Capítulo 30 #3
Cuando regresé, Caleb ya se había puesto mi sudadera de la UCF. Tal como imaginaba: a mí me quedaba enorme, a él le quedaba como un guante.
—Ahora vas de incógnito —dije, y le puse la gorra en la cabeza.
—Parezco un refugiado…
—¡Sí! Esa es la cuestión: no parecer… tú.
—Y eso desde luego no es un cumplido —refunfuñó a modo de protesta—. ¿Y tu otra sudadera?
Me retiré la mochila de un lado para cargarla sobre un solo hombro, saqué la sudadera, le tendí la mochila a Caleb y me la metí por la cabeza. Cuando estiré el brazo para que me la devolviera, lo sorprendí mirándome fijamente.
—¿Qué pasa?
Se detuvo en el logo del Montfort College que destacaba como un traidor en mi pecho.
—Me gusta cuando llevas mi apellido encima.
—Era la única que tenía. —Me puse roja como un tomate—. ¿Sabes qué te haría todavía menos reconocible?
—No, ¿qué?
—Esto. —Le agarré la muñeca por sorpresa y, con decisión, entrelacé mis dedos con los suyos.
Caleb contempló nuestras manos unidas como si fueran una marca hecha con un rotulador permanente sobre un lienzo justo antes de entregarlo.
—Ahora eres un chico de la UCF que ha vuelto a Nueva York por Acción de Gracias con su novia. —Me obligué a sonreír—. Su novia falsa, pero los demás no tienen por qué saberlo, ¿no?
— Ivy …
—Ya verás que así nadie se fijará en ti. Te acompaño a la terminal de salidas internacionales por la ruta normal, en lugar de pasar por los pasillos vip —propuse—. Si te apetece, claro.
—Sí, me… me apetece —suspiró, como si acabara de hacerle un regalo enorme, y apretó los dedos entre los míos.
Cogidos de la mano, salimos al pasillo y nos mezclamos con el flujo de viajeros que se movían entre mochilas y maletas.
Sabía que me apretaba la mano por si teníamos que salir corriendo en caso de que el fotógrafo de incógnito nos reconociera.
Pero el tipo nos ignoró por completo y, unos metros más adelante, Caleb relajó el ritmo y aflojó la presión de sus dedos entre los míos, aunque no me soltó mientras nos fundíamos entre la multitud de gente que se desplazaba por trabajo o para reunirse con su familia para las fiestas, como dos chicos cualesquiera.
—¿Tu próximo vuelo es con la misma compañía aérea?
—Sí, ¿por qué?
—Curiosidad.
Llegamos a la larga fila de mostradores de las aerolíneas que ocupaban el vestíbulo. Tiró suavemente de mi brazo y me llevó hasta el de la compañía con la que habíamos volado hasta Nueva York.
—Buenos días —dijo a la empleada—. Tengo un problema con mi billete de avión.
—¿De qué problema se trata, señor?
—Va a la ciudad equivocada. —Separó nuestras manos y sacó su billete antes de entregárselo—. Quisiera cambiarlo.
¿Qué? ¿Cómo?
—Por supuesto. ¿A dónde desea viajar?
—A Orlando, en Florida. En el próximo vuelo a Orlando, para ser exactos. Primera clase.
Abrí la boca.
—¿ Caleb ?
—Lo compruebo ahora mismo, señor. —La mujer tecleó con rapidez en su ordenador—. Le confirmo que tenemos disponibilidad en primera clase.
—Perfecto. Solo le pido un segundo de paciencia. —Con un codo apoyado en el mostrador y con mi sudadera de la UCF puesta, Caleb se volvió hacia mí—. Dime que antes bromeabas de verdad y no compro el billete a Orlando y me voy a París.
Había metido mi cerebro por error en la batidora y ahora era incapaz de apagarla, porque no entendía nada. ¿De verdad quería desperdiciar unas vacaciones en la puñetera París, ¡París!, para venir a Orlando conmigo? ¿Se había vuelto loco?
— Ivy , ¿y bien?
¿Dónde dormiría en Orlando? ¿Se quedaría con Gwen ? Se lo tendría que decir a mi amiga, y luego alojarlo… ¿dónde? ¿En una residencia pública, que de vez en cuando tenía plagas de cucarachas?
—Vale, lo pillo —concluyó, asomándose por el mostrador.
Una oleada de pánico me inundó el estómago y, en un abrir y cerrar de ojos, me di cuenta de que antes no bromeaba.
Se lo había dicho porque una pequeña parte de mí esperaba que respondiera con un «vale, mando mis planes a tomar viento y vengo contigo a Orlando».
Lo cual era absurdo por muchos motivos, pero quería que lo hiciera de verdad.
Solo que ya era demasiado tarde.
Caleb ya estaba entregando sus documentos de viaje.
—Un billete para mí y un upgrade a primera clase para ella.
Aturdida, observé a la empleada mientras pedía mis datos para «mejorar mis condiciones de viaje». Luego la impresora escupió dos billetes nuevos y Caleb deslizó su tarjeta de crédito por el mostrador. Era negra. De titanio. Dios mío, ¿era una American Express Centurion ?
—No… no pagues por mí.
—Ups, demasiado tarde.
La empleada hizo un par de llamadas para redirigir el equipaje de Caleb al vuelo correcto, él le dio las gracias y, cuando vio que yo seguía clavada en el mismo sitio, me agarró del brazo y me apartó del mostrador.
—¿Qué… qué has hecho?
Se encogió de hombros.
—Echaba de menos volar contigo.
—Pero… ¿y París? ¿El Louvre ?
—He estado un montón de veces. —Me tomó de la mano y nos dirigimos a la terminal de salidas nacionales, hacia la puerta de embarque—. Te había prometido que daría señales de vida por Acción de Gracias, ¿o me equivoco?