Némesis (Monfort College 1) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

—Puedo ir sola desde aquí, no hace falta que bajes.

Una sonrisa frágil se petrificó en sus labios.

—Claro, Ivy Rose , como prefieras. Que te lo pases bien con tu padre. Y, por favor, si puedes, no nos pintes como unos monstruos o seguirá llamándome día sí día no para pedirme que interceda y te devuelva a Florida.

«¿Cómo?».

—Nos vemos cuando vuelvas, cariño.

Me dio un abrazo y bajé del Bentley , aturdida y desconcertada. ¿De verdad mi padre la bombardeaba a llamadas para que me dejaran volver a Florida?

En el aparcamiento, rodeé el coche y el chófer me entregó la maleta.

—Buen viaje, señorita Abbott . Aquella es la puerta de acceso que conduce a la sala de espera; allí el personal de tierra le dará las indicaciones oportunas.

—Ah. Vale, gracias.

Respiré hondo y me dirigí a las escaleras mecánicas, contando los segundos que me separaban de la libertad. Aparecí dos plantas más arriba, en una sala privada donde algunos compañeros de la universidad se mezclaban con hombres de negocios que ojeaban sus tabletas con gesto aburrido.

Reconocí a los gemelos Seymour , en una esquina, viendo vídeos en sus respectivos teléfonos, y también a Isobel , que se soltaba el pelo para hacerse un selfi junto al ventanal. Ni rastro de Caleb .

Para ir a París tenía que hacer escala en Nueva York, como yo, pero tal vez tomaría otro vuelo y no nos veríamos hasta que los dos regresáramos.

No hablaríamos durante días.

Qué idiota era, llevaba semanas viéndolo a escondidas y ni siquiera le había pedido el número de teléfono.

Saludé aquí y allá a los pocos que no tenían la vista clavada en una pantalla y me dirigí a la salida, ignorando la indicación de que debía permanecer allí dentro.

Los demás eran herederos reconocibles, pero yo iba vestida como una persona normal, con unos pantalones cómodos y la sudadera de mi antigua universidad pública. Además, seguía siendo oficialmente pobre: nadie conocía mi existencia ni mi presunto patrimonio.

El adorable caos del pequeño aeropuerto me envolvió en cuanto crucé las puertas automáticas. Gente caminando sin mirar a nadie, aromas intensos que escapaban de las cocinas de los restaurantes, anuncios que chirriaban por los altavoces con voz metálica.

En ese momento recordé que tenía un móvil y saqué algunas fotos, solo porque podía, y escribí un mensaje simple a Gwen .

Yo: Dos aviones y llego.

Me perdí entre los escaparates de las tiendas y llegué a la puerta de embarque cuando más de la mitad de los pasajeros ya habían accedido al avión.

Mi padre me había comprado los billetes en clase turista, así que acabé sentada al fondo de todo, entre un hombre con traje de negocios y un fuerte acento texano y una mujer de mediana edad con la nariz pegada a su Kindle.

Cerré los ojos, me prohibí pensar en el último vuelo que había tomado —en el que había besado a Caleb por primera vez— y pasé una hora y media con los auriculares puestos, devorando el nuevo álbum de Olivia Rodrigo.

Al aterrizar, el aeropuerto JFK nos recibió con una ráfaga de lluvia otoñal.

Las corrientes de aire en los túneles de servicio que conectaban el avión con la estructura del aeropuerto eran húmedas y cortantes.

Me bajé las mangas de la sudadera todo lo que pude mientras caminaba hacia el vestíbulo de la terminal de llegadas.

Los pasajeros de varios vuelos que habían aterrizado a la vez se mezclaron, y yo acabé detrás de una familia numerosa y feliz, con tres niños que arrastraban sus pequeñas maletas hacia la zona de salidas.

—Hola.

Una sombra apareció a mi lado sin detenerse, adaptando el ritmo de sus pasos al mío, y estuve a punto de tener un infarto allí mismo, en pleno aeropuerto.

Giré la cabeza.

—¿ Caleb ?

—No te pares, sigue caminando. Si nos quedamos detrás de ellos, tal vez consiga pasar desapercibido y llegar al acceso reservado antes de que alguien me haga una foto.

