Némesis (Monfort College 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Caleb

La noche había teñido de negro la playa.

La hoguera centelleaba a lo lejos, destellos de luz y llamas danzantes llenaban el aire junto al crepitar de la madera, que se mezclaba con el olor salado del océano.

Era un paisaje digno de ser contemplado y yo lo habría hecho, si mis brazos no hubieran estado ocupados sujetando a Ivy , con su boca devorando la mía.

Su amiga nos había pasado dos cervezas y una enorme toalla de felpa antes de desaparecer con un tío el doble de alto que ella. Ivy y yo habíamos caminado un rato por la orilla, bebiendo de la botella, mientras nos alejábamos hasta un rincón apartado.

Lejos del caos, ella había acabado a horcajadas sobre mí, su falda larga caía sobre nuestras piernas, la música resonaba de fondo, una mezcla de bajos y voces sintéticas que me hacía vibrar el estómago, mientras le recorría la boca con la lengua.

Deslicé la mano entre su pelo e incliné su rostro para besarla mejor.

Había perdido la cuenta de cuántos besos le había dado, y me daba igual que ahora estuviera deseando desnudarla en una playa pública.

Ivy era mi droga: sus besos me aturdían, sus respuestas sarcásticas me volvían loco, tocarla me hacía perder la cabeza. Era capaz de hacerme olvidar quién era, y eso la convertía en la persona más peligrosa del planeta.

La habría querido tomar incluso allí, con el riesgo de que alguien me descubriera y me delatara para que yo acabara en cualquier portada y se embolsara varios millones de dólares.

La besé otra vez. Sabía a azúcar avainillado y a cerveza fría.

Sabía a libertad.

—Vamos… — Ivy se separó de mi boca entre risas. Estaba tan excitada como yo—. … Vamos a casa.

«Casa» no tenía ningún significado.

No era el cuchitril de la UCF, no era Montfort . No era ningún sitio salvo aquí, en esta playa que ni siquiera había visto antes.

Las risas y las voces alegres a lo lejos se mezclaban con la música, las olas del océano rompían una y otra vez en la orilla. Recorrí el perfil de su espalda con los dedos y me quedé embelesado al verla arquearse bajo mi contacto.

—¿Qué veías en él?

Ivy se quedó quieta. Solo había bebido un poco de cerveza, pero no estaba acostumbrada al alcohol, y la noche la había dejado lo bastante aturdida como para darle un aspecto relajado y feliz.

— Joshua era el mejor del curso de arte, o al menos eso pensaba todo el mundo.

—¿Y entonces?

—Cuando la profesora aprobó mi candidatura para el Rosenberg , estaba eufórica, pero eso no me bastaba. Quería… quería impresionar al chico que me gustaba por lo que era y por lo que sabía hacer. Quería impresionarlo, sorprenderlo… quería ser la elegida.

—¿La elegida?

—Sí. —Su sonrisa dulce dio paso a una mueca triste—.

Siempre he sido el segundo plato. Ya sabes, la persona que tiene que demostrar algo más para que la tengan en cuenta.

Soy la chica que se queda a un paso de lograr el resultado y luego no lo consigue.

A excepción de Gwen , para todos los demás soy un «por ahora vales», y a veces ni eso.

Soy un «tal vez», un «estás a prueba», nunca soy la que vale a pesar de todo, pase lo que pase.

Por eso sentía tanta afinidad con ella.

—Perdona, no sé por qué te estoy contando esto, tú desde luego no…

Le acuné la cara con la mano.

—A mí me pasa lo mismo.

—Imposible, no…

— Oliver —admití con una naturalidad desconcertante— era el hermano mayor más increíble que puedas imaginar.

Era atento, dulce, considerado. Nunca perdía la paciencia.

Cuando yo era pequeño, él siempre se inventaba juegos nuevos para entretenerme, me defendía de los gritos de mi padre, me distraía cuando nuestros padres discutían tanto que yo acababa llorando.

Me protegía. Y lo quería con toda mi alma.

—Lo echas de menos.

—Un montón. Y lo detesto en la misma medida.

Escondí el rostro en el hueco de su cuello, pero Ivy me lo alzó con las manos.

—¿Por qué?

—Era impecable en todo lo que hacía. Destacaba en los estudios y en el deporte, en la universidad lo admiraban y lo respetaban.

Había estudiado durante años y se había preparado para heredar el papel de mi padre en el Montfort Group y estaba entusiasmado ante la idea de continuar con las tradiciones familiares.

Después de graduarse, se incorporó a la empresa, y también al Consejo de Administración de la universidad, como si hubiera nacido para ello. Era el heredero perfecto.

Ivy me observó.

—Tú también lo serías.

—No, en absoluto. Cuando lo intento, siento el peso de su fantasma aplastándome sin piedad. Comparo cada gesto con los suyos y siempre pienso que no soy más que una copia descolorida.

—¡No es verdad, Caleb ! —exclamó en protesta—. ¡Tú eres perfecto, no tienes ningún problema! Eres una persona con talento, brillante, y sí, también eres arrogante y altivo, pero en general… eres increíble. ¡La primera vez que te vi pensé que ni siquiera parecías humano! ¿Qué se te puede reprochar?

Una pequeña llama prendió en mi pecho.

—¿De verdad me ves así?

Asintió y se ruborizó sin piedad.

Joder. Le sujeté la cara y posé los labios sobre los suyos. Elegí un ritmo lento, doloroso, que deshacía mi tristeza y su vergüenza para recomponerlas en una nueva forma más aceptable.

