Némesis (Monfort College 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

Ivy Rose

Mientras me arrastraban hacia atrás, lo único que vi fue la frente de Malcolm Waldeck contra el plácido cielo de una típica tarde de invierno en Nueva Inglaterra.

«Mierda».

Pataleé en un acto reflejo, clavando las suelas en la hierba, y el talón izquierdo golpeó algo, tal vez una piedra que sobresalía del suelo.

Ahogué un grito contra sus dedos gruesos y ásperos.

Por el impacto, la zapatilla se me salió.

Sentí que permanecía colgando milagrosamente de los dedos unos instantes antes de caer abandonada sobre la hierba.

Pero ¿qué coño le pasaba? ¿Es que se había vuelto loco?

Grité, traté de soltarme, abrí los ojos de par en par mientras veía el perfil del gimnasio cada vez más pequeño, con sus ventanas que se volvían borrosas a medida que se alejaban.

Y entonces la luz moribunda del cielo se desvaneció.

Sombras de árboles oscuros se alzaban inmóviles y amenazantes sobre mi cabeza, y un silbido me zumbó en los oídos, aunque me di cuenta de que no se debía a un sonido concreto, sino a la ausencia misma de ruido.

Estábamos en el bosque que rodeaba la propiedad del Montfort College .

Lo había observado desde la ventana del estudio de Caleb , mi lugar seguro. Siempre lo había mirado desde el límite, un gigantesco nudo de miedos que esperaba el momento adecuado para materializarse.

Una rama me rozó el abrigo y me sobresalté por el miedo. Una sensación gélida ascendía desde el pie descalzo que lo golpeaba todo a su paso. No podía quedarme en ese lugar ni un segundo más. Tenía que hacer algo, lo que fuera.

Ya había intentado morder la mano de Waldeck sin éxito, pero la desesperación me llevó a intentarlo de nuevo. Solo que él me apretaba tan fuerte que ni siquiera podía mover la mandíbula.

«Alguien vendrá a buscarme».

Pero nadie lo haría. Becca y Aimee estaban en las gradas disfrutando de la tarde. Pensarían que llegaba tarde, como siempre. Y Caleb estaba compitiendo en la pista.

Malcolm era un enorme cúmulo de músculos. Era más grande y fuerte. Yo lo había golpeado, y ahora él iba a golpearme a mí. La situación no era como en el metro. Había pasado de las amenazas a los hechos.

Entrecerré los ojos y escuché los latidos acelerados de su corazón contra mi espalda. Su respiración estaba alterada por la excitación de la caza, y yo era su presa. Me di cuenta de que llevaba meses esperando este momento.

Me pegaría, me haría daño… en el mejor de los casos.

Sentí las garras del miedo envolviéndome los tobillos, las muñecas, subiendo por el cuerpo en una mordaza helada. La maleza de los arbustos me arañaba la piel descubierta; el calcetín se empapó de tierra y humedad, y sentí unos cortes fríos. Huir descalza sería muy difícil.

—Aquí debería ser suficiente.

Malcolm liberó a su presa y caí al suelo. El impacto me dejó sin aliento y apoyé la palma en la tierra para amortiguar el golpe, pero al menos ahora podía intentar huir.

Malcolm me agarró por el abrigo, arrancándome del mantillo y volviéndome a poner en pie. Su rostro brutal emergió de las sombras del bosque. Tenía las fosas nasales dilatadas, respiraba relajando los músculos del cuello con movimientos lentos, como si estuviera saboreando lo que pensaba hacerme.

— Malcolm …

—Bien, mantente consciente. Si te desmayas, me quitas la mitad de la diversión.

Mi corazón empezó a latir desbocado.

—¿Qué quieres?

—Has echado a tu familia contra la mía.

—N-no, yo…

—Cállate. Tu tía fue a ver a mi padre. Lo amenazó con quitarle los fondos de su juguetito en Manhattan.

«Cosas que pasan cuando te comportas como un imbécil con su única sobrina», estuve a punto de decirle, pero me mordí la lengua. Tenía que escapar de allí, no hacerlo enfadar.

—Has sido una chivata.

Me metí las manos en los bolsillos, en busca de cualquier cosa. Conmigo solo tenía la llave magnética de la residencia… y la linterna que había cogido la noche de la iniciación de su estúpida fraternidad.

—No puedes hacerme daño —improvisé—. No saldrías indemne.

—Ponme a prueba, Abbott .

Quiso cogerme del brazo, pero fui más rápida. Saqué la linterna del bolsillo, pulsé el botón y se la planté directamente en el ojo derecho.

El shock que le produjo pasar de la penumbra a la luz blanca que le proyecté en la pupila hizo que se tambaleara hacia atrás y gritara. Maldiciendo, se frotó el ojo cegado.

Ahora o nunca.

Ignorando el hecho de que iba medio descalza, eché a correr.

Me alejé de él y apunté la linterna al suelo para esquivar obstáculos.

Estaba demasiado oscuro. Golpeé algo con el pie y noté que unas astillas se me clavaban en la piel.

Ahogué un quejido mientras intentaba reprimir las lágrimas.

Apunté con la linterna a mi alrededor, en todas las direcciones. ¿Por dónde habíamos llegado?

—Mierda…

No estaba saliendo de allí. Las ramas sobre mi cabeza no se despejaban, sino que se volvían cada vez más densas, y los pasos a mi espalda… estaban cada vez más cerca.

— Abbott , venga, deja de jugar al escondite.