Domé la agitación que revoloteaba en mi pecho.

—¿Otra vez con ese cuento de que te hacen fotos en los aeropuertos?

—Llámame reincidente. —Me ofreció media sonrisa, aunque sin dejar de mirar al frente—. ¿Qué tal la clase turista?

—¿Ibas en mi vuelo?

—Claro, pero, si tuviera que dejar mi opinión, escribiría que, respecto al último vuelo, ha sido claramente peor. Iba sentado al lado de dos gemelos escandalosos… unos compañeros de viaje pésimos, esta vez. Nada que ver con la anterior.

Estúpido corazón. Estúpido, estúpido corazón que se me aceleró sin control.

Seguimos nuestro recorrido y giramos hacia la zona central.

—¿Tienes muchas ganas de volver al clima cálido de Orlando?

—No te haces a la idea.

—Puede que sí me haga a la idea. ¿Tus planes para los próximos días?

—Nada de abrigos o chaquetas, hogueras en la playa, el océano, Gwen hablándome durante horas de lo guapo que es el chico nuevo que le gusta…

Caleb se metió las manos en los bolsillos.

—Suena maravilloso.

—Lo dices porque nunca has estado en una residencia de una universidad pública.

—Sí, es una experiencia que me falta.

—No te pierdes gran cosa, pero haré muchas fotos y las subiré a redes para que, si vuelves a acosarme, puedas vivirlo de lejos. A menos que quieras venir conmigo; en ese caso, te haré de guía turística local.

Caleb redujo la velocidad y se tensó.

—A ver, era una broma —balbuceé—. París le gana por goleada a la cerveza caliente y a las habitaciones cutres de una residencia, en cualquier escala de referencia. Era broma —insistí—, solo era una broma.

—Oh, joder.

No me dio tiempo a entender nada. Caleb me empujó con rapidez hacia un pequeño recoveco oculto entre la hilera de escaparates iluminados y brillantes que estábamos dejando atrás a paso veloz.

—¿Qué pasa? —pregunté, inquieta.

—Un fotógrafo ha pillado a los Seymour más adelante. —Se pegó a la pared del fondo para que no lo vieran—. A ellos no les molesta salir en las revistas. Dicen que eso hace aumentar su valor en el mercado cuando ligan.

—Ah.

Lo miré de la cabeza a los pies. No llevaba el uniforme de Montfort , pero le faltaba poco. Estaba asquerosamente atractivo con aquellos pantalones oscuros y la chaqueta a juego, la camisa y la corbata que gritaban: «¿Quieres verme sin ropa? Lo siento, no te lo puedes permitir».

—Claro que os pillan, vais por ahí con un cartel luminoso que dice: «¡Soy un heredero rico de una aristocracia decadente, sacadme fotos desde cualquier ángulo, siempre salgo bien!».

Bajó la vista para contemplar su atuendo.

—¿Qué tiene de malo mi ropa?

—Bueno, nada…

Torció el gesto.

—¿Medio cumplido, Abbott ? Ten cuidado, estás a punto de ser casi amable conmigo.

Puse los ojos en blanco. Y entonces tuve una idea. Me quité la sudadera de la UCF por la cabeza y se la tendí; yo me quedé en camiseta.

—Quítate la chaqueta y ponte esto.

Caleb la aceptó y la examinó entre las manos. Era lo bastante grande para quedarle bien.

—¿Y tú?

—Yo me pongo tu chaqueta… —Su mirada brilló de sorpresa—. Es broma. Tengo otra sudadera en la mochila, esta vez vengo preparada. Venga, date prisa o perderás tu próximo vuelo.

—No hay riesgo, mi conexión es dentro de casi dos horas.

Se quitó la chaqueta y la colgó del asa extensible de la maleta de mano.

—Tenemos que dejar de desnudarnos en los aeropuertos.

—¡Pero es tan divertido! —bromeé—. Espérame aquí.

Salí de nuestro escondite y me metí en la tienda de souvenirs al otro lado del pasillo, donde compré una gorra de los New York Giants y un paquete de Skittles para mí.