Me encantaba sentir el peso de su cuerpo sobre el mío. La hacía real. Mía. Ivy se alzó un poco y acarició mi erección a través de la tela de los pantalones. Al reconocerla, mi polla se puso firme, obediente. Una pulsación me recorrió, un calor delicioso que se extendía por el bajo vientre.

— Ivy … —Me aclaré la voz—. Si nos pillan…

—Sí, lo sé. Lo sé, tienes razón. —Me dio un beso en los labios, su pelvis rozaba la mía—.

Tienes toda la razón. —Otro beso con sabor a libertad y droga.

Estaba completamente excitado contra ella.

Solo nos separaban un par de capas de tela, y quería eliminarlas todas para enterrarme dentro de ella—. Es que contigo nunca puedo limitarme a…

A la mierda todo.

Extendí la toalla para taparnos y la levanté por la cintura lo justo para bajarme la goma de los bóxers y del pantalón deportivo.

Cuando se recolocó sobre mí, su ropa interior rozó mi longitud, su suavidad y su calor me hicieron perder la cabeza.

Estábamos lejos del resto de chicos, que bailaban como un único organismo vivo, un monstruo hecho de gente, brazos, gritos, música y diversión despreocupada.

Nosotros estábamos en un rincón que era solo nuestro.

«Hay ojos en todas partes», escuché la voz de mi padre recriminándome. «No puedes bajar la guardia, ni siquiera cuando crees estar a salvo».

La brisa marina levantó el pelo de Ivy al aire y trajo hasta nosotros el aroma dulce de los marshmallows, el humo y el océano, mientras con los dedos apartaba la tela que sobraba. Los ojos de Ivy brillaban, un leve rubor se esparcía por sus mejillas.

Era un punto de no retorno. Lo sentía.

Desde aquí ya no habría vuelta atrás.

—Tengo los preservativos en el bolso. Dame un segundo y…

—Sin. —La sujeté por la pelvis justo cuando iba a levantarse e hice que volviera a bajar—. Abre las piernas.

— Caleb , no…

—Nada de anillos tampoco esta vez, Abbott , te lo prometo. —Le agarré la nuca con la mano y fui en busca de su boca—. Pero necesito tenerte sin nada que nos separe.

—¿Por qué?

—Porque sabes a libertad. —Le rocé los labios—. Porque eres libertad.

Deslicé la punta en su interior y luego la penetré del todo con una naturalidad absoluta. Ivy estaba mojada, caliente, me acogió con un gemido larguísimo que ahogó contra mi boca.

En cuanto estuve dentro de ella, el aire abandonó mis pulmones. La llenaba a la perfección y, aun así, era yo quien en aquel momento se sentía lleno con ella. Cada vez que la tenía así, dejaba de ser yo mismo. Me aniquilaba.

Toda la fiesta se desvaneció. La música, la playa, la gente.

Ya no había nadie. Solo nosotros, yo hundido en ella, ella besándome como si estuviéramos a punto de despedirnos para siempre.

Nosotros, que parecíamos chocar sin darnos tregua, como si el universo sufriera cada vez que estábamos separados.

— Caleb … —Pronunció mi nombre en el hueco de mi cuello, girando la pelvis y mandándome un chute de endorfinas directamente al cerebro.

Clavé las yemas de los dedos en la carne suave de su trasero y empecé a moverla adelante y atrás. Ivy gimió de placer, yo palpité dentro de ella. La fricción de nuestros cuerpos hizo que cada célula de mi cuerpo hormigueara. Solo la sentía a ella, a ella en todas partes.

Incliné la cabeza, vencido ante la idea de lo unidos que estábamos, preguntándome cómo conseguiría olvidarlo.

—No creo que pueda más —gimió—. Es demasiado.

—No tienes que contenerte. —Hundí despacio los dientes en la parte delicada de su cuello—. Quiero sentir cómo te corres.

Nuestras pelvis se perseguían mientras se rozaban y se provocaban; la sujeté por las caderas y la mantuve sobre mi erección, al tiempo que le regalaba algunas embestidas paradisíacas.

Estaba cediendo. Ya no ofrecía resistencia.

Su orgasmo llegó enseguida, la dominó e hizo que se desplomara sobre mi pecho.

No me detuve ni reduje el ritmo: seguí penetrándola, prolongándolo todo lo posible, haciendo que se retorciera entre mis brazos.

Cuando también fue demasiado para mí, la aparté y me dejé invadir por el placer, con mi semen derramándose sobre mis abdominales contraídos.

Estaba sin aliento, sin palabras. Vacío.

El único pensamiento que se formulaba en mi cabeza era «más». Más, más, más. Estar con ella era una droga, jamás me libraría de la necesidad de tenerla. Ni siquiera sabía cómo hacerlo, y tampoco me interesaba considerar esa opción.

—¿ Caleb ?

—¿Sí?

—¿Alguna vez te has preguntado qué habría pasado después de bajar de aquel avión, si yo no fuera yo y tú no fueras… tú?

Apoyé la barbilla en su frente. Nuestros cuerpos sabían a océano y a sexo, nuestros fluidos se habían mezclado, teníamos la piel ansiosa por reescribir nuestros límites en una forma en la que no existiera ninguna distancia.

—Siempre —murmuré.

La música y la noche se cerraron a nuestro alrededor mientras caía en la cuenta de la paradoja que éramos: un heredero roto y la única chica que no podía elegir.