermana me ha extrañado. Sabía que vendrías.
—¿Y por qué?
—Porque no eres el tipo de persona que rompe las promesas. Eres de las que dan exactamente lo que están dispuestas a poner en juego de sí mismas.
—Oh —murmuró.
—Después de tu sitio, comprobé el de Waldeck . Se lo había asignado yo, en primera fila, para vigilarlo mejor. Se ha convertido en una rutina tenerlo localizado, esté donde yo esté. Y su asiento estaba vacío.
Ivy dejó de trazar círculos en mi pecho con los dedos y alzó la mirada hacia la mía.
—He intentado convencerme de que era una coincidencia.
Me he dicho que estaba exagerando, que llegabas tarde porque a veces llegas tarde y punto.
Que él no tenía nada que ver y que yo era un paranoico de mierda…
Y al segundo siguiente, no sé cómo, estaba fuera del pabellón con el florete en la mano y la chaqueta sin abrochar del todo.
En ese momento, vi una zapatilla en la hierba.
Una Nike gastada. —Tomé aire—. La primera vez que vi esas zapatillas fue en el aeropuerto; las reconocería en cualquier parte.
Ivy tembló.
—No sé qué habría hecho si no hubieras llegado.
—Ya estabas escapando. Te has defendido tú sola. Lo habrías conseguido sin mí.
Era lo que me repetía desde que la había encontrado: que lo habría conseguido igualmente y que mi celo había sido innecesario.
Y, al mismo tiempo, solo quería borrar de mi cabeza la imagen que veía cada vez que cerraba los ojos. Ella en el suelo, con el terror reflejado en su rostro, y él amenazándola como el monstruo que era.
Pensaba que no volvería a sentir esa sensación de pérdida absoluta que me había vaciado por dentro cuando mi padre me convocó, durante las clases del primer curso, para comunicarme que Oliver había tenido un accidente y que yo pasaba a ser el hijo mayor.
Pensaba que no volvería a tener miedo de perder a alguien a quien quería.
Solo que esta vez no había sido solo miedo. Había sido un terror visceral que me había llenado la cabeza de veneno y el estómago de escombros. En un gesto reflejo, abracé a Ivy contra mi cuerpo.
«Está aquí», me repetí. «Está bien».
—¿De verdad puedo quedarme a dormir contigo esta noche?
Apoyé la espalda contra el cojín.
—Debes.
—¿Estás seguro? ¿No nos meteremos en problemas?
—Me importa una mierda si rompemos las normas, Ivy . Te quedas.
Frunció el ceño.
—¿Y qué diremos si alguien me busca en la residencia y no me encuentra? La doctora ha dicho que solo tengo algunos cortes superficiales. Y Waldeck está bajo custodia con los miembros de seguridad, ya no es un peligro.
—No te quiero aquí por tu seguridad. —Le di un beso en la frente—. Es por mí.
—¿Por qué?
—Esta noche soñaré un millón de veces que… —Me interrumpí—. Y cuando me despierte, después de las pesadillas, quiero poder estirar el brazo y encontrarte, tener la certeza de que no te quedaste en ese bosque. Quiero estar seguro de que estás a mi lado y de que estás bien.
Los ojos de Ivy se llenaron de lágrimas.
— Caleb …
Apreté los puños para reprimir los sentimientos que amenazaban con desbordarme. Rabia, culpa, indignación. Venganza. Y, debajo de todo eso, el más potente de todos. Lo único por lo que me habría perjudicado a mí mismo, haciendo lo que fuera necesario.
Deslicé los dedos por su pelo suelto, acariciándoselo. Al tocarla, mis nervios empezaron a relajarse.
—Debería haberte protegido —murmuré—. Se lo prometí a tu padre. Y lo que ha pasado es que te han agredido en mi universidad, gracias a unas reglas que no solo no apruebo, sino que detesto. No voy a permitir que vuelva a pasar.
—¿Y cómo piensas impedirlo?
—Para empezar, la prohibición de los teléfonos móviles tiene que anularse. Si hubieras podido llamarme, si al menos hubieras podido decirme dónde estabas, yo…
—No habría cambiado nada.
—¿Cómo puedes decir eso?
—¿Sabes a cuánta gente agreden fuera de los muros de esta universidad, Caleb ? Y te garantizo que todas esas personas llevan el móvil en el bolsillo. Eso no habría evitado la agresión.
—Sí, pero si hubieras estado en condiciones de pedir ayuda…
—Lo estaba. Era fin de semana, podría haber pasado por secretaría y haber cogido el teléfono. No habría cambiado nada. Estaba demasiado ocupada intentando no ceder al miedo y escapar de allí.
