Capítulo 34
Ivy Rose
—Vuelvo por la tarde. —Coloqué los cuencos del desayuno en el fregadero de la pequeña cocina de Gwen —. Me siento culpable…
—No deberías.
Vestido con unos vaqueros y una camisa cara que parecía hecha a medida para su cuerpo, Caleb se apoyó en el mueble de la cocina.
—Estarás solo en la comida de Acción de Gracias. Eso es cruel.
Se encogió de hombros.
—También lo habría estado en París. Los europeos no lo celebran.
Por un instante, valoré la sugerencia de Gwen de que lo invitara a venir conmigo, pero la descarté horrorizada.
Él no aceptaría la propuesta y, además, ¿cómo iba a presentárselo a mi padre?
«Hola, papá, él es Caleb de Montfort , en público somos enemigos jurados y en privado…
adivina. Por cierto, ¿sabías que también es el hijo del primer novio de mamá?
¿Qué te parece si me cuentas todo lo que sabes al respecto? ».
En realidad, no tenía ni idea de cómo sacar el tema de mamá con su nueva esposa allí delante.
Así que imagínate añadir el peso de «rivales con beneficios».
Bonita definición para dos personas que, desde que habían aterrizado en Florida, no hacían más que regalarse tiempo, palabras, besos y orgasmos.
Gwen se había marchado esa mañana para ir a Montgomery con su familia y, muy probablemente, estaba deseando escapar porque ya no nos soportaba más.
—¿A tus padres les parece bien que pases las fiestas lejos? —Cambié de tema.
—Es el último día de Acción de Gracias en que me lo permitirán si no… —Si no ganaba el Rosenberg —. Es el precio que pagan para que sea obediente el resto del año.
—Pero sigue siendo una situación asquerosa.
—Mejor que quedarme en Montfort haciendo de niñera de Waldeck . Su estupidez me saca de quicio.
—No deberías haberlo admitido en tu círculo.
Un brillo de interés se encendió en su mirada.
—Desde que lo hice, te deja en paz.
—Sí, pero ha tenido un precio para ti, y yo no te lo habría pedido.
—Yo me encargo de valorar el coste que estoy dispuesto a pagar por ti, Ivy .
Enmudecí. Los pensamientos se vaciaron de contenido y me ahogué en mi propia sorpresa. Joder, no podía hablarme así. Si ese era su estándar para una relación clandestina sin valor, ¿qué demonios estaría dispuesto a hacer por la chica que algún día lo conquistara?
Volví a pensar en mamá. Ella y el padre de Caleb habían compartido algo parecido a nuestra edad, solo que ellos lo habían hecho a la luz del día, y luego habían enloquecido por culpa de las expectativas externas que los habían aplastado.
¿Habían roto porque el amor se había consumido lentamente y ya no se soportaban, o porque el resto del mundo los había convencido de que dejarlo era la decisión más fácil?
Y luego mamá, en cuanto se alejó de Montfort , se enamoró de mi padre…
—Tengo que irme, mi padre me espera. —«Y yo necesito respuestas». Cerré la puerta del microondas con un golpe seco que resonó en el apartamento—. ¿Quieres venir conmigo?
La pregunta salió antes de que mi cerebro me lo impidiera e hizo que Caleb abriera los ojos de par en par.
—¿En serio me estás invitando a casa de tu padre?
No. No. En absoluto.
Pero…
—¿Has decidido seguir el consejo de tu amiga?
—¿A qué consejo te refieres? —Algunos fragmentos de una conversación con Gwen volvieron a mi memoria. Habíamos hablado de ello en el apartamento, el primer día, mientras Caleb se duchaba.
Maldita sea, sabía que estábamos gritando.
—Nos oíste —deduje.
—Solo alguna cosa.
—¿El qué?
Curvó los labios.
—Todo.
«Oh, mierda».
—Entonces, también oíste lo de que… tú foll… bien. Genial.
—Ya sé que juntos estamos divinamente. Si no pensara lo mismo, no estaría aquí. — Caleb me regaló una panorámica completa de su sonrisa diabólica—. Yo también querría algunas respuestas sobre nuestros padres —añadió luego—. Mi padre no habla nunca de ella.
¿De verdad estaba considerando la posibilidad de venir?
—¿Nunca?
—Nunca. En las rarísimas ocasiones en que alguien menciona a tu madre, su reacción consiste en encerrarse en un mutismo selectivo, peor que cuando se menciona a Oliver .
La única vez que habló de ella por iniciativa propia fue después de verte en Waldeck Hall, en la búsqueda del tesoro.
Por un momento me pareció… vulnerable. Humano.
—Dudó—. Nunca lo ha admitido, pero creo que él…
siguió enamorado de ella incluso después de la ruptura.
—¿Crees que siguió amándola en silencio y en la distancia durante años? ¡Pero nuestras familias se odian!
—Sí, pero le dedicó una sala entera en su galería, Ivy .
—¿Por eso odias a mi familia? —«¿Porque ella se quedó con la atención y el amor que os correspondía a vosotros?».
Él permaneció impasible.
—La existencia de Lilac Abbott complicó mucho las cosas en mi familia. Hizo infeliz a mi madre, destruyó el matrimonio de mis padres. Pero me gustaría intentar… entenderlo.
—¿Qué quieres entender?
