Némesis (Monfort College 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

Ivy Rose

— Becca está nerviosa. No deja de hacerme preguntas.

Caleb agarró el cincel del centro de la mesa de su estudio y volvió sobre la curva que lo estaba sacando de quicio.

—¿Desde cuándo Becca no hace preguntas?

—Estos últimos días está más insistente. —Dejé mi cincel y lo busqué al otro lado de la forma que estábamos moldeando juntos—. Me gustaría contárselo. Esto. Lo… nuestro.

—¿Quieres contarle a mi hermana lo que hacemos aquí dentro? ¿Y hasta qué punto piensas entrar en detalles?

Me ruboricé.

—No tanto.

—Menos mal.

El buen humor se insinuaba en sus rasgos relajados mientras comprobaba los bocetos de la estatua y luego el prototipo más pequeño sobre la mesa, asegurándose de que seguíamos el plan que habíamos fijado en la fase de diseño.

Volvió a coger los papeles para seguir estudiándolos.

—No te preocupes por ella. Becca está nerviosa por el Winter Ball , no porque no la pongas al día de tu vida sexual conmigo.

—¿Ah, sí?

—Sí. —Observó el boceto y después volvió a analizar con ojo clínico la composición de la escultura, en busca de ese detalle que no terminaba de convencerlo.

Durante el último mes habíamos trabajado sin descanso —en todos los sentidos—, y ver cómo aquella estatua iba tomando forma ya no parecía un milagro, sino una consecuencia natural de tanto estudio mezclado con la tenacidad de quien no se rinde.

Caleb había elegido el material. Tras una discusión bastante intensa sobre las dimensiones definitivas, habíamos decidido esculpir a tamaño real, lo que nos había llevado a estar muy agradecidos por disponer de un espacio lo bastante grande para trabajar —y esconder— el proyecto.

La esteatita llegó después de eso; según Caleb , necesitábamos un material que ambos pudiéramos trabajar, más blando, ligero y manejable que el mármol. Teniendo en cuenta el número de detalles intrincados, necesitaríamos dedicar mucho tiempo a los últimos toques.

Di un paso atrás y contemplé el trabajo en curso.

El bloque del que habíamos partido podría haberse convertido en cualquier cosa.

Sin embargo, lo que había emergido eran un hombre y una mujer entrelazados, líneas de cuerpos arqueados, sumergidos en un torbellino de llamas que los envolvían sin consumirlos del todo.

Todavía no se percibía plenamente, pero yo sabía que esos dos seres estaban unidos por una conexión profunda que nada podría romper.

Una vez esculpidos, llegaría todo el trabajo en la superficie, que pintaría yo sola, básicamente. Por eso estaba dando mi toque a la especialidad de Caleb . Volví a coger el cincel y me coloqué en posición.

—Ya sabe que estamos juntos.

Lo busqué al otro lado de la piedra.

—¿Cómo, perdona?

— Becca —aclaró—, ya lo sabe.

—¿Se lo has dicho tú?

—No. Lo sabe porque no es tonta. Sabe descifrar cómo nos miramos.

—¿Y cómo nos miramos?

—Como si las habitaciones siempre fueran demasiado grandes.

—¡Porque lo son! Excepto esta. Entre el sofá y… ellos, casi no queda espacio para moverse.

—¿Estás satisfecha con tu invasión?

—Bastante. —Rasqué la superficie de la esteatita con la hoja. Un trocito de piedra saltó y estropeó el acabado. Frustrada, lancé el cincel sobre la mesa—. ¡Ah! ¿Cómo te sale a la primera?

—Con mucha paciencia.

Caleb terminó de pasar el cincel por la curva de la pierna de su lado, se levantó y se situó a mi espalda. Me colocó el instrumento entre los dedos, y su mano permaneció sobre la mía mientras la guiaba hasta volverme prácticamente loca.

—Tienes que concentrarte en la idea. En las formas, antes que en nada. —Guio mi mano sobre la piedra, su pecho firme estaba apoyado en mi espalda y su corazón latía cada vez más rápido—. Así.

Su mano experta dirigió la mía, delineando los contornos brutos con incisiones superficiales.

La esteatita respondía a su presión como un niño que acepta sin rechistar las órdenes de su maestro.

Era preciso y minucioso. Tenía el control absoluto.

Sabía lo que hacía, cómo hacerlo; plasmaba las formas como si en la vida no importara nada más.

—La escultura no es un plan B —deduje.

—¿Qué te hace pensar eso? Ah. —Se sorprendió—. Porque no veo los colores.

—No quería ofenderte…

—No lo haces. —Movió nuestras manos entrelazadas e hizo saltar otras astillas pequeñitas—. Crear es mi forma de mantener las cosas bajo control.

