Capítulo 34 #3
Una pequeña grieta resquebrajó la superficie de mi corazón magullado. Yo también había crecido con el hombre que ahora jugaba con su sobrino político. Había sido una niña deseada y querida del mismo modo.
Entonces, ¿por qué no lograba sentirme en paz? ¿Por qué, cada vez que lo pensaba, mientras intentaba recordar aquella felicidad que todos evocaban, tenía la sensación de que casi no me había sucedido a mí?
Con la cabeza dándome vueltas, me levanté en busca de aire. Caminé en silencio hasta la puerta de entrada y la abrí de par en par con la intención de ir al banco del porche.
Me dejé caer sobre el cojín blando y apoyé la nuca en la madera recién barnizada, con la esperanza de que los rayos del sol me calentaran la piel y me dieran una pequeña tregua.
—Eh.
Giré la cabeza para que mis ojos enfocaran a la figura que había junto al marco. Quién sabe cuánto tiempo llevaba Caleb allí, observándome, con los brazos cruzados sobre el pecho, la camisa arremangada que le dejaba al descubierto los antebrazos y una expresión contemplativa en el rostro.
—Eh. —Le sonreí.
Se acercó en un par de pasos comedidos y se arrodilló antes de rodearme las mejillas con sus manos grandes y acogedoras.
—¿Estás bien?
Asentí; sentía sus yemas acariciarme los pómulos.
—¿Y tú, te arrepientes mucho de haber venido?
—Ni una pizca. ¿Has visto? Aunque me hayas traído contigo, tu padre sigue dirigiéndote la palabra.
«Solo porque no sabe quién eres».
Fruncí los labios para evitar decírselo.
—Es buena persona —añadió—. Se ve que te quiere.
«No llores, Ivy ».
«No llores».
Sus yemas recorrieron la piel de mi rostro con dulzura; luego, Caleb se inclinó hacia delante, despacio, y sus labios se fundieron con los míos.
Dios, sí. Cerré los ojos y llevé una mano a su nuca para mantenerlo pegado a mí mientras me ahogaba en el beso.
Era casto, sin ningún otro propósito, solo ofrecerme presencia y consuelo.
Y era todo lo que necesitaba. Borraba todo lo que se había afeado y torcido, pintaba la oscuridad con todos mis colores.
—Chic… oh.
Caleb se separó rápidamente de mis labios y se echó hacia atrás. Apoyado en los tobillos, perdió el equilibrio y cayó de culo en el suelo. Cuando levantó la cabeza, estaba ruborizado.
Caleb de Montfort , pillado por mi padre mientras me besaba en su porche. «Ruborizado» .
—Eh… no quería interrumpir. —En el umbral, papá estaba incluso más rojo que Caleb —. Yo… quería darte una cosa, Ivy .
Dio un par de pasos y me tendió una carpeta de plástico amarilla. La cogí, retiré la goma y la abrí. En el interior había un montón de hojas y sobres.
Eché un vistazo mientras los separaba con la punta de los dedos.
—¿Correos electrónicos? —intenté adivinar.
—Cartas —me corrigió—, de tu madre.
Caleb enderezó la espalda y se tensó.
—… dirigidas a tu padre, Caleb .
Menos mal que estaba sentada, porque, si no, me habría caído redonda al suelo.
Papá lo sabía.
Sabía que mamá había estado con el padre de Caleb .
¿Se lo había dicho ella? ¿Le había hablado de lo mucho que se habían odiado y querido y luego herido y vuelto a odiar? ¿Cuándo se habían escrito esas cartas?
Papá se acercó hasta sentarse en el reposabrazos del banco. Parecía agotado.
—Supongo que habéis venido juntos para buscar respuestas. Bueno, lo poco que puedo deciros está ahí.
—¿Mamá siguió en contacto con el padre de Caleb ? —pregunté, sin poder evitarlo.
—Sí —susurró. Su voz era frágil como un cristal fino a punto de quebrarse—. Durante toda la vida.
«Cartas, años…»
«… toda la vida».
Miré a Caleb .
—¿Tú lo sabías?
—No —murmuró—, de verdad, no sabía nada…
Papá no nos miró ni a mí ni a Caleb : fijó la vista en un punto lejano del horizonte, con los ojos húmedos, y yo, durante un instante absurdo, me pregunté si, para mamá, enamorarse de él había sido un golpe de suerte… o una vía de escape de un mundo que le quedaba demasiado pequeño.
¿Papá había sido para ella lo mismo que el premio Rosenberg era para Caleb ? ¿Un billete en primera clase hacia la libertad?
—Para que conste, creo que dejaros leer estas cartas es un error. —Papá se secó las comisuras de los ojos con los dedos, empujando los recuerdos de vuelta al lugar incómodo al que pertenecían—. Pero ya sois adultos: no quiero fingir que no merecéis respuestas.
No sabía qué decir.
—Os recomiendo que las leáis en un momento en que podáis enfrentaros a ellas.
Lilac lleva muerta veinte años, esas cartas no la traerán de vuelta ni arreglarán lo que sea que estéis intentando arreglar vosotros dos.
Disfrutad del día y de las vacaciones: tendréis todo el tiempo del mundo para lo demás.
Una sensación desagradable me recorrió las venas y tuve la certeza de que no nos iba a gustar lo que estuviera escrito en esas cartas.
—Yo… gracias, papá.
Su mirada se suavizó.
—Sé que ya no me necesitas, pero quiero que sepas que no importa lo que haga o las personas que entren en mi vida. Donde yo esté, tú siempre tendrás un lugar al que llamar hogar. Siempre.
Se levantó y se dirigió hacia el interior, pero en el último momento se detuvo y apoyó una mano en el marco.
—Me alegro de haberte visto otra vez, Caleb .