Némesis (Monfort College 1) Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

Seguí la hoja hasta la empuñadura. La sujetaba con tanta fuerza que le temblaba la muñeca. Su pecho subía y bajaba como si hubiera corrido una carrera larguísima, y sus ojos… ardían de rabia, de furia, de devastación.

Malcolm se rascó la base del cuello.

—Ah —exclamó—. Ah, sí, perdona. Quieres ser tú quien le dé la lección que merece. Lo entiendo.

—No entiendes una mierda.

—Solo la he cogido para hacerte un favor, amigo. Sé que apreciaste mi broma en el metro y pensé que podía repetir la jugada después de lo que la cabrona te obligó a hacer en los talleres, al forzarte a trabajar y al verte obligado a compartir el mérito con ella.

Fue a inclinarse, pero Caleb giró la muñeca con un movimiento fluido, alzó la hoja y la apuntó a su cuello.

—No me he explicado —masculló—. Atrévete a tocarla y tendrás un final horrible.

Malcolm frunció el ceño.

—¿Eh?

—Estás acabado.

Pisando con fuerza la tierra, pasó junto a mí sin dejar de mirarme de reojo, y entonces se interpuso entre Waldeck y yo, cubriéndome con su espalda.

—Tu carrera académica ha terminado. Tu vida ha terminado. ¿Tus posibilidades de reconstruirte una nueva? Terminadas.

—Pero ¿qué…?

—¿Tu libertad, Malcolm ? Despídete de ella, porque también se ha acabado.

—Yo no…

—Pero sobre todo… — Caleb alzó la hoja en el aire—. Mis motivos para no destruirte se han acabado.

Malcolm palideció.

—Pero yo… pensaba que la odiabas… que vosotros…

siempre os tratáis de una forma que… —Sus párpados se contrajeron y luego se abrieron a medida que comprendía la situación—.

No —murmuró al final, con la mirada vacía alternando entre Caleb y yo.

Negó con la cabeza para rechazar esa posibilidad—. No, es imposible.

—La has traído al lugar que más la aterroriza —continuó Caleb — para hacerle daño.

Malcolm retrocedió con cautela.

—Yo no sabía que…

—La has hecho sangrar.

— Caleb , te juro que no lo sabía… —Alzó las manos en posición defensiva—. No tenía ni idea de que tú y ella…

Desde el punto en el que me encontraba, solo veía la espalda de Caleb , los músculos de sus hombros tensos, la postura de ataque mientras avanzaba hacia él.

—No se te perdonará jamás, Waldeck . No volverás a poner un pie aquí. Sufrirás el dolor que le has infligido a ella. —Me señaló—. Multiplicado por diez.

La nuez de Malcolm subió y bajó con temor.

—¿Quieres atacarme estando desarmado? ¿P-precisamente tú?

—No —jadeó Caleb —. Le pasaré la hoja a ella y dejaré que se divierta. Y no intervendré. En ningún momento.

Malcolm chocó de espaldas contra un tronco grueso y Caleb le apuntó al pecho con la hoja.

—Levántate, Ivy .

Manteniendo la hoja pegada a él, me tendió la mano libre. La agarré y apoyé con dificultad el pie herido para incorporarme. Tardé unos segundos en encontrar una postura que no me hiciera gemir de dolor.

—¿Tienes la linterna?

Asentí.

—Sí.

—Cógela y enciéndela. Lukas y los gemelos también están aquí.

Obedecí. El haz de luz amarilla iluminó mis pies y luego nuestro alrededor. Caleb gritó y, en el bosque, alguien respondió con destellos de luz. Estaban llegando.

—¿Os habéis marchado de la competición? —pregunté.

Con la punta de la hoja a pocos centímetros de la garganta de Malcolm , Caleb esbozó una sonrisa.

—Sí.

—¿Para venir a buscarme?

—Claro que sí, Ivy .

Estaba a punto de echarme a llorar.

—¡Vosotros dos estáis locos! —gritó Waldeck .

Caleb le acarició la barbilla con la hoja.

—Atento a cómo hablas de mi chica, Waldeck . Tus cuerdas vocales están justo aquí debajo, y la medida en que podrás usarlas en el futuro depende solo de mí. —Sin quitarle los ojos de encima, buscó mi mano, que colgaba inerte junto a mi muslo, la tomó y cerró mis dedos alrededor de la empuñadura.

—Tu turno.

— Abbott … — Malcolm palideció—. No…

Miré la hoja, hipnotizada.

—¿Está muy afilada?

—Compruébalo tú misma.

Deslicé la punta sobre la chaqueta de Malcolm , luego la llevé hacia su hombro. Bajé por su brazo. Cuando llegué al dorso de su mano (con la que me había sujetado, silenciado y tocado sin permiso), presioné la punta sobre las venas marcadas.

Bajo mi presión, brotó un hilo de sangre que le corrió por el dedo corazón. Presioné más. Waldeck intentó no gritar, y un atisbo de culpa me frenó de repente. No me sentía cómoda con la venganza, ni siquiera con la punitiva.

Lancé una petición muda a Caleb .

—Si paras ahora, no le quedará ni una cicatriz.

Le devolví el arma.

—El resto se lo grabaré en el certificado de antecedentes penales.

Unos pasos apresurados resonaron entre los árboles. Levanté la linterna y apunté hacia dos figuras. Eran Lukas Cavendish y uno de los gemelos, aunque no distinguía cuál. Ellos también llevaban puesta la equipación de esgrima; habían salido del gimnasio sin cambiarse.

Poco después llegó el otro gemelo Seymour . Los chicos rodearon a Malcolm y lo obligaron a alejarse.

Se acabó.

—Eh. —El florete cayó al suelo en el mismo instante en que Caleb se abalanzó para abrazarme. Tocarlo despertó cada receptor que había ignorado hasta ese momento. Los cortes superficiales. El pie herido. El frío que me calaba los huesos.

Caleb inclinó la cabeza y apoyó la frente contra la mía. Le puse una mano en la mejilla. Estaba helada.

—Te estás congelando.

—Da igual. ¿Dónde te has hecho daño?

—En el pie, el tobillo y tengo algún rasguño aquí y allá, pero…

Se agachó, me pasó un brazo por detrás de las rodillas y me levantó como si no pesara nada.

—Te llevo a la enfermería.

—No hace falta, puedo ir sola…

—Tienes un pie lesionado, necesitas que te curen y estás en shock, Ivy .

Tenía razón. Era el shock el que respondía por mí.

—De acuerdo —cedí.

—Y luego, cuando te sientas mejor, tenemos que hablar.

No sonaba bien. Pero no tenía fuerzas para discutir, así que apoyé la cabeza en su hombro, cerré los ojos y me abandoné al movimiento de sus pasos, que me sacaban de la oscuridad.