Némesis (Monfort College 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Caleb

Ivy tenía razón: las residencias de la universidad pública de Orlando eran una mierda.

Habitaciones pequeñas, mobiliario viejo, fotos sin marco pegadas a las paredes con cinta adhesiva.

Pero el cuartito de la compañera de la mejor amiga de Ivy olía a detergente de lavanda, lo que significaba que, al menos, lo limpiaban con regularidad.

Fui hasta la ventana y corrí la cortina fina hacia un lado para observar el paisaje exterior hecho de bloques cuadrados y prados geométricos. Ivy había dejado su maleta llena de pegatinas en un rincón, todavía cerrada, y ahora estaba en la ducha.

—Eeeh, ¿todo bien? —La voz aguda de la mejor amiga de Ivy hizo que me girara.

Gwen estaba en el umbral de la habitación. La chica que había insultado por teléfono a Lukas tenía el pelo rizado, la cara salpicada de pecas y me estudiaba como si fuera una cobaya de laboratorio que no respondía adecuadamente a los estímulos ambientales.

—Todo bien, gracias. Me he permitido colocar mi ropa en el espacio libre del armario.

—Te has permitido… claro. Sí. Sí, puedes permitírtelo.

La observé con curiosidad.

—¿He dicho algo inapropiado?

—¡No! Qué va, para nada. Es que, ya sabes, nosotras estamos acostumbradas a… —Observó mi camisa, bajó por los pantalones elegantes, volvió a mi cara y se calló lo que iba a decir—. Da igual.

—Dime —la animé—, por favor.

—¡Oh, joder, no puedes existir de verdad! —Abrió los brazos y caminó hacia mí—. ¿De verdad hablas así en tu vida diaria?

—Cuando dices «así», ¿te refieres a… con educación?

—¡Sí! ¿Sabes a qué estamos acostumbradas aquí?

—No, ¿a qué? —pregunté, sinceramente interesado en averiguar a dónde quería ir a parar.

—Solo para darte la visión local de las cosas: aquí nadie nos lava las sábanas ni la ropa, y ningún compañero masculino que he tenido la desgracia de acoger alguna noche ha dicho nunca que «se permite».

Una vez me acosté con uno que, por la mañana, me dejó sus asquerosos calzoncillos sucios sobre el ordenador y se paseó con la polla al aire mientras me robaba el desayuno.

¡Mi compañera lo pilló masturbándose en el salón con un trozo de tortita que le colgaba de la boca!

—¿Tu compañera era Ivy ?

—No, ella vivía en otro edificio, se libró del espectáculo de Míster Polla al Aire. Pero también ha tenido su dosis de citas horribles con gente de mierda.

—Y esto es una amenaza velada para que no entre en esa categoría. —Me acaricié el labio inferior con los dedos—. Corrígeme si me equivoco, Gwen .

—¡He terminado!

Ivy asomó ajetreada por la puerta, envuelta en la toalla que le había prestado su compañera. Tenía la cara en llamas, así que lo había oído todo.

—La ducha está libre. ¡Toda tuya!

—Ven, Caleb , te enseño cómo funciona el calentador.

Gwen pasó junto a Ivy y yo hice lo mismo.

Cuando nos cruzamos bajo el marco, vi que algunas gotas se deslizaban por su cara, por las clavículas, y reprimí el instinto de inclinarme para secárselas, estamparla contra la pared y adueñarme de sus labios.

El baño estaba en la zona común del apartamento. Pequeño, con un inodoro que había visto tiempos mejores y una ducha con una mampara opaca y gastada.

—Mi compañera y yo somos unas fanáticas de los espráis con lejía: los coleccionamos como si fueran Pokémon, así que está todo limpio.

—Señaló un mueble que había junto a la ducha—.

Aquí encontrarás las toallas; el champú está en la repisa, a menos que hayas traído el tuyo.

Normalmente, el agua caliente tarda un poco en salir, pero Ivy acaba de usarla, así que ya debería estar circulando por las tuberías. Si necesitas algo, llámanos.

—Creo que puedo ducharme sin problemas.

—¿Estás seguro? Porque, oye, si nos llamas mientras estás ahí debajo, todo mojado y acalorado, yo te mando a Ivy . Tú decides, por supuesto… —Me guiñó un ojo antes de cerrar la puerta, dejándome solo.

Me desnudé con calma, primero me quité la camisa y luego los pantalones. Abrí el grifo. Estaba cogiendo la toalla del armario cuando oí las voces de las chicas a través del ruido del chorro del agua que golpeaba el plato de ducha.

Di dos pasos para acercarme a la puerta del baño.

—¡Has traído contigo al heredero de los De Montfort ! ¡Dios mío!

—Sí, perdona, Gwen , ha sido improvisado, pero él no quería quedarse en un hotel para evitar que lo reconocieran. Aquí nadie lo buscará.

—Lo entiendo, está claro. Pero ¿sabes lo que no entiendo?

—No, ¿qué?

—¿Qué ha sido de «¿Quién, él? ¡Nooo, ni siquiera me gusta! ¡No es más que otro niño rico del que me mantendré alejada!»?

Ivy se echó a reír.

—Culpable.

—¡En foto ya estaba buenísimo, pero en persona es todavía más absurdamente guapo! ¿Folla bien? —Era un torrente.

—¡ Gwen ! ¡Shhh, que nos va a oír!

—Eso es un «folla divinamente».

En el silencio que siguió, apoyé las manos y la oreja en la puerta; deseaba oír su respuesta. Quería que le gustara tanto como me gustaba a mí. Necesitaba oírselo decir en voz alta.

—Sí —dijo—, divinamente.

