Némesis (Monfort College 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

Ivy Rose

La música estallaba desde el equipo de sonido y llenaba el Prius con la voz enérgica y sensual de Katy Perry. Viajábamos con las ventanillas bajadas y el aire templado del atardecer se divertía despeinándome, los mechones no dejaban de revolotearme delante de la cara.

Apoyé la nuca en el asiento y giré la cabeza hacia el chico que iba al volante.

Caleb de Montfort estaba conduciendo mi coche de alquiler.

Devoré esa estampa de él con una satisfacción que no me explicaba. Brazos tensos pero no demasiado, dedos alrededor del volante, una expresión despreocupada que le iluminaba el rostro. Caleb era la viva imagen de la alegría.

Cuando era autoritario e inaccesible resultaba atractivo, pero cuando se quitaba la armadura y se dejaba llevar estaba a otro nivel.

Normalmente ocurría durante el sexo o en su estudio.

Al parecer, conducir también lo sumía en un estado de gracia.

Aquella imagen era única. No volvería a verlo tan relajado, tan feliz.

Tan él mismo.

—¿Alguien sabe que has venido a Orlando? —le pregunté.

— Lukas .

—¿Y tu padre?

Hizo un mohín.

—Por favor, no. No quiero correr el riesgo de que envíe a un equipo de rescate a buscarme.

—¿De verdad te dijo que no podías conducir?

—Perder a Oliver le marcó más de lo que reconoce. Desde entonces, se ha vuelto extremadamente protector, rozando casi lo patológico.

—Lo siento.

Se encogió de hombros, como si quisiera decir que no tenía ninguna importancia, pero en el fondo sabía que le importaba mucho. Eché un vistazo a la lista de reproducción en el móvil y elegí otra canción, para dejar pasar el tema. En menos de dos minutos, aparcó el Prius en la playa.

La explanada estaba llena de coches, gente que llevaba cajas de cerveza bajo los brazos, música flotando en el aire y ese olor familiar a viento y sal.

Caleb apagó el motor y salió del coche. Lo imité y metí las manos en las mangas de la sudadera abierta que llevaba sobre el top. Me puse a su lado y dejamos atrás el murete que delimitaba la playa. En ese momento vimos las hogueras que empezaban a crepitar a lo largo de la línea de la costa.

El cielo se había teñido de un naranja rojizo que se estaba oscureciendo. Grupos de estudiantes se habían reunido en la arena y, desde los altavoces inalámbricos, algunas versiones de canciones de los dos mil cubrían el sonido de las olas al romper en la orilla.

Tomé a Caleb de la mano y lo llevé hasta los amigos de Gwen , sentados en círculo alrededor de una hoguera.

Gwen nos hizo sitio, nos pasó un par de brochetas de marshmallows y yo le tendí una a Caleb antes de morder la mía.

El sabor dulce de azúcar tostado y vainilla se me deshizo en la punta de la lengua.

Me giré e intercambié una mirada cómplice con Caleb antes de sentir que me tiraban del brazo.

—¿Puedo robártela para ir a bailar?

Caleb asintió a mi mejor amiga.

—Claro.

Gwen tiró de mí para levantarme, me quité los zapatos y me sacudí la arena de la falda.

— Caleb , ¿vienes?

—Será mejor que no llame mucho la atención, así que me quedo aquí con los marshmallows por los que el entrenador Jones me hará pagar con creces cuando volvamos. Tú ve a divertirte, Abbott .

Asentí. La arena me cosquilleó en las plantas de los pies mientras me acercaba a un grupito que bailaba junto al fuego.

—¿El heredero te llama con el apellido de tu madre?

—Lo hace cuando estamos en público en Montfort . Ya me estoy acostumbrando.

Gwen me cogió de la mano y estuvimos bailando un rato bajo las estrellas. Mi mejor amiga saltaba, yo me movía al ritmo de la música, el aire templado nos acariciaba y las notas graves de la música vibraban en nuestra piel.

—¡ Ivy ! — Gwen me tiró del brazo—. Mira.

Busqué lo que había captado su atención.

Caleb estaba sentado donde lo había dejado, en el atardecer que ya se había vuelto noche. Los colores del fuego se reflejaban en sus ojos, en su rostro perfecto, en ese pelo indisciplinado que lo hacía increíble. Solo que ahora ya no estaba solo.

Un par de chicas en pantalones cortos y bikini habían tomado asiento en los sitios que Gwen y yo habíamos dejado libres, y se movían a su alrededor de una forma que gritaba a los cuatro vientos «trío en tres, dos, uno».

—¿También lo acosan en Montfort ? —rio mi amiga.

No, en Montfort era peor: ¡al menos esas dos «miss Florida edición playera» no querían casarse con él!

—Es un chico que llama la atención —contesté a mi pesar.

—Oh, sí, no veas.

—¡Eh, G! —Una compañera de Enfermería se abalanzó sobre el cuello de Gwen —. ¿Vienes un momento?

— Ivy , ¿te sabe mal?

—No, sin problema —le dije.

Cerré los ojos y seguí bailando, intentando deshacerme del nudo que me retorcía el estómago junto con la absurda idea de volver con Caleb y sentarme en su regazo para marcar mi territorio.

Unos segundos después, sentí una mano en la cintura y me giré, radiante.

—Has cambiado de idea… oh. —Di un paso atrás y estuve a punto de tropezar con mis propios pies y caerme sobre los chicos que estaban detrás de mí—. ¿ Joshua ?

