Capítulo 30
Ivy Rose
—Bebé De Montfort , pórtate bien en nuestra ausencia. —En la explanada de la entrada, junto al aparcamiento, estrujé a Becca en un abrazo y luego pasé a Aimee —. Y tú pásatelo bien en Idaho.
—Está claro que nunca has estado en Idaho porque, de lo contrario, no dirías eso. Pero oye, todo es mejor que Montfort , así que… —Le hizo una mueca a Becca —. Sin ánimo de ofender.
—Ninguna ofensa.
—He oído que Lukas Cavendish también se queda por aquí —dejó caer Aimee —. Qué raro. En los últimos años, él y sus mil primos siempre se iban a esquiar a Aspen…
—No veo qué tiene que ver conmigo —murmuró Becca .
Pues en realidad tenía mucho que ver. Pero tanto Aimee como yo teníamos el suficiente sentido común como para no insistir, así que esquivamos el tema del «mejor amigo del hermano, alto, rubio y rico, por el que llevaba años colada en secreto».
Evitar el estallido de una guerra verbal pocos segundos antes de que nos marcháramos era más importante que llevar razón.
Más allá de la verja, por el largo paseo arbolado, filas de coches de lujo se acercaban para aparcar en la explanada y recoger a sus pupilos, en un desfile ostentoso que hacía las delicias de los mecánicos de la zona.
Examiné la fila y, poco después, localicé el Bentley negro de mi tía brillando bajo los tibios rayos de sol.
—Mi coche ha llegado. Nos vemos en unos días —anuncié a mis dos aliadas-amigas antes de encaminarme hacia el vehículo.
—¡No tomes demasiado el sol en la playa, Abbott ! —me gritó Becca —. ¡Y, sobre todo, no tomes demasiado alcohol!
Sonreí, levanté el brazo para despedirme y, antes de que llegara al maletero, el chófer apareció a mi lado y lo abrió. Prohibido tocar el coche: anotado.
—Buenos días —lo saludé.
—Señorita Abbott , es un placer volver a verla. —Cogió mi maleta destartalada con un montón de pegatinas de colores y la metió en el maletero. Después, me acompañó hasta la puerta del pasajero y la abrió para que entrara.
Dios, jamás me acostumbraría a eso.
—¡Cariño! —La tía Daisy dejó el teléfono en el asiento y se inclinó para abrazarme—. ¡Me alegro de verte! ¡Y además de una pieza!
El Bentley se puso en marcha, levantando una ligera nube de polvo de la grava del aparcamiento. Verlo salir disparado para cruzar la gran verja que delimitaba la propiedad del campus Montfort alivió un poco la tensión acumulada en los últimos meses.
Era libre.
Solo por unos días, pero era libre.
—Quiero saberlo todo. ¿Cómo estás? ¿Qué tal te va? ¿Las clases? He visto que te has hecho amiga de la pequeña De Montfort … que conste que no es una crítica. Además, ella es la rebelde de la familia.
Caleb también era rebelde. No lo mostraba hacia fuera, pero eso no lo hacía menos rebelde por dentro.
— Becca es… exuberante.
Mi tía rio.
—¡Sí, lo es! Vuelve loco a su padre, lo que la convierte en mi De Montfort favorita. —Me dedicó una mueca cómplice—. Y enhorabuena por haber pasado la fase de selección del Rosenberg . No tenía ninguna duda, sabía que lo lograrías.
Le lancé una mirada interrogativa.
—Me lo ha contado Ian —explicó.
—¿ Ian , es decir, el profesor Crawford ?
—Sí, él. No sabes lo raro que se me hace oír que lo llaman «profesor». ¡Tendrías que haberlo visto cuando era estudiante! Era… bueno, una bomba de relojería que nadie podía desactivar. Y no solo por lo brillante que era, para desgracia de quien tenía que controlarlo…
«Mi tía y el profesor Crawford son de la misma edad», comprendí, «y se tienen cariño».
Tal vez habían sido amigos, quizá incluso habían tenido una historia. O puede que incluso la tuvieran ahora.
La tía Daisy negó con la cabeza.
—No.
—¿Qué, no?
—Nunca ha habido nada entre Ian y yo. Ni antes ni ahora. Somos dos buenos amigos que se cubren las espaldas desde que se conocen, pero solo eso. Nada más.
Me pregunté si habrían conocido al hermano de Caleb .
No le había preguntado cuántos años tenía Oliver cuando murió ni cuántos tendría ahora si siguiera vivo, pero era evidente que los caminos de él, del profesor Crawford y de mi tía se habían cruzado.
«Cuando naces en Montfort , conoces a todo el mundo desde siempre», me había dicho Caleb una vez.
—Perdona —dije—, no quería entrometerme.
Mi tía me puso una mano en el hombro.
—Puedes preguntarme lo que quieras, Ivy Rose . Quiero que te sientas segura y respaldada también en este lado de la familia.
Su facilidad para leerme me sorprendió.
—Ah. Bueno, gracias. Me siento segura y respaldada.
—Y si en algún momento tienes problemas en la universidad, puedes contármelo. No estás ni estarás nunca sola para afrontarlos.
Me vino a la mente Malcolm Waldeck y la forma retorcida pero precisa en que Caleb lo había gestionado por mí. Había sacrificado su valioso tiempo y sus propios intereses para hacerle de niñera al presidente psicópata de los Crimson Monarchs .
