Némesis (Monfort College 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

Ivy Rose

—¿Y bien? ¿Qué tal?

Becca dio una vuelta sobre sí misma, obligando a la tela del vestido de noche a perseguirla al dar la pirueta.

El corpiño, adornado con bordados, tenía un escote con forma de corazón; la amplia falda se desplegaba a su alrededor en un caleidoscopio de oro brillante que se fundía con la profundidad del cobre.

Igual que el que me había prestado para la fiesta de inicio del curso académico, este también lo había diseñado su madre.

—Es precioso —exclamó Aimee .

—Estoy de acuerdo.

Becca bufó en protesta.

—Tal como sospechaba.

—¿Es que un vestido bonito para un baile memorable es un problema?

—Lo es, si tu padre espera que te lo pongas para ser «colaborativa». —La pequeña De Montfort recogió la tela de la falda—. ¿Tenéis idea de cuánto he soñado con el Winter Ball ?

—¿Desde que, cuando eras una niña, descubriste cómo se ponía un vestido y te arrastrabas hasta el espejo para jugar a las princesas? —aventuré.

—Una respuesta muy específica y muy cliché, ¡pero sí, exacto! —Se dejó caer en el borde de la cama, en la habitación número uno de Abbott Hall—. ¡Es prácticamente el equivalente al Bal des Débutantes de París! ¡Literalmente, todo el mundo querría asistir al Winter Ball de Montfort !

—¿Excepto las aquí presentes? —adiviné.

Becca se masajeó las sienes con los dedos.

—Dios, ¿por qué no puedo simplemente divertirme, por una vez? ¿Por qué?

—¿Qué me he perdido? —preguntó Aimee .

—Su padre quiere que sus dos hijos se comporten durante el evento.

Aimee frunció el ceño.

—¿Y eso significa…?

—Que deben sacrificarse por la causa, relacionarse con otros estudiantes y contentar al mayor número posible de invitados adultos presentes.

—¡Exacto! — Becca buscó la cremallera oculta del corpiño—.

En concreto, dijo: «¡Vuestros continuos rechazos a integraros con vuestros iguales son un insulto!

¡No tenéis que casaros con sus hijos, solo hablar con ellos una noche!

¿Es pedir demasiado?» —lo imitó—. ¡Pues si sus socios se van a ofender, que lo hagan! ¿Por qué tendría que importarme a mí?

Porque había mucho dinero en juego.

Mercados bursátiles y patrimonios que unir, posibles acuerdos empresariales y, en la base de todo, gente corriente que, al parecer, dependía de cuánto hicieran enfadar esos herederos a sus padres.

—Entonces, ¿quién va a sacrificarse, tú o Caleb ? —quiso saber Aimee .

—Ni Caleb ni yo rechazaremos la socialización, única y exclusivamente esa noche.

—Se quitó el vestido y se quedó en ropa interior, lo recogió del suelo y lo colgó de nuevo en la percha del armario—.

Hostia, mi madre lo ha hecho demasiado bien.

El vestido los atraerá; revolotearán a mi alrededor como las moscas en la mierda.

—Estás majestuosa cuando te enfadas, bebé De Montfort —me burlé.

Me hizo una peineta.

—Con cariño, Abbott .

—¡Yo también te quiero! —le grité.

Aquella media confesión me atravesó el cerebro y enmudecí. La quería de verdad. No era una aliada. Se había convertido en una amiga, como Gwen .

No tendría que haber confiado en nadie, y había terminado relacionándome con los dos hijos de la única familia de la que debía mantenerme alejada.

— Caleb tendrá más exposición que yo, en cualquier caso. Todo el mundo está deseando ver si alguna chica lo cazará. — Becca me miró de reojo y aparté la vista.

El sentimiento de culpa por no haberle contado nada me invadió, aunque sabía que Caleb tenía razón.

Hablar de mi vida sexual con él no determinaba el valor de nuestra relación.

Nos queríamos porque nos teníamos el uno al otro.

No nos lo contábamos todo —ni yo a él ni él a mí—, pero no importaba.

Estar ahí para el otro era lo más importante.

Miré la hora en el reloj que me había comprado por menos de treinta dólares en Orlando.

—Falta poco para el encuentro de esgrima.

—¡Ah, ahora te gusta la esgrima! — Becca se puso un jersey beige y se subió la cremallera de los vaqueros.

—Bueno, lo decía porque todavía tengo que prepararme. Me has sacado de mi habitación antes de que pudiera ducharme, y me gustaría ir limpia al gimnasio.

—No voy a disculparme si un vestido de la colección de mi madre merece más interés que tu higiene personal.

—¿Puedo no asistir al Winter Ball ? —gimió Aimee .

—Ni lo sueñes, no puedes perderte el espectáculo de la señorita De Montfort rompiendo los corazones de los presentes.

Aimee soltó una carcajada. Becca cogió un cojín de la cama y nos lo lanzó a la cabeza.

—¡Ve a ducharte, Abbott ! ¡Huelo la peste del sarcasmo desde aquí!

—Nos vemos en las gradas.

—¡Venga! ¡Y sé puntual!

Rebosante de una extraña euforia, ligera e intangible, me despedí de las chicas y salí de la habitación.

Fui hasta la mía, me metí en la ducha, me sequé el pelo a toda velocidad y me puse un par de pantalones negros y un jersey que cogí del armario casi sin pensar.

Tomé la llave magnética, el abrigo y salí.

La residencia femenina estaba desierta, en las escaleras tan solo resonaba el eco de mis pasos.

Llegué al vestíbulo y avancé con decisión por las callejuelas del campus hasta que el gimnasio apareció en el horizonte, rodeado por la luz del sol al atardecer que descendía sobre las montañas lejanas en todo su esplendor.

Reduje el paso y me dirigí a la entrada lateral para visitantes.

Supuse que todo el mundo estaría dentro; por allí no veía a casi nadie e, incluso con la puerta cerrada, se filtraba el típico bullicio previo de las competiciones.

Los enfrentamientos no habían empezado aún: cuando las espadas se tocaban, el pabellón respondía con el silencio más absoluto y respetuoso.

Llegué a la puerta, impaciente por reunirme con mis amigas en las gradas. Esperaba que Aimee y Becca me hubieran guardado algo para picar, tal vez palomitas o…

Noté que algo se presionaba con fuerza contra mi boca.

Una mano. Grande. Limpia. Sentí que la cabeza se me inclinaba hacia atrás, los labios aplastados contra los dientes. El olor de un perfume masculino demasiado intenso me penetró en las fosas nasales y retrocedí tambaleándome contra un cuerpo sólido.

—Cazada.