—Hola, pequeña. Me ha parecido ver a tu amiga en medio de este caos, y allí donde está ella estás tú.

Y, en efecto, ¡aquí estás! —Cogió una cerveza fría de uno de los cubos que había en la arena.

Las gotas de la condensación resbalaron por el cuello de vidrio hasta sus dedos.

Bebió un trago y luego me ofreció la botella—. ¿Quieres un poco?

—Sí, gracias —respondí—, así puedo echártela en la cabeza.

Mi ex se metió la mano libre en el bolsillo de los vaqueros.

—Joder, había olvidado que te ofendes con mucha facilidad…

—¡¿Que me ofendo?!

—Te ofendes, pero eres increíble. No sé si te has enterado, pero gracias a mi idea he pasado a la fase final del Rosenberg .

—¡Mi idea! —lo corregí, gritando.

Alzó una comisura de la boca.

—Eso es lo que he dicho, pequeña.

Intenté apartarlo a un lado para no volver a verlo jamás, pero se me plantó delante e impidió que pudiera irme.

—Pequeña, ¿sigues enfadada por lo que pasó en agosto?

—No, qué va. Solo hiciste que me expulsaran de la universidad. ¿Por qué tendría que estar furiosa contigo? ¡No tengo motivos!

—Yo no hice nada, Ivy . Fuiste tú la que se comportó de forma superficial y descuidada.

Abrí los ojos, no me creía lo que acababa de oír.

—Bueno, pero ¿qué esperabas? Éramos rivales, ¡y estamos hablando del puto Rosenberg ! Nos estudiamos mutuamente, tú bajaste la guardia de forma estúpida y yo te tomé la delantera. Creía que era evidente que no estábamos en el mismo bando, ¿no?

Y pensar que había ido detrás de él durante meses. Cuánto tiempo perdido con otro imbécil. Di una patada a la arena, porque la alternativa era dársela en los huevos, y ya había golpeado dos testículos de más en este curso académico.

—Que te den, Joshua .

—Si es una oferta, podemos irnos juntos…

Al diablo con los remordimientos: la próxima patada se la daría en los huevos. Teniendo en cuenta las circunstancias, cualquier juez me concedería una reducción de la pena.

—Oye, pequeña, ¡hace siglos que no nos vemos! Enterremos el hacha de guerra y ven a sentarte conmigo y mis amigos y nos cuentas cómo te van las cosas. Ahora que ya no competimos el uno con el otro, podemos volver a divertirnos…

La gente se lo pasaba bien, estaba apretujada entre codos, espaldas bailando y el olor a madera quemada mezclado con ráfagas de sudor.

Desde el primer día que llegué al campus de Montfort había querido volver a Orlando… y ahora que estaba aquí, me sentía estúpida.

Cuando estudiaba en la UCF, había anhelado su atención durante meses, había necesitado desesperadamente su aprobación, a la que había dado una importancia desmedida. Era el estudiante con más talento artístico que había conocido… y resultaba que lo era porque robaba el trabajo de los demás.

—¿Qué me dices? Si mis amigos te caen mal, los dejo y nos vamos a alguna otra parte los dos solos.

—¡No pienso ir a ninguna parte contigo!

—¿Por qué no?

—¡Porque aprendo de mis errores, Joshua , por eso mismo!

Una mueca, como si pensara «ya, claro», se quedó congelada a medias en su cara. En un gesto instintivo, enderecé la espalda. Una sombra había aparecido a mi lado y, a continuación, un brazo se posó sobre mis hombros.

Caleb estaba junto a mí. Entre los demás estudiantes, irradiaba un aura de realeza e intocabilidad que dejó mudo a mi ex. Joshua no le quitaba los ojos de encima, pero Caleb ni siquiera le prestó un atisbo de atención. Se inclinó hacia mi cara, clavó los ojos en los míos con intensidad.

—¿Bailamos?

Sorprendida, tartamudeé:

— Caleb , ¿qué haces aquí en medio de…? Si te reconocen…

—No importa. —Deslizó las manos hasta mi cintura, el calor que emanaba se me quedó grabado en la piel e incluso adentro. Tenía un nudo en la garganta que no quería desaparecer.

Era la primera vez que me tocaba de esa forma en público.

—Eh, tío, ella y yo estábamos hablando. ¿Cómo te atreves a ponerle las manos encima? — Joshua le dio un empujón en el hombro para apartarlo, pero Caleb absorbió el impacto sin moverse ni un solo milímetro.

Alzó una ceja y tensó los labios.

—Esfúmate.

Joshua lo empujó con más fuerza. Sus movimientos eran lentos y descoordinados, debía de haber bebido. Caleb interceptó su brazo, le agarró la muñeca y se la dobló, de modo que se vio obligado a retroceder hasta que se arrodilló en la arena.

—¡Ay! —Mi ex se retorció bajo su llave—. ¡Esta es la mano que uso para dibujar, joder!

—Entonces, si yo estuviera en tu lugar, dejaría de hacer el ridículo, a menos que tu máxima aspiración sea crear dibujos para niños que van a la guardería.

Le soltó el brazo sin inmutarse y Joshua estuvo a punto de caerse hacia atrás, incapaz de entender lo que estaba pasando.

—¿Quién coño es este?

Le sonreí.

—El que va a superar mi idea. A menos que lo haga yo misma, pequeño.

Cogí a Caleb de la mano y, por fin, dejé atrás el pasado.