Némesis (Monfort College 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

Caleb

—¿Nerviosa?

—Como un flan.

—¿Crees que se secará a tiempo?

—Eso espero.

Ivy comprobó la última capa de color. Verla trabajar era un espectáculo impagable. Concentrada, meticulosa, como si todo lo que salía de sus dedos tuviera un valor especial, impregnado de su amor y de su dedicación.

Las clases habían terminado esa misma mañana.

Fin del primer semestre, llegaba el momento de los exámenes.

En un par de días, el profesor Crawford evaluaría nuestros trabajos.

Había echado un vistazo a los que ya estaban expuestos en los talleres: un par eran notables, pero los demás se encontraban dentro de la más absoluta y mediocre banalidad.

Nuestra escultura era… nuestra.

Di un paso atrás para admirarla: los dos amantes se retorcían en el placer, ardían sin dejarse consumir por las llamas.

Ivy se echó la coleta por encima del hombro.

—¿Te gusta?

—Es como si alguien me hubiera sacado mi idea de la cabeza y la hubiera traspuesto en la realidad.

—Ese alguien eres tú, Caleb .

Dejé que el asombro se impregnara un poco más en mi mirada, empapándome de su imagen, allí sentada en el taburete, trabajando en nuestra creación.

—Contigo.

—Yo nunca habría elegido este tema.

—¿No estás satisfecha?

Dejó el pincel con el que estaba retocando la pintura.

—Son… eh… realistas. —Tosió—. Quizá demasiado.

—No se nota que somos nosotros.

—No somos… —Se mordió la lengua—. Vale, sí, somos nosotros. Y no has respondido: ¿te gusta el resultado?

—Mucho.

Me acerqué unos pasos, pero me detuve antes de ponerme demasiado cerca de ella. No quería distraerla mientras trabajaba.

—¿Y a ti?

—Este matiz de carmín me está volviendo loca.

—¿Por qué? A mí me parece un gris estupendo —bromeé, lo que me granjeó una mirada asesina—. El sábado celebramos en casa un amistoso de esgrima con el Air Force Academy , el último encuentro antes del parón de invierno —cambié de tema.

—Ya lo sé.

—¿Vendrás a verme?

—En calidad de dama de compañía de la princesa De Montfort , parece que no tengo elección.

—Usas mejor el sarcasmo que el cincel.

—¿Eso es un cumplido?

—Es un «ven, por favor. Me divertiré más machacándolos si estás ahí mirándome».

Ivy bajó la mano con la que sujetaba el pincel.

—¿Me lo suplicas?

—Podría suplicarte muchas cosas… después de mi victoria.

—Son del Air Force, Caleb . ¡Será un milagro si no os hacen ni un rasguño!

—Eso duele, Abbott . Para que conste, quedé primero en el campeonato de esgrima de la Ivy League en florete masculino individual durante dos años seguidos.

—Y ahí está, el ego herido —se burló.

—Solo es la verdad. Al entrenador Jones le encanta recordar lo bien que se me da el combate desarmado. ¿Tú cómo te desenvuelves con las armas blancas?

—¿En qué puesto de la clasificación quedaría «La lengua hiere más que la espada»?

—Muy abajo.

—¿Es grave que me resulte excitante oírte hablar de espadas?

—Cualquier cosa que te excite de mí está bien. —No pude resistirme más y apoyé la cabeza en el hueco de su hombro, inhalando el aroma de su pelo mezclado con el de su piel—. Pasaré a recogerte. —Le aparté un mechón—. Pasado mañana, para ir al examen de Arte.

Ivy se quedó inmóvil.

—¿Por qué?

—¿Necesito un motivo para pasar a recoger a mi novia?

El pincel se le cayó de los dedos, se estampó contra el suelo y salpicó pintura por todas partes.

—Oh, mierda. — Ivy se puso en pie de un salto—. O sea, yo…

Me agaché a recogerlo y se lo tendí.

—¿Es un problema si paso a recogerte?

—¡No! Es que… ¿tu novia?

Alcé una ceja, como si quisiera enfatizar lo evidente.

Ivy carraspeó.

—¿Y nadie hará preguntas?

—¿Por qué? Me aseguraré de que la persona con la que formo pareja en Arte, oficialmente rival de mi familia y con la que compito por un premio académico, no me deje tirado el día de la evaluación final y me sabotee al no presentarse.

Además, somos los últimos de la lista para el examen.

Crawford nos ha reservado como el gran final de su espectáculo de acoso y derribo.

—Qué exagerado. —Sonrió mientras observaba de reojo la estatua que ocupaba la parte central de mi estudio.

Era grande e, increíblemente, estaba casi lista. Dejé que mi mirada vagara por el estudio. Mi refugio se había llenado de las pequeñas cosas de Ivy , del mismo modo en que yo me sentía lleno de ella.

Ivy también contemplaba la estatua con una pizca de insatisfacción que se plasmaba en la arruga de su nariz.

—Le falta algo.

—¿El qué?

Rodeó la escultura.

—No le hemos puesto nombre.

—Sí, es verdad.

—Se me da fatal poner nombres. ¿Tienes alguna sugerencia?