—¿Qué cosas?

—Las emociones. Los pensamientos. El exceso de energía. —Él hablaba y, bajo sus manos, el material obedecía—. A ti.

—¿A mí?

—A lo que me haces sentir. —Percibí su sonrisa en mi cabello. Hizo un surco y, entonces, el calor de su mano abandonó la mía—. Sigue esculpiendo a partir de esta marca y no deberías tener problemas.

Volví a ponerme manos a la obra. Durante un rato, el estudio se llenó del sonido constante de los cinceles rascando la esteatita.

—¿Por qué Becca está nerviosa por el Winter Ball ?

—Es el primero para ella. Los otros eventos académicos también son importantes, pero este es el rey. Las familias están invitadas y acudirá el Consejo de Administración al completo. Mi padre y mi madre estarán presentes.

—¿Y?

—Mi madre es una mujer tranquila, pero mi padre… ya lo has visto. Él es… —La mirada de Caleb se desvió hacia el suelo—. Complicado.

—Él estaba en la Scavenger Hunt, pero ella no parecía preocupada.

—No, pero en la Scavenger Hunt los padres no comprueban en persona si estás rentabilizando la inversión en la cuota universitaria.

—No lo entiendo.

—Durante los demás eventos, no se pactan alianzas económicas. Las personas con las que hablas no hacen fluctuar los mercados. Y no piden a ningún abogado que redacte contratos basados en la unión estratégica de los patrimonios.

Cada vez que tocábamos ese tema, tenía la sensación de haber acabado en una realidad paralela donde las reglas normales no existían.

—Entonces, siendo optimistas, ¿la mitad de los chicos de la universidad se lanzarán a por Becca ?

Caleb asintió.

—Será una carnicería.

—Eso explica por qué tu hermana no ha querido que se le acerque prácticamente nadie este año.

—Sí, pero para ella será casi aceptable. En cuanto me gradúe y me vaya, le dejaré el campo libre y será ella quien esté bajo los focos. Este año, por última vez, todos seguirán pendientes de mí.

Lo que significaba que una larga lista de chicas de alta cuna tendría vía libre para intentar algo con él delante de mis narices. Y con su padre allí, esperando que alguna obrara el milagro de retenerlo en el lugar del que él quería huir con todas sus fuerzas.

—¿Debo prepararme para hordas de chicas arrodillándose ante ti con un anillo? —mascullé.

—Nada que no haya rechazado en el pasado.

Le dediqué un gesto de complicidad. Dejando de lado el paréntesis de Florida, cuando me besó en la fiesta de la hoguera en la playa (y bajo el porche de mi padre), en público él y yo no éramos nada.

Fuera de su estudio, no existíamos. Sin embargo, él había prometido que protegería lo nuestro. Y yo le creía.

Le habría confiado todo mi ser sin dudarlo ni un instante.

—Para ti será una gran noche. —Nuestras miradas se cruzaron entre las grietas de la esteatita tallada—. La mayoría la considera «el motivo por el que merece la pena matricularse en Montfort ».

Forcé una sonrisa.

—Bien.

—¿Tú vendrás?

—¿Podría perderme la enésima demostración de suntuosidad de tu universidad?

—Te escaqueaste de la búsqueda del tesoro —me recordó.

Y lo había pagado caro.

—Esta vez estaré. Becca nos ha amenazado a Aimee y a mí para que no la abandonemos en el momento crítico.

Caleb grabó esa información en uno de sus muchos cajones mentales. No es que fuera a cambiar nada. Era el tipo de evento que exigía la máxima distancia entre nosotros. Sentí que otra grieta se me abría en la superficie del corazón.

Y puede que él también la sintiera, porque rodeó la estatua que estábamos creando, me quitó el cincel de la mano y fue dándome pequeños besos en el perfil de la cara antes de llegar hasta mi boca. Como si quisiera demostrar que la distancia, al menos allí dentro, no existía.

—Queda poco para la entrega. Tenemos que aumentar los encuentros semanales a… digamos, todas las noches. —Sus labios rozaron un punto cerca de mi oído que me encendió el cuello y los brazos.

—Seríamos más eficientes si no nos distrajéramos tanto.

Él giró el taburete en el que estaba sentada y se colocó con naturalidad entre mis piernas.

—Distraerse es maravilloso. Podemos hacer ambas cosas.

—Hasta que entreguemos. Delante de toda la clase de Arte…

Caleb ignoró la objeción. Y yo me pregunté si, al mirarlo, los demás también verían en nuestro proyecto el grito desesperado de cuánto nos pertenecíamos.