Capítulo 34 #2
—No pasa nada. —Recorrió la estancia con la mirada mientras estudiaba cada detalle: desde la pequeña chimenea en la pared hasta el cuadro sin valor colgado sobre la repisa, pasando por las flores, que eran la especialidad de mi padre—. Tu casa es muy bonita.
—No es mi casa. Nunca he vivido aquí.
—¿Ah, no?
Negué con la cabeza.
—Mi padre y Stella la compraron mientras yo estudiaba en la UCF. Solo he pasado aquí algunas noches, este verano, cuando vine a Lakeland para su boda.
—Sigue siendo bonita.
—¡Tú vives en una mansión, Caleb !
—Tú también, cuando estás en Montfort . —Se encogió de hombros.
—En casa de mi tía solo he dormido una noche, antes de que empezaran las clases. He pasado más tiempo en algunos apartamentos turísticos, y, desde luego, todavía más en la suite de Abbott Hall, en la universidad.
Caleb posó la mano sobre la mía, abandonada en mi rodilla. Se inclinó hacia mi oído.
—No me digas que echas de menos Montfort …
No quería pensar en Montfort , ni en lo complicado que sería volver a estar entre aquellos muros, atrapados en los roles rígidos que habíamos dejado atrás.
Durante estos días habíamos saboreado un destello de libertad amplificado al máximo, pero pronto se consumiría como la llama que era.
— Ivy Rose , querida —me llamó la suegra de mi padre—, Stella me ha dicho que ya no estudias en Orlando.
—No, ya no. Ahora estoy en Nueva Inglaterra. En Vermont , para ser exactos.
Examinó a Caleb de arriba abajo.
—Una universidad privada, imagino. —Su mirada cayó en nuestras manos superpuestas; los largos dedos de Caleb se habían entrelazado en silencio con los míos—. ¿Os conocisteis en la facultad?
—Exacto —asentí.
—Entonces lleváis poco tiempo juntos.
Me quedé pasmada.
—Nosotros no est…
—Sí. — Caleb jugueteó con mis dedos para hacerme callar—. Llevamos poco tiempo juntos.
«¿Qué…?».
—Es bonito que ya estéis en el punto de conocer a las respectivas familias. Es difícil, pero bonito.
Estuve a punto de atragantarme con mi propia saliva.
—¡N-no! No, es decir, no es…
—No le hagáis caso a mi madre, chicos. — Stella apareció con una bandeja y una sonrisa tensada al límite—.
A nosotros nos alegra teneros aquí, sea cual sea la definición que os hayáis dado.
—Dejó los entrantes en la mesa de centro y volvió con discreción a la cocina. Para contárselo a mi padre, seguro.
— Caleb …
Su boca me rozó el lóbulo de la oreja.
—He pensado que, si demostraba que lo nuestro va en serio, sería más fácil encaminar a tu padre hacia la paz.
—Yo diría que lo has encaminado hacia un homicidio —susurré.
—¿Por qué? ¿Soy el primer chico que traes a casa?
—¡Sabes perfectamente que sí! —repliqué en un susurro.
—Oh, qué lástima.
Esbozó una sonrisa falsa y volvió a escuchar la conversación, que ya giraba en torno al frío que hacía en el norte y a lo afortunados que eran en Orlando por tener un invierno suave.
Poco después, Stella nos invitó a sentarnos a la mesa, que estaba preparada para un millón de personas, y me resigné a la representación teatral que Caleb había diseñado para nosotros.
La luz natural se filtraba por las cortinas, amplificada por el suelo de madera y las paredes de un tono crema suave. Stella había preparado unas bonitas tarjetas con nuestros nombres en forma de calabaza, y busqué la mía, que estaba junto a la de Caleb y frente a la de mi padre.
Nos sentamos en un ambiente extrañamente relajado. El aroma del pastel recién horneado llenó el aire y Caleb se humedeció los labios al ver un enorme pavo que se alzaba entre verduras, puré de patatas y salsa de arándanos.
—Está todo riquísimo, señora —comentó mi acompañante cuando terminamos el primer plato—. Es un banquete que haría feliz a mi entrenador, y le aseguro que no es fácil de satisfacer.
—Eres muy amable, Caleb . — Stella observó de reojo a los dos niños, que se levantaron y fueron corriendo a jugar sobre la alfombra—. ¿Qué deporte practicas?
—Esgrima.
—Qué bonito.
Papá alargó un brazo para acariciarle la espalda, por encima de la blusa, y ella esbozó una sonrisa antes de llevarse una copa de vino a los labios.
Vino. Estaba bebiendo alcohol, así que no estaba embarazada.
—¿Los entrenamientos son duros, Caleb ? —le preguntó.
—Mucho. —Él mordió y masticó un trozo de pavo con una elegancia fuera de lo normal, luego se presionó la boca con la servilleta para limpiársela—. Son útiles para liberar la presión.
—No es una universidad fácil, ¿eh? —Era la primera frase que mi padre pronunciaba desde que se había sentado a la mesa.
—Es tan exigente como todas las de la Ivy League , papá.
—¿Y cómo es la gente?
Me estaba interrogando.
—Como todo el mundo: un conjunto heterogéneo de problemas y contradicciones más o menos conscientes. —Recordé lo que me había dicho la tía Daisy en el coche, cuando íbamos hacia el aeropuerto—. La tía dice que te tranquilices porque, de lo contrario, la bombardearás a llamadas.
Una sombra de resentimiento asomó en el rostro de mi padre.
—Es la única persona que tienes cerca en caso de necesitar algo; lo mínimo que puedo hacer es insistir para que esté atenta y dispuesta a ayudarte. No supe nada de ti durante semanas, Ivy . ¿Puedes culparme?
—Pero te escribí…
—¡Haciéndome creer que seguías en Orlando! —Elevó la voz, pero la bajó enseguida—. Estaba preocupado…
—Estoy bien, papá. Caleb , díselo tú también, todo va bien —lo metí en la conversación.
Mi falso novio dejó el vaso en la mesa sin inmutarse.
—Señor, Ivy está segura en Montfort , se lo garantizo. Nadie le hará daño mientras yo esté allí.
Mi padre lo diseccionó con una mirada quirúrgica. En una décima de segundo, vi cruzarle por la cara un torbellino de cosas no dichas, de heridas pasadas, de sentimientos que escapaban a mi comprensión.
—Bien —dijo al final—. Espero que así sea.
No añadió nada más y dejamos que aquella cargada conversación se diluyera en temas más adecuados para un día festivo.
Horas después, teníamos el estómago a rebosar.
La mitad de la familia estaba en el salón viendo el desfile de Macy’s, que seguía su imperturbable curso en Nueva York.
Yo había acabado sentada sobre las rodillas de Caleb , recostada contra su cuerpo relajado.
Uno de los sobrinitos usó sus larguísimas piernas como pista para los coches y, cuando se cansó, se fue con mi padre y Stella a jugar sobre la alfombra con ellos y con su hermano.
Observé aquella escena idílica con una especie de ternura, y en aquel momento la realidad me golpeó de lleno.
Un hijo, allí con ellos, sería feliz. En esa casita adorable, comprada a costa de endeudarse de por vida, criado por dos personas que se amaban y lo querían, sería un niño que crecería en un entorno cálido, seguro y protegido.