—Veamos. —Me coloqué a su lado, pensativo—. Creo que tengo una propuesta. Pero te la diré con una condición.

—¿Cuál?

—Si te gusta, pasado mañana paso a recogerte por la residencia y no protestarás.

—Acepto.

—En la mitología griega había una diosa que se encargaba de los crímenes sin resolver o impunes, y lo hacía repartiendo felicidad o dolor según correspondiera, no con base en la justicia humana, sino como un acto destinado a restablecer el equilibrio divino.

Esa diosa es Némesis. —Escuché ese nombre resonando entre las paredes—.

Y ellos no son solo enemigos que ceden el uno al otro, sino que se equilibran.

Restablecen el orden. Ellos son Némesis.

Ivy contempló mi propuesta en silencio. No la presioné. Esperé a que la verdad le llegara también a ella, en pequeñas oleadas, de la única forma en que podía suceder.

Al final, asintió.

—Te espero pasado mañana en la residencia.

Sentados en uno de los bancos de la Galería de Arte, ninguno de los dos hablaba. El único sonido que llenaba el pasillo era el golpeteo rítmico de los zapatos de Ivy contra el suelo.

—Chicos. —El rostro amistoso de Aimee Anderson apareció en la esquina—. Os toca.

Ivy se levantó, pálida, y yo me puse a su lado mientras cruzábamos el umbral de los talleres.

Nadie solía quedarse a contemplar los trabajos de los demás estudiantes, pero con nosotros habían hecho una excepción: un De Montfort y una Abbott no creaban juntos desde la época de mi padre y su madre, y ya se había corrido la voz de que el tema que nos habían asignado era más que escabroso para los estándares de la asignatura.

Los exámenes eran públicos, así que no me sorprendió ver incluso a Lukas y a los Seymour entre el público.

—Y aquí tenemos a los últimos estudiantes del curso.

El profesor Crawford llegó hasta nuestra estatua, debidamente cubierta, y dio un tirón a la sábana, que cayó deslizándose en un silencio sepulcral. Si antes se respiraba una cierta calma en los talleres, ahora podían contarse las respiraciones de nuestros compañeros de clase.

Némesis existía también a los ojos de los demás… y era espectacular.

Los dos amantes entrelazados, el fuego, las llamaradas de color de Ivy que se fundían con mis formas de piedra.

Los rostros eran indistinguibles, pero no importaba.

Era nuestra máxima expresión. Éramos nosotros, y aquella era nuestra creación.

Algo que había nacido de su talento fundido con mi tormento.

Nos habíamos convertido en nuestra propia obra de arte.

Pasara lo que pasara, existiríamos para siempre.

Seríamos eternos.

—Bien, habéis cumplido con los requisitos del trabajo.

El profesor Crawford rodeó la escultura, e Ivy se ruborizó cuando se detuvo en el punto donde los dos cuerpos se unían, irradiando el calor y el placer que se reflejaban en el resto de la estatua.

—Creatividad, técnica, expresión artística… desarrollo del concepto y del contexto. La fusión de las dos técnicas es óptima. —El profesor Crawford suspiró con deleite—. Diría que casi parece obra de una sola mano.

—Gracias, profesor.

—El uso del color también es óptimo. —Dejó de mirar Némesis y desvió la atención hacia nosotros—. ¿De quién fue la idea?

—De ambos —respondí sin dudarlo.

Ivy estaba a punto de hiperventilar. Habría querido cogerle la mano y tranquilizarla, pero no podía, así que cerré los puños y me clavé las uñas en las palmas.

—Bien. —El profesor dio otra vuelta alrededor de Némesis—. Desde luego, la escultura no deja indiferente, visto que todos vuestros compañeros se han quedado para verla y ahora no pueden apartar los ojos de ella.

Nos giramos a la vez: los demás estudiantes parecían hipnotizados por lo que habíamos creado. Todos, excepto Waldeck . Él no miraba a Némesis: tenía los ojos clavados en Ivy .

—Con vuestros antecedentes, habría considerado un éxito que no os hubierais secuestrado y torturado mutuamente —continuó Crawford .

«Halagador».

—Pero debo admitir que habéis superado todas mis expectativas. No sucede a menudo. —Garabateó rápidamente en la hoja de evaluación—. Muy bien. Aprobados.

«Aprobados» no era suficiente. Necesitaba la nota más alta. El profesor le pasó la hoja de evaluación a Ivy , que la colocó entre los dos para que yo también pudiera verla.

Arriba, en el centro, destacaba una A. Nivel de rendimiento académico: excelente.

Contuve el impulso de coger a Ivy por la cintura y levantarla delante de todos.

Ivy me sonrió genuinamente, pero entonces recordó que teníamos público y relajó los músculos faciales hasta recuperar una expresión neutra que no traicionara sus pensamientos.

Cuando nos giramos hacia los demás, aparentemente volvíamos a ser dos desconocidos que apenas se toleraban.

Nuestros compañeros nos felicitaron. Waldeck se acercó a mí, me estrechó la mano con firmeza y me elogió.

Luego posó los ojos en Ivy , que, a mi lado, también recibía felicitaciones.

Le dedicó una larga mirada cargada de odio antes de pasar junto a ella dándole un empujón con el hombro y desaparecer de los talleres.