—Siempre me he centrado en mi padre y en mi madre, en lo que no funcionó entre ellos. Pero ahora quiero entender lo que pasó entre mi padre y Lilac. Quiero saber qué los destruyó. Mi padre no habla de ello. Si el tuyo sabe algo…
Una actitud sorprendente para alguien que afirmaba que no quería tener nada que ver con su legado familiar.
Pensé en ello.
—Tengo que preguntarle si puedo llevar a un invitado.
—Claro, pídele permiso.
—Si acepta, cuando lleguemos le diré quién eres. No esperes una pancarta de bienvenida.
—Ya lo sé. ¿Estás segura de que quieres hacerlo?
A decir verdad, no lo estaba en absoluto. Pero tampoco quería que Caleb se quedara solo en un apartamento universitario vacío el día de Acción de Gracias, en nombre de una libertad que se parecía más a un exilio punitivo.
—Claro que sí —triné, ocultando el nerviosismo bajo una vaharada de alegría forzada.
Cogí el móvil, que estaba sobre la mesa de la cocina. Cuando pulsé el botón de llamada, caminando de un lado a otro por el pequeño salón de la zona común, mientras esperaba a que descolgara, por un instante deseé que mi padre me dijera que no.
Imaginé todos los escenarios posibles en los que declinaría la petición de añadir una silla para «un chico de Montfort que me había acompañado a casa».
El único escenario que no había imaginado fue el que escuché:
—Claro, tráelo.
Frente a la puerta del nuevo hogar de papá, de pie al lado de Caleb , tuve la certeza de que había cometido un error.
No debería haber escuchado a Gwen . ¿Por qué había dejado que su idea se filtrara en mi mente?
Si me hubiera presentado sin Caleb , solo habría estado incómoda por volver a ver a mi padre con su nueva esposa, en su nueva casa, en su nueva vida, y ya está.
Pero al menos me habría ahorrado la incomodidad de presentarme en una reunión familiar con el chico con el que me veía temporalmente en secreto, contra el que competía y con el que nunca podría tener nada más.
La puerta de la perfecta casita de clase media se abrió de golpe y dimos un respingo.
—¡ Ivy , me alegro de verte! — Stella , en el umbral, llevaba un par de vaqueros bonitos y una blusa floral de colores. El pelo liso y bien peinado enmarcaba su cara redonda, en la que brillaba su habitual expresión amistosa—. ¡Y tú debes de ser su novio!
—En realidad, él es…
Mi padre asomó al lado de su mujer, y me quedé sin palabras.
—¡ Ivy ! —Se inclinó para darme un abrazo y me convertí en un tronco de madera seco. No moví ni un músculo durante los largos segundos en los que me sostuvo entre sus brazos.
Parecía que no me veía desde hacía siglos, me apretaba como si temiera que fuera a evaporarme de un momento a otro. Ni que hubiera vuelto de la guerra, ¿por qué diantres se comportaba así?
Cuando me liberó, bajé la mirada, avergonzada, y él aprovechó para dirigirse a mi acompañante.
— Caleb , hola.
Caleb me lanzó una mirada interrogativa.
—Sí, perdona si no finjo que no sé quién eres. Te vi en internet cuando busqué la universidad en la que estudia mi hija ahora. Tu foto es uno de los primeros resultados en los buscadores de internet.
Le tendió la mano, y yo contuve la respiración.
Caleb se apresuró a corresponder al apretón, y lo hizo de la forma educada y formal que lo caracterizaba.
—Me alegro de conocerlo, señor. Ivy me ha hablado mucho de usted.
—Ojalá pudiera decir lo mismo.
Me lanzó una mirada cargada de preocupación que Stella suavizó con una leve caricia en el hombro.
Con un nudo en la garganta, me fijé en cómo ella lograba descifrar y apaciguar sus emociones sin ningún esfuerzo.
Como si no hubiera hecho otra cosa en todo el tiempo en que yo no había estado presente.
—Adelante, chicos. Poneos cómodos. — Stella abrió la puerta de par en par y se hizo a un lado para dejarnos pasar—. Tu padre y yo llevamos cocinando desde ayer, Ivy . Estoy deseando que nos digáis qué tal se nos da estar tras los fogones.
La seguimos hasta el interior.
Había estado en aquella casa en agosto, pocos días antes de la catástrofe con la universidad de Orlando. Era incluso más bonita de lo que recordaba.
Y estaba más llena.
En el salón, pequeño pero acogedor, los padres de Stella charlaban con su hermana y su marido. Dos sobrinitos jugaban con bloques de construcción e incluso había un perro de no sé quién, un adorable bulldog inglés que mordisqueaba los flecos de la alfombra con aire absorto y feliz.
Stella nos invitó a sentarnos en el único sillón libre, un poco estrecho para dos personas. Caleb y yo nos embutimos, muy pegados para poder caber, y luego vimos que se iba a la cocina con mi padre.
Inmóvil a mi lado, él estudió a la familia política que yo había conocido en la boda como si acabara de aterrizar en un planeta alienígena.
La hermana de Stella monopolizaba la conversación, aturdiendo a los presentes con historias sobre sus dos hijos, que jugaban ajenos a todo en la alfombra, mientras sus padres la chinchaban con viejas anécdotas de infancia. Todos parecían estar en su salsa.
Excepto nosotros.
—No imaginaba todo este jaleo —le susurré—, el año pasado no estaba la familia de ella.