—La seguridad del campus no es suficiente —insistí—. Debería haber más turnos, más… me encargaré de que los añadan. Contrataremos a más gente, más control. Hablaré con mi padre.
—¿Más patrullas?
—Sí, es lo mejor.
—¿De verdad crees que aumentar las patrullas es la solución?
—Bueno, no solo eso, obviamente, pero… —Su escepticismo frenó mi entusiasmo—. ¿Por qué crees que no funcionará?
—No hablemos de eso ahora.
—¿Qué crees que debería hacer?
—¿Me estás pidiendo que te haga una lista de todos los problemas de tu universidad, Caleb ? —replicó—. En primer lugar, esa fraternidad es la asociación delictiva más tóxica que existe. Si Malcolm se ha comportado así, es porque le han enseñado que puede hacerlo sin consecuencias.
—Sí —admití.
—Y luego, aparte de mi tía, todos los miembros del Consejo de Administración son hombres.
Enmudecí. ¿Pensaba que el entorno era machista?
¿Lo era? Oliver siempre hablaba de los cambios que aportaría cuando asumiera el papel que mi padre había dispuesto para él. Yo nunca me había interesado por el tema. Consideraba que la universidad era un peaje de paso obligado, una breve etapa hacia el resto de una vida que llevaría en otro sitio.
Nada más.
—No puedo cambiar el Consejo de Administración, Ivy …
—No, lo sé.
—¿Algo más?
Carraspeó.
—Las becas.
—¿Qué les pasa?
—Todo, porque prácticamente no existen para estudiantes que necesitan ayuda.
—Se incorporó apoyándose en los codos y clavó su mirada combativa en la mía—.
Este sitio está fuera del alcance de cualquier persona normal y corriente.
Las demás universidades de la Ivy League ofrecen oportunidades para entrar a quienes no pueden permitirse pagar la matrícula.
Aquí hay posibilidades infinitas… reservadas a gente que ni siquiera tiene tantas ganas de aprovecharlas, y mucho menos necesidad.
—No puedo hacer que incorporen nuevas becas, nadie me las aprobaría. El Consejo de Administración prefiere pagar penalizaciones antes que…
Ella alzó una ceja.
—¿Antes que tener gente de clases sociales menos privilegiadas entre ellos?
—Sí —me obligué a reconocer.
—¿Y te parece correcto? Yo me habría quedado fuera. ¿Crees que no merecía que me admitieran?
—Claro que lo merecías —repuse con sinceridad—, pero hay mecanismos centenarios… tradiciones intocables…
—Así que quieres cambiar las cosas, pero sin cambiarlas de verdad. Ignorando las injusticias para centrarte en… ¿qué? ¿La seguridad del campus? ¿Todo lo demás no importa?
—¡Claro que importa! —salté.
—En el pasado Waldeck acosó a otras chicas. Y él seguía aquí.
Discutir con ella era una batalla perdida.
Era una Abbott - Williams hasta la médula.
El equilibrio perfecto entre el alma aristocrática de su madre y el espíritu proletario de su padre.
Sabía dónde presionar para obligarme a cuestionarme.
Y sabía dejarme sin palabras. Una cualidad que no me gustaba… pero que respetaba.
—No sé si te servirá de algo, pero, cuando supe que una de las chicas quería denunciarlo, hablé con mi padre y me ofrecí a testificar contra Waldeck .
Ivy abrió los ojos.
—¿En serio?
—Claro. Solo que la chica retiró la denuncia tras llegar a un acuerdo privado con los abogados de los Waldeck .
«No hiciste lo suficiente», leí en su rostro.
La verdad me golpeó de lleno en el pecho. En todos estos años, en lugar de vivir al margen, podría haber intentado cambiar las cosas. Había preferido mirar solo a la puerta de salida, mi vía de escape, sin fijarme en los trozos que se desmoronaban de la fachada de la realidad.
No había hecho lo suficiente.
Pero seguía aquí. Todavía podía marcar la diferencia.
Podía asumir el papel que mi padre había preparado para su heredero y adaptarlo a mí.
No tenía que ser yo quien se adaptara a esa forma predefinida, sino que sería ese papel el que se adaptase a mí.
Podía usar ese poder para hacer algo bueno o, al menos, para intentarlo.
Me incliné para decírselo a Ivy , pero sus párpados ya se habían cerrado y su cuerpo descansaba relajado sobre el mío. Se había dormido.
La acomodé bajo las sábanas, me tumbé a su lado y la abracé. Me quedé dormido junto a la única chica a la que le había dado el poder de destruirme.