Capítulo 35
Caleb
—¿Fuiste a casa de su padre?
Bajando las escaleras junto a mi mejor amigo, me ajusté el nudo de la corbata bajo la nuez.
—Baja la voz, Cavendish .
—Por favor, Su Alteza, dime que te arrodillaste y hasta le pediste la mano con un bonito anillo de cien dólares, que le prometiste que te casarás con ella después de la graduación. Podría palmarla aquí mismo.
Alcé la comisura de la boca en una mueca.
—Me entran ganas de volver a Florida y darte el gusto, así te mueres y de paso dejas de decir tonterías.
—¡Dios, sí, hazlo! —Se puso serio—. ¡Menuda locura!
—¿El qué?
Las cejas de mi amigo se dispararon hacia la frente.
—Oh, joder, Cal, ¿sigues vivo ahí dentro?
—Agitó una mano delante de mis ojos—. Estoy intentando ponerme en contacto con el tío que, hace solo unos meses, decía que no tocaría a una chica de la universidad ni siquiera para hacerle una maniobra de primeros auxilios, ¡porque prefería una denuncia penal antes que dar a entender que estaba interesado en alguien!
Reprimí una mueca.
—Qué tiempos aquellos.
—¡Has ido a conocer a los padres de Abbott !
—Al padre —lo corregí—, y no es un Abbott . Es un Williams .
—Ajá, ¿y qué más da?
—Importa, y mucho.
—Si tú lo dices —respondió, dubitativo.
—Tenía curiosidad, Lukas . Quería ver al hombre al que eligieron en lugar de mi padre. Quería entender…
—¿El qué?
Suspiré.
—Qué tenía que ofrecerle a alguien como ella.
—¿Por qué? —Se detuvo en mitad de la escalera—. Dios. Dios, por favor, no me digas que es por el motivo que estoy pensando.
—Depende, ¿en qué estás pensando?
Lukas abrió la boca, pero se lo pensó mejor. Como si ni siquiera él tuviera el valor para decírmelo a la cara.
—Tienes miedo de que Abbott huya de ti como hizo su madre con tu padre…
—Es una hipótesis que podría producirse —murmuré.
—Si no sales corriendo tú antes.
—Eso también es correcto —dije, ocultando la verdad tras una sonrisa de circunstancias.
Si hubiera escuchado a la razón, habría salido corriendo hacía mucho tiempo. Pero ¿quién escuchaba a la razón? Desde luego, yo no. Y ahora ya era demasiado tarde. Aunque quisiera, no sabría cómo hacerme a la idea de que iba a perderla.
Me parecía inaceptable.
—Bueno, ¿y cómo es papá Williams ?
—Una buena persona. Quiere mucho a su hija. —Llegamos al rellano del segundo piso—. Entiendo por qué alguien lo preferiría antes que al desastre de furia y orgullo que es mi padre.
—Lilac Abbott no era «alguien».
—No, desde luego.
Pensé en las cartas que Ivy había recibido de su padre. Habíamos decidido de mutuo acuerdo seguir su consejo y no leerlas durante nuestras vacaciones en Florida.
—Los asuntos de Montfort se quedan en Montfort —había decidido Ivy cuando regresamos al modesto apartamento de su amiga en la UCF.
Al mencionarle que yo llevaba los asuntos de Montfort en la sangre, se encogió de hombros y despachó el tema con un «aquí no eres un De Montfort , aquí eres solo Caleb ».
«Aquí eres solo Caleb ».
—Estás coladito por ella, ¿eh?
Parpadeé.
—¿Cómo, perdona?
—Tienes la mirada de quien ha follado tantas veces con la misma chica que ahora cree que ella es el camino hacia el Nirvana, la paz absoluta, la única respuesta a todas las preguntas existenciales juntas.
Torcí la boca.
—No es verdad.
—Pero habéis follado muchísimo…
Incliné la cabeza. Negarlo no tenía sentido. Además, Lukas entendía el sexo mucho mejor que los sentimientos.
—¿Tenemos que seguir aguantando a Waldeck en nuestro grupo, o piensas hacer público que estás con ella y darle la patada en el culo que se merece?
Me detuve en el penúltimo tramo de escaleras.
Después de unos largos días de vacaciones, la residencia masculina empezaba a despertar: las habitaciones se habían llenado la noche anterior, la vida regresaba entre los muros neogóticos que habían quedado desiertos durante el puente.
Un grupo de novatos nos esquivó sin rozarnos cuando Lukas y yo entramos en el vestíbulo.
Ahora ya no era «solo Caleb ». Había vuelto a mi papel: límites claros, ningún error.
— Waldeck se queda con nosotros hasta final de curso.
—Qué mierda —comentó Lukas .
No permitiría que molestara a Ivy . Aunque tuviera que seguirlo incluso al baño, lo vigilaría tan de cerca que no le daría ni una sola oportunidad de tocarle un pelo. No volvería a acercarse a ella.
—Entonces, sobre el papel, ¿tú y Abbott estáis disponibles?
—Sí, pero para tu información, he afilado la hoja de mi florete más de lo habitual, por si te atreves a intentar algo con ella.
—Estás muy jodido, Su Alteza —se burló.
Los Seymour nos esperaban en el sofá de siempre, en la esquina.
Salimos a las callejuelas del campus. El clima que nos acogió no tenía nada que ver con el de Orlando.
