Capítulo 29 #2
—Para. —Le sujeté la barbilla con los dedos y sumergí mi mirada en la suya con la esperanza de que supiera que hablaba en serio—. No me siento obligado a nada contigo.
—Eso no es algo muy bonito.
Negué con la cabeza.
—Me he expresado mal. Quiero decir que contigo no vivo nada como si fuera una obligación. Tú eres una elección que hago cada vez, casi siempre en contra de toda lógica.
—Y no estás acostumbrado a elegir a la gente que te rodea.
—No mucho, no —confesé—. A mí también me gusta muchísimo lo que hacemos. Te lo digo por si no te habías dado cuenta —añadí con sarcasmo.
Ivy se sonrojó.
—¿Y qué hacemos con el premio Rosenberg ? Somos rivales…
—Lo somos mucho menos respecto a cuando te conocí. —Le tomé el rostro entre las manos—. ¿Seguimos dejando el mundo exterior fuera de este estudio?
Ivy asintió. Me incliné hacia su rostro, dispuesto a demostrarle que sí, practicábamos sexo, pero no, no era solo sexo, y que limitarse a esa definición superficial era como contemplar una obra de arte quedándose en la primera de las muchas capas ocultas que el artista había camuflado dentro, con la esperanza de que alguien las liberara y las sacara a la luz.
Sin embargo, en el último momento, me limité a depositarle un beso suave que murió en sus labios. Si íbamos más allá, no estaba seguro de tener la fuerza para detenerme. Me separé de ella y fui hasta la mesa, donde había colocado el prototipo.
Nuestros amantes entrelazados en el fuego eran una figura de esteatita apenas esbozada, a la que aún le faltaba añadir una buena dosis de imaginación.
Ivy se acercó para examinarla de cerca.
—Bueno, se mantienen en pie.
—Son extremadamente rudimentarios.
—¿Siempre eres tan difícil?
—No, suelo ser peor.
Arrugó el labio superior.
—Me gustaría cambiar de compañero.
—Lo sé. —Apoyé los codos en la mesa—. ¿Qué modificarías?
—Tal vez… la inclinación de él. Querría que fuera algo más equilibrado en el cruce de los ejes.
—Equilibrado —repetí—. Anotado.
—Espera, te lo enseño.
Cogió un lápiz y el boceto original, colocó encima una hoja transparente y empezó a dibujar. Apoyé la barbilla en la palma de la mano y la observé trazar líneas con decisión.
—Ah, por cierto, gracias —dijo sin levantar la vista.
—¿Por qué?
Con la parte superior del lápiz se apartó un mechón rebelde de la boca.
—Por haber dicho esta mañana que mi cuadro era estupendo.
—Lo era.
Sus mejillas se tiñeron de color.
—Aun así no tenías por qué decirlo.
—Eso también es cierto.
—¿Te vas a París por Acción de Gracias?
Pregunta directa. No me la esperaba.
—Sí.
El lápiz se detuvo entre sus dedos.
—Vale. Buen viaje. —No levantó la mirada mientras seguía dibujando—. Usaremos protección si volvemos a hacerlo, cuando regresemos de las vacaciones.
«¿Usaremos protección?».
—Sí, claro que la usaremos. Pero ¿por qué lo dices justo ahora…?
Un momento. Dios, ¿creía que iba a acostarme con Claire ? Después de lo que habíamos… después de cómo habíamos estado, ¿de verdad pensaba que yo…?
Me acerqué y le cubrí la mano con la que estaba dibujando con la mía.
—¿Puedo?
Ivy asintió, despacio.
—A él hazlo así. —Guie la punta del lápiz para que me obedeciera por completo—. Inclinado hacia ella.
«Como me siento yo cuando estoy contigo».
Ivy se quedó absorta en nuestras manos entrelazadas dibujando juntas. Seguimos trazando líneas, a veces guiaba ella, otras yo, hasta que sentí el corazón comprimirse entre nuestros dedos, transformado en una especie de papilla.
—Ca… Caleb —balbuceó, y se detuvo.
Estábamos demasiado cerca, respirando el mismo aire, tenía su cara alterada a un suspiro de la mía.
—Creo que ya te lo dije. No me gusta compartir.
—¿Y si fuera yo quien tuviera que compartirte? ¿Eso te gustaría?
—Para nada. Soy exclusivo en todos los sentidos.
—¿Se acabó lo de tu follamiga francesa?
—Solo amiga, y punto. Además, Claire ya no está soltera. Ha descubierto que su guardaespaldas no solo es bueno siguiéndola a todas partes.
Dudó un instante.
—¿Te molesta?
—No, al contrario, me alegro por ella. Y espero que su padre no contrate a un francotirador cuando se entere.
—Me incliné ligeramente—. Me voy a París porque mi corazón está en el Louvre , en los pasillos egipcios, en la galería del Renacimiento italiano.
Está bajo la Victoria de Samotracia y a los pies de Amor y Psique .
Amo ese lugar, me enseña a renacer cada vez que lo piso —expliqué con total franqueza—.
Como ves, no hay ninguna chica aparte de ti.
Su mirada se desorbitó.
—Entonces somos rivales exclusivos con beneficios.
—Rivales exclusivos con beneficios. —Dejé el lápiz sobre la mesa—. ¿Qué me dices del color para nuestros amantes en llamas?
—Ah, sí. Espera, te enseño la solución que he encontrado. —Se dirigió entusiasmada a las estanterías y, poco después, volvió junto a la mesa, donde apoyó varios frascos de… no tenía ni idea de qué colores eran. Cero. Nada.
—Oh, vaya —exclamó, disgustada—. No sé cómo hacer que esta parte sea colaborativa, lo siento…
—No lo sientas. La experta en color eres tú, confío a ciegas en tu criterio, y no digo «a ciegas» sin venir al caso. ¿Cómo quieres hacerlo?
—Me gustaría ver cómo reacciona el acrílico sobre tu piedra, cuánto se absorbe, cómo se transforma, qué queda al final. —Señaló el prototipo—. ¿Puedo?
Lo empujé hacia ella por la superficie.
—Todo tuyo.
Ivy cogió los pinceles y los dispuso con una meticulosidad asesina, luego preparó los colores en la paleta.
Me quedé observando cómo las cerdas se sumergían en los pigmentos y recorrían las formas imprecisas que yo había esculpido con la espátula.
Estaba concentrada, aislada del resto del mundo mientras trazaba pinceladas con una familiaridad ritual.
Ella también vivía el arte como un microcosmos en el que refugiarse.
—O quizá podría aplicar una especie de tejido a la escultura y pintar sobre él… —murmuró para sí, razonando en voz baja mientras examinaba mi estatua torcida.
Durante años me había repetido que solo amaría a mis hermanos, a mis amigos y al arte. Pero en el instante en que la miré, mi corazón se expandió y creó un espacio que me aterraba dejarle ocupar.
Y en ese momento tuve la certeza de que siempre me había mentido a mí mismo.