Capítulo 36
Ivy Rose
En cuanto terminó la clase, salí disparada del aula de Historia Americana y me dirigí a la Galería de Arte De Montfort . Crucé el pasillo de servicio a paso rápido y abrí la puerta del estudio privado de Caleb jadeando.
Él ya estaba allí.
Se había quitado la chaqueta y la corbata, llevaba la camisa arremangada y estaba inclinado sobre la escultura que empezaba a tomar forma a partir de los bocetos que habíamos adaptado juntos la última vez.
Esperó a que cerrara la puerta con llave y, al final, levantó la cabeza del enorme bloque de piedra que ocupaba el centro del estudio.
Vi tanta felicidad reflejada en su rostro que hasta el último pedacito de mi cuerpo se deshizo.
Caminé hasta él con pasos ligeros, pero no me dio tiempo a echarle los brazos alrededor del cuello porque Caleb me agarró por la cintura y me atrajo hacia él.
El beso que aterrizó sobre sus labios era la suma de todos los que no había podido darle desde que lo había espiado en la cafetería esa mañana.
—Me moría de ganas de hacer esto desde que te he visto.
—Yo también. —Hundí los dedos en su cabello, abrí la boca y lo arrollé con un beso lento y larguísimo que gritaba cuánto quería que fuera mío.
Mío, como nadie lo había sido nunca.
En un abrir y cerrar de ojos, acabé sentada en el taburete. Al instante siguiente, la bandolera y la chaqueta habían salido volando quién sabe dónde.
Caleb me devoró la boca con una intensidad impetuosa.
Tan solo se separó para coger un preservativo de su reserva.
Unos segundos después se hundió en mí con un largo gemido de satisfacción.
Sus dedos, cálidos y expertos, recorrieron la piel de mi vientre, mi espalda, y yo me fundí bajo el asedio de sus embestidas, alcanzando el orgasmo apenas unos segundos antes de que él también explotara dentro de mí, estrechándome entre sus brazos.
Nosotros, de nuevo indefensos el uno ante el otro.
Seguía hundido en mi interior, con mis piernas cerradas alrededor de su cintura, cuando comprendí el motivo que nos empujaba a buscarnos con aquella frecuencia. Nos deseábamos, pero también había algo más. Miedo. Falta de tiempo. Cuenta atrás.
Había que aprovechar cada ocasión, porque podría ser la última.
«Cada vez que te miro, pienso que desaparecerás al segundo siguiente. Cada vez que te toco, pienso en lo que me costará…».
Antes no lo entendía. Ahora, en cambio, yo también lo pensaba.
No podía prever de dónde llegaría el golpe mortal que nos separaría, pero sabía que llegaría. Era inevitable.
Una grieta más se añadió a la que ya me surcaba el corazón mientras lo veía vestirse a toda prisa y desaparecer para ir al baño.
Cuando regresó, yo también me había adecentado.
Mis dedos tamborileaban sobre la mesa de trabajo para mitigar el nerviosismo.
Siguiendo el sonido, Caleb encontró el montón de cartas que sobresalía junto a los bocetos y el prototipo de nuestro proyecto.
Un atisbo de comprensión se reflejó en su rostro.
—¿Estás lista?
—No mucho.
—Eh. —Acortó la distancia, me abrazó por detrás y apoyó la cabeza en el hueco de mi cuello. Trazó mi perfil con la nariz, su respiración me hizo cosquillas en la clavícula—. Juntos, ¿vale?
Otra grieta en mi corazón.
Nítida, inconfundible.
Cogí la primera carta en orden cronológico y la extendí sobre la mesa para que él también pudiera leerla.
Empezaba con un rodeo de palabras que me ayudó a entender cuándo la había escrito: mi madre se había instalado recientemente en Orlando, mientras que el padre de Caleb estaba haciendo la especialización en Montfort , después de graduarse.
Era una larga carta de disculpa. Mamá lamentaba haberse marchado a toda prisa y le explicaba por qué, según ella, la decisión que había tomado había sido lo mejor para ambos. Afirmaba que, con su gesto brusco, les había brindado a los dos la libertad de ser lo que quisieran.
El final decía:
Nunca habríamos sobrevivido, Vic .
Solo éramos dos chavales ilusos, refugiados en un amor que jamás nos habría salvado de nuestra desesperación.
Aquí estoy en paz. Espero que algún día tú también puedas estarlo.