Las hojas, casi todas ya caídas, crujían bajo las suelas de los zapatos.
La temperatura era más invernal que otoñal.
El aire húmedo olía a frío intenso, el cielo estaba desvaído como siempre en esta época del año.
Ambrose y Ben nos estaban contando lo mucho que se habían divertido recorriendo bosques nevados en moto de nieve por Wisconsin cuando, de repente, un peso cayó sobre mis hombros.
Ante ese contacto indeseado, me tensé.
—¡Chicos, cuánto os he echado de menos! —Con la bufanda al cuello y los hombros todavía más hinchados bajo la chaqueta, Malcolm Waldeck se había pegado a mi lado—. ¿Cómo habéis pasado las vacaciones? ¿Todo bien?
— Caleb ha estado en París —intervino Lukas antes de que yo mandara al traste mi tapadera diplomática y me lo quitara de encima con el puñetazo que se merecía—. El típico aristócrata…
—¿Te has divertido con las parisinas, Caleb ?
—Mogollón —siseé—. El brazo.
—¿Qué? —preguntó sin entender a qué me refería.
—Quita el brazo, Malcolm .
Waldeck palideció.
—Eh… ¿qué…? Ah, perdona. —Retiró el brazo como si yo fuera una estatua de fuego y él acabara de quemarse—. Oh, perdona, Caleb , yo…
—Entiéndelo —canturreó Lukas —, solo le gusta que lo toquen chicas que comen cruasanes y llevan boinas rojas mientras se hacen selfis delante de la Torre Eiffel.
No era una broma: era una declaración de nuestra jerarquía.
Y Waldeck lo entendió, porque su cara se arrugó en una expresión compungida.
—Perdona, Caleb . No lo había pensado.
«Bien. Con esta deferencia deberías disculparte… con ella».
Hice un gesto con la mano.
—Y tú, Malcolm , ¿qué has hecho? —preguntó Ben.
Su rostro volvió a iluminarse. Empezó a hablar mientras entrábamos en la cafetería, pero dudé que alguno de mis amigos lo estuviera escuchando. En cuanto nos sentamos a la mesa, Lukas y yo miramos de reojo el sitio donde solían comer las chicas.
Ivy , Becca y Aimee ya estaban allí, poniéndose al día alegremente sobre sus respectivas vacaciones. Ivy gesticulaba, sonriendo relajada. Solo apartó la atención de sus amigas en una ocasión, cuando cogió la taza de capuchino y se escondió tras ella para encontrarse con mi mirada.
Mi piel, en respuesta, se estremeció.
Dentro de poco tendríamos clase de arte juntos y, luego, por la tarde, nos veríamos en mi estudio para trabajar en el proyecto que teníamos que presentarle a Crawford y leer las cartas de su madre. Habíamos vuelto a nuestra normalidad. Y ella parecía estar bien con ello.
Yo fui el primero en levantarme, unos minutos más tarde. Dejé la bandeja y, a mi pesar, salí al campus junto a Waldeck . Observé con alivio cómo se colocaba junto a su nuevo compañero, uno de los campeones de polo, al otro lado del aula.
—Buenos días, De Montfort . —La voz de Ivy irradiaba alegría mientras tomaba asiento a mi lado—. ¿Qué tal las vacaciones, han ido bien?
—Una locura. —Me mordí el interior de la mejilla para reprimir la sonrisa que estaba a punto de formarse en mis labios—. ¿Y las tuyas, Abbott ?
Ivy colocó el libro y el cuaderno y alineó los bolígrafos sobre el pupitre.
—Fantásticas. De verdad. Mis mejores vacaciones.
Arranqué una hoja en blanco de mi cuaderno y la deslicé hacia ella.
«¿Tienes las cartas contigo?», garabateé.
«En el bolsillo interior de la bandolera».
«Genial», escribí. «Estás preciosa con mi uniforme».
Ivy se sonrojó.
«No es tu uniforme».
«Si quieres, más tarde, te doy el que llevo puesto y vemos cómo te queda. Aunque puede que no tengas tiempo de ponértelo».
Se le pusieron rojas hasta las puntas de las orejas. Se echó el pelo hacia delante para taparlas.
«Primero, las cartas».
«Primero, te desnudo…».
«¡Mierda! ¡No dejes pruebas materiales!».
«Quemaré este papel», escribí. «Bueno, no, pienso quedármelo».
—¡Buenos días a todos, rayos de sol! —El profesor Crawford llegó a su mesa con paso saltarín—. ¿Habéis echado de menos las clases? Espero que sí, porque a partir de hoy trabajaremos a un ritmo frenético. Falta poco para los exámenes finales.
Ivy dejó el bolígrafo sobre su cuaderno y yo hice lo mismo, silenciando la impaciencia que me palpitaba a flor de piel. Quería volver a tenerla para mí, sin esa estúpida ficción que interpretábamos de cara a los demás, sin las reglas que nos mantenían lejos el uno del otro.
Porque Lukas tenía razón: había un motivo por el que el pasado me atormentaba.
Había jurado que no caería en la trampa, que no me dejaría arrastrar por los errores de mi padre, que los evitaría con todas mis fuerzas. Y, sin embargo, Ivy y yo habíamos acabado recorriendo a toda velocidad la misma calzada destrozada y peligrosa que habían transitado nuestros padres.
Y yo quería descubrir cómo evitar que nos estrelláramos y no repetir su trágico final.