Capítulo 31 #2
—Qué remedio. Cuesta menos que coger taxis y lo vamos a usar un montón estos días. —Por el espejo, vi que fruncía el ceño—. ¿Dónde está el problema? ¿Estás en contra de los coches de alquiler?
—No —me apresuré a decir.
—¿No te fías de que conduzca yo?
—Qué va, no es eso, seguro que lo haces mejor que yo.
Por fin Ivy se dio la vuelta. Su mirada apagada me golpeó, pero fue su boca curvada hacia abajo lo que terminó de hundirme.
— Joshua siempre decía que yo era un peligro público y que era mejor si…
Cogería a ese tal Joshua y haría que se tragara esas palabras una a una.
—En cualquier caso —continuó—, si te quedas más tranquilo, podemos añadir tu carnet al contrato.
—Conduce tú, no hay problema.
—En serio, Caleb . Lo entiendo si no te fías.
—Para ya, hostia. Eres mejor que yo y no lo digo por quedar bien. Tengo el carnet, pero casi no he conducido.
—¿Prefieres los chóferes?
—No, es por mis ojos…
—¿Tus ojos? ¿Qué les pasa?
Apreté los labios uno contra el otro, luego contra los dientes, hasta que sentí un leve dolor.
—Mi padre dice que no es seguro que conduzca en mis condiciones.
—¡Pero si dibujas sin problema hasta los detalles más pequeños y en clase ves mejor que yo!
Reprimí el impulso de tomarle la cara entre las manos y besarla hasta que no pudiera olvidarlo.
—Él cree que puedo ponerme en peligro. Y, si le sumas el hecho de que Oliver murió conduciendo su medio de transporte favorito…, no es fácil defender la causa. Según dice, no quiere perder a otro hijo por no haber sido lo bastante precavido.
—Oh. No lo había pensado.
Me mantuve impasible.
—Ya.
Ivy cogió la llave electrónica de repuesto que su amiga le había prestado para moverse libremente y se colgó el bolso al hombro.
Gracias a las vacaciones, el edificio de la residencia estaba desierto. Bajamos tranquilamente hasta el vestíbulo e Ivy empujó la barra de la puerta de emergencia para que saliéramos al exterior.
Sol. Hacía mucho sol en Orlando, y también calor.
El ambiente no era pálido como en invierno en Vermont .
La luz iluminaba el barrio universitario, un área animada con calles amplias y cuidadas donde había facultades y edificios de todo tipo.
El paisaje era bastante anodino, sin valor arquitectónico, pero se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El campus parecía no tener fin.
—Este campus es enorme.
Ivy rio.
—Sí, lo es.
—¿Cómo has conseguido acostumbrarte a los espacios reducidos de Montfort ?
—No me he acostumbrado. ¿Tú no has estado nunca en otras universidades?
—Solo en las que han acogido el campeonato de esgrima —dije—. Es la competición en la que participamos.
—Todas serán de la Ivy League , supongo.
—Sí, es un campeonato exclusivo de universidades de élite.
—No sé por qué lo habré preguntado. —Puso los ojos en blanco—. Montfort es mucho más bonito que esto, en cualquier caso.
Una chispa de calor se me expandió por el pecho. Era la primera vez que la oía hacer un cumplido de verdad a la universidad que pertenecía a mi familia y que, a mi pesar, me habían enseñado a llamar hogar.
Giramos por una de las calles principales que llevaban hacia el centro, más ancha y flanqueada por distintos edificios residenciales.
—Ese de ahí es mi antiguo apartamento. — Ivy señaló un edificio como cualquier otro, con un triste pórtico de columnas en la entrada—. La última vez que estuve ahí, salí llorando.
«Y recogiste tus cosas a toda prisa, te marchaste sin saber qué te esperaba y yo te arrollé en el aeropuerto. Y luego acabaste en mi universidad, conmigo».
Movido por el instinto, le cogí la mano y ella me miró, interrogativa.
—Para disimular.
—Ah, sí, claro —murmuró—. La empresa de alquiler de coches está ahí detrás.
Cruzamos la calle y llegamos al cine universitario. Una vez que localizamos la oficina, no muy lejos, empujé la puerta y la mantuve abierta para que entrara.
En el mostrador, Ivy entregó a la empleada el carnet de conducir y el número de reserva. Antes de que se volviera a guardar el documento en la cartera, leí su apellido: Williams . No me había equivocado, en su documentación solo figuraba Williams , sin rastro de Abbott .
Por supuesto, tener doble apellido en Montfort era una formalidad para garantizarle un vínculo con la familia, un paraguas que la protegiera… o que la pusiera todavía más en peligro, según el punto de vista.
Ivy insistió en añadir también mi carnet al contrato y, al final, esperamos hasta que el alquiler se registró en el sistema, en un silencio roto únicamente por la música de la radio ambiental.
Unos minutos más tarde, salimos al aparcamiento en busca de nuestro coche, un Prius algo antiguo, pero listo para usarse.
—¡Eh, Caleb ! —me llamó Ivy .
Me giré distraído.
—¿Sí?
Las llaves del coche estaban dando vueltas en el aire. Por suerte, mis reflejos estaban entrenados y las atrapé al vuelo antes de que me sacaran un ojo.
Ivy abrió la puerta del copiloto.
—¡Muévete! —gritó, y se metió en el interior del vehículo.
Me quité la ridícula gorra que me había hecho ponerme al revés y me arreglé el pelo con la mano. Quería que condujera. Confiaba lo bastante en mí como para dejarme hacerlo. Aunque sabía que hacía siglos que no conducía. Ni siquiera mi padre confiaba en mí, y ella…
Ivy asomó la cabeza por la ventanilla.
—¿No te apetece conducir?
—Vas a volverme loco de verdad.
—Volverte loco es mi misión en la vida, De Montfort . ¿Ahora me llevas a la playa o no?
Apreté los dedos alrededor del llavero con el logo de la empresa de alquiler de coches y me recordé a mí mismo lo que ella debería ser para mí. Un obstáculo. Un problema. Odiada por mi familia.
Yo, odiado por la suya.
Rival, némesis.
«Una maravilla».
—Vale, te llevo a la playa.