«Oh, joder».

—Pero es solo eso, Gwen . Algo físico.

No vi venir el puñetazo en el estómago. Recordé la última vez que habíamos dibujado juntos, después de que Crawford nos comunicara que nos habíamos convertido en rivales oficialmente.

Nos habíamos enfrentado, habíamos discutido y creado, y no como dos entidades separadas. Habíamos sido un solo corazón y una sola mente que a veces se contradecían, pero que latían y pensaban al unísono.

—Para que lo sepas —seguía Gwen —, Joshua sigue escribiéndome para saber qué ha sido de ti. ¿Has recibido sus llamadas?

¿ Joshua , el imbécil de su ex?

—No. Lo bloqueé cuando descubrí que me había robado la idea y no he vuelto a hablar con él desde que me fui.

—Esta noche hay una reunión en Cocoa Beach para los estudiantes que pasarán Acción de Gracias en Orlando.

—¿La que me dijiste por teléfono?

—Sí. Él también irá, estarán todos. Pero te propuse que fuéramos antes de saber que viajas con el heredero de una de las familias más ricas de América.

—¿Y?

—¿Crees que alguien de su categoría vendría a bailar a la playa con la plebe?

—No lo sé —vaciló Ivy —, estamos improvisando. No espero que quiera venir a todas partes conmigo. Además, el jueves tengo que ir a ver a mi padre.

—Sería tan divertido si se lo presentaras —se burló su amiga.

—Oh, sí, ¿te imaginas? «Hola, papá, llevamos meses sin hablar y mira a quién he traído a comer con tu nueva y feliz familia: ¡al hijo del primer amor de mamá!

Ya sabes, ella y su padre follaban exactamente igual que nosotros ahora: ¡de forma inconsciente y con el riesgo constante de destruirse mutuamente! ».

Tenía que dejar de espiar.

Tenía que hacerlo, pero no podía.

—¡Sí! ¡Exacto! Drama asegurado.

—¡Me odiará!

—Oye, solo digo que tal vez tu padre sepa algo… algo que hasta ahora no ha considerado importante contarte, sobre las circunstancias de la huida de tu madre.

—Yo también lo sospecho. Es más, quiero averiguar si mi madre le habló alguna vez de Montfort , de la enemistad entre las familias, en fin, de algo.

—¡Bien! Y, en mi opinión, él… —Hizo una pausa, y supuse que estaba señalando la puerta contra la que estaba apoyado—… podría serte útil para hacerlo hablar.

— Gwen , es una pésima idea…

—Entonces llévame a mí. Me quedaré en un rincón, sin molestar a nadie, con un buen cubo de palomitas entre los brazos, pero ¡quiero verlo! ¿Puedo?

—¡Claro que no, traidora!

—¿Traidora? ¡Os estoy escondiendo de los paparazzi!

Mira, podría entrar ahora mismo en el baño, hacerle una foto desnudo y luego venderla a alguna revista online de cotilleos, y el cheque que me darían a cambio me solucionaría la vida, pero no lo voy a hacer.

Toma esa cifra obscenamente alta y tendrás la respuesta a la pregunta: «¿Cuánto me quiere mi mejor amiga? ».

Se mezcló el sonido de pasos y risas, y entendí un «sé que me quieres» antes de separarme de la puerta y dejar de escuchar.

Me metí bajo el agua hirviendo. La ducha ya estaba llena de vapor y, tras mojarme el pelo, bajé el chorro y asomé la cabeza fuera.

—¿ Gwen ? —grité—. ¡No encuentro las toallas!

El silencio en el apartamento se rompió con la risa de la chica que nos había acogido y que nos escondía.

— Ivy , cariño, ve tú a ayudar a tu amigo, ¿vale? —Habló fuerte para que la oyera—. Ahora que lo pienso, tengo que ir al supermercado del campus a comprar los marshmallows para llevar esta noche a la playa. ¡Estaré fuera al menos una hora!

Una sonrisa genuina se formó en mis labios.

Era agradable saber que tenía una aliada fuera de mi territorio, en un lugar del mundo lejos de mi zona de confort, más allá de los límites invisibles que me rodeaban.

—No creo que funcione, Ivy .

—Yo digo que sí.

—Yo digo que es una locura.

—¡Sí, pero es una de esas locuras que funcionan!

Estudié nuestros reflejos en el espejo de la entrada del apartamento. La temperatura era cálida incluso para ser Florida, y eso explicaba por qué Ivy llevaba una falda larga hasta los pies y un top a juego, con el pelo recogido en una coleta alta y desordenada que le rozaba los hombros.

—Parecemos recién salidos de un catálogo de Gap.

—Para. Estás guapísimo.

—Parezco un tiktoker promocionando ropa…

—¿No te gusta TikTok, Su Alteza?

Apoyé una mano en su cadera, justo donde la goma de la falda se encontraba con su piel desnuda.

—No me llames así.

—Si lo hago, ¿qué me harás? —me provocó—. No, espera, lo retiro todo. No tenemos tiempo, nos están esperando en la empresa de alquiler de coches.

—Pensaba que íbamos a la playa.

—Sí, claro que vamos. Pero iremos en el coche que voy a alquilar.

He llamado a la oficina que tienen en el campus para que me adelanten la entrega.

— Ivy se acercó al espejo y se arregló la coleta—.

Gwen ya se ha ido con sus amigos de clase y no había sitio para dos más en su coche.

Además, lo necesitaré para ir a ver a mi padre el jueves. No vive en Orlando.

—¿Dónde vive?

—En Lakeland. Está a una hora de viaje, más o menos.

Parpadeé.

—¿Entonces alquilamos un coche?