Waldeck estaba detrás de mí.

¿Cómo demonios me había encontrado? A menos que… la linterna. La apretaba entre las manos, me aferraba a ella como habría hecho con la única luz en una maraña de oscuridad densa y peligrosa.

«Tienes que apagarla, Ivy », me sugirió la voz de Caleb .

Me quedé rígida, atravesada por oleadas de angustia que se cerraban a mi alrededor como espirales que no podía romper.

«No es más que oscuridad. Y no es la oscuridad lo que te hace daño, son los monstruos… monstruos como él».

Reuniendo todo el valor necesario, me oculté tras el tronco de un árbol y me apreté la linterna contra el esternón. Cerré los ojos con fuerza y hundí el pulgar en el botón de encendido, y entonces me obligué a llenarme el pecho de aire y a vaciarlo siguiendo un ritmo constante.

Un dolor punzante me irradiaba desde el pie. Tanteé para comprobarlo y, en cuanto lo toqué, los dedos se me cubrieron de un líquido. Estaba sangrando.

—Aquí estás.

Di un respingo y sentí que me moría cuando vi el rostro deformado de Waldeck a pocos pasos.

—Eres difícil de pillar sola, ¿eh?

Respiré como pude, aunque mis pulmones parecían al borde del colapso.

—¿Qué quieres?

Sus labios se curvaron en una sonrisa diabólica.

—Ni siquiera me gustas. —Sentí cómo el aire perdía densidad a medida que se acercaba—.

Pero si asustarte me ha abierto las puertas del Olimpo, castigarte me garantizará el puesto que merezco.

Cuando haya terminado contigo, De Montfort me estará tan agradecido que se olvidará de sus amiguitos y me pondrá a mí en el podio de su estúpido círculo.

Palidecí. Mi corazón dejó de latir a mil por hora. Se detuvo. Paralizado.

—Si lo haces, estás jodido. De hecho, ya estás jodido, solo por haberme traído hasta aquí.

—¿En serio? ¿Y quién dice que ha pasado eso? Es tu palabra contra la mía.

—¡Mi palabra cuenta!

—Claro —se burló—, cuenta lo mismo que la de las idiotas que te precedieron.

Clavé los dedos en la corteza del árbol, arañando con las uñas hasta arrancar un trozo. Noté sangre en las yemas, pero no me importaba. Solo necesitaba ganar tiempo. Solo tiempo…

Un destello cruzó su mirada.

—Bueno, ¿ya no suplicas?

«Ahora».

Arranqué la astilla y se la lancé a la cara.

—¡Cabrona!

Salté hacia delante y corrí a ciegas. Los troncos me rozaban el pelo, el pie descalzo me ardía por las heridas. La punta de la zapatilla se enganchó en una raíz que sobresalía del suelo y salí disparada hacia delante, protegiéndome la cara con los antebrazos.

—¡ Abbott , ríndete! No tienes ninguna oportunidad contra mí.

Era cierto. No la tenía.

Pero eso no me impediría luchar.

Me levanté todo lo rápido que pude.

—¡Socorro! —grité—. ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!

—Grita todo lo que quieras. Has sido tan estúpida que te has adentrado todavía más en el bosque. Si antes tenías alguna posibilidad, ahora te la has eliminado tú solita.

Apreté los labios hasta que sentí un hormigueo.

—Buena chica. —Asintió—. Ahora enséñame cuánto te arrepientes de no haber aceptado mi invitación el primer día.

—Ni de coña —escupí.

—Respuesta incorrecta.

Se acercó y yo, con un movimiento rápido, alcé la rodilla apuntando a sus testículos. Malcolm gritó y, mientras corría en la dirección opuesta, supe que no había acertado como esperaba. Ya estaba tras de mí.

No miré al suelo. Ignoré el dolor del pie. Correr. Solo tenía que correr, salir de allí, y una vez fuera…

Choqué contra un obstáculo y caí hacia atrás, de espaldas.

Un cuerpo.

Había chocado contra un cuerpo sólido que había aparecido de la nada y que me bloqueaba el paso. El pánico me heló la sangre en las venas. No podía ser. Estaba detrás de mí… ¿cómo demonios había conseguido rodearme tan rápido?

Abrí los brazos en busca de un arma improvisada con la que defenderme en la tierra. Piedras, astillas, cualquier cosa. Otra sombra apareció a mi espalda. Eran dos. Malcolm Waldeck tenía un cómplice. Si contra él, con algo de suerte, podía escapar…

La silueta masculina dio un paso lento hacia delante y la luz de la luna lo iluminó. Vestido de blanco de pies a cabeza, con pantalones y chaqueta como los que había visto semanas antes en la pista del gimnasio, era una aparición divina. Una justicia punitiva.

Levanté la mirada hasta su rostro y entrecerré los ojos, enfocando los rasgos que emergían de la oscuridad. Había estudiado esos rasgos durante semanas, los había amado durante semanas. Pero no podían ser los suyos.

—¡ Caleb ! Mira qué animalito he cazado. — Malcolm pisó el manto de hojas secas a mi espalda—. ¿Te sumas a la fiesta, amigo?

Levanté la vista y, con horror, descubrí que Malcolm se alzaba sobre mí.

Mi agresor fue a inclinarse sobre mi cuerpo, pero un movimiento repentino lo detuvo. Un rayo de luna se reflejó en el perfil afilado de un florete suspendido en el aire, un hilo de plata en medio del bosque.

—No te atrevas.