Te deseo una buena vida.
Con amor,
Lil
Cuando terminé de leerla, no sabía qué pensar.
—Parece… tranquila —comentó Caleb —. En paz.
—Pero hay muchas más cartas.
Abrí la segunda con cuidado para no estropear el sobre que la contenía. Estaba fechada un par de meses después, más o menos, y era mucho más breve que la anterior.
Querido Vic :
¡Me alegra muchísimo saber que ya has dejado embarazada a mi sustituta!
¡¡¡Muchas felicitaciones y laaaarga vida a la familia real!!!
P. D.: Aprende a usar preservativos la próxima vez.
Pobre niño, joder.
—Ignora lo de «tranquila» y «en paz» —mascullé.
—Estaba furiosa… —murmuró Caleb —. Los dos lo estaban.
Giré la cabeza sobre su hombro para mirarlo a la cara.
—¿Seguimos?
Caleb frunció los labios y asintió, pensativo.
Cogí la siguiente carta y la extendí delante de nosotros.
Querido Vic :
En realidad, me alegra haber recibido tu carta, aunque haya pasado mucho tiempo desde la última vez que hablamos y mis últimas palabras no fueran muy educadas, por así decirlo.
Aquí en Florida las cosas van bien, gracias por preguntar.
He encontrado trabajo en una galería en la zona baja de la ciudad; al principio el dueño me puso a atender al público, pero cuando descubrió que estoy diplomada en Arte en Montfort , me pidió que hiciera unas pruebas y le gustaron tanto que insistió muchísimo para que expusiera.
Le dije que no quería hacerlo y me propuso que realizara encargos para sus clientes.
Dado que no llevarán mi nombre, sino que tendrán la firma de su galería, acepté.
Así que he vuelto a pintar y… soy feliz.
Estoy bien. Supongo que ahora debería felicitarte por tu matrimonio.
Perdóname si no puedo hacerlo, no después de tu carta, en la que se percibe toda tu infelicidad.
Yo he elegido estar con otra persona, pero tú te has visto obligado a unirte a ella…
a través del nacimiento de un niño precioso, claro (por cierto, gracias por la foto: Oliver es realmente un amor), pero aun así se trata de una obligación.
En cualquier caso, puede que te acabes enamorando de ella con el tiempo, estando a su lado.
No todos los amores son explosivos y arrolladores como el nuestro, y en cierto modo es mejor así.
Con la intensidad de los sentimientos uno acaba herido y sangrando; una relación serena y tranquila tal vez sea lo que todos necesitamos.
Así que felicidades, sin palabrotas y más sinceras esta vez.
Te deseo todo lo mejor, de verdad.
Con amor, Lil
—Aquí volvían a tener una relación cordial. —Doblé la carta y la guardé en su sobre—. Tengo la sensación de que la siguiente no será tan cariñosa.
—Léela —me ordenó Caleb en un hilo de voz.
Vic :
Es de noche y no puedo dejar de pensar en ti.
Él duerme en nuestra cama, y yo pienso en ti.
Me siento tan culpable… pero luego pienso en lo que TÚ me respondiste en tu carta la última vez…
y me siento menos culpable. Me preguntaste si alguna vez pienso en cómo habría sido lo nuestro si yo no fuera yo y tú no fueras tú, y la respuesta es… siempre.
Dejé de leer y lancé una mirada preocupada a Caleb . Eran nuestras mismas palabras… escritas muchos años antes.
— Caleb .
—Sigue —se limitó a decir.
A veces creo que necesito la adrenalina pura que solo sentí contigo. A veces creo que sin ti no puedo seguir adelante.
A veces te echo tanto de menos que siento que voy a morir.
Caleb se tocó la frente, el pelo le caía desordenado, y liberó un suspiro profundo.
—¿Sigo?
Relegó al fondo de su mente el pensamiento que lo estaba perturbando en ese momento y asintió.
Las siguientes cartas eran un doloroso ir y venir entre ellos: un baile de palabras, un molinete que giraba sin cesar, sin encontrar nunca la frecuencia adecuada para detenerse.
Mamá a ratos estaba serena y a ratos inquieta. Las respuestas del padre de Caleb a veces se intuían a partir de sus palabras, y en otras ocasiones resultaban incomprensibles. Cuanto más leíamos, más se ensombrecía el semblante de Caleb , que se encerraba en una burbuja de silencio.