En los últimos días, en la cafetería, había sido una auténtica tortura ver a ese imbécil pavonearse en la mesa del equipo estrella de esgrima, como si se hubiera ganado ese lugar.
—¿No hay nada de lo que quieras hablar conmigo, cariño?
Lo pensé.
—¿El profesor Crawford te ha contado lo del incidente en los talleres durante la iniciación de la fraternidad?
—¿Te refieres a que destruyeron tu puesto de trabajo, junto con el insulto sexista? —Su expresión se ensombreció—. Sí, me lo contó.
Me mordí los labios, incómoda.
—Ah.
—Lo habría sabido igualmente en la reunión del Consejo de Administración. No ha incumplido ninguna norma al contármelo.
—Vale.
—Esperaba que me hablaras de ello, Ivy Rose . Lo que pasó es inaceptable.
También lo era haberlo atacado con una patada sin que él me hubiera puesto un dedo encima, pero eso no iba a decírselo.
—¿Cómo puedo defenderme de Malcolm Waldeck ?
La tía Daisy me miró con pesar.
—La pequeña lista no te ha servido tanto como esperaba.
—Culpa mía. No sabía cómo moverme y la lie. Creo que no he cumplido ni uno solo de los puntos.
—No te preocupes. Estás en la universidad, y esa universidad en concreto ya tiene demasiadas reglas que cumplir.
—Hizo un gesto con la mano para restarle importancia—.
Hablaré con el padre de los Waldeck , si te parece bien.
Le recordaré quién financia su encantadora Galería de Arte Metrópolis en Manhattan.
Si su hijo no te respeta como persona, respetará tu poder económico.
—Mi poder económico no existe.
Una de las conversaciones que había mantenido con Caleb semanas atrás asomó en mi mente. «Habla con tu tía cuando la veas. Será una conversación reveladora».
—Tía Daisy —dije—, yo no tengo fondos fiduciarios, ¿verdad?
Se tensó en el asiento.
—Técnicamente, no.
—¿Y no técnicamente?
Mi tía desvió la mirada hacia la ventanilla, a la carretera que serpenteaba entre los árboles.
El paisaje estaba dominado por los colores otoñales y, a medida que nos acercábamos a Burlington , el tráfico aumentaba en las calles.
Pero, por muy bonito que fuera, no justificaba la intensidad con la que lo observaba.
—Cuando tu madre se marchó de Montfort , no quiso dinero de la familia —se decidió a decir—. Renunció a todo y empezó de cero con sus propios medios. Por eso, cuando murió, ni tú ni tu padre heredasteis nada.
—Eso ya lo sé.
—Su parte del patrimonio se ha mantenido e invertido durante estos años para ti, y solo para ti, Ivy Rose . Aunque formalmente no esté a tu nombre, tanto para tu abuela como para mí ese dinero es tuyo. Te corresponde por derecho; si lo quieres, claro.
Enmudecí.
No podía preguntarle de cuánto dinero se trataba, no soportaría el shock.
Sabía de antemano que era una cifra desorbitada e inmerecida, que no ganaría trabajando en toda una vida, y que se me había asignado únicamente por haber nacido de la unión de un espermatozoide y un óvulo especialmente afortunados.
Era una heredera, una auténtica heredera.
—¿De dónde nace el odio entre las familias? —pregunté de repente—. La nuestra y la de los De Montfort .
—Es bastante complicado. Casi hemos llegado y…
—¿Una versión rápida, tal vez? ¿Por favor?
Se acomodó en el asiento y tomó aire.
—Creo que empezamos a detestarnos hace siglos, desde que nos establecimos en Montfort procedentes de Europa.
Hubo una enorme disputa por el control del territorio y de sus recursos.
Fueron los De Montfort quienes ganaron, por eso dieron nombre al pueblo y, más tarde, a la universidad.
Nuestros antepasados no aceptaron su supremacía.
Nosotros también éramos una familia acaudalada, pero no tanto como la suya.
Y, en el intento de superarlos, se sucedieron años de maniobras retorcidas para engañarse mutuamente.
Décadas después, otro linaje llegó a su fin sin herederos y dejó una herencia vacante que sacó lo peor de nosotros al intentar conseguirla.
Siempre hemos actuado de este modo: ofensas personales, ideas opuestas, acuerdos económicos que acabaron siendo auténticas traiciones por ambas partes…
un rencor profundo transmitido de generación en generación.
Nuestras familias son prácticamente idénticas porque ninguna de las dos aceptaba ser menos que la otra.
—Entonces, ¿nos odiamos desde hace siglos por dinero?
—No. Nadie discute solo por dinero, no cuando tienes el suficiente como para mantener a las diez generaciones siguientes.
Es por lo que representa: el prestigio, la fama, ser los primeros incluso dentro de la élite.
Volverse inmortales dando nombre a universidades y ciudades.
Luego añades una cadena de desastres a nivel de relaciones personales, y…
—Hemos llegado —anunció el chófer.
El Bentley accedió a un camino privado del aeropuerto, al que solo se podía entrar con acreditación, y se detuvo en un aparcamiento subterráneo. Reconocí algunos de los coches aparcados: poco antes estaban en Montfort recogiendo a otros retoños.
El chófer apagó el motor y el silencio se adueñó del habitáculo. Mi tía se desabrochó el cinturón, pero le puse una mano sobre la muñeca para detenerla.