Por lo que había entendido, antes de casarse con papá, mamá había pasado momentos a escondidas con el padre de Caleb . Había engañado a papá con el padre de Caleb . Y papá lo había descubierto.
Tal vez no justo cuando ocurrió, pero, desde luego, cuando recibió las cartas, ya que las había tenido en su poder hasta hacía poco y las había leído. Y las cartas estaban dirigidas al padre de Caleb , así que… así que el padre de Caleb , en algún momento, se las había enviado.
¿Había sido esa la forma en la que papá había descubierto la traición? ¿A partir de las palabras devastadoras que mi madre había escrito a su amante, a su primer amor?
Sentí una losa en el corazón. Habían pasado veinte años, aquella vieja historia no debería dolerme. Solo que, para mí, estaba ocurriendo ahora, ante mis ojos ávidos de saber, en el estudio de Caleb , con su pecho pegado al mío y su respiración cambiando de ritmo, su cuerpo rígido contra mi espalda.
Leímos las cartas en las que se hablaba del matrimonio de mi madre; ella le daba las gracias al padre de Caleb por sus felicitaciones y el regalo de bodas. Ella estaba orgullosa de su relación cordial a distancia.
Habían pasado años desde que mi madre se había ido de Montfort , y hablaban de cosas normales y corrientes. Como dos viejos amigos. Habían renunciado a cualquier chispa que hubiera estallado entre ellos y, por fin, estaban serenos.
Las siguientes cartas estaban dentro del mismo sobre. Las fechas solo tenían algunas semanas de diferencia.
Vic :
¡Me lo habías prometido! Habías jurado que no tendrías otro hijo, que no obligarías a nadie más a sufrir lo que tú y yo hemos sufrido. ¿Y tienes el valor de escribirme tan contento que Clarissa está embarazada y que lo habéis buscado?
Eres una decepción. Una decepción enorme.
Hace tiempo me preguntaste si me arrepentía de haber huido: ¡no!
¡No, soy muy feliz de haberlo hecho! ¡Nunca habría jugado a tus juegos ni habría traído al mundo a alguien solo para “mantener vivo el apellido de la familia”, ni por ningún otro motivo!
Espero no volver a verte jamás. No me escribas.
¡No te atrevas! Disfruta de tu falsa vida perfecta con tu falsa familia perfecta.
El mundo se volvió borroso; me di cuenta de que las lágrimas me quemaban los ojos.
Hablaba de Caleb .
Era Caleb , las fechas eran compatibles con su nacimiento.
Extendí la mano hacia atrás, a tientas, buscando su rostro. Encontré sus mejillas y, mientras las acariciaba, noté cómo se me mojaban las yemas de los dedos. Estaba llorando en silencio.
—Sigo cuando me lo digas —murmuré.
—Continúa.
Cogí la siguiente carta con dedos temblorosos. Ni siquiera era una carta como tal: tan solo un folio en blanco dentro del cual había una fotografía del revés. Le di la vuelta.
No era una fotografía: se trataba de una ecografía.
No entendía nada, el punto donde debía haber algo en el vientre parecía vacío.
Pero, arriba a la izquierda, estaba impreso el nombre de mi madre de casada.
Lilac Williams . Y la fecha era… enero del año en que nací.
Poco menos de siete meses antes del día en que nací prematura.
Ese puntito invisible a simple vista, dentro del cuerpo de mi madre, era yo.
Di la vuelta al papel. Había tan solo una línea escrita en letra pequeña, en el centro, seguida de una carita sonriente esbozada a toda prisa.
El deseo de maternidad también ha florecido de repente en mí.
Felicítame, Vic :)
Caleb me sujetó por los hombros un segundo antes de que me desplomara contra su pecho, con los ojos muy abiertos, incapaz de procesar la crueldad de aquella frase breve y aparentemente inocente que rezumaba rabia y venganza.
Mi madre estaba furiosa con el padre de Caleb porque él iba a tener a Caleb . Y entonces ella… se había quedado embarazada. De mí.
Caleb me sujetó con más fuerza alrededor de la cintura y hundió la cara en mi pelo. Respiró a través de mí durante un tiempo indefinido.
—¿ Ivy ?
Muda. Por más que lo intentara, no brotaba ningún sonido de mi garganta. No podía hablar.
— Ivy , por favor —murmuró—, di algo…
Tragué saliva.
Y pronuncié la única verdad posible:
—Existo